Visage (Face)

Cenizas Por Manu Argüelles

Domin Choi en su libro Transiciones del cine 1 nos comenta que los nuevos cines de los años sesenta trajeron al cine algo totalmente opuesto a la función primigenia del cine. Frente al entretenimiento, la cuestión del aburrimiento o del tedio existencial es tanto una temática como un efecto en el espectador. Y Tsai Ming-Liang lleva hasta el paroxismo este principio, que en espectadores poco pacientes, puede resultar sumamente agotador. Adalid de la crítica más exquisita, en Visage rinde homenaje a su admirado François Truffaut, trayendo desde esas catacumbas que atrapan al actor del mito, a Jean Pierre-Leaud. Esa voluntad de exhumación es completada con Fanny Ardant en el cast y una colaboración especial de Jeanne Moreau y Nathalie Baye haciéndolas confluir a las tres actrices del genio francés en torno a una mesa. A esa emoción decididamente fetichista para los admiradores de Truffaut, de verlas compartir plano con su nombre propio, le podemos sumar esa única secuencia en la que comparten plano Jean Pierre-Leàud y Fanny Ardant juntos frente al tocador del actor. Hay una impresión que deviene sincera en el rostro radiante y conmovido de Fanny Ardant, que diluye los límites entre el actor y el personaje, entre realidad y ficción.

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No recuerdo quien lo comentaba, pero me permitirán que lo extraiga a colación de Visage. El cine actual es un cine de instantes, de secuencias aisladas. El recuerdo de un film se centra en una secuencia, donde la parte da fisionomía a la reminiscencia de la totalidad. La impresión ya no busca un efecto holístico como sí lo buscaba el cine clásico.

Visage, en su desengarce de set-pieces que difuminan las ligazones narrativas para abrir al cine a una sensación más de videocreación o performances, parte de esa idea.

Rescatamos momentos concretos, perdemos la visión de conjunto en un compendio sumamente irregular. Es un peregrinaje que va desde lo más sublime a lo más ridículo sin temor a perderse en el desequilibrio.

Esa libertad maneja modos de usufructo para reivindicar su propia autoría evidenciada en su alter-ego, un director taiwanés desplazado a París, junto con sus propias autocitas. Por ejemplo, la secuencia del escape de agua o los números musicales en playback de Laetitia Casta (lo mejor del film).

Este súmmum, solo apto para exégetas irredentos, evidencia una conciencia de la imagen que pierde su valor de instancia significante para convertirse en un puro artificio. Y como tal, sumamente hueco. Yo, les prometo que lo intento. Voluntad le pongo, porque existen fragmentos disgregados que me atrapan, pero a mí Tsai Ming-liang me supera. Este es su tercer largometraje al que he podido acceder y no será el último porque me gusta combatir mis propias limitaciones. No llego al coma cerebral que me dio con Goodbye, Dragon Inn (2003) pero estos 138 minutos son demasiados para esta especie de celebración funeraria y complaciente, autopagada de sí misma (el desenterramiento de los mitos cinematográficos del director se trenzan con la defunción de la madre de su alter-ego).

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Por último, comentar que ese carácter que le otorga al personaje (por denominarlo de alguna manera) de Jean Pierre Léaud, frágil y desvalido, en un punto intermedio entre la locura y la cordura, es vilmente robado de Irma Vep (1996) de Olivier Assayas, donde al menos Assayas le proporciona un espacio que se merece un actor de tal calibre y no la sarta de estupideces que Tsai Ming-liang le hace hacer en Visage.

TRAILER:

  1. Choi, Domin: Transiciones del cine. De lo moderno a lo contemporáneo. Santiago Arcos editor, Buenos Aires, 2009.
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