Las brujas de Eastwick

It starts with a D… Por Fernando Solla

You catch her eye and she turns away
But don’t be fooled by the games she’ll play
There ain’t a girl can resist romance
She may be an angel, but brother she likes to…
Dance with the devil
Dance with the Devil (Ian McShane, The Witches of Eastwick, Original London Cast, John Dempsey, 2000)

Un diablo que duerme en una cama que una vez fue de los Borgia y por la que vendió su alma a cambio. Pero, ¡qué narices!, se merecía algo de lujo. Un hedonista al que siempre le ha gustado follar después de comer y que no intenta insultar al sexo opuesto con artimañas de seducción al uso y directamente propone, pues eso, follar. Porque es directo y la sinceridad gusta a las mujeres (dice él). Nada más que un diablillo cachondo y normal (sic).

Pero ¿y viceversa? Tras su primer encuentro con Alexandra (Cher), la mujer no tendrá ningún problema en ser igualmente franca y espetarle que le resulta el hombre menos atractivo que ha conocido en su vida. Confiesa haber comprobado cómo, en pocas horas, él ha demostrado poseer todas las características más odiosas de la personalidad masculina, incluso le ha descubierto algunas nuevas. Le describe como físicamente repulsivo y disminuido intelectualmente. Moralmente despreciable, vulgar, insensible, egoísta. Carece de gusto, posee un detestable sentido del humor y huele mal. No le resulta lo mínimamente interesante ni como para provocarle asco. Él, Daryl Van Horne, (Jack Nicholson) aguanta entre impasible e incrédulo y con su ceja asimétrica, marca de la casa, ligeramente levantada le responde: “¿Prefieres estar encima o debajo?”

La brujas de Eastwick

¿Qué es normal? Un hombre que ataca directamente a las inseguridades en sus encuentros con(tra) las mujeres. Siguiendo con Alexandra, el miedo a la soledad y a verse subyugada por el vacío existencial. En el caso de Jane (Susan Sarandon), el vacío es algo más físico. Conoceremos al personaje cuando recién se le ha concedido el divorcio. En las conversaciones entre amigas se insinúa que debido a su supuesta esterilidad. Lo que viene a ser algo así como decirles: “O echamos un polvo o tu vida retrógrada te absorberá y serás una desgraciada sine die”. Bonito, lo que se dice bonito, no es. Transgresor… A día de hoy tampoco. Pero la fanfarronada descortés tiene su gracia. Pura masturbación especulativa, parcial, apenas profunda y todo lo que se quiera, pero un reflejo cáustico del norteamericano de a pie no metropolitano (o sí) durante el segundo periodo de la era Reagan.

Por último, Sukie (Michelle Pfeiffer). Cuando llega su turno ya están todas las cartas sobre la mesa y el juego será una conversación preliminar al coito. Sin venir a cuento, y tras admitir que ni las drogas ni el alcohol le afectan, por primera vez veremos cómo es la mujer la que controla la situación.

“¿Vas a seducirme también? -Sí. -¿Cómo? -No lo sé. -Pues te advierto que yo me quedo embarazada a la primera. Siempre. Visto y no visto. Sólo con usar el cepillo de dientes me quedo encinta. -Bueno, lo tendré en cuenta. -¿Te molestaría? -No. -No eres como otros, ¿verdad? -Pues no. -La mayoría de los hombres, mi marido por ejemplo, siempre quería controlarlo todo. Quería que todo fuera normal. Siempre era racional. Siempre intentaba explicarlo todo. Los hombres necesitan eso, ¿verdad? Necesitáis saber que todo es seguro. Pero el mundo no es así. (…) Las mujeres somos más naturales, ¿no crees? Y la naturaleza está loca digan lo que digan los libros. Así que no me preocupa. -No te preocupa, ¿qué? -Que puedan suceder cosas extrañas. Es natural. Porque el mundo es un lugar muy especial. -Y tú eres una mujer muy especial. -Gracias. -Me encantaría ser mujer. -¿A ti? -Sí. -¿De veras? -Fíjate en lo que puede hacer una mujer con su cuerpo. Traéis niños al mundo. Podéis alimentar a estos pequeños. Si yo fuera capaz de eso… -¿Quién eres, Daryl? -Soy quién tú quieras que sea”.

