La habitación del pánico

¿Claustrofóbica lectura social, o pura mitología? Por Arantxa Acosta

"Find, and fulfill your destiny!"Furia de Titanes (Clash of the Titans, Desmond Davis, 1981)

Un peligro. Unos inocentes. Una zona de combate. Y unos dioses que les observan, intrigados por saber cómo van a reaccionar.

Sólo que no son ni Zeus, ni Tetis, los que observan, y juegan. Es Fincher. Y no lo hace con los cinco personajes de su filme, sino con todos los espectadores, atrapados en la sala igual que ellos lo están en esa imponente mansión.

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Furia de Titanes (1981)

Esta es la imagen que me vino a la mente al revisionar La habitación del pánico, erróneamente relegada por mí misma a película menor de este pequeño genio que es Fincher. Y es que, en el fondo, no somos más que las figuritas de barro del ruedo de Furia de Titanes (Clash of the Titans, Desmond Davis, 1981), a merced de un destino marcado por otros. Otros que bien pueden ser los Dioses del Olimpo, bien pueden ser los políticos que nosotros mismos hemos escogido.

Atrapados por un sistema social que no nos deja evolucionar como individuos… ¿lograremos salir de él? Esclavos de una tecnología que nos domina, de una mentalidad moralista que nos divide entre buenos y malos, de una economía que radicaliza las diferencias entre cualquier ser humano… ¿Qué pasaría si, por las circunstancias que fuese, estos distintos estratos sociales tuviesen que comulgar? ¿De qué nos daríamos cuenta, cómo reaccionaríamos? ¿Nos plantearíamos comportarnos de distinta forma? En definitiva: ¿estaríamos dispuestos a cambiar nuestra forma de pensar? ¿A rebelarnos?

Seguramente no.

De lo que nos habla La habitación del pánico es de la fragilidad de una sociedad atemorizada. Terrorismo, racismo, escalas sociales… un planteamiento global que va mucho más allá de la simple lectura acerca del temor a ser atacado, a no tener intimidad, a que tu vida sea invadida. Más allá de la fragilidad de una mujer tras un divorcio, la fragilidad de una persona tras un ataque… El guión de Koepp quería empujarnos, demostrarnos, como lo es ya la sociedad en la que vivimos,  que somos capaces de hacer de cualquier cosa, tanto a nivel físico como moral, en situaciones extremas, . Que es necesario romper los prejuicios morales y éticos que arrastramos desde hace siglos (rico listo, pobre malo). Quería remover nuestras conciencias.

Y tanto el guionista Koepp como el perfeccionista de Fincher lo consiguieron…. hasta los últimos minutos. ¿Por qué?

Porque en los últimos minutos, los dos caen en su propia trampa. Y no se rebelan.

La casa: la cárcel social

En esta extraña y personalísima conexión mental con los relatos mitológicos, La habitación del pánico me llevó a pensar que, lógicamente, no es la historia de Perseo la que Koepp quiso plasmar, pero sí en parte la de Dédalo e Ícaro: encerrados en la construcción del padre, el imponente laberinto, encargo de Minos (rey de Creta que quería la construcción para encerrar al Minotaruro hijo de su esposa), se alza como el verdadero impedimento a la salida, a conseguir la libertad. Mucho más que el monstruo encerrado con ellos.

Laberinto y sociedad. Minotaruos, y miedos.

Un laberinto, sí. Así concibe Fincher la casa de las dos protagonistas. Una casa con sus trampas, sus recovecos y sus camufladas salidas que sólo conocerá el espectador, único que puede trasladarse atravesando sus paredes, sintiendo el miedo que este thriller, a caballo entre el subgénero psicológico y de acción, nos proporciona.

Porque la casa es el verdadero personaje principal de La habitación del pánico, es la representación de la invisible caja en la que vivimos nuestras teóricamente libres vidas.

De esta forma, Fincher convierte el escenario, en lo que seguro fue todo un reto, en un claustrofóbico espacio confinado, casi único en todo el filme. Porque saldremos de la casa exclusivamente en tres ocasiones: con unos títulos de crédito que parecen completamente inconexos del filme si no los relacionamos directamente con una llamada a que pensemos en grande y no nos quedemos exclusivamente con las desaventuras de dos burguesas; antes de entrar en la casa, y en la escena final. Ambas secuencias, para bien la primera y, siendo sinceros, para mal la última, nos evocan al género más básico del terror: el de casas encantadas…

Veamos: una madre y su hija son felices porque van a empezar una nueva vida, en una nueva casa. Extraños acontecimientos ocurrirán dentro de ella, suficientemente atemorizadores como para intentar salir de ella cueste lo que cueste. Y, cómo no, final feliz. Un inicio, desarrollo y desenlace más propio de la terrible La guarida (The Haunting, Jan de Bont, 1999) que de Al final de la escalera (The Changeling, Peter Medak, 1980)… o cualquier filme de Fincher.

