Interstellar

De polvo y luz Por Arantxa Acosta

“(Bridewell) - Y… ¿dónde está la cuarta dimensión?
(Hillyer) - Bueno, eso es pura teoría, nadie sabe exactamente qué es la cuarta dimensión ni si realmente existe.
(Wells) - Todo lo contrario, doctor. La cuarta dimensión es tan real y verdadera como lo son las otras tres. Más aún, no podrían existir sin ella.”El tiempo en sus manos (The Time Machine, George Pal, 1960)

**Contiene spoilers**

En Origen (Inception, 2010) hay un plano que fascina tanto como perturba: en el inicio del film, justo cuando están en el sueño intentando convencer al japonés de que contrate sus servicios, existe una alteración en la capa superior, en el sueño superior. Cobb mira qué hora es: es necesario controlar el tiempo.… pero el primer plano de su reloj de pulsera aparece girado 180 grados. Será la única vez que lo veamos así, aunque sí se incluya poco después otro primer plano de un reloj… ¿Qué nos quiere decir Nolan? ¿Por qué es preciso que nos fijemos a esas alturas del film – si es lo hacemos – en algo a priori tan insignificante? 

Porque no lo es. Ese plano encierra tanto varios significados como varias obsesiones del director. 

Y es que no se trata exclusivamente de fijarnos en la necesidad de controlar el tiempo en ese momento del film, que también. Se trata de que sepamos rápidamente que no estamos en el plano que conocemos, que vivimos. Se trata, además, de que intuyamos de que Cobb ni tan siquiera se encuentra en el mismo que sus compañeros. Se trata de que reflexionemos acerca de la importancia de un tiempo que damos por hecho es lineal:  el tiempo como controlador. El tiempo como regidor de nuestras vidas, de nuestros sueños. De nuestro futuro. 

La preocupación sobre el tiempo y la “losa” que supone para el hombre aparece en absolutamente todos los largometrajes de Christopher Nolan. Porque en Following (1998) y Memento (2000) la importancia del tiempo la encontrábamos muy presente en el montaje. El protagonista de Memento, además, dependía del tiempo que tenía, y recordaba, para llevar a cabo su venganza. En Insomio (Insomnia, 2002), el tiempo se introduce como regidor de nuestra cordura: la distorsión de su avance, del día y de la noche según hemos acostumbrado a nuestro cuerpo, tiene un efecto devastador en el ser humano. El truco final (The Prestige, 2006) y la Trilogía de Batman utiliza el tiempo como constante limitación para nuestro avance, y decisiones: en El caballero oscuro (The Dark Knight, 2008), por ejemplo, tenemos la impactante secuencia de los dos barcos, donde los viajeros de cada uno de ellos tienen hasta las doce de la noche para barajar sus posibilidades de supervivencia. Y Origen introduce ya la relatividad de la dimensión, en función de la capa del sueño en la que nos encontremos… 

Pero Nolan sabe que no puede desligar la preocupación sobre el tiempo de otra sus obsesiones, que ya anunciábamos en la retrospectiva que hicimos hace varios años al director. “Entusiasta de la mente humana”, decíamos, hablábamos sobre la reflexión del director y guionista alrededor de la necesidad del ser humano de gobernarse a sí mismo, de comprenderse, de estudiarse.

“El poder de la mente sobre el propio yo”. Nolan se pregunta hasta qué punto el ser humano es capaz de conocerse a sí mismo, y por sí mismo. Y lo hace, siempre, también de la mano de alienados sociales. Y, otra vez, siempre buscando esa obsesión por la optimista superación personal. 

Interstellar no será una excepción. Solo que ahora la pregunta va más allá del individuo, llevándola a un nivel superior: es un deber del hombre el conocer sus propios límites, ya no por su propio bienestar, sino por el de la especie.

El hombre debe avanzar, arriesgarse, por el bien de la humanidad. La superación vista como única vía al futuro de la especie. La alienación del individuo provocada por la situación que le toca vivir.  

