Seven

Cristianismo vs. Nihilismo Por Samuel Sebastian

Si hay una película de David Fincher que ha puesto de acuerdo a crítica y público, que ha aunado a los analistas más sesudos y a los más superficiales y que a pesar de los veinte años que han pasado desde su realización –no hay que olvidar que las películas de Fincher envejecen muy bien– consigue mantener intacta su atmósfera malsana y sombría y la fuerza devastadora de sus imágenes, esa es Seven. Al igual que El club de la lucha (The fight club, 1998), se trata de una película transgeneracional, adorada tanto por los que la vieron en su momento de estreno como por los que la han visto años después en otras pantallas o incluso en algunas proyecciones especiales y para todos ellos Seven es una película difícil de olvidar. Lo que a priori podría ser una intrascendente buddy movie o una película más sobre asesinos en serie como las que proliferaron desde finales de los setenta hasta principios del siglo XXI, se convirtió inesperadamente en un título canónico dentro de su género, de tal manera que su influencia se extendió muy rápidamente sobre muchas otras películas e incluso aún hoy en día sigue inspirando a los nuevos realizadores. ¿Dónde reside el éxito, la fascinación, el asombroso hechizo de la película de Fincher? Desde mi punto de vista pienso que es una película que sabe manejar diferentes elementos ya conocidos en el thriller y les sabe dotar de una profundidad que no habían poseído hasta entonces, más bien al contario, el género agonizaba a base de películas previsibles, clichés, personajes estereotipados, etc. hasta que, de forma inesperada, en apenas cuatro años dos películas marcaron el devenir de los futuros asesinos cinematográficos, además de la mencionada Seven, también había dejado su huella anteriormente El silencio de los corderos (The silence of the lambs, Jonathan Demme, 1991).

Colegas y asesinos en serie

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Seven, una buddy movie más allá de las buddy movies.

Se suele denominar buddy movie (película de colegas) a ese tipo de películas de puro entretenimiento en las que la pareja protagonista, normalmente dos hombres policías que hacen ostentación de su masculinidad, entablan una relación de colegueo a pesar de poseer personalidades diferentes, a veces opuestas y enfrentadas, pero que sobreponen sus diferencias para enfrentarse a un bien común que es el de enfrentarse a un malvado criminal. Este tipo de películas, en general de muy poco interés, alcanzó su cénit con Límite: 48 horas (48 hrs., 1982) de Walter Hill protagonizada por Nick Nolte y Eddie Murphy, incluso una parte del esquema de la película de Hill se repite, policía blanco–policía negro en un lugar hostil para los dos, se refuerza la importancia del tiempo para resolver el crimen, allí dos días, aquí siete días que son los que tiene el detective Somerset (Morgan Freeman) antes de jubilarse y podríamos decir que ahí acaban las semejanzas entre una y otra ya que nos adentramos en un mundo oscuro, turbio, más semejante a cualquiera de los círculos del infierno descritos por Dante que al de una película comercial de Hollywood.

Aunque Brad Pitt y Morgan Freeman compartan protagonismo en la película, sin duda es el personaje de Somerset el que lleva el peso desde él. Se muestra como un hombre metódico, parco en palabras, escéptico y ya sin demasiadas motivaciones en la vida. Afronta su última semana en el servicio antes de su jubilación voluntaria con el mismo aplomo con el que parece que ha afrontado el resto de su trabajo en el cuerpo de policía y, tras esa áspera fachada, parece que le reconcoma una obsesión, la de entender la conducta humana, saber el por qué de las actitudes más abominables del ser humano y llegar al fondo de la mente de los criminales a los que debe enfrentarse en su trabajo cotidiano. En una de las primeras escenas, una mujer ha matado a su marido y al hijo de este, cuando Somerset pregunta si el niño vio toda la escena antes de morir asesinado, el otro inspector se siente incómodo porque no quiere saber en realidad cómo se desarrolló la escena, al contrario, quiere zanjar todo el papeleo y dar carpetazo al asunto.

