El curioso caso de Benjamin Button

La posibilidad de volver a empezar Por Fernando Solla

If I loved you,
Time and again I would try to say
All I’d want you to know.
(…) Words wouldn’t come in an easy way
Round in circles I’d go
Longin’ to tell you,
But afraid and shy,
I’d let my golden chances pass me by.
Soon you’d leave me,
Off you would go in the mist of day…
If I Loved You de Carousel. Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II (1945)

En 2008 el cineasta David Fincher estrenó con El curioso caso de Benjamin Button  el que por orden cronológico supuso su séptimo largometraje de ficción. Con la indispensable ayuda del guionista Eric Roth se aproximó al relato homónimo de F. Scott Fitzgerald, una historia corta (impresa se lee en apenas treinta páginas), que se publicó por primera vez en 1922 en la revista norteamericana Colliers. El guión de Roth mantiene del original la premisa del nacimiento del protagonista, un pequeño con la apariencia física de un anciano, y algunos detalles del proceso inverso de crecimiento y envejecimiento del mismo. Poco más. Esta insólita idea sirvió a Fincher para realizar la que, a pesar del envoltorio, es su obra más íntima y subjetiva, imposible de analizar íntegramente y mucho más cercana al resto de su filmografía de lo que pueda parecer en un primer visionado. Una radiografía de las raíces involutivas que han dado como resultado la actual soberanía de los Estados Unidos de América.

El curioso caso de Benjamin Button

La película comienza en una habitación de hospital en Nueva Orleans apenas unas horas antes del paso del huracán Katrina, en 2005. Allí, una octogenaria Daisy (Cate Blanchett) exhala sus últimos suspiros ante la desvalida mirada de su hija Caroline (Julia Ormond). Mientras los enfermeros se preparan para la llegada de la tempestad, la madre indicará a su descendiente que inicie la lectura de lo que parece un diario escrito por un tal Benjamin Button (Brad Pitt). Una lectura superficial y (a pesar de las muchas filigranas narrativas y temporales) lineal nos ofrecerá la historia de amor, plagada de encuentros y desencuentros, de Daisy y Benjamin. Pero el largometraje va muchísimo más allá.

Quizá sea más sencillo estructurar este texto a partir de los tres leitmotiv a través de los que Fincher desarrolla el filme: la figura del colibrí; el homenaje al musical Carousel (1945), segunda colaboración del equipo formado por el libretista y letrista Oscar Hammerstein II y el músico Richard Rodgers y, finalmente, el reloj cuyas agujas rotan en sentido inverso al habitual construido por Mr. Gateau (Elias Koteas), que prácticamente abre y cierra el largometraje.

I. El colibrí

Mediante analogía con este animal, que se suele usar como símbolo del mensajero y guardián del tiempo, Fincher desarrollará un discurso a través de la descripción de cada personaje. No se trata ni mucho menos de una película coral, ya que hay dos protagonistas claramente identificados, pero sí que nos encontramos ante un filme con múltiples terceros o mediadores, cuya importancia en la historia de Benjamin resultará crucial. A modo de ejemplo, nos quedamos con Queenie (Taraji P. Henson), madre adoptiva del chico; Thomas Button (Jason Flemyng, padre biológico; el capitán Mike (Jared Harris); Elisabeth Abbott (Tilda Swinton) y el señor Daws (Ted Manson).

Todos ellos, como el colibrí, permitirán a Benjamin la adquisición de la experiencia intrínseca al desarrollo de todo ser humano de una manera única, ya que su apariencia envejecida le permitirá acceder desde bien temprana edad a personas y situaciones insólitas si su desarrollo biológico fuera el habitual. Esta peculiaridad le servirá para tomar las riendas de una vida única, mirando cara a cara a su pasado inmediato pero a la vez alejándose de él para configurar el presente apreciando y aprovechando cada instante como algo único y perecedero. Llegado el momento sabrá pasar el testigo de su conocimiento del mundo.