Entonces: la casa como personaje principal. El cuento de terror como base argumental. El thriller de acción como vehículo para acertar en la dinamización de la  acotada trama. Y las nuevas tecnologías como solución para adentrarnos al máximo en el cuento de terror, que no es más que el cuento de nuestras vidas. Porque en un filme de estas características era básico saber dónde poner el objetivo, qué va a filmarse, para asegurar que los movimientos de cámara que quería Fincher fuesen posibles. Fincher venía de El club de la lucha (Fight Club, 1999) en la que ya explotaba las posibilidades que el diseño por ordenador podía aportar (los títulos de crédito de la de la adaptación de la novela recuerdan mucho al movimiento de cámara entre los pisos de las habitaciones), y ahora lo utiliza, además, para perfeccionar sus encuadres en las tomas de previsualización.

Lo más importante era tener LA casa que lo permitiese. La casa puzzle es un decorado que se construyó desde cero, al módico precio de seis millones de dólares. El resultado, eso sí, es único: el director puede trasladar su cámara a través de pasillos y puertas en largos planos secuencia, una de las mejores formas de presentar el espacio al espectador, que lo conoce casi al dedillo antes de que la supuesta trama del filme, el robo, se inicie.

Gran baza de Fincher: mostremos dónde estamos, es decir, que estamos encerrados, y cómo lo estamos, antes de poner de manifiesto los elementos de la sociedad que lo han hecho posible.

De hecho, parece que Fincher haya querido homenajear también, en un terreno más bien conceptual, la gran película que es Sola en la oscuridad (Wait Until Dark, Terence Young, 1967): porque aunque tienen muchos puntos en común, en realidad es la antítesis de lo que allá se explicaba. Estamos ciegos ante el robo a nuestras vidas, sí…

Pero no todo es ordenador. Mucho es saber hacer.

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Este es mi momento favorito de La habitación del pánico. Sólo el espectador puede disfrutar de esta imposible visión de la casa. Haciendo desaparecer las paredes, la casa se revela como el personaje que, voz en off, nos aclara qué está pasando, nos muestra el sufrimiento tanto de la madre e hija como del que ha allanado la casa, a ella misma, una protagonista que hace lo posible para desnudarse ante el que está viendo su interior, sus secretos.

La casa, las reglas de nuestra sociedad. ¿Sus secretos? Las ansias de ser corrompida.

La fotografía escogida para el filme (por otro lado muy característica de toda la filmografía de Fincher) tampoco deja indiferente porque se fusiona completamente con el estilo del thriller, realzando el protagonismo del decorado: unos tonos fríos, metálicos, toda una gama de azules-verdosos-blanquecinos que proporcionan el ambiente idóneo para el interior de la casa. Combinada con esas escenas creadas por ordenador (Fincher incluso no introduce dentro de una linterna), o los cambios de registro a la hora de filmar (el uso de la cámara lenta en el momento en el que ella decide salir de la habitación del pánico – mientras no se oye nada de la discusión que están teniendo los tres ladrones aunque se nos enfoquen sus caras; los giros imposibles en las escaleras…), hacen que Fincher consiga no aburrir en las dos horas de metraje, algo muy difícil teniendo en cuenta que no se nos permite relajar el foco de nuestra mirada con distintos entornos o cambios de iluminación (aunque existe, muy sutil, a medida que avanza el filme). Fincher, como ya hace con todas sus películas, estudia todas las posibilidades que permite el guión y su emplazamiento final antes de ponerse a filmar. De esta forma el resultado técnico es, sencillamente, perfecto.

Pero si la casa es la gran protagonista, reflejo de nuestra sociedad… ¿quiénes son entonces los personajes de carne y hueso?

El psicópata, el negro y el payaso: los tres de grandes temores que rigen nuestras vidas

Sinceramente, los personajes de madre e hija son los menos interesantes. Y es que si bien la evolución de la relación entre ellas dos puede despertarnos alguna empatía (el contraste entre la escena inicial de visita a la casa y la final en el banco del parque es innegable: se pasa de una madre perfeccionista, atemorizada e incapaz de levantar la voz a su hija, a verlas a las dos acurrucadas en un banco, felices de compartir la opinión sobre su nueva residencia), a decir verdad son el claro ejemplo de personajes que deben existir para que el espectador se pueda identificar con ellos y siga la trama, pero que en realidad no son los trascendentales. Así que en verdad son los tres maleantes, los minotauros de los que deben escapar ellas, los que llaman nuestra atención. A cual más cautivador, la verdad.