Pero es en Interstellar donde Nolan se ve ya capacitado para desarrollar de forma completa, y focalizada, su preocupación sobre el tiempo, abordándolo ahora desde su concepción más científica. El tiempo, la cuarta dimensión. El tiempo, ingobernable. Al menos con nuestros conocimientos actuales, claro. Porque…

¿Podrá el hombre, en algún momento de su evolución, controlar el tiempo? ¿Convertirlo en una dimensión física? Para ser manipulado, para utilizarlo en el beneficio de la especie humana… Esta es la base de Interstellar, pero, como siempre, Nolan disfraza su verdadera motivación.

Continuemos ya de lleno hablando del film, con una dicotomía presente en el planteamiento argumental, en su propuesta formal y en la valoración final: de polvo, y luz.

De polvo, y luz

El film se inicia con la cámara recorriendo una estantería llena de libros, y de polvo. Los libros serán una referencia a la necesidad de conocimiento (con el sub-mensaje de no intentar manipular la información, por cierto), a estudiar nuestro pasado para alcanzar nuestro futuro. El polvo representará el desgaste de la raza humana, los últimos coletazos de una vida que más bien es de supervivencia tras haber vivido sin prestarnos atención (como vimos en Young Ones – Jake Paltrow, 2014 – o The Rover – David Michôd, 2014 -, por ejemplo: no sabemos cómo hemos llegado a esa situación, pero no nos hace falta. Lo que sí sabemos es que, de seguir así, será una realidad). Pero también será el elemento clave para “despertarnos”, obligándonos a pasar por el agua, tan temido como vital para el hombre, hasta llegar, finalmente, a la luz. A la esperanza.

Y, para llegar a la luz, a “iluminarnos” con sus teorías, Nolan divide Interstellar en cinco partes claramente diferenciadas. 

La primera se desarrolla en la Tierra, básicamente en el campo que Cooper, el protagonista, posee. Un ex-piloto e ingeniero reconvertido en granjero. En esta primera parte empatizamos con él y su familia, de forma que más adelante comprendamos, y compartamos, mucho mejor su desesperación. Una introducción en la que la tierra, los tonos ocres y la cámara en mano serán los recursos que abunden, otorgando un acercamiento a la historia mucho más personal. La segunda parte se desarrolla en las instalaciones de la NASA. El color se mantiene, pero Nolan deshecha los rápidos movimientos de cámara para fijar sus planos, sus ideas. La tercera transcurre en el espacio, en una nave que nunca presentará ubicaciones amplias, conociendo exclusivamente los espacios de la comandancia de la nave, poco más. Claustrofobia e introducción ahora de conceptos, no personajes, desde el por todos sabido efecto de la inexistencia de gravedad hasta el por qué ya se sabe que un agujero negro es esférico. Espectaculares imágenes del espacio, sin sonido, como debe ser, orquestando un espectáculo visual que no por ello se trata de una reverencia al Cosmos, alejándonos de las odiosas comparaciones. Porque aquí el espacio no es el fin, es la excusa. Como sucedía en Gravity (Alfonso Cuarón, 2013). Algunas imágenes a priori sin sentido que nos descolocan, atribuibles a fantasmas y que tendrán su respuesta en la cuarta parte, la explicación dimensional, la explosión sensorial del film, la que nos acaba de atrapar. Finalmente, la quinta es un epílogo, el triunfo del ser humano, la conquista del espacio, para entendernos, en la que los colores ocres vuelven a aparecer. Porque el espacio, para el hombre, siempre será su hogar.

Cinco etapas de película, cinco etapas para el ser humano… Pues bien, la gran pregunta, es: ¿consigue Nolan que nos mantengamos atentos y, lo más importante, ensimismados, avanzando y conociendo cada una de estas divisiones, durante casi tres horas? 

Sí y no. 

