La saga del planeta de los simios

Distopías regresivas: De humanos y otros simios Por Pablo S. Blasco

En 1859, Charles Darwin hizo pública su célebre El origen de las especies por medio de la selección natural, una obra en la que daba pruebas rigurosas de que el ser humano era solo una evolución afortunada en el orden de los primates, directamente emparentado con los grandes simios antropomorfos e, incluso, con los simples monos. A fin de cuentas, un mono bípedo y dotado con el pensamiento abstracto para imaginarse distinto a los demás. Tal revelación fue interpretada como un duro golpe al teocentrismo de las religiones modernas: ni había un destino teleológico reservado para nosotros ni estábamos diseñados a imagen y semejanza de nadie más. Entre un animal y una persona solo existían diferencias de grado. Por ello la teoría de la evolución también suponía –y a más largo plazo– un duro golpe contra el optimismo antropocéntrico. El ser más evolucionado sobre la Tierra provenía de un proceso adaptativo; sus ideas e ideales eran fruto de una inusitada capacidad craneal. Aleatorio en la historia del universo y eventual sobre otras especies, surgía entonces la sospecha de que este liderazgo pudiera ser la cumbre de un período destinado a desaparecer. Todos nuestros logros serían borrados de la historia. Una nueva especie nos sustituiría al frente de la jerarquía evolutiva. Quizás nosotros mismos, evolucionados en un ser que ya no pudiéramos identificar como propio. O quizás otro animal, incluso uno de los que ya conocemos y dominamos sobre la Tierra. ¿Otro primate? ¿Por qué no?

La teoría de la evolución aplicada a las ficciones dio como resultado varias distopías que integran una temporalidad apabullante para la mente humana. Esta nebulosa de ideas convergiría en 1968 en dos obras maestras del cine de ciencia-ficción: 2001: Una odisea del espacio (2001: A space odissey, Stanley Kubrick) y El planeta de los simios (Planet of the Apes, Franklin J. Schaffner), la primera space-opera de serie A norteamericana y el mayor exponente de las distopías regresivas, aquellas en las que se nos muestra un futuro condenado a retroceder al pasado, a los orígenes de nuestra civilización. Diez años antes del Alien de Ridley Scott (1979), sus tres astronautas ya surcaban un espacio hostil e indescifrable para la raza humana. Podían parecer aventureros en busca de nuevos mundos cuando, en realidad, solo se trataba de náufragos derrotados por el reverso de las utopías. Durante gran parte del film, el comportamiento engreído y orgulloso de Taylor –interpretado con poderío por Charlton Heston– pretende engañarnos sobre su papel como héroe activo en la película. Taylor reacciona, piensa, planea, corre y dispara –casi todo excepto escuchar– como un Gary Cooper del siglo XX a quien todo el peso estrepitoso de su época le iba a caer encima, de forma inesperada, en esa imagen del símbolo de los Estados Unidos sumergido en una playa solitaria. Entonces Taylor, nuestro protagonista –nosotros mismos–, se derrumbaba: su grito detenía el curso de la ficción y nos forzaba a reflexionar sobre los valores que creíamos incuestionables. En El planeta de los simios no hay cabida para la fe en el ser humano. Esos gritos finales de Taylor condensan como icono todo el malestar de una década de hondas contradicciones. El hombre se había convertido en un “ángel de la muerte” –cita del Dr. Zaius– que transitaba hacia su destrucción convencido del carácter inalterable de su mundo. Por un lado, los hombres que habitan el planeta habían retrocedido de nuevo al nivel de bestias, carentes de voz –porque dejaron de usarla cuando debían hacerlo–, carentes de ilusiones y de esfuerzo –porque creyeron que todo era suyo por derecho– y carentes de iniciativa para revertir esa situación. Pero por otro lado, los simios representan también al hombre tal como es en la actualidad, reacio a las novedades y los descubrimientos, intolerante, violento, cruel con otras razas, desconsiderado y manipulado por las religiones y otras formas de poder. Michael Wilson, guionista del film junto al mítico Rod Serling, había sido víctima del tribunal de McCarthy y podía hablarnos en primera persona sobre el oscurantismo y el miedo como formas de estabilidad social. El famoso Dr. Zaius no era, ni mucho menos, un desconocido para el escritor norteamericano.