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Porque es una vez que conocemos el entorno en el que se desarrollará toda la trama cuando empieza el juego de Koepp/Fincher: presentarnos a sus nuestros temores, personificados/enmascarados bajo la apariencia de tres ladrones estereotipo, para que, a medida que avanza el metraje, nos demos cuenta de que no son tal. La lectura, entonces, se nos presenta a dos niveles: social, e individual.

La lectura social es la interesante. Como si fuesen nuestros particulares fantasmas del presente, pasado y futuro, tenemos al psicópata, al payaso y al hombre de color. Miedo a no encajar, miedo a perder el status social y miedo a no cubrir las necesidades básicas de los nuestros, respectivamente.

Miedo a no dar la talla en una sociedad estratificada, en definitiva.

Pero, como en cualquier pesadilla, podemos despertarnos. Conseguir enfrentarnos a ella de la forma más sencilla: conociéndola, observándola, y concluyendo que no es para tanto.

Y qué mejor forma que convertir esas pesadillas, esos miedos, efectivamente, en individuos de carne y hueso para derrotarlos. De esta forma, se personifica el miedo, como decíamos, y se le despoja de la maldad que lo envuelve para poner de manifiesto los prejuicios del que los observa.

Como Raoul, el psicópata recién llegado a la banda de delincuentes. Con la cara cubierta hasta bien entrado en filme, cuando se quita el pasamontañas se revela un hombre vulgar, incluso atemorizado. Toda la fuerza que le proporcionaba esa estúpida coraza se desvanece en cuanto se expone al mundo como es realmente. Por error, por bajar la guardia, o por confiar. En ese momento, incluso sus víctimas, todas ellas (incluidos sus atemorizados compañeros) se atreverán a atacarle. Raoul puede ser la representación de una parte de nosotros, la personalidad que nos creamos para auto-protegernos, pero también de la sociedad: las reglas autoimpuestas.

Pasamos al payaso, un Jared Leto histriónico, como siempre que clava un personaje. Junior es tan inseguro que necesita constantemente recordar a los demás que la idea del robo ha sido suya. Necesita saber que es aceptado, y destacar, tal y como nos inculcan desde pequeños (en la película, con más razón, podemos pensar en eso del “sueño americano”…). Pero lo más destacable es que es tan despreciable para el espectador que Koepp/Fincher logran su cometido: ¿Acaso no es ridículo que nos comportemos de esta forma, que creamos posibles estos delirios de grandeza que únicamente benefician al sistema? Erróneamente, consideramos que la interpretación desentona en la película, cuando Leto lo que hace es evidenciar una de las facetas que más interiorizadas tenemos cada uno de nosotros.

Finalmente, Burnham. El controvertido personaje: un ladrón bondadoso. Vamos a ver: si bien es verdad que, al igual que los otros dos ladronzuelos, Burnham esconde un secreto del que se quiere hacer partícipe al espectador (un motivo noble por el que cometer un crimen), estamos ante un engañosa moralidad, más si seguimos con la interpretación social. Qué se pretende, ¿Qué nos auto-exculpemos cuando no cumplimos con las bases morales del primer mundo? No, porque el filme deja claro que no hay causa que justifique ir en contra de las normas (dado el destino del protagonista). Entonces, ¿debemos quedarnos exclusivamente con la lectura de que no debemos sentirnos superiores unos de otros? Si es este el caso, la elección de que precisamente este sea el personaje de color sería tan fácil como poco propia de Fincher.

El cierre final: ¿el mayor enemigo de La habitación del pánico?

Ya lo decíamos al inicio. Este cierre a lo tv-movie desmerece todo lo conseguido por Fincher.

¿O no?

¿Qué mejor final que el de una madre e hija mucho más unidas, enfrentándose al futuro sin que éste le sobrelleve? Quizá no sirve para, como decía al inicio, rebelarnos en contra del sistema. Quizá, simplemente, nos ayuda a darnos cuenta de que no es necesario hacerlo de forma radical, si tenemos claras las reglas del juego, y con cuáles podemos o no jugar para mantener nuestro status en la sociedad. En cualquier caso, esa sensación inicial, la de que todos somos figuritas de barro, se mantiene…

 

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] parte de su apasionante galería. En un universo fundamentalmente masculino (salvo la excepción de La habitación del pánico), Lisbeth ocupa el lugar estelar que ostentaba Brad Pitt en El club de la lucha (Fight Club, 1999). […]

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