La Europa de hoy y la búsqueda de la belleza

Segundo intercambio epistolar Por Aarón Rodríguez - Javier Hernández Ruiz

Valencia, 24 de Marzo de 2014

Querido Javier:

He leído con gran interés los ejemplos de reescrituras que me envías en tu última carta y me voy a permitir el lujo de tirar, por el momento, de uno de ellos.

Me dices que La gran belleza “narra/es el gran vacío de los tiempos que vivimos”, y fíjate que no termino de estar de acuerdo con esta idea. O al menos, no en la manera en la que, efectivamente, el cine moderno intentaba “llenar de sentido” la vida de sus espectadores. Ciertamente, mi habitual cinismo me conducirá a pensar que la posibilidad del sentido no puede, de momento, anclarse en programas ideológico-fílmicos. Sorrentino tira a matar contra esta idea en varios momentos de La gran belleza: el descubrimiento de la “falsa máscara” de la antigua militante comprometida con el Partido y, de manera incluso más explícita, cuando un personaje pregunta:

“¿Estás intentando sugerir que una obra de arte que no tenga una denuncia social es menos válida?”.

Por el contrario, yo creo que La gran belleza es el punto cinematográfico en el que confluyen un cierto Kierkegaard y un cierto Nietzsche: la reivindicación de la estética como único punto sobre el que se ancla el sentido mismo de la existencia. Una estética libremente elegida e impuesta que puede filtrarse perfectamente entre los meandros de la vida y la muerte y gracias a la que, en cierto sentido, nuestro paso por estos lares queda lejanamente justificado.

La diferencia entre la cinta de Fellini y la de Sorrentino es, contra todo pronóstico, que la última propone claramente una propuesta de emancipación religiosa y simbólica por encima del torrente brutal de imágenes que la componen.

La gran belleza

La gran belleza

Donde tú ves “la paruxía de plexiglás de una santa que probablemente es una alucinación farlopera de flamencos rosas”, yo veo la manera desesperada en la que el director intenta reescribir, cuidado, no al Fellini contra el que se han desplomado todos los críticos, sino el proyecto que Kierkegaard esboza en Temor y temblor. En efecto, hay un Gambardella estético que abre la cinta (el de su fiesta de cumpleaños, el que escapa de las mujeres torpes), un Gambardella ético que se despliega en el encuentro con el Otro (la hermosísima enferma y el dramatismo de esa elipsis que, en su muerte, nos demuestra una vez más la potencia del punto de vista cinematográfico), y por último, un Gambardella religioso que se despliega ante la imposibilidad de encontrar La gran belleza a la que hace referencia el título.

Belleza que ya no es la kantiana, en tanto no surge de la contemplación desinteresada de un objeto –Gambardella contempla desinteresadamente muchas cosas bellas, pero ninguna responde a su demanda ni le ofrece la posibilidad de un sentido, por no hablar de una remota posibilidad ética-, sino que se acerca mucho más a la lógica de la Genealogía de la moral, cuando Nietzsche afirma:

“Ya que nuestros estéticos inclinan la balanza en favor de Kant, afirmando que por el encanto de la belleza puede mirarse desinteresadamente una estatua desnuda de mujer, han de permitirnos que nos riamos un poco a su costa”.

Antes bien, cuando Sorrentino denuncia con tanta brutalidad la hipocresía de los altos cargos eclesiásticos, genera un punto en el relato, una brecha, en la que se introduce el concepto de humildad y de consuelo que amenaza con dinamitar toda la película entera. De la pobreza no se habla, se llega a decir, casi como si fuera una norma moral para el propio cine: espectacularizar la piedad es destruirla, salvo que sea una piedad hacia el Otro sin condiciones y sin grandes aspavientos ideológicos.