El reiterativo truco de Nolan: las capas narrativas 

Algo que nos fascina de Nolan es que siempre trabaja por capas a la hora de dirigirse a su público: la capa más superficial es la que rige el film, la que puede comprender y disfrutar cualquier tipo de espectador. La que entretiene, por así decirlo. Pero la importante, la que empuja al director a querer (normalmente escribir y) dirigir el film, es la que queda debajo de ese manto más mainstream. Es la que justifica la complejidad de sus films, la que desarrolla sus obsesiones. De esta forma, Nolan consigue enganchar tanto a los que buscan pasar un buen rato ante la gran pantalla como a los que se irán a sus casas intentando descifrar qué es lo que ha querido decirnos el gran mago del cine. Sin ir más lejos, en El truco final la capa superficial es una entretenida historia de venganza entre los dos protagonistas, un thriller convencional, mientras que la historia de Priest se deja entrever en un segundo plano (que no cuaja), y nos habla de la posibilidad de la clonación, de la ética y moral a aplicar, en su caso: ¿seríamos capaces de  tratar a nuestros otros yo como simples “esclavos”, como residuos de nuestra propia vida? ¿Hasta dónde llega nuestra codicia? En la Trilogía Batman la humanización del superhéroe (que ya es el más humano de todos) y sus reacciones y debilidades ante el “concepto justicia” se hace mucho más evidente, en un film en el que la acción no puede dejarse de lado. Pero es en Origen cuando el director consigue desplegar de forma más coherente y a la vez más sutil la dicotomía película blockbuster versus film introspectivo, y es que de nuevo la trepidante acción es la excusa para investigar y hacernos su propia propuesta acerca del funcionamiento de los sueños y la capacidad de hombre de superar sus miedos.

Y llegamos a Interstellar, y a sus capas (aquí más de dos, por cierto): para la capa superficial Nolan se pone a prueba con otro género, el de aventuras, pero lo disfraza emplazándolo en la ciencia ficción, para él algo más conocido. 

Viajar a través de un agujero de gusano, descubrir nuevos planetas… pero también se acoge al drama, y envuelve sus propias dudas acerca de las posibilidades de supervivencia del hombre en el Universo, si éste pudiese controlar las diversas dimensiones (y en especial esta más etérea que es el tiempo) en su propio beneficio.

Tiempo y gravedad. Esta es la capa subyacente, la importante, la que explotará en los mejores treinta minutos finales del film y sin duda de los más potentes de toda su filmografía hasta la fecha. 

De esta forma, el guión explota una historia mucho más humana, más cercana para el espectador que se verá obligado a comparar entre Tierra y espacio, entre los sentimientos humanos y la grandeza de lo desconocido. Y es así como Nolan juega con nuestras emociones, apelando a los sacrificios que pueden hacerse por los seres queridos, a la naturaleza del arrepentimiento y de la búsqueda de enmendar los errores. Al amor, en definitiva, y a lo que éste significa en la raza humana.

A nivel personal, diré que esta línea argumental se excede en el film. Quizá porque me hubiese gustado se hiciera mucho más hincapié en la base científica, en explotar sus posibilidades (que se me antojan más que cortas en esos treinta minutos colofón que reúnen todos los pequeños, y escasos, mensajes que se han ido lanzando a lo largo de la película). Pero tengo que reconocer dos cosas: la primera, que aunque el guión no ayuda (y esto es algo que ya vimos en El caballero oscuro: la leyenda renaceThe Dark Knight Rises, 2012. Que se quiera producir un film mainstream no implica que no pueda desarrollarse un guión a la altura de las circunstancias), Matthew McConaughey nos arrebata más de una lágrima en una escena que, si bien nos recuerda por supuesto a la casi exacta presentada en Moon (Duncan Jones, 2009), la tensión conseguida por el director la lleva a ser una de las más impactantes de la película, más incluso que las imágenes del espacio. Me refiero, obviamente, a cuando Cooper puede por fin ver los mensajes que le llegan desde la Tierra, acumulados en la memoria del receptor durante los más de veinte años que han estado “desconectados” de los suyos. McConaughey emociona, nos atrapa con su llanto, y reconocemos el trabajo del realizador, porque con esta sencilla imagen nos revela lo obvio: el hombre sería capaz de dejarlo todo por los suyos. El amor, concepto al que se hace referencia explícitamente a lo largo del film, no sabe de dimensiones. Es el sentimiento más puro, el que nos hace avanzar. Por nosotros, por nuestra familia. Por los nuestros. Por todos.