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Y, ¡zas! Polvo en la piscina y suena Nessun dorma de Puccini entre una avalancha de globos de color rosa. Y se forma un aquelarre de tres más uno. Y más confesiones. Miedo al envejecimiento, a desaparecer bajo un manto de serpientes y no verse nunca jamás o al dolor físico. Una escena que tampoco tiene mucho sentido ni aporta demasiado en este contexto pero que se usa a modo de anticipación de la venganza que vendrá más adelante. El hombre que al verse rechazado usará su poder para corporeizar el miedo de las que cree sus nigrománticas del placer. Realmente (y más allá de las posibles deficiencias de la traducción) los diálogos serían sonrojantes si no fuera por la ironía que tanto Nicholson como las tres actrices imprimen al conjunto.

Volviendo al momento estelar de Sukie y Daryl, la descripción que se realiza del personaje femenino entronca directamente con la novela homónima de John Updike en la que se basa la película. Habiendo leído el manuscrito de más de cuatrocientas páginas resulta desconcertante el camino seguido por el guión de Michael Cristofer, algo menos por la dirección de George Miller. El autor situó la acción en el mismo Eastwick, un pueblo ficticio de Rhode Island en el que la religión juega un papel determinante. Fue allí donde los nativos americanos asesinaron a Anne Hutchinson en 1643, tras ser condenada por herejía y expulsada de una colonia de Massachusetts Bay (Nueva Inglaterra). Una teóloga demasiado progresista para la época. Y no sería hasta 1987 (año en que se estrenó la película) que Michael Dukakis, gobernador de la zona, revocó la orden de destierro, tres siglos y medio después. Absurdo, sí. Pero en ese contexto, el retrato de Miller sobre la comunidad inquisidora cuya vida gira en torno a las celebraciones eclesiásticas que perpetúan las reglas y costumbres de los fundadores de la colonia no deja de tener su qué.

Más cuando la novela está ambientada a principios de los década de los setenta del siglo pasado y se erige como una sátira que actualiza la tradición de la brujería realizando un divertido paralelismo con la liberación sexual y el baby-boom, del que las tres protagonistas serían abanderadas. En la película una ya ha criado a su hija, la otra no puede tener hijos y parece que no se ha realizado como mujer por ese motivo y la tercera ha sido abandonada por su marido, precisamente, por engendrar a cinco. Nos encontramos a tres mujeres que despiertan de su letargo sexual gracias a la aparición del diablejo. Él les transferirá sus poderes, cuando en el libro éstos nacerán de su condición de mujeres divorciadas en su momento de plenitud carnal. En el filme, ellas invocarán al hombre de sus sueños mientras que en el libro las tres mantendrán relaciones con hombres casados antes de su aparición. En el filme de Miller no encontraremos detalles de la relación de las féminas con la naturaleza. Sí que hay una cierta normalización de todo lo que sucede (a excepción del tramo final), es decir, situaciones extrañas que suceden en un contexto cotidiano.

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Que Van Horne aparezca en coche en una noche de lluvia no es muy creíble si lo comparamos con la monstruosidad supranatural con la que se le caracteriza al final. Cierto que todo es fruto de vudú pero el poder o característica fantástica parece salir de él, no de ellas. En la novela es al contrario. Daryl será un empresario que al final debe huir por un escándalo financiero. Bisexual y que también mantiene relaciones con otras mujeres. Rivales a las que las protagonistas no dudarán en adjudicarles un cáncer como venganza, por ejemplo. Esa candidez, esa inocencia que vemos en pantalla no se entiende demasiado. Sí que tiene sentido que el poder maligno venga de fuera, de la ciudad al interior, pero eso no se explotará en el guión. Tampoco que, finalmente, la última opción de ese hombre de esperma helado (en el libro se va a cuello, no como los chistes o bromas que hemos visto en los diálogos) será huir y mantener una relación con el hermano de su esposa muerta.

