El Truco Final

Otra vuelta de tuerca (y aún vendrán más) Por Fernando Solla

“Estrellas, ocultad vuestro fuego.
Que la luz no vea mis más ocultos y oscuros deseos…”MacBeth, William Shakespeare

Sombreros en el bosque. Muchos. Repetidos y todos iguales. Chisteras de mago. Negras. Abandonadas y olvidadas. Polvorientas. Símbolos todavía de la ampulosidad y ambición de las cabezas (si es que fueron más de una) que tiempo atrás (no sabemos si mucho o poco) las vistieron. Así empieza esta rotunda y maravillosa obra de nuestro mago cinematográfico favorito. Con todos ustedes el único, el insuperable, el incomparable, el inimitable, el maestro Christopher Nolan.

El truco final descolocó a parte del público y la crítica tras su estreno en 2006, año prolífico en magos cinematográficos, como demuestran las proyecciones de El ilusionista (The Illusionist. Neil Burger) y Scoop (Woody Allen). Formalmente, sólo recibió elogios, pero una vez desvelado el misterio, todo parecía un poco demasiado obvio.

Como si olvidáramos que en todo buen truco de magia, lo importante no es saber el cómo, sino dejarse ilusionar y emocionar con una película que es una constante caja de sorpresas disfrazada de gran abducción, o eso creemos hasta que llegamos al final.

“Soy ingeniero… Diseño ilusiones y construyo el material necesario para su puesta en escena… Si revelo el método aquí, entonces el truco pierde su valor…”. Seguramente éste sería el argumento principal de una hipotética defensa de Nolan ante todos esos que califican su cine, confundiéndolo con el estructuralismo narrativo del mismo, como tramposo, maniqueo, desordenado o vacío. Cierto es que con Batman Begins (2005), el realizador británico se ganó el favor de la mayoría de la crítica y el público, pero todavía no se asociaba su nombre, su sello de autor, a esa renovación revolucionaria del mito del superhéroe que llegaría con El Caballero Oscuro (The Dark Knight, 2008). Demasiado lejos, (temporal, argumental y formalmente) quedaba para muchos la crucial Memento (2000) y olvidada, o directamente obviada, la siguiente aportación del cineasta Insomnio (Insomnia, 2002). Así pues, y a la espera de la culminante Origen (Inception, 2010), los autodenominados nolanistas, y los que no lo son tanto, recibimos fervorosamente y en un momento idóneo esta implosión sensorial que supuso la mejor defensa que Nolan pudo hacer de su estilo con El truco final (The Prestige, 2006).

Implosión y juicio narrativo, tanto para el propio Nolan como para espectadores, ya que el visionado de esta película sirve de doctorado cum laude para este genio contador de historias y como manual de estilo que regirá su filmografía, así como de instrumento catalizador y asimilador estético para nosotros, los que disfrutamos viéndola. No hubo juicio contra Nolan, pero sí que lo hay para John Cutter, personaje interpretado por Michael Caine en la película. Es el personaje de Cutter el cómplice principal y alter ego del propio Nolan, no en vano es el encargado de postular la réplica que hemos transcrito unas líneas más arriba. Virtuosismo formal, de vuelta a los orígenes narrativos estructuralistas vistos ya en Memento, construcción extraordinaria de personajes con entidad propia, íntima y profundamente complejos, a la vez que títeres instrumentales y simples conductores o mediadores para encadenar las distintas funciones del relato. Y lo más difícil todavía, un uso complejísimo y muy exitoso de esa intergenericidad conceptual marca de la casa, extraordinaria, que deja a la admiradísima Memento en paños menores.

La primera proeza estilística de la película es el guión de los hermanos Nolan, Christopher y Jonathan, que adaptaron prodigiosamente la novela homónima de Christopher Priest (1995), esa apasionante narración epistolar, escrita en forma de carta por sus dos protagonistas. Temas como la dualidad, la obsesión, el sacrificio, incluso la clonación y el misterio que entreteje el conflicto entre dos magos (que competirán y rivalizarán hasta extremos casi psicopáticos por conseguir el mejor truco) pasados por el filtro narrativo no lineal que tanto nos gusta de los Nolan, adecuándose en este caso como un guante la estructura narrativa de la película con la representación de la fragmentación de la identidad personal. Para ello, dos recursos básicos, la presentación invertida de la temporalidad, que subraya la focalización interna fija del relato y la colisión entre las versiones de los protagonistas, que dejan la trama abierta mientras dura el conflicto que pesa sobre los magos Robert Angier (Hugh Jackman) y Alfred Borden (Christian Bale).

