Los justicieros y los justos

Por José Francisco Montero

Qué mejor motivo para escribir que aquello que nos avergüenza como seres humanos


Hay una sabiduría que es dolor, pero hay un dolor que es locura

Gilles Deleuze / Herman Melville

manantial

“¿Por qué no enseñar, por lo tanto, a leer imágenes?”, se pregunta el compañero Aarón Rodríguez en un texto recientemente publicado en esta misma revista, en el que hace dialogar las imágenes de El manantial de la doncella (Jungfrukälllan, 1960), el filme de Ingmar Bergman, con las imágenes de La manada, tanto aquellas creadas por sus miembros como aquellas otras a partir de las que han sido “narrados” en los medios. No es mi intención, en absoluto, polemizar con un compañero cuya productividad —tanto en cantidad como en calidad— solo me genera admiración e incluso al que estimo en términos personales, aparte de que supondría trivializar la situación de que parte este texto y las pretensiones del texto mismo. Pero sí es cierto que la lectura del artículo de Aarón —y en particular esta pregunta suya que acabo de reproducir— me suscitó a su vez otras preguntas: si hay que enseñar a leer imágenes, ¿quién nos va a enseñar a hacerlo?; ¿significa “enseñar a leerlas” enseñar qué hay que ver en ellas?

Las imágenes de La manada son en esencia de dos tipos: las visibles y las invisibles, las vistas por casi todo el mundo y las no vistas por casi nadie, aquellas de las que ellos son objeto —consideradas en su articulación, es decir, como relato— y aquellas otras de las que son sujetos pero que son invisibles: las imágenes de los miembros de La manada vertidas incansablemente por todos los medios, por un lado, y, por otro, las imágenes grabadas en el interior de un portal de Pamplona por los miembros de La manada, principal prueba de cargo —o exculpatoria— de este proceso y que, como es lógico, solo han podido ver algunas de las personas vinculadas, de un modo u otro, al juicio. ¿Qué imágenes, pues, hay que aprender a leer? Acaso sea interesante detenerse en esta constatación: excluidas las personas vinculadas al juicio, se están leyendo las imágenes invisibles a partir de las visibles. ¿Se está pidiendo que las primeras se ajusten a las segundas? ¿Se está pidiendo a los que han visto las imágenes grabadas en el portal que no enturbien la “visión” de las que no las han visto? Esto es: ¿se pretende, desde la ceguera, decir, al que ha podido ver, qué debe ver? Y es que uno tiene la sensación de que en esta historia el rey va desnudo pero el traje es visible para “todo el mundo”.

Escribe Aarón que “también hubo una violencia en el propio gesto enunciador”, refiriéndose a los mencionados vídeos y fotografías. Lo cierto es que, si no necesariamente la violencia, el poder está siempre en el gesto enunciador. En dos sentidos: el gesto enunciador es inevitablemente un ejercicio de poder; y los gestos enunciadores —los más abundantes, los más eficaces— suelen estar en manos del poder. De nuevo convendría recordar que en este caso el gesto enunciativo que estamos viendo, y por tanto leyendo, no es aquel que está inscrito en los vídeos “invisibles” sino el que proviene directamente de las imágenes visibles.

Cuando decidimos vivir en sociedad, en civilización, decidimos otorgar a ciertas personas la responsabilidad de dirimir los conflictos. A esas personas les hemos llamado jueces. Es una evidencia que casi cualquier juicio es la confrontación de dos relatos enfrentados —el del denunciante y el del acusado—, relatos que los jueces han de confrontar con los hechos. Desde luego este es el punto de partida del caso de La manada. Pero a partir de esos dos primeros relatos incompatibles —de la denunciante y de los acusados— han surgido muchos más. En primer lugar —en orden cronológico— el relato mediático, que ha adquirido dimensiones cercanas a lo mítico; luego dos relatos jurídicos enfrentados: el de la sentencia y el del voto discrepante, habiendo adquirido este último la condición de “relato sacrílego”, no porque contradiga la realidad —que nadie ignora que es, en el límite, inaccesible, y desde luego lo es para cualquiera de nosotros, que del juicio tiene una información y unos conocimientos jurídicos limitados— sino porque contradice ese otro relato anterior.

A priori, pues, en este caso había un elemento clave, destinado a ser decisorio: los mencionados vídeos grabados por los miembros de La manada durante la consumación de los hechos. Pero si algo ha demostrado este juicio —además de que no conviene guiarse por apriorismos— es que al final del camino del análisis textual al que también hacía referencia Aarón no espera ninguna verdad. Los vídeos no han dicho nada concluyente, no han proporcionado ninguna certeza, han sido leídos de forma absolutamente contrapuesta por dos jueces —por un lado— y el tercer magistrado —por otro—. La realidad —que siempre, y desde luego en el caso de estos vídeos y fotografías sin duda infames, reconstruimos precariamente a partir de fragmentos y reflejos— se sigue resistiendo a ser interpretada de forma unívoca, mantiene su ambigüedad y su opacidad. Esto que con toda probabilidad es una bendición en términos generales, es una tremenda desgracia para los jueces y, sobre todo, para una de las partes de este juicio —no me atrevo, pues no me corresponde a mí ni por supuesto tengo suficientes elementos de juicio, decir a qué parte—. Para los justicieros o los oportunistas, esta opacidad y esta ambigüedad son una circunstancia incómoda que, sencillamente, conviene ignorar, o simular que se ignora. Resulta relevante recordar respecto a esto último los clásicos experimentos de Solomon Asch sobre conformidad, en especial las conclusiones obtenidas acerca de las diferencias entre conformidad privada y pública: atroz y persistente manifestación de los resultados a que llegó Asch, es una obviedad que uno de los rasgos sobresalientes de todos los períodos más negros de la Historia reside en el miedo cerval a la disconformidad —sobre todo pública, aunque también privada—. Algo de ello, con no menos pavor, he sentido estos días.

 

* * *

 

Un hombre que cultiva su jardín, esos hombres y mujeres que repartieron octavillas en un Múnich ominoso, esos otros que contaron los días en una cárcel antes que delatar a sus compañeros, el espectador que recuerda con sincero espanto a Peter Lorre acorralado en un lóbrego sótano, la mujer que sin prisas dedica varios días a leer las trescientas setenta páginas de una sentencia… esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

 

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