El planeta de los simios

El planeta de los simios

Basada en la novela homónima de Pierre Boulle, El planeta de los simios asciende a cine comercial una alegoría que destaca por su equilibrio entre distancia intelectual y emoción narrativa.

Franklin J. Schaffner supo diseñar una iconografía de paisajes lunares y simios con toga que ha soportado infinidad de continuaciones para un público dispuesto a saber más, incluso mucho más, sobre el famoso planeta –es decir, sobre la Tierra–. No obstante, lo cierto es que, tras cuatro secuelas y un remake, solo conocimos su evolución con la precuela El origen del planeta de los simios (Rise of the Planet of the Apes, Rupert Wyatt; 2011), la cual logra renovar las claves de la saga con un estilo adaptado a los nuevos tiempos. En este reboot de la franquicia, los simios nacen de un experimento contra el alzheimer que hace desarrollar su inteligencia de manera inusitada. Su hábil combinación de ciencia-ficción distópica, cine carcelario, cine de aventuras y desenlace trágico señala de nuevo a la crueldad, la intolerancia y la irresponsabilidad del ser humano como las causas de su futura debacle. La excusa de los experimentos se ofrece, además, como el engarce definitivo entre la saga y su más obvio referente, el clásico La isla del Doctor Moreau de H. G. Wells. En ella, un oscuro personaje desea transformar a los animales en seres humanos, y acaba dando a luz una grotesca sociedad de hombres-bestias demasiado similar a la nuestra. Su protagonista logra escapar de la isla y se reincorpora a la civilización, pero desde entonces no consigue diferenciar a unos de otros: sufre la pesadilla de que, día tras día, “el animal comenzaba a surgir de ellos”. La isla del Doctor Moreau traza ya la equivalencia entre hombre y animal con un pesimismo que se adelanta en varias décadas a las dos guerras mundiales. No tan distinta del mundo de los simios, la sociedad de los hombres-bestias existe bajo unas leyes coreadas monótonamente para reprimir sus verdaderos instintos: la caza, la violencia y la dominación sobre el resto de semejantes. Es de lamentar que ninguna de las adaptaciones al cine de La isla del Doctor Moreau haya estado a la altura de la novela. Tras una limitada versión de serie b en 1959 (Terror is a man, Gerardo de León), Orion Pictures produjo en 1977 La isla del Doctor Moreau, protagonizada por Burt Lancaster. Un tercer intento, nuevamente fallido, fue estrenado en 1996. Marlon Brando interpretó al famoso doctor con las hechuras de un Kurtz que quiere aislar la parte humana y animal del hombre para mejorar la especie. El descontrol inherente a este proyecto se expresará entonces por una regresión a sus instintos más primarios. En vez de dos adaptaciones independientes, lo cierto es que ambos films parecen mantener un diálogo ajeno a la novela, ya que comparten la invención de un mismo personaje femenino, construyen desde cero el perfil de Montgomery y reemplazan la parte final del libro –en la que Prendick debe integrarse en la manada–, finalizando su relato con la destrucción del campamento. Afortunadamente, la huella del doctor Moreau en la gran pantalla ha sido perceptible en varias reescrituras de indudable interés. El autor más fiel a la novela ha sido el norteamericano Michael Crichton, guionista y director de Almas de metal (Westworld, 1973) y autor de las novelas de Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993) y El mundo perdido (The Lost World, 1997) de Steven Spielberg. Estas tres obras constituyen especulaciones sobre un futuro donde el hombre pueda recrear el pasado para disfrute de ocio y diversión. En su película como director, la tecnología reproduce el Viejo Oeste, la Edad Media y el Imperio Romano a través de unos robots que se independizarán con funestas consecuencias. Una semana de vacaciones y fetichismo posmoderno acaba convertida así en una lucha por la supervivencia que nos retrotrae a la barbarie de épocas pretéritas.