Gritos y susurros

Gritos y susurros

La piedad, por ejemplo, que está cristalizada en esa Pasión que Bergman inserta en Gritos y susurros (Viskningar och rop, 1972) y que es una reescritura antes del tiempo de las reescrituras, y por ende, uno de los momentos más maravillosos del cine moderno. La piedad –que a Nietzsche tanto le repugnaba- se encarna en Sorrentino en un diálogo entre lo ético y lo estético que supera lo kantiano y precisamente por eso se convierte en china en el zapato postmoderno, y a su vez, explica lo bien que ha funcionado la cinta entre propios y extraños. Precisamente por ser capaz de hablar, del yo, del nosotros y de Él –incluso de un Él ausente, si prefieres, o de la posibilidad misma de volver a incorporar el lugar simbólico perdido en nombre del Otro, como intenta Gep hacer con Ramona (¿con o sin éxito?)-, se plantea la posibilidad misma de dotar de un sentido, en primer lugar, a nuestra experiencia como espectadores, y en segundo, al marco simbólico en el que, con tanto esfuerzo, sobrevivimos.

Quizá por eso La gran belleza no sólo reescribe una (exquisita) cinta de Fellini, ni es un cementerio de elefantes para onanistas de la cinefilia de moda. Antes bien, es una de esas cintas imprescindibles que surgen cada tres o cuatro años en las que un director intenta explicarlo todo, con todo su dolor y toda su magnificencia. La famosa escena del trenecito que no va a ninguna parte nos duele precisamente porque nuestro deseo, contra todo pronóstico y pese a lo que nos prometen las campañas de marketing de los deseos efímeros 2.0, es que nuestro trenecito llegue. No importa que vague en el desierto, que trastabille, no importa siquiera que pare la música. Lo importante es ese momento en el que regresamos al lugar mismo del deseo (la adolescente descubierta junto a la playa, el faro, la noche) en el que supimos, definitivamente, que La gran belleza existía.

Un abrazo fuerte:

Aa. R.

 La gran belleza 2

La gran belleza

Madrid, 25 de Marzo de 2014

Querido Aarón:

Abro un nuevo frente de debate porque, en el fondo, creo que nuestros análisis sobre La gran belleza son más convergentes que divergentes. Yo incido en la sintomatología del vacío tardoposmoderno que desprende el film y tú focalizas en el verdadero dolor, el pálpito de lo real que allí identificas. De lo real, en su radical acepción lacaniana, quiero tratar en esta nueva misiva. Y también de Europa, precisamente en el día que los ciudadanos estamos convocados a renovar el hemiciclo de Estrasburgo, ahora secuestrado por las panzerdivisionen neoliberales. Recientemente he visto dos galardonados largometrajes sobre la gran tragedia de la Segunda Guerra Mundial, con el tema del Holocausto de fondo, que a ti te llega tan hondo. Me refiero a El gran cuaderno (A nagy füzet, János Szász, 2012) e Ida (Pawel Pawlikowski, 2013). Esta última, polaca, narra como una joven monja va descubriendo la tragedia de sus padres hebreos asesinados en la matanza nazi; la primera es una demoledora visión de la ocupación alemana de Hungría a través de los ojos de dos niños gemelos que aprenden a sobrevivir metabolizando en su conducta cotidiana el mal que los circunda. Dos melodramas de fuste con una herida individual que se proyecta hacia esa hamartia colectiva que es Europa, una Europa sumida en el dominio y la violencia que ello conlleva.