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A la vez, Fincher aprovechará aquí para esclarecer su particular e irónica radiografía. Cáusticamente, el protagonista será abandonado a las puertas de una residencia de la tercera edad regentada por una joven de raza negra. Durante la celebración por la victoria en la I Guerra Mundial y entre multitud de banderas que se agitan orgullosas, Thomas correrá en contra dirección a la muchedumbre con su hijo en brazos. Este primer detalle ya nos pondrá en alerta de que el personaje protagonista servirá de estandarte contra el desarrollo de la imagen dominante y triunfal del sueño americano. Convertir el asilo en su hogar, equiparando el rechazo inicial al que sufría la raza negra a la vez asimilándolo al abandono de los ancianos inútiles para seguir produciendo y generando riqueza demuestra el toque maestro del realizador (y del guionista) para contextualizar su relato. Más adelante, y ya tras Peal Harbor, veremos cómo la fábrica de botones del padre servirá de ejemplo del desarrollo que gracias a la guerra sufrió la industria nacional, riqueza que en el caso particular del protagonista servirá para financiar su felicidad, re-direccionando la utilidad de los bienes adquiridos.

En el caso del capitán Mike y el señor Daws encontraremos a dos personajes que por circunstancias de la vida y por el momento y el lugar en que les ha tocado vivir no han podido desarrollar sus aptitudes artísticas o anhelos vitales como hubiesen deseado. El primero, marinero por obligación, canalizará el arte pictórico a través de los tatuajes que dibujará sobre su propio cuerpo (“¡Han destruido mi obra!”, exclamará al ser abatido en una batalla). El segundo, a falta de una mejor historia, contará una y otra vez la suya propia, la de los siete (número clave en la filmografía del realizador) rayos que le derribaron en distintos momentos de su vida. Ciego de un ojo y sin apenas audición le enseñará a Benjamin la importancia de la imaginación para encontrar las mejores formas de buscar soluciones al mismo tiempo que la responsabilidad que supone perder a los que queremos para saber lo importantes que son. En sentido opuesto, el personaje de Elisabeth Abott demostrará como la perseverancia y la paciencia no tienen edad, consiguiendo su reto particular de nadar una distancia marítima aparentemente prohibitiva pasados los sesenta años.

Todo esto tiene un por qué para Fincher, que no es otro que mostrar cómo la historia propia y personal de todas y cada uno de los individuos que conforman una sociedad no siempre se aproxima a la comúnmente aceptada y validada por la mayoría. Un relato bigger than life que lo es a partir de la connotación positiva del resignarse cuando no hay más opción para no perdernos entre imposibles mientras luchamos por ellos. La consecución de una meta no debería cegarnos ni impedir disfrutar todo lo que nos acompaña durante y mientras llegamos (o no) a ello. Una interesante vuelta de tuerca al punto de vista habitual en este tipo de relatos, así como de la visión de la consolidación de un país avanzado.

II. Carousel

Un aspecto que no se suele destacar cuando se habla de El curioso caso de Benjamin Button es el apartado técnico en cuanto a la reconstrucción de los exteriores donde transcurre la acción. Si bien es cierto que el largometraje logró tres de las trece candidaturas a las que optaba en los premios Oscar, precisamente en los apartados de dirección artística, maquillaje y efectos visuales, la potencia precisamente de los dos últimos detalles empaña aparentemente al primero. La caracterización inversa del paso de los años de la pareja protagonista es de una verosimilitud aplastante, pero el gesto de Fincher de mirar a los que antes que él contaron la misma historia me parece digno de mención, situándola además en el lugar y el momento que ocurrieron. Incluyendo la historia ficticia en la realidad del pasado al que nunca se pierde de vista y que quizá, algunos veteranos espectadores todavía recuerden.

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Ya hemos hablado del origen del musical Carousel en la introducción a este texto, pero no de su contenido. Sin desarrollarlo ampliamente, quedémonos con lo siguiente: el espectáculo se estrenó en el Majestic de Nueva York en 1945 (lugar reconstruido para la ocasión) y ese será el lugar donde Benjamin acude a ver a Daisy, que, consolidada ya como bailarina de primer nivel, protagoniza uno de los momentos más icónicos, su Ballet. La visión como espectador de este momento situará a Button al lado de Billy Bigellow, protagonista y antihéroe que cantará Soliloquy al enterarse que tiene una hija por la que, de ahora en adelante decidirá preocuparse (pista para los espectadores que ya no miraremos al personaje de Julia Ormond con los mismos ojos). A la vez, los acordes de If I Loved You (así como su letra, incluida en la cabecera de esta crónica) describirán los atropellos en la relación de Daisy y Benjamin a lo largo de los años, encontrándose prácticamente en la mitad de sus vidas.