La isla del Dr. Moreau

La isla del Doctor Moreau

El cine distópico de contenido regresivo suele ahondar en el aparente control del hombre sobre la naturaleza, cuyos elementos actúan siempre de maneras imprevisibles incluso dentro de nosotros. En El origen del planeta de los simios queda patente que el hombre puede ser la peor de las bestias. Los simios deciden rebelarse para revertir una situación de injusticia similar a la esclavitud. Su batalla por sobrevivir continúa en El amanecer del planeta de los simios (Dawn of the Planet of the Apes, 2014) de Matt Reeves, que tuvo su estreno hace unos meses. En primer lugar, la nueva entrega renueva por completo su estética con una realización espectacular nunca vista en la saga. Pero además su narración asimila simios con humanos como dos especies –dos razas, dos países, dos sistemas, dos culturas– enfrentadas por su incapacidad para entablar un diálogo. La brutalidad que acaba estallando en el film no procede de un solo grupo social, sino del equilibrio de miedo e ignorancia que sustenta sus estructuras. El film transcurre en una primera fase apocalíptica donde un universo empieza y otro agoniza, y en el que las empatías y antipatías son repartidas para trazar un rotundo paralelismo entre ambos. A diferencia de la política-ficción de los años 60 y 70, la nueva saga privilegia un espectáculo con mensaje bienintencionado y universal que aún entronca –qué poco cambian las épocas y las generaciones– con las mismas preocupaciones de siempre: la guerra, las diferencias sociales, la destrucción de nuestra sociedad, del planeta o del ser humano tal como lo conocemos. Mientras la recaudación de El amanecer del planeta de los simios ya está doblando su presupuesto, El planeta de los simios de 1968 conquistó 24 millones de dólares de los 4,2 que había costado. La película se convirtió en un inesperado éxito económico, pero así mismo en un símbolo de la lucha por los derechos civiles, el fin de la guerra de Vietnam o de la Guerra Fría. A nadie debió de sorprenderle entonces que dos años después llegara la primera secuela de la franquicia: Regreso al planeta de los simios (Beneath the Planet of the Apes, Ted Post; 1970) retoma la iconografía que ya conocíamos y la sincroniza con una mayor actualidad que refuerza su contenido ideológico. Toda la primera parte repite las aventuras de Taylor a cargo de un nuevo personaje –llamado Brent y así mismo astronauta– que se estrella en el planeta siguiendo su rastro. El totalitario Dr. Zaius ha perdido ya el control político ante un ala radical de gorilas dispuestos a ocupar la “zona prohibida” –referencia nada casual a Vietnam– y exterminar el peligro de los humanos. Sin embargo, en las profundidades del metro neoyorquino ha sobrevivido otra raza de seres telepáticos, quizá seres humanos, que adoran una bomba con el símbolo de la omega y que culminarán el objetivo ideal de una distopía: la destrucción irreversible del planeta Tierra –que no la destrucción de la franquicia: la economía es una cosa muy distinta–.