No me resultan ejercicios retrospectivos, juegos con la Historia, sino reflexiones tremendamente actuales. Frente al horror nazi/estanilista brotó un nuevo sueño de la Europa libre y cooperativa, el Estado de bienestar como pacto social, los derechos humanos como garantía… ¿Qué queda de esos tres pilares fundacionales? ¿Qué queda de ese antídoto contra el abuso, el egoísmo, la desigualdad, la locura axiológica que condujo a la guerra? Con un welfare estate en demolición nos queda la retórica de una pseudodemocracia mercadotecnia y un desierto de valores… Todo se resume en aquello que Lyotard señaló póstumamente como el único gran relato que se salvaba del naufragio de la Modernidad ilustrada: el Mercado. Pero la tiranía de San Mercado se ejerce con violencia (sistémica la concibe Zizek), que genera su propia onda expansiva del mal. Lo terrible del Mercamal contemporáneo es que se presente con una banalidad que ni Hannah Arendt hubiera podido detectar… Porque la maldad sistémica del postcapitalismo se envuelve en atractivos eslóganes y operaciones de branding, posmoderna encarnación de un vampírico súcubo que está chupando la sangre a las clases medias y trabajadoras. Y lo terrible de ese mal es que, a diferencia de los diablos medievales, no tiene una encarnación concreta. El capitalismo globalizado contemporáneo se diluye en la multipropiedad de los fondos de inversión, que pugnan por rentabilidades máximas a costa de los crecientes empleados precarizados. Como partícipes inversores de esos ávidos fondos están incluso algunas potenciales víctimas: enfermeras de Baden-Würtemberg o carteros de Ohio. La cuadratura del círculo, la desactivación de la lucha de clases que soñara la imaginación nacionalsocialista de Thea Von Harbou en Metropolis (Fritz Lang, 1927). El sueño de Europa produce monstruos… El totalitarismo fue el gran Leviatán de la crisis de entreguerras, el divinizado panmercado informe lo es ahora… Por eso, sin salir del clásico de Fritz Lang, observamos cómo Moloch se va tragando a los ciudadanos europeos de a pie para satisfacción de esa minoría que vive en la parte emergida de la ciudad entre grandes edificios, comercios de marca y jardines de fuentes y pavos reales. Metropolis, la ciudad langiana, es hoy la encarnación de una esquizofrenia social globalizada que requiere más y más sacrificados en aras del bienestar de los privilegiados…. Así pues, tras el sueño de la Modernidad arquitectónica estaban las fauces globales de Moloch; Friedrich, el hijo del líder de la ciudad protagonista del film, no tuvo un ensueño sino una premonición del futuro.

Metropolis Europa 1

Metropolis

Ida y El gran cuaderno ponen el dedo en esa histórica llaga que nos recuerda que, más allá de los neones, píxeles y burocracias de la Europa actual, sigue latiendo la herida de lo real, sigue acechando el mal.

No es casual que se hayan propuesto desde dos países que tienen memoria reciente de un pasado totalitario y están amenazados por fascismos y populismos de nuevo cuño… Y todo ello con unas formas fílmicas bastante convincentes. La sobriedad bressoniana, también en blanco y negro, que se aproxima a la tremenda anagnórisis de una joven en principio apartada del mundo y de su identidad judía; el lacerante relato sobre la pérdida de la inocencia, la perversión de la infancia, la cotidianidad del mal del film húngaro, basado en una novela sin agarraderos de Agota Kristof. La épica europea no reside solo en la Champions League, el relato heroico por escribir está en cómo gestionar colectivamente esa presencia de lo real maligno, presencia cada vez más malintencionadamente enmascarada por el MercaPoder globalizado. Estas dos películas nos recuerdan la disolución de Europa, de dónde venimos y… hacia dónde quizá vamos.

Un benigno abrazo:

Javier Hernández Ruiz

El gran cuaderno Europa

El gran cuaderno

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Comentarios sobre este artículo

  1. Sonia Sánchez Recio dice:

    Interesante debate epistolar. El vacío tardoposmoderno del que habla Javier, que se palpa en La gran belleza, me hizo recordar los libros de Byung-Chul Han: La sociedad del cansancio y La agonía de Eros.

    Por cierto que veo cierta identificación entre el protagonista y su ciudad, como ya sucediera con otros personajes crepusculares: Jep Gambardella es Roma –barroca, excesiva, etc- como Aschenbach era Venecia, o Giulianna (Monica Vitti) era la Rávena de Desierto rojo…
    Saludos, Sonia

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