Hasta el final del largometraje no sabemos en qué momento de la acción nos encontramos. La ambientación es de finales del siglo XIX o principios del XX, y los efectos especiales del siglo XXI, sin que encontremos en este fenómeno narrativo contradicción estética alguna. Todo es verosímil. Nolan nos muestra hasta el más mínimo detalle con primerísimos planos de los artilugios usados en los trucos de magia y nos presenta a los protagonistas del mismo modo. Teniendo como cabezas de cartel a Jackman y Bale, esa cercanía se agradece infinitamente. Embelesados cada más a medida que avanza el metraje, tardaremos poco en descubrir que la película es un compendio abrumador y perfecto de analepsis (flashbacks) y prolepsis (flashforwards) dentro de una gran analepsis, que durará mientras dure la lectura de los diarios de los dos magos.

Apasionante mezcla de drama psicológico, thriller fantástico, película de misterio, buddie movie, western histórico disfrazado de cine negro, salpicada con ligeros toques de romanticismo, no por breve menos importante en la acción, y crucial pista la consternación de Sarah ante la cambiante e inconstante actitud afectiva hacia ella de su marido Alfred Borden. Portentosa resulta la interpretación de Rebecca Hall, grandeza que siguió demostrando en Vicky Cristina Barcelona (Woody Allen, 2008). Sin esa mirada vidriosa, sin esa tristeza contenida, sin esa rabia latente pero silenciada, el drama de la película no nos consternaría como lo hace. Queremos saber más de su personaje, que se ha convertido en una de nuestras heroínas románticas favoritas en sus quince minutos aproximados de interpretación. Con Rebbeca entendemos esa máxima tras la que tantos actores se escudan, aunque no todos defienden del mismo modo ni consiguen escapar de los clichés de género con igual suerte: no hay papeles pequeños, si no actores, en este caso actrices, pequeñas.

Menos grande se muestra en esta ocasión Scarlett Johansson, que a través del personaje de Olivia Westcombe interpreta a la chica de la película, nexo para que los dos protagonistas conozcan los secretos que desean del otro. Si estuviéramos en una película de cine negro de los años cuarenta del siglo pasado, Scarlett encanaría de nuevo a la femme fatale de turno por culpa de la cual se frustraría el destino del/los protagonista/s. Personaje prototípico que no lo es tanto, ya que Nolan, alejado de la misoginia reconocida por alguno de sus padres cinematográficos como puede ser Alfred Hitchcock, la utiliza para romper los convencionalismos de los géneros cinematográficos. Y hasta aquí podemos leer.

Aunque planteada formalmente como si de un truco de ilusionismo psicótico se tratara, no podemos afirmar, sin embargo, que ninguno de los dos personajes protagonistas esté loco. Seguro que conocemos gente como Borden y Angier, que no está internada en ningún centro psiquiátrico, aún sufriendo lo que podríamos denominar como un trastorno de ideas delirantes persistentes a lo largo de toda una vida, provocadas por esa ambición desmedida, que tan bien inmortalizó William Shakespeare en Macbeth. De todos modos, no creemos que Christopher Nolan tuviera intención de tratar directamente el tema de la locura o de las enfermedades mentales, interpretación legitimable mientras reconstruimos el rompecabezas propuesto por el realizador, aunque una vez desvelado, comprendido y prestigiado el misterio, no hay demasiadas interpretaciones posibles. Hay varias maneras de llegar a este truco final, pero el resultado es uno. Nolan cierra sus historias, otra cosa es que ponga a prueba nuestro intelecto e inteligencia constantemente.

Segunda proeza de la película: a medida que se avanza o retrocede (para el caso es lo mismo) en la acción, nos sumergimos en una apasionante y multitudinaria explosión en el desarrollo de originalísimos e interesantísimos subprogramas narrativos que se irán recuperando catárticamente a lo largo de los fotogramas del largometraje: desde la sentimental lucha por la tutela de la hija de Borden, hasta ese viaje a Colorado Springs, suerte de mundo misterioso, nebuloso y oscuro, aunque artificialmente iluminado, logradísima metáfora de la competencia feroz por hacerse con el poder y el monopolio de la distribución de la electricidad.