Regreso al planeta de los simios

Regreso al planeta de los simios

La raza humana del futuro habría evolucionado entonces por dos caminos divergentes. Arriba, en la superficie, humanos y simios han consolidado su naturaleza animal, mientras abajo, en las catacumbas, unos monstruos pálidos y venosos han reforzado su naturaleza inteligente, dividiendo a la población en dos bandos irreconciliables. A pesar del progresivo desaliño de la saga –peor maquillaje, exceso de zooms, actores inexpresivos–, Regreso al planeta de los simios conforma la prolongación que requería su filosofía fatalista. El tema de la segregación funcional del futuro era ya una constante desde las distopías literarias de principios del XX. Si antes nos referíamos a La isla del Doctor Moreau, ahora es inexcusable comentar La máquina del tiempo, otra aventura surgida del pesimismo de H. G. Wells. Escrita en 1895, esta novela plantea un futuro en el que los seres humanos se han dividido entre los Eloi, jóvenes de clase obrera sin conciencia ni memoria de su situación, y los Morlocks, unos seres pálidos que han recurrido al canibalismo para sobrevivir. Al protagonista de La máquina del tiempo le “afligía pensar cuán breve había sido el sueño de la inteligencia humana”, evaporada por una estabilidad engañosa que había entumecido el desarrollo evolutivo de la especie. Estamos ante un caso explícito de distopía como discurso político de simpatías revolucionarias. Y, por supuesto, eso es algo que el cine ha intentado negar –o al menos evitar– en sus adaptaciones del libro. Basta como ejemplo la fallida versión del año 2002, La máquina del tiempo (The Time Machine, Simon Wells), en la que su protagonista emprende el viaje por razones sentimentales: su prometida ha sido asesinada y quiere averiguar si es posible cambiar el pasado. En vez de un idealista, el personaje se vuelve un romántico que encuentra la sabiduría y el amor en una profesora de inglés varios milenios posterior –en estas distopías todo evoluciona excepto el idioma, precisamente lo que nunca deja de evolucionar–. En todo caso, La máquina del tiempo ha corrido mejor suerte que La isla del Doctor Moreau y cuenta con la adaptación de El tiempo en sus manos (The Time Machine, 1960), firmada por un experto en efectos especiales como George Pal. El viajero del tiempo interpretado por Rod Taylor es un idealista que busca una sociedad más avanzada y libre de guerras, exactamente igual que hacía Taylor en el primer El planeta de los simios. De forma también parecida, lo que encontrará es una sucesión inalterable de conflictos que han destruido nuestra cultura. La cinta no es solo un clásico del género por su fantasía y su creatividad, sino que emite también un valiente grito a favor de la revolución y el idealismo como horizontes del progreso humano. Nada más conocer la sociedad de los Eloi, el personaje se enfurece ante su indiferencia y su falta de solidaridad grupal. El ser humano se estanca, deja de evolucionar, cuando se desprende de su inquietud y acepta el futuro como una simple prolongación del presente. En el epílogo de El tiempo en sus manos, los Eloi pierden su vida de ocio y comodidades para afrontar una vida de trabajo que se imagina mucho más difícil. Su verdadero relato acaba de comenzar, pero esa simple perspectiva es más ilusionante que todos nuestros logros hasta la fecha.

La máquina del tiempo

La máquina del tiempo

La gran influencia de La máquina del tiempo de H. G. Wells sobre la ciencia-ficción sería interminable de enumerar. Bajo su célebre modelo, muchas distopías primitivas han añadido el reverso de una civilización tecnológica y deshumanizada que las explota para su beneficio. Así lo hemos visto en visiones de corte realista como Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, 1973) o Elysium (2013), y de corte más fantástico como 1997: Rescate en Nueva York (1997: Escape from NY, 1981) e incluso Metrópolis (1929) de Fritz Lang. Podría decirse que al espectador de nuestra época no le cuesta nada imaginar este tipo de futuros inmovilistas y estamentales. Toda la ambición alegórica que emiten estos films podemos apreciarla en Zardoz (1974) de John Boorman, una fantasía de estética kitsch que toma como inspiración al matemático Lewis Carroll. En esta alucinada visión del futuro, la humanidad ha sido fragmentada de nuevo en dos clases. Por un lado existe una sociedad salvaje que frena su natalidad mediante los genocidios cotidianos. Y, por el otro lado, un vórtice creado por la ciencia ha vuelto inmortales a las clases privilegiadas, las cuales habitan en una atemporalidad frívola y ociosa. La trama narrativa de John Boorman propone un choque de civilizaciones cuando un bárbaro acceda al mundo superior y acabe provocando su merecido derrumbe.

El resto de la saga original de El planeta de los simios mantedrá firmes las constantes de pesimismo reformista, crítica político-social y rechazo al incremento de las ideologías conservadoras.