En cambio, el “colega” de Somerset, Mills (Brad Pitt) es un detective arrogante, desenfadado y lenguaraz aunque en el fondo parece un buen tipo. En realidad nunca se ha enfrentado a ningún caso especialmente truculento y aunque se siente capacitado para ello, a medida que avanza la semana en la que transcurre Seven su entereza comenzará a agrietarse y, como veremos al final del todo, sucumbirá ante la perversión de su adversario. Es un personaje que permanentemente se encuentra fuera de juego, como veremos más adelante, nunca parece entender las reglas que marca el asesino, tal vez porque no es tan nihilista como el detective Somerset.

Cristianismo vs. nihilismo

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El nihilista Somerset (Morgan Freeman) analiza los diarios del aseino John Doe (Kevin Spacey)

En una de las escenas de El exorcista (The Exorcist, 1973) de William Friedkin, la madre de la protagonista (Ellen Burstyn) se muestra muy escéptica sobre la posesión de su hija y afirma que en su familia son todos agnósticos, dando a entender que una posesión diabólica solo podría afectar a los creyentes cristianos. Sin embargo, subyacía en aquella conversación la idea de que a pesar de que escojamos una vida laica, agnóstica o nos mantengamos apartados de cualquier creencia, la religión siempre estará por encima de nosotros, en nuestra vida social, en la política, incluso en nuestros sentimientos más íntimos, de una forma u otra será difícil que nos podamos deshacer de ese pesado bagaje religioso. Eso es algo que enseguida capta Somerset en cuanto observa que los dos primeros crímenes están relacionados con la gula y la avaricia. Premonitoriamente, anuncia que se producirán cinco crímenes más hasta cumplir los siete pecados capitales y una vez cometidos, el asesino terminará su obra. De igual forma, por las enigmáticas pistas que el asesino va dejando, Somerset sabe que se enfrenta a una persona metódica, inteligente y culta, pero lo que más le abruma es, ¿cómo alguien con ese bagaje cultural tan impresionante puede cometer unos crímenes tan atroces?

Para la mayor parte de creyentes de cualquier religión monoteísta, esta no es más que un conjunto de reglas de conducta terrenales que les permiten alcanzar un más allá satisfactorio. Lo curioso es cómo estas reglas pueden acomodarse según sus propios intereses, es decir, que el respeto que se practica frente a unos iguales no se practica respecto de otros y, lo que es peor, en nombre de la religión se legitima la humillación, el menosprecio e incluso la eliminación del otro. Y es que todas las religiones monoteístas parten de una falacia contradictoria, la de considerarse a sí mismas como las únicas verdaderas. De esta manera, el misterioso asesino de Seven, ungido por una especie de poder sobrenatural, sentirá que necesita culminar la obra que da sentido a su vida, su crítica a un mundo pecaminoso y decadente a través del asesinato de siete personas que transgredían ostentosamente alguno de los siete pecados capitales. La solución del asesino resulta repugnante tanto por su transfondo religioso como por su manera de ejecutarlo, sin embargo él mismo se defiende afirmando que lo que pretende hacer es desenmascarar la hipocresía que reina en nuestra sociedad ya que se considera como un elegido y busca ganarse la simpatía del escéptico Somerset señalando a sus víctimas como unos parásitos.

Hacia el final de Seven, en una de las mejores escenas de la película, Somerset y Mills llevan al asesino a un lugar que él ha señalado como solución a los dos últimos crímenes. Durante el trayecto, el asesino detalla los motivos por los que ha cometido todos los asesinatos, su inspiración divina, su idea de cambiar el mundo a través de la denuncia de la banalización del pecado. Y se produce un extraño juego entre el asesino cristiano John Doe y el detective nihilista Somerset. Al detective, la forma de actuar de Doe le horroriza pero en el fondo entiende su comportamiento, son como dos polos extremos que observan la misma realidad pero que actúan de forma diferente. Y de forma sarcástica, nos damos cuenta de que Mills nunca llega a entender de qué trata todo esto. Como decía, al principio Somerset anuncia los crímenes que se cometerán (siete) y después Doe le dice a Mills que cada vez que se mire al espejo le recordará para siempre. Cuando Doe y Somerset hablan de forma premonitoria, Mills se queda fuera, como si nada de lo que sucede fuera con él, sin embargo y por gracia del asesino John Doe, Mills tendrá la última palabra. Como afirma Somerset en su última frase premonitoria: Si lo matas [a Doe], vencerá. Y así será.

