Stephanie

Por Manuel Quaranta

Otros, ellos, antes, podían. ¿Qué? Contar una historia. Nosotros, ahora, no podemos porque no tenemos nada, pero nada, que contar. Salvo, lógico, una imposibilidad. Si no ¿qué significa la necesidad de explicitar diferentes puntos de vista sobre un hecho? ¿No es este ejercicio la declaración categórica de una impotencia? Sí. Hoy, nosotros, no podemos. Salvo, sin duda, sacar a la luz, una oscuridad. Estamos en medio de esa oscuridad, ciegos, tanteando cómo son las cosas sin la promesa de descubrirlo. Antes, sí, claro, podían. Pero el sueño se acabó. Fue hermoso saber cómo eran las cosas. El pan era pan y el vino, vino. Pero la muerte de Dios –cada uno es libre de asignarle un nombre distinto– arruinó todo proyecto totalizador. El fragmento se hizo carne y los devotos del mundo anterior corrieron desesperados a buscar al Dios que se les había perdido –en realidad lo habían matado– y que aún en estos momentos rezan a toda hora para encontrar –resucitar.

Pienso en una frase que acabo de escribir: el fragmento se hizo carne, me encanta. La paladeo como quien disfruta de una bebida exquisita. El fragmento se hizo carne (la extiendo, entre otros) en el cine. La frase significa para mí: cualquier intento de dar cuenta de una completud está destinado al más rotundo de los fracasos. Esto, claro, si prescindimos del clamor, como se dice, popular, o en otros términos, del mercado. La gente (el mercado) quiere ver una linda película con final feliz. Esto también es mentira. Un estereotipo. Entonces, la gente (el mercado) quiere una película, que de una forma u otra, cierre, es decir, que sea completa, que cuente algo. Aquí, tal vez, estemos un poco más cerca de la verdad, y sin duda, qué lejos estamos aún.

El fragmento se hizo carne en el cine significa que nunca podremos expedirnos con certeza sobre la personalidad de Charles Forster Kane. También puede indicar que jamás sabremos lo que sucedió el año pasado en Marienbad. O, por último, para no aburrir con ejemplos tan canónicos, tampoco seremos capaces de averiguar quién es Stephanie.

¿Stephanie? Film argentino dirigido por Maximiliano Gerscovich, estrenado en cuevana.tv a finales del 2011. ¿Stephanie? Rubia, hermosa, sensual.

¿Cuántas mujeres coinciden con estas características? ¿Quién es esta mujer que en la niñez era el blanco de las burlas más descaradas de sus compañeros? ¿Quién es esta seductora que nadie se atreve rechazar? ¿Existe una sola Stephanie?

Un hombre se despierta –¿todo fue un sueño?– y las imágenes comienzan a superponerse. Nadie sabe nada sobre lo que sucede –¿sucede algo?–, el propio personaje está confundido. Camina, sube, camina, una puerta que se abre, otra no. Los hijos, la esposa, el llanto ­–¿por qué llora, mató, engañó?– desconsolado; se arrepiente; los filma. Ocho horas antes –¿antes de qué?–, en la oscuridad, llega a su casa, recuerda, oscura, la noche, camina, sube, camina, abre la puerta, cierra y se va a buscar las fotos de –sin saberlo todavía el espectador– Stephanie. Ocho horas antes –¿antes de qué?– sube a su auto –comienza, para mí, y por unos instantes, Taxi driver–, los recuerdos lo encierran en las tinieblas. Frena, “hoy almorcé tarde”, y así la narración de un hecho pretende recuperar lo sucedido –¿sucedió algo?– para los amigos que rodean la mesa de juego.

Una mujer rubia se acerca y le pregunta si quiere comer el postre con ella. Cada uno de los amigos “ve” a esa mujer. Cada uno asigna un rostro a la mujer que invita a su amigo a comer el postre. Cada uno, a partir de sus fantasías, deseos, historias, trayectos, proyecciones, construye una rubia, hermosa y sensual mujer. La narración continúa, nos enteramos de que ella -¿ellas?– lo invita a su departamento, se miran, se presienten, se desean, se acarician, se besan y antes de desnudarse le susurra: “te tengo una sorpresa”. Pasa un rato, escucha la voz de un hombre, se exalta, camina, quiere abrir la puerta, no se anima y se va. Sin embargo no había contado lo esencial: era Stephanie.

¿Stephanie? Resulta que Stephanie había sido una vieja compañera de escuela a la que ellos tomaban como centro de las bromas más pesadas orientadas a poner en evidencia su gordura. Crueles sin comparación, los niños que habían sido esos hombres que rodean la mesa de juego recuerdan a Stephanie. ¿Cómo podía ser que ahora, esa niña con olor a gorda fuera una mujer rubia, hermosa y sensual? Las conjeturas continúan mientras las imágenes se superponen, los diálogos se entrecruzan. ¿Qué sucedió unas horas antes en cualquier departamento de la ciudad? ¿Dónde quedan los detalles del encuentro con una compañera de la infancia que ya no es lo que era?

¿Las cosas transcurrieron, hasta donde llega mi relato –su relato–, así, o es al revés? ¿Y si fuera él quien que se aproximó sin titubear para forzar el encuentro con la hermosa rubia? ¿En cuántas ocasiones habrá hecho lo mismo con otras mujeres? ¿No puede ser que las mujeres que sus amigos “ven” sean recuerdos de las mujeres con las engañó, el matrimonio está hundido, a su esposa?

Yo no sé nada. El personaje saca una carta de amor que robó; la firma un tal yo. ¿Quién es yo? ¿Él? ¿El otro, su amante, su marido? ¿Quiénes son ellos? La lee. El hombre que estaba en la habitación adquiere un rostro. Una revelación. Un video en el que nada se advierte con claridad. Un forcejeo –¿pelea, sexo, baile?– ambiguo, muy ambiguo –aconsejo aquí hurgar en la obra de Paula Rego– termina en el sueño o en la muerte –¿no es lo mismo: ¡Morir…, dormir! ¡Dormir!…¡Tal vez soñar!?– Es el fin de la partida. El juego terminó. Se levantan. Apagan las luces –es una manera de decir– y se van. Sin embargo en el ambiente permanece un rumor inaudible que prescinde de palabras: Stephanie, una mujer inolvidable.

TRAILER:

 

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