La lucha por los derechos civiles, los movimientos afroamericanos, la guerra de Vietnam, los dos mandatos de Nixon o la progresiva radicalización política son los temas que abonan el contenido para estas nuevas secuelas. Huída del planeta de los simios (Escape from the Planet of the Apes, 1971) consuma el paso de redirigir la franquicia en una dirección apta para futuros episodios. La época elegida es la contemporánea –en parte para reducir al mínimo los presupuestos– y ahora serán los simios Zira y Cornelius quienes deban sobrevivir a los Estados Unidos de los años 70. Durante su primera parte, el film recurre al humor inofensivo para marcar contrastes –y, sobre todo, similitudes– entre la sociedad de los simios y la de los humanos. Zira y Cornelius son bien recibidos tras algunas vacilaciones e incluso llegan a tener un hijo al que deciden llamar César. Pero el conflicto entre ambas razas estalla cuando se conoce la futura destrucción del planeta. Los simios son declarados una amenaza y eliminados por orden del presidente norteamericano. Solo el pequeño César logra escapar de las autoridades para asumir el protagonismo de las dos siguientes entregas. Conquista del planeta de los simios (Conquest of the Planet of the Apes, 1972) y Batalla por el planeta de los simios (Battle for the Planet of the Apes, 1973) son los dos films equivalentes a las precuelas actuales de la saga. No obstante, están formulados como un futuro alternativo bajo la misma paradoja que luego veríamos en Terminator (Terminator, 1984). César, salvado por un artista de circo, madura para convertirse en el líder de una rebelión destinada a construir el mundo de donde surgirán sus padres. La complicación de esta narrativa no es banal. Ambas obras explican el origen de las mutaciones –un desarrollo de sus habilidades a lo largo de los siglos– al mismo tiempo que nos plantean la posibilidad de alterarlo, la misma pregunta que nos hacía H. G. Wells en La máquina del tiempo. En la primera entrega, César toma conciencia de la injusticia y la marginación en la que vive su raza y organiza un motín carcelario que derriba a las autoridades. La violencia social reprimida por una violencia mayor –la del gobierno conservador de los Estados Unidos– encuentra, como siempre, un modo de pronunciarse en las distopías regresivas y bestializadoras. Los simios representan aquí el sentimiento de la población afroamericana, esclava de los ciudadanos de piel blanca, aunque también simbolizan el germen de la violencia y el caos: “la bestia que hay en el hombre” como asegura el enemigo humano de esta irregular entrega.

Batalla por el planeta de los simios

Batalla por el planeta de los simios

El mismo combate que habíamos visto en Regreso al planeta de los simios (1970) es el que se repite, de forma aproximada, en Batalla por el planeta de los simios, la conclusión del primer período de la franquicia. Su historia tiene lugar en el año 2673, un siglo antes del primer film, y narra el enfrentamiento bélico entre los simios y los humanos, que son incapaces de hallar un diálogo válido para ambos grupos. César, ahora convertido en el líder de una incipiente civilización, lucha por un acuerdo de convivencia que reta al futuro catastrófico visto a lo largo de la saga. Tras un epílogo en apariencia optimista –al menos el más optimista de los cinco films–, un travelling hacia la estatua del simio muestra una lágrima en su mejilla, indicio de la testarudez incansable del ser humano. Estas dos últimas obras destacan, al menos, por un mayor cuidado estético que las dos entregas anteriores. Su director J. Lee Thompson –responsable de clásicos como Los cañones de Navarone (The Guns of Navarone, 1961) y El cabo del terror (Cape Fear, 1962)– supo sacar el mayor partido de los escasos medios disponibles, cada vez más exiguos cuanto más exigua era su recaudación en las taquillas. No podríamos concluir este repaso, sin embargo, antes de mencionar El planeta de los simios (Planet of the Apes, 2001) de Tim Burton, una obra maldita que reciclaba elementos de todos los episodios para mostrar una visión, a decir verdad, más estética que filosófica y mucho más que política. En la distopía diseñada por Burton, los seres humanos son inteligentes pero viven subyugados por una raza de simios más poderosa y organizada de lo que habíamos intuido.