Como espectadores oímos la voz de Angier (Jackman) a través de la lectura que hace Borden (Bale), y viceversa. Muy interesante esta doble focalización interna del relato (no deja de ser el personaje quién cuanta los hechos en primera persona) disfrazada de focalización externa (alguien supuestamente muerto que narra su historia a través del diario que lee su oponente).

Finalmente, destacamos al personaje de Nicola Tesla, interpretado por un recuperado para el cine David Bowie, que se revela como la voz ideológica indiscutible de la película. Precisamente el personaje más controvertido o moralmente susceptible de ser juzgado es quién expone la moraleja: un científico que decide retirarse cuando se da cuenta de que ha ido demasiado lejos.

Y ahora sí, esos dos actorazos que son Hugh Jackman y Christian Bale, que defienden a la perfección, aceptando el juego propuesto por Nolan sus personajes. Narradores homodiegéticos y autodiegétiocs, según se tercie. Narradores ulteriores a la historia que se cuenta y simultáneos, todo a la vez. Protagonistas y antagonistas. Héroes y villanos. Personajes que construyen una mezcla de voces simultáneas: testimoniales y metanarrativas (ya que constantemente nos interpelan haciendo comentarios: ¿Estáis mirando atentamente?). Voces comunicativas que expresan sus emociones y su dolor, que terminarán convirtiéndose en voces ideológicas (esas consecuencias nada moralizantes de lo que nos depara nuestra ambición desmesurada). A pesar de todo, pesará mucho más para nuestros protagonistas la condición de ser los personajes de la historia que se cuenta, que no la función simultánea de narradores de la misma.

Maravilloso artefacto el que nos propone Christipher Nolan en este trabajo ejemplar, que nos demuestra que no hace falta ir a ver cine de arte y ensayo para disfrutar de una buena película, con un argumento atractivo, grandes interpretaciones y una factura soberbia. Y ahora, sí. Escuchemos una vez las palabras que el director nos susurra al oído, valiéndose de la voz y el rostro de Michael Caine:

“Todo truco de magia consiste en tres partes o actos. A la primera se la llama presentación, donde el mago muestra algo ordinario (una baraja de cartas, un pájaro…) para que veáis que todo es normal, aunque probablemente no sea así. El segundo acto es la actuación, el mago coge aquello ordinario y lo transforma en algo extraordinario. Es entonces cuando intentáis averiguar el secreto, aunque en realidad no queréis saber cuál es. Queréis que os engañen. Pero no aplaudiréis todavía. Lo que ha desaparecido aún tiene que reaparecer. Es por eso que todo truco consta de un tercer acto, la parte más complicada: el prestigio

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] El truco final (El prestigio) (The Prestige, 2006). […]

  2. […] – Death Defying Acts, Gillian Armstrong, 2009) o situando la acción en la época victoriana (El truco final, The Prestige, Christopher Nolan, 2006; El ilusionista, The illusionist, Leil Burger, […]

  3. […] capacidades actorales. Porque el ladrón en realidad no es uno sino dos. Como el tramposo Nolan de El truco final (The Prestige, Christopher Nolan, 2006), (ellos en su espectáculo también juegan con la magia) […]

  4. […] inició con Batman Begins su colaboración con Hans Zimmer, aunque pudo contar con él también en El truco final). Incluso la cutre-sobreimpresión de las imágenes pasa por alto al tenernos atrapados intentando […]

  5. […] la noche según hemos acostumbrado a nuestro cuerpo, tiene un efecto devastador en el ser humano. El truco final (The Prestige, 2006) y la Trilogía de Batman utiliza el tiempo como constante limitación para […]

  6. […] era la explicación que nos daba Cutter, interpretado por Michael Caine, en El truco final ( The Prestige, Christopher Nolan, 2006). Mientras estamos sentados (hipnotizados) en nuestras […]

  7. […] visto jamás”. Esta era la explicación que nos daba Cutter, interpretado por Michael Caine, en El Truco Final (The Prestige, Christopher Nolan, […]

  8. […] este proceso de translación al lenguaje cinematográfico: Memento. Cierto es que después vendrán El truco final (The Prestige, 2006) y la que para los nolanistas de la casa es su mejor película, Origen […]

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