Interstellar 2

Así que la historia familiar nos la plantea como un cuento: vemos algo del Spielberg ochentero en la parte inicial, cuando Cooper está con sus hijos persiguiendo al dron. Vemos que los hermanos Nolan vuelven a darse alguna que otra libertad a la hora de hacer avanzar el guión (la rápida conexión que establece la hija sobre el verdadero papel de Cooper en la evolución del ser humano hacia su supervivencia… ¿no se antoja tan inverosímil como la del policía que reconoce a Batman?), haciéndonos caer en la cuenta, seguramente sin querer, de que lo que estamos viendo es una hermosa fantasía cinematográfica. Se perdona, sí. Al fin y al cabo, lo dicho: se trata de un cuento fantástico… nos da absolutamente igual.

Pero decía que tenía que reconocer algo más: y es que aunque se alargue esta aparente capa que aporta un sentimentalismo nunca visto en los films de Nolan, hay que decir que funciona, y no únicamente porque aunque el metraje, y montaje, de casi tres horas no nos lleva en ningún momento a consultar la hora, sino porque el tempo es progresivo, lento pero seguro, un cambio gradual tampoco antes visto en Nolan y que nos sorprende (dejando a un lado que en algunas etapas no acabe de funcionar, sobre todo en las escenas donde lo que ocurre a los dos lados del universo no tiene una correlación tan directa como sería necesario para jugar con este montaje en paralelo. La quema del campo con lo que le está sucediendo a Cooper en el planeta, sin ir más lejos). 

La inevitable referencia

Antes de ver Interstellar me negaba a sucumbir a compararla con 2001: una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, Standley Kubrick, 1968). Al fin y al cabo, muchos saben que para mi Kubrick es Dios, ya lo he escrito varias veces. Tras el visionado del film de Nolan, sigo pensando lo mismo. 

Interstellar no es comparable a 2001. Más que nada porque, en gran parte se trata, simplemente, de (re)descubrirla. Homenaje o plagio de Nolan… Gran dilema. 

Quedémonos en que ha querido explicar, y en demasía (algo de lo que ya peca el director en sus anteriores films), una de las interpretaciones que podemos extraer del viaje a otra dimensión del Dr. Bowman.

Y es que en el momento que Cooper entra en el agujero negro es imposible no recordar las psicodélicas imágenes del Doctor sobrevolando el planeta y entrando en lo que creemos es otra dimensión espacio-temporal. Nolan actualiza esa visión, por supuesto, y acaba llevándonos a un espacio tridimensional, que también representa un espacio físico que reproduce lo que podría ser un emplazamiento recordado por el ingeniero. Pero los hermanos Nolan van más allá: parece que quieran descubrirnos una verdad absoluta, una interpretación única e incuestionable que, aunque totalmente aceptable y espectacularmente expuesta, nos deja el mal sabor de boca que la anterior evita, por no querer entrar en detalles. Y es que, ¿es tan necesario cerrar el círculo al espectador sobre lo que está ocurriendo? Quizá, por su planteamiento inicial, sí lo es en Interstellar. Pero no nos quita la sensación de que se nos hayan puesto orejeras para burros, la verdad, y más para los que somos amantes de la propuesta de Kubrick.

Interstellar 4

Seguimos. Nolan utilizará además otras referencias de Kubrick. TARS y CASE, los robots que acompañan a los humanos en su misión, aúnan el concepto HAL y monolito, haciendo perder todo el significado de los dos anteriores en la propuesta del fallecido director, y otorgando una nueva visión.

En primer lugar, los robots nunca se rebelarán contra el hombre. Muy al contrario, se trata de amigos inseparables que, además, podremos manipular a nuestro antojo. Esta visión “nolanista” da por hecho que el hombre gobernará por encima de sus creaciones, abandonando completamente la idea que plantea la reciente Autómata (Gabe Ibáñez, 2014) y relegando a las máquinas a la condición de siervos del hombre (de hecho, Cooper se dirige más de una vez a TARS con ese “cariñoso” calificativo, máquina, aunque en realidad le esté tratando como a otro ser humano… porque es ya lo único que le conecta con su vida del pasado).

El hombre es el centro del universo. Tanto que reduce la idea del monolito a ser una creación de él mismo, eliminando cualquier concepción acerca de tratarse de algo mucho más inconmensurable, intangible: la llegada de la evolución (“la evolución del hombre depende del hombre mismo”, nos parece sermonea Nolan) o incluso la existencia de un Dios que nos vigila, y empuja a avanzar.