Más que una película de ciencia-ficción, este El planeta de los simios supone una reescritura moderna del Espartaco (1960) de Stanley Kubrick, cuyo relato describe la batalla entre una sociedad colonialista y unas tribus en espera del mesías de turno –flojísimo Mark Wahlberg–.

Si bien el trabajo creativo de Burton es notable –eso lo reconocerán hasta sus mayores detractores–, la historia evidencia cierto aburrimiento y yerra al formalizar un discurso consistente bajo sus capas de aventura imaginativa. La tendencia de Hollywood al mesianismo para resolver cualquier problema erige en héroe de acción al personaje que Taylor, en la primera película de la saga, había convertido en símbolo de nuestro fracaso como especie. No será hasta su discutido final cuando la película exhiba un mayor grado de crítica y de acidez: Davidson intenta regresar a su época –ya se sabe desde mucho antes que está en la Tierra– pero viaja en realidad a un futuro alternativo donde Thade es aclamado como el Lincoln de una civilización basada en el terror –una vez más, cómo no, de la nuestra–.

El planeta de los simios 2001

El planeta de los simios 2001

El pesimismo existencial supone un requisito innegociable de las distopías regresivas y evolutivas. Sus obras siempre inciden sobre futuros donde el ser humano ha perdido el rastro del progreso y ha sido vencido por la naturaleza que creía dominar. Desde la mirada de estas distopías, nuestro presente se vislumbra como una Edad de Oro irreflexiva, momento de máximo esplendor y a la vez inicio de su largo período de decadencia. Las fuerzas destructivas que anidan en el hombre pueden retrotraernos de repente al pasado. Y, además, seguramente lo harán: nuestro progreso como hombres-bestias ha sido un equilibrio inestable entre dos entidades opuestas entre sí. A un estado de salvajismo retrocedían los niños de El señor de las moscas (The lord of the flies, 1963), la adaptación de William Golding que especulaba con la victoria del totalitarismo sobre cualquier orden racional. En los dos westerns futuristas de Walter Hill, The Warriors (1979) y Calles de fuego (Streets of Fire, 1984), podemos entrever una sociedad en la que la violencia se ha impuesto a una ley incapaz de contener el caos. Aunque tampoco han faltado visiones interesantes donde la regresión al pasado viene producida por un deseo de inocencia. Es el caso de El bosque (The Village, 2004) de M. Night Shyamalan, cuya comunidad rural vive aislada del mundo contemporáneo por miedo a la inseguridad contemporánea. Si bien Shyamalan les regalaba una oportunidad a sus personajes, Frank Oz se muestra más crítico en Las mujeres perfectas (The Stepford Wives, 2004), libérrima versión de una novela de Ira Levin donde una pequeña ciudad volvía hasta los años cincuenta –mediante la robótica, como en Almas de metal– para protegerse de la desjerarquización de género y la pérdida del orden patriarcal. La sorprendente dualidad entre deseo y miedo sería la última constante del género distópico. El éxito de público permanente de El planeta de los simios algo debería sugerirnos sobre un impulso latente en el ser humano hacia la supresión de las normas que constriñen nuestras fantasías. Aún a pesar de los mensajes trágicos y comprometidos de estas obras, un futuro primitivo siempre se nos ofrece como una oportunidad para empezar de cero y repoblar un planeta con horizontes recién pintados. Es precisamente lo que hace el viajero del tiempo de El mundo en sus manos o lo que sueña Werner Herzog en su inclasificable The Wild Blue Yonder (2005): un planeta Tierra abandonado que ha logrado regenerarse para emerger, de nuevo virginal, ante las nuevas generaciones de ese ser contradictorio al que llamamos –quizás por pura convención– humano.

The Wild Blue Yonder

The Wild Blue Yonder

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