La banalidad de Juan Nadie

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El legado de John Doe antes de ser asesinado, los dos fotogramas de la mujer de Mills (Gwyneth Paltrow) a la que decapitó.

Cuando John Doe se muestra por primera vez como culpable de los asesinatos, a la hora y media de película, su imagen resulta perturbadora: es un hombre pequeño, con el pelo rapado al uno, enclenque y de apariencia anodina, muy lejos del sádico monstruo que hasta ese momento los espectadores habíamos imaginado, más aun, su forma de hablar es elegante, culta y nunca pierde los nervios. John Doe es alguien que podríamos ver en cualquier lado escrutando a la gente que lo rodea, sin decir nada, para después proclamar su misantropía en su prolijo diario íntimo. Como ya sabemos desde que lo describiera Hannah Arendt, la persona más gris puede ser cómplice de los crímenes más horribles simplemente por el hecho de que siente que debe cumplir un mandato sin hacerse ningún cuestionamiento.

Sin embargo y a pesar de los delirios de grandeza de John Doe, su obra es tan horrible y miserable como efímera, tanto como los enigmáticos dos fotogramas que aparecen de la mujer de Mills (Gwyneth Paltrow) antes de que este lo ejecute y es aquí donde se encuentra un interesante giro final en la trama. John Doe siente que su obra consiste en castigar a las personas que, de forma ostentosa, incumplan alguno de los pecados capitales. Así, el último día de la semana de sus crímenes, el séptimo (con las connotaciones judeocristianas que tiene ese día) visita a Tracy, la mujer de Mills. Tal y como dirá después, intenta pasar con ella el día como lo haría un buen marido de vida sencilla, sin llegar a conseguirlo y a causa de eso mató a Tracy. En la culminación de su obra sobre los pecados de la sociedad, y en el fondo sobre la manipulación humana, Doe será asesinado por Mills a causa de su envidia pero, ¿y la ira? En principio podemos pensar que Tracy, que no tenía nada que ver en este asunto, no merece ningún castigo y sin embargo es decapitada, sin embargo la conclusión es más terrible de lo que pueda parecer a primera vista: Mills que, como hemos visto, es el personaje principal que menos entiende la profundidad del maléfico juego al que se enfrenta (digamos que representaría a un “hombre medio” que actúa más con las entrañas que con la razón), sobrevivirá reconcomido por su propia ira. De hecho una vez asesine a Doe ya no pronunciará ni una palabra más en el resto de la película y esta se cerrará con unas concluyentes palabras de Somerset: Ernst Hemingway dijo que el mundo es un buen lugar por el que merece la pena luchar, yo estoy de acuerdo solo con lo segundo. Pero en ese momento, el poso nihilista de Seven ya nos ha subsumido por completo. No solo ha vencido Doe, tal y como anunció Somerset, sino que nos hemos dado cuenta de la imposibilidad de escapar de la barbarie que nos envuelve.

TRAILER:

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] sin ser tan deprimente y lacónica como un Seven (David Fincher, 1995) en Luther planea un poso de dolor enquistado, una tristeza melancólica […]

  2. […] lo cual, si uno mira en retrospectiva su filmografía anterior, fijando la vista sobre todo en Seven (Se7en, 1995) y Zodiac (2007), Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres podría parecer […]

  3. […] recuerdo la crítica que el gran Julián Marías hizo en “Blanco y Negro” de Se7en (1995) donde, luego de ponderar sus virtudes en el plano cinematográfico, cuestionaba una […]

  4. […] es el replanteamiento de las estructuras sociales tal y como las conocemos. Se me ocurre Seven (Se7en, 1995), La red social (The Social Network, 2010), Zodiac (2007), o la serie House of Cards […]

  5. […] ya sea el de la misteriosa empresa Consumer Recreation Services (CRS), la identidad del asesino en Seven (1995) y Zodiac (2004) o del propio objeto amoroso en la reciente Perdida (Gone girl, 2014). Al […]

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