¿Por qué Soliloquy? La canción destaca por detener la acción durante más de siete minutos dentro de Carousel pero a la vez otorga a Bigellow la posibilidad de redimirse de su figura de antihéroe y cuidar de su hija, algo que mucho más adelante se planteará Benjamin al enterarse de su futura paternidad. ¿Cómo ser un buen padre cuando lo más cercano que su físico le permitirá encarnar es a un compañero de juegos de su hija?

Durante el último tramo del largometraje en que se plantea esta posibilidad y su resolución, Fincher supera el riesgo de no caer en lo cursi o relamido, algo que se le suele recriminar en ocasiones a obras como Carousel cuando sólo nos fijamos en el envoltorio. Ya hemos visto que al realizador no le interesan las lecturas superficiales y, sin querer desvelar el desenlace del romance entre Benjamin y Daisy, es francamente conmovedor el dramatismo con que Fincher lo resuelve. Además de la certera reflexión sobre el deterioro físico y el sexo entre personas de distintas edades, teniendo en cuenta que más allá de las capacidades, la única edad que cuenta es el momento en el que nos encontramos frente a frente y nos reconocemos a nosotros mismos a través de los ojos del otro.

III. El reloj de Gateau

Y llegamos al reloj. Construido para contar hacia atrás el tiempo y así conseguir que los hijos muertos en la I Guerra Mundial vuelvan a casa con sus familias, será un artefacto a primera vista tan absurdo como improbable el devenir del protagonista: de un recién nacido con cataratas a un anciano con cuerpo de niño que sufre principio de demencia senil.

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La imagen la incorpora Fincher, una vez más respaldado por el guión de Roth, en otro objeto, en este caso el diario que leerá Caroline a su madre. No tanto por su formato epistolar, sino por su fragmentación caprichosa de lo que ha querido contar su autor, conoceremos el desarrollo de la historia, recuperándola una vez que sus protagonistas ya la han vivido. Será también el legado que una moribunda Daisy dejará a su hija, dándole a conocer por fin sus raíces y delegando en ella la responsabilidad de no limitarse a esperar. Si bien el tiempo es irrevocable no lo es nuestra capacidad para vivir una existencia extraordinaria si tenemos las herramientas para ello.

El reloj que marca las horas en sentido inverso servirá también como premisa de todas las pequeñas películas que hay dentro de El curioso caso de Benjamin Button, quizá el ejemplo más paradigmático la secuencia que narra el atropello de Daisy a la salida del teatro, una modélica e hipnótica fusión de vidas cruzadas que se escapan al control de los protagonistas pero que determinarán indefectiblemente sus vidas. Cinco gloriosos minutos dentro de un metraje no menos memorable.

Finalmente, y a modo de conclusión, nos quedamos con la cita con la que Benjamin inicia su diario: “Todo lo que tengo es mi historia”. Años después de su estreno destaca este título dentro de la filmografía de su realizador como una oportunidad que Fincher no dejó escapar de plasmar toda su experiencia y dominio del lenguaje cinematográfico en una historia que, como hemos intentado dibujar en este escrito, es prima no muy lejana del resto de obras del autor. Quizá el análisis de estos detalles en los que no solemos reparar sitúe a este título como uno destacado dentro de nuestra cinematografía particular.

De momento, sí que resulta otro ejemplo de cómo Fincher, al igual que el protagonista, no tiene miedo de volver a empezar de nuevo en cada uno de sus proyectos para seguir desarrollando su particular discurso dentro de una filmografía que, aquí como nunca, desvela la capacidad y talento de este autor para expresar en imágenes lo que de todas todas parecía inenarrable en la gran pantalla.

TRAILER

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] consigue complementar el intenso guión de Sorkin, sin tampoco obstaculizarlo. Fincher venía de El curioso caso de Benjamin Button (The curious case of Benjamin Button, 2008) y es muy notable en esta película cómo la puesta en […]

  2. cinty dice:

    muy interesante la película me pareció genial y deja un mensaje muy hermoso

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