Yo maté a mi madre

Todos somos hijos Por Carlota Ezquiaga

Hubert tiene 16 años y odia a su madre. No como todos los adolescentes odian un poco a sus madres; Hubert la odia de un modo visceral e insoportable. “En el fondo le quiero”, confiesa ante la cámara, “pero no es el amor de un hijo. Hay cientos de personas a las que quiero más que a mi madre”.

Yo maté a mi madre es la ópera prima de Xavier Dolan. La escribió con 16 años, la dirigió, produjo e interpretó con 19 y la presentó en Cannes con 20. Ahora que tiene 26, el canadiense cuenta ya con cinco películas en su filmografía. Tras Yo maté a mi madre vinieron Los amores imaginarios (Les amours imaginaires, 2010), Laurence Anyways (2012), Tom à la Ferme (2013) y la recientemente estrenada Mommy (2014).

Puede que sea mejor no conocer al personaje de Dolan antes de ver sus películas, ese que dice que es un iletrado en cultura cinematográfica y que “ya será humilde cuando llegue a la cima”. Es preferible ir a ciegas, y chocarte de golpe contra sus películas. Porque eso es lo que Dolan crea con el espectador: una colisión. Y, al enfrentarse a sus historias, uno se hace una idea bastante certera del tipo de persona que es capaz de idear algo así. Aunque lo último que querría Xavier Dolan es verse clasificado como un “tipo de persona”.

Sus películas son incómodas. Son un puñetazo al estómago. Son querer apartar la mirada y no poder, vernos reflejados en un personaje que odiamos. Dolan es Freud y Bukowski y un espejo en un momento inoportuno.

Yo maté a mi madre 2

Pero volvamos a Yo maté a mi madre. A Hubert su madre le enerva. No soporta su manera de comer, de vestir, de tratarle. Él es un adolescente un poco complicado. Escribe, pinta, es un artista: se nota que tiene mucho en su interior que necesita exteriorizar por algún lado. Le resulta difícil hacerlo con las personas: es un chico cerrado, algo egoísta en la medida en que es muy consciente de sí mismo. Pierde los estribos de vez en cuando; hay escenas dignas de Hermano Mayor.

Yo maté a mi madre es excesiva y exagerada. Todos sus personajes son estridentes. Incluso la madre, tan madre, tiene un vestuario exagerado y hortera, lleno de pieles y estampados de leotardo. La estética de la película es bastante almodovariana; tiene algo de Almodóvar también en su trasfondo, aunque desde la óptica del drama, aun cargado de ironía, las historias se vuelven menos absurdas. Estos excesos no hacen más que subrayar el odio de Hubert hacia su madre.

El guión es visceral, intenso y con humor, pero crudo y cruel. Hubert no deja de mandarle proyectiles dialécticos llenos de bilis a su madre. “¿Nunca te has preguntado por qué no tienes marido?” “¿El propósito de tu vida es que seamos enemigos?”

Sin embargo, Hubert se esfuerza, y a veces hasta parece que llega a comprender a su madre. “Se casó y tuvo un hijo porque es lo que la gente espera de las mujeres”. Y lo intenta, lo intenta muy fuerte. “Te quiero. Te lo digo así para que no lo olvides”, le dice en un momento, como quien va a hacer algo horrible.

Yo maté a mi madre

Xavier Dolan presenta ya en su primera película los temas que va a tratar de ahí en adelante: la búsqueda de identidad y la soledad, la adolescencia y la incomprensión, la homosexualidad, las madres. Esta película cuenta con tantos fans como detractores; no es raro en un cineasta que oscila continuamente entre el épater le bourgeois y la autenticidad desgarradora.

Hay un indudable paralelismo entre la primera y la última película de Dolan, y la evolución del cineasta es bastante palpable. Mientras que en Yo maté a mi madre buscaba, de alguna manera, “castigar” a su propia madre, en Mommy narra una relación madre-hijo de amor incondicional, de ese de “yo te ayudaría a enterrar un cadáver” pero también de “te voy a seguir queriendo aunque intentes matarme”. Tampoco, es cierto, un amor del todo sano.

Dolan es de actores fijos, y Anne Dorval hace de madre en las dos películas. Dos madres radicalmente diferentes que interpreta con igual talento. Suzanne Clément, otra incondicional en el cine del canadiense, también tiene un papel similar en las dos películas: en Yo maté a mi madre es una profesora de Hubert, y en Mommy, una vecina que traba una intensa amistad con la madre y el hijo protagonistas. En las dos, sin embargo, es la vía de escape, el soplo de aire fresco en la relación madre-hijo.

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No es el primero, ni será el último, en escribir sobre las relaciones maternofiliales. Desde Hitchcock en general y Psicosis en particular (no en vano se dice que el propio Hitchcock tenía una obsesión con su madre) hasta el Edipo reprimido de Woody Allen en Historias de Nueva York (New York Stories, 1989), muchos cineastas han explotado este tema con el que cualquiera ha podido verse identificado de alguna manera u otra en algún momento de su vida.

Como sus protagonistas, como la vida, esta película es imperfecta. Pero supone irrumpir de un portazo en el mundo del cine. El enfant terrible de la industria, llaman a Dolan; él reivindica la “enorme ambición” de su generación.

Parece que para Dolan Yo maté a mi madre es una película de liberación: más para él mismo que para el público.

Siempre se dice que la primera película suele ser la más autobiográfica, y Dolan reconoció públicamente que Yo maté a mi madre tenía un gran componente autobiográfico. Esta película, en cierto modo, no deja de ser otro de esos dardos llenos de bilis que Dolan el actor lanza a su madre, esta vez en la vida real.

Todos hemos sido –somos- hijos, y todos hemos odiado –odiamos- a nuestra madre. Y vernos en pantalla grande no es fácil. Nos hace ser conscientes de la crueldad que podemos llegar a alcanzar, pero a la vez no podemos dejar de sentirnos identificados con Hubert y sentir su rabia y su incomprensión. Queremos, como él, gritar a su madre.

TRAILER:

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] que eso mismo es Mommy, como lo es todo el cine de Xavier Dolan. La relación de madre e hijo en Yo maté a mi madre (J’ai tué ma mère, 2009), los dos amigos enamorados de la misma persona en Los amores […]

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