Por otro lado, a nivel más formal, tampoco se nos escapa cómo introduce la tercera parte de la película, la del lanzamiento de la nave hacia el espacio. Nolan pasa de la imagen de Cooper, llorando tras no poder despedirse de su hija como es debido, a la del despegue de la nave con un corte limpio, anunciado con una cuenta atrás. El hombre evoluciona, sí: como del mono que lanza el hueso a la nave que ya está en el espacio. Pero Nolan lo presenta de forma mucho más realista. O mucho más explicada, como se quiera leer. 

Con todo esto, es un error pensar que Interstellar es la nueva 2001. Nada más lejos, por favor. 2001 es un llamamiento a la inteligencia del ser humano, además de una oda a lo desconocido, a lo que nos supera. Y Nolan, dentro de la que seguro podemos calificar también de obra maestra y que se convertirá en film de culto casi instantáneo para la ciencia ficción, no hace más que interpretar, y llevar las ideas de Clarke/Kubrick a un terreno mucho más comprensible. Y, ya que estamos, entretenido, por supuesto. 

La importancia del tiempo, de la familia y de aliarse con nuestros inventos. ¿Algo más?

Pues sí, hay más. Nolan introduce también el descrédito a cualquier tipo de religión. De forma soterrada, pero completamente identificable para el astuto espectador.

Y es que varias son las propuestas sobre la existencia de “algo” sobrenatural, llámese extraterrestre, como plantea Ridley Scott en su fallida Prometheus (2012), o Dios, pero todas ellas en Interstellar acaban teniendo una explicación mucho más terrenal. Incluso, como decíamos antes, sin decirlo tan explícitamente (“fantasmas” que nos ayudan”, “ellos”), Nolan destruye la interpretación de que el monolito sea Dios al hacerlo aparecer como una máquina creada por los ingenieros, utilizada tanto para matar (se explica se programan también como marines), para acompañar en una misión interestelar, o para segar el campo. No hay Dios que valga. Ni extraterrestres. Únicamente nosotros, con nuestros propios medios, seremos capaces de salir adelante. Y, para los hermanos Nolan, lo conseguiremos.

Hablábamos en la introducción del gusto del realizador por los personajes alienados. Cooper, al igual que los integrantes de la misión Lazarus y sus propios compañeros, se verá obligado a abandonar la Tierra por el bien de la humanidad. Pero Nolan, lejos de mostrarlo finalmente como un sacrificio, encumbra la decisión. Es como si la explicación final a su obsesión, la necesidad de conocerse a sí mismo y actuar en consecuencia, que ha arrastrado y evaluado ya en sus anteriores films, la encontrase en Interstellar estudiando, de nuevo, al ser humano como elemento único, aislado. Y lo que encuentra es que el hombre, todos nosotros, queremos sobrevivir. Está en nuestra naturaleza. Algunos de forma egoísta (el personaje del Dr. Mann lo deja muy claro, es el reverso malvado de lo que todos estamos pensando: si la misión es fallida… ¿por qué he de morir yo únicamente, y en solitario?), pero lo importante es que nuestro verdadero destino es hacerlo por el bien de la especie.

Interstellar, ¿obra maestra fallida?

La película no es, ni mucho menos, fallida. De hecho la que suscribe ya la considera obra maestra, sí. Pero no es redonda. Y no lo es por sobreexplicada, por atreverse con Kubrick, por no ser más personal. Nos ha faltado que deje más pistas, como hacía en Origen. En cualquier caso, obviamente Interstellar es infinitamente disfrutable, aunque quizá en este caso Nolan consiga cosechar grandes y mayores elogios por parte de los que son menos fanáticos del género. Quizá, otra vez, es lo que quería: ser alabado, por cuantos más, mejor.