Resulta muy complicado no tratar de completar las lagunas de la película con las páginas de la novela. Un ejercicio muy interesante, pero que no deja al filme muy bien parado. En la aproximación de Miller la amenaza hacia el régimen establecido y disfrazado de amabilidad vecinal es la compra por parte de Daryl de la mansión de los Lenox (lo que serían los padres fundadores de la colonia y a los que se le rinde culto en las celebraciones locales). Un demonio de fuera que se atreve a tocar lo intocable (gana la idea del hombre como un empresario especulador). También se reduce la descripción moral de los habitantes de la comunidad a tres personajes: Felicia (Veronica Cartwright), Clyde (Richard Jenkins) y Walter (Keith Jochim). El último planteará de un modo bastante llano la dualidad del hombre en apariencia recto y de imagen intachable pero que intenta ligarse a las tres protagonistas, especialmente a Jane. Los dos primeros serán matrimonio. Él, director del periódico local (controlado por ella en la retaguardia) y ella la imagen de Eastwick (comedida, mojigata, siempre en primera fila en las reuniones sociales…). Lo que en la novela era una crítica a la institución del matrimonio, aquí se queda en agua de borrajas.

En el filme veremos a una Felicia ofendida porque se ha vendido una casa que es monumento nacional. La que está siempre alerta se inquietará ante el presentimiento de que algo diabólico está ocurriendo. Será necesario un “accidente” en el que se romperá la pierna al caerse por unas escaleras tras resbalarse con una de las perlas del collar de Sukie que se desprenderá de su cuello al pronunciar por primera el nombre de Daryl (con D de…) para que muestre su verdadera cara. Tras la primera cópula entre Alexandra y Daryl y postrada en la cama del hospital increpa a su marido diciéndole que el mal está haciendo estragos y que los rumores se propagan sin que él no haga nada por evitarlo. Le niegas las agallas, la moralidad y el sentido común. Empieza a desbarrar sobre el holocausto nuclear, el crimen, la violación, el Apertheid… La depravación local según ella, sólo un periódico local según él. “Deberían colgarte junto a ese hijo de puta que ha comprado la casa”, le soltará. Según explicaciones de la enfermera, al estar afectada la médula espinal, entra grasa en el cerebro y esto altera la conducta. Los momentos de paranoia son debidos al accidente, no a la verdadera (y diabólica) naturaleza que reside en el corazón de los habitantes de Eastwick. La burla sobre cómo se tapa lo incómodo o inconveniente llevada incluso al terreno médico.

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Ante esto, y diversos ataques verbales por temas tan escandalosos como no llevar sujetador, las tres protagonistas se refugiarán junto a Daryl y desearán la desaparición de todos sus detractores. Aquí tendrá lugar la que probablemente sea la escena más recordada de la película y es la vomitada de cerezas. Las brujas se comerán la fruta y con ello digerirán y triturarán a sus oponentes (personalizados en Felicia). Devorando la carne y escupiendo el corazón en forma de hueso. Lo que no sirve y es a la vez origen de todo. Esta especie de ataque diabólico será el causante de que Clyde se cargue a Felicia con un atizador para el fuego. Lo que en el filme parecerá motivado por el miedo, en la novela era simplemente la búsqueda de silencio y condena del matrimonio. Institución que hiperboliza la liberación sexual femenina hasta convertirla en brujería y que en el filme parece reducirse a un ajuste de cuentas involuntario. Obviando temas como la homosexualidad, el adulterio, el suicidio, el abandono filial, incluso Vietnam o el movimiento hippie. En definitiva, la responsabilidad de las protagonistas en todo el embrollo.

Miller decide apostar por la comedia más o menos intrascendente sin tener en cuenta el enfoque dramático de Updike ni mucho menos evidenciar el marco político, salvo en las escasas menciones que ya hemos citado. Sorprende este desaprovechamiento de la oportunidad, más cuando el segundo periodo de Reagan miraba más hacia fuera que hacia dentro (Guerra Fría, Libia, lucha contra la URSS o lo que se llamó “el imperio del mal”, el tratado para el desarme nuclear…). El realizador usa algunos símbolos cómo los muñecos de cera o el poder del televisor en un desenlace algo descafeinado no exento de planteamientos divertidos. Como la posibilidad de desconectar el discurso diabólico masculino apretando un botón del mando a distancia. Un apunte que a día de hoy podría leerse como símbolo del dominio en los medios de comunicación de masas y cómo éstos nos adoctrinan desde pequeños. Por lo demás, muñecos de cera para hacer vudú y un partido de tenis que en la película parece reflejo de la batalla de sexos, alejándose una vez más de su significación en la novela.

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Cuando el filme se centra en el elemento fantástico se hace más desde la comicidad que no tanto desde la caracterización del ser diabólico o sus acciones. Apenas unos cuantos fenómenos meteorológicos y ese final que no termina de acertar ni estéticamente ni a nivel argumental. Una excusa para justificar el uso de efectos especiales que se desmarca ya definitivamente del universo de Updike y que rompe con esa normalización con la que se ha mostrado lo sucedido durante el resto de metraje. La banda sonora de John Williams marca esta transición de lo normal a lo diabólico con una melodía que se repetirá modificando tanto el énfasis como la intención en función de lo acontecido en cada momento. El uso de la música tubular es una de las señas de la película. Muy interesante también, la planificación de la fotografía de Vilmos Zsigmond. Un trabajo que muestra quién domina la situación en cada momento (él o ellas, principalmente) a través de un uso nada acomplejado de los picados y contrapicados. También destacables los planos aéreos para mostrar esa creencia extendida de que lo celestial viene de arriba mientras que lo demoníaco viene de las entrañas de la tierra, es decir, de su núcleo intrínseco.

El diablo, ese personaje que en algo menos de dos horas de metraje muestra una involución considerable que es a la vez, caída de cualquier tipo de máscara y reflejo último del grupo social que quiere mostrar. Verdadero y único demonio al que exorcizar y que tiene por nombre Eastwick. La dirección artística de Mark Mansbridge y los sets de Joe D. Mitchell sitúan los momentos culminantes en interiores, sucediendo el encontronazo definitivo en el interior de la iglesia. Allí, un Daryl desbocado y fuera de control (cuando está siendo objeto y víctima de vudú, algo que no deja de tener sus orígenes en el culto religioso, y recibiendo su propia medicina) se muestra tal cuál es. No tanto físicamente, que también, sino ideológicamente. Eso es el equivalente de situar un espejo de la comunidad a la que se dirige. El diablo corporeizado en mitad de una celebración religiosa en la iglesia del pueblo. Ahí donde reside el verdadero mal y el soliloquio de Daryl es muy significativo. Lo que empieza como “un problema doméstico”, termina en una disertación sobre la maldad (errores humanos) y la naturaleza (errores divinos). En pleno delirio, se cuestionará si la figura de la mujer es un error de Dios o algo hecho a propósito. Incluso se propondrá la búsqueda de una vacuna para fortalecer el sistema inmunológico. Animalización del hombre que se siente impotente ante la política genética de nuestra naturaleza. De nuevo, la sátira hacia el matrimonio o las relaciones afectivas entre mujeres y hombres en un contexto como el descrito en la película. Probablemente, el momento en el que el filme se acerca más a la novela de Updike.

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Moraleja: ojo con lo que deseamos porque puede convertirse en realidad. Alguien hecho a medida de las peticiones de tres mujeres que durante la película aprenderán que llevar las riendas de su vida no tiene por qué significar la sumisión ante el sexo masculino. Quizá las premisas no eran las más adecuadas: “Alguien agradable. Alguien que me pueda gustar. Alguien con cerebro. Alguien con quien pueda hablar. Alguien con quien realmente podría ser yo misma. Alguien que cuide de mí… Un extraño. Eso puede ser interesante. Un príncipe alto y oscuro que viaja con una maldición a cuestas. Romántico. Un príncipe extranjero en un gran caballo negro…”. Y como respuesta, el diablo en forma de espécimen representativo del sistema patriarcal más ortodoxo. Algo que puede leerse como una especie de liberación sobre la caracterización de lo masculino y femenino predominante en el mundo occidental contemporáneo. Un hombre cuya única utilidad parece residir en su miembro viril ya que es precisamente para eso para lo que le necesitan las protagonistas. En última instancia, veremos cómo las mujeres usan la inteligencia y se alían y ahí radica su verdadero poder y fuerza.

Finalmente, no puedo ocultar mi desconcierto tras el retorno a Las brujas de Eastwick (The Witches of Eastwick, George Miller, 1987). A día de hoy una leve decepción cinematográfica tras más de una década de abstinencia y, a la vez, una muy gratificante experiencia literaria. Especialmente en cuanto a la descripción demoníaca se refiere. Un precedente de futuros éxitos de la parrilla televisiva norteamericana de la ABC que nos llevaría a Wisteria Lane y a unas mucho más reivindicativas y maléficas Mujeres Desesperadas (Desperate Housewives, Marc Cherry, 2004-2012). Devil, Daryl, Desperate… “It starts with a D…”.

TRAILER:

 

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