TRAILER:

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] Primer – Íd., Shame Carruth, 2004); sobre la rigurosidad científica en films de la talla de Interestellar (Interestelar, Christopher Nolan, 2014) o, lógicamente, 2001: Odisea en el Espacio (2001: A Space […]

  2. […] efectista, que no transmite un respeto hacia el material manejado. Una situación que ya se daba en Interstellar (Christopher Nolan, 2014) en el tratamiento de la ciencia. Sin embargo, en la epopeya […]

  3. telo dice:

    Agradezco tu critica..la pelicula es genial y a mi en lo personal me ha llamado a aprender mas de ciencia…la he visto 8 veces y todavia la sigo descubriendo..
    Saludos

  4. […] (Barbara Steele), una anciana senil que vive refugiada viendo una y otra vez (como Arantxa con Interstellar – Christopher Nolan, 2014) la cinta del día de su boda. Un pasado que para ella fue mejor y […]

  5. […] de fotografía, habitual en la filmografía de Tomas Alfredson y actualmente en cartelera con Interstellar) el complemento ideal para Her. Esta, aun siendo continuista con la obra de Jonze, se convierte en […]

  6. […] mesianismo científico de Interstellar (2014) implica una reinterpretación de la cosmovisión cristiana acorde con la modernidad. Cooper […]

  7. carlos dice:

    desde luego que aluciné viendo interstellar y es una película intachable y muy buena, ahora bien, que todos sabemos que el nuevo rey midas de hollywood es nolan y que tiene dinero y está arropado por lo mejor de lo mejor, por eso yo le quito un poco de mérito, sólo un poco, ya que otros directores noveles hacen películas tan buenas o mejores de ciencia ficción con un presupuesto limitado y con pocas ayudas de producción y demás, dicho esto, interstellar es un producto que fascinará a los amantes del género y que al igual que prometheus a mucha gente no gustó crearán un gran número de fans y tendrán segunda parte casi seguro…..

  8. Manuel Garcia dice:

    Comparto en mucho tu critica, y me da gusto q todavía exista gente q va al cine mas allá de solo pasar el rato… a mi sentir a mi me agrado mucho pero los últimos 10 minutos los sentí demasiado “rápidos”, como q para variar en la realidad eran mínimo 20 minutos y los distribuidores de la película presionaron a Nolan a recortarla… lo cual es normal en películas de larga duración, pero editar las escenas finales creo q fue algo en contra de la película … siento q el mensaje de la película es q por mucho es mas importante lo humano q lo tecnológico , y al final Cooper ni pregunta por su hijo ?… su hija prácticamente lo manda por un tubo o mas bien al hoyo negro en 10 segundos sin ni siquiera presentarle a su familia ?… yo considero q esto era igual o mas importante q ver la correteada al dron al inicio… se supone q en 50 anos de avances q Cooper no estuvo ligado a la tierra, la tecnología era igual y por eso se escapa y maneja naves a su antojo ???…. la teoría de su hija ( q se la da el robot de la gente del futuro ) no había modificado la manera de viajar en el espacio ???… creo q esos pequeños factores son la gran diferencia de los trabajos de Kubrick , el ARTISTA… y Nolan… el ARTESANO !!!!

  9. Javi dice:

    Que grandiosa sorpresa ha sido encontrar esta página.
    Indagando en Internet por alguna crítica de “Interestellar” que compartiese mi visión, llegué aquí; y me encontré lo que he tenido en la cabeza desde que los créditos finales aparecieron en la sala y sorprendieron a mis lágrimas.
    Que grandiosa crítica, sin olvidar la técnica cinematográfica y dando bellas referencias de otras películas de las que la de Nolan a bebido.
    ¡Tenéis un lector más! ¡Bravo!

    1. Arantxa Acosta dice:

      ¡Muchísimas gracias, Javi! Esperamos encuentres otros textos que también te motiven tanto, ¡un saludo!

  10. Daniel dice:

    hola Arantxa , ¿te ha gustado que una película que muestra la inmensidad de los viajes en los océanos del espacio y del tiempo este contada mediante unos encuadres tan cerrados?

    1. Arantxa Acosta dice:

      Buena pregunta. Para responder hay que pensar qué es lo que Nolan quiere representar. ¿Quiere mostrar, tal y como citas, “la inmensidad de los viajes en los océanos del espacio”? Yo creo que no, la verdad. Como intentaba plasmar en el texto, el espacio es la excusa, no el fin. No se trata de una oda al Universo, sino al hombre y su capacidad de superación, su responsabilidad hacia la especie. Y si nos regimos por esta premisa… ¿qué mejor que escoger encuadres cerrados para delimitar al máximo el objeto de su estudio, es decir, al individuo?

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