Terror Coming of Age

La vida adulta vino en nuestro rescate Por Àlex P. Lascort

En múltiples ocasiones hemos debatido con Manu Argüelles, creador de este espacio, sobre el género que nos ocupa en este especial, el terror. Siendo ambos fans del género hemos tenido nuestras diferencias, como es lógico, en la apreciación de diversos títulos, pero compartimos un par de ideas que considero fundamentales: Por un lado, la domesticación absoluta del género, siendo actualmente pasto del mainstream y destinado a un público en busca de emociones fuertes “light” (si se permite la paradoja). La otra, fuertemente relacionada con el tema que abordaremos a continuación, pivota en torno al concepto, uso, utilidad y consideración del género.

Y es que el uso instrumental de lo terrorífico siempre basculó entorno a dos ideas básicas: el entretenimiento y la metáfora. Ya desde sus inicios se pudo comprobar que estos dos conceptos instrumentales surgían curiosamente de polaridades geográficas distintas. Por un lado, el entertainment puro y duro en la naciente maquinaria hollywoodiense, con la adaptación de clásicos como Drácula (Dracula, Tod Browning, 1931) por parte de la Universal y por otro, al otro lado del Atlántico, con el Expresionismo Alemán buscando ya un subtexto al género como el caso ejemplar de El gabinete del doctor Caligari (Das Kabinett des Dr. Caligari, Robert Wiene, 1920) entre otras.

Es precisamente esta última vertiente, la del terror como herramienta de subversión y explicación de realidades complejas, la que abordaremos a continuación poniendo el foco, sobre todo, en un territorio no exclusivo del género, el denominado Coming Of Age.

El gabinete del doctor caligari

El gabinete del doctor Caligari

Nuestra familia ve signos de estabilidad, una epifanía para una nueva sociedad.

Es de obligado cumplimiento dar dos pasos atrás para situarnos en el territorio Coming Of Age. ¿Hablamos de género o de temática? Dada la amplitud de características comunes de este tipo de filmes se podría hablar sin lugar a dudas de un género per se, pero quizás, dada la variedad de vertientes desde donde se ha abordado, lo mejor sería hablar corriente transversal, de estación nodal donde confluyen (y a veces chocan) todo tipo de géneros “mayores”. El Coming Of Age puede ser hallado en el cine de aventuras (Los Goonies. Richard Donner, 1985), la comedia (esencialmente en las películas ochenteras de John Hughes), en el fantástico (la saga Harry Potter e incluso la primera trilogía de Star Wars) o en el drama (al que nos dirigiremos a continuación). Sin duda estamos ante diferentes tonos y situaciones pero en el fondo estamos hablando en todos los casos, y aquí es donde nos resituamos en el género que nos ocupa, de la plasmación del miedo, de los terrores adolescentes ante nuevas situaciones vitales. Sí, el Coming Of Age venga de donde venga, vaya a donde vaya, es terror en estado puro y lo que lo rodea no es más que atrezzo genérico que dulcifica, amarga u oscurece la temática según convenga.

Ejemplo paradigmático de todo ello, a pesar de la lejanía aparente, lo encontramos en Call Me By Your Name (Luca Guadagnino, 2017), esencialmente en el discurso paternofilial al respecto de los sentimientos del adolescente. No se trata tanto del contenido del discurso (aunque daría para tratarlo en profundidad en otro tipo de ensayo) sino más bien lo que se desprende de él, de la gestualidad de Elio ante la presunta tormenta que se avecina. Elio tiene un doble terror, el de revelar sus sentimientos y el del posible choque ante una incomprensión paternal que se da por supuesta. Un terror que se resume en el pánico al abismo del vacío, de la falta de asidero emocional de un mundo adulto que parece olvidar lo que significa ser adolescente, lo que significa la angustia de los interrogantes acerca de la sexualidad y el amor y sobre todo la ansiedad que generan la expectativa de unas respuestas que pueden ser insatisfactorias o inexistentes.

Call me by your name 2017 coming of age

Call Me By Your Name

Ciertamente el desenlace de esta escena sorprende y emociona porque sencillamente no nos reconocemos en ella. Aquí el miedo es ampliamente superado por el confort de la comprensión y la desolación de la pérdida. Aun así, empatizamos plenamente con la frustración y miedo de Elio pero también con la reacción paternal aunque por motivos completamente opuestos: celebramos el discurso porque lo percibimos irreal, casi de ciencia ficción, y con ello despertamos al adolescente asustado que deseaba un tipo de conexión como esa. Al final estamos ante una situación que plantea el desenlace del Coming Of Age a modo de juego de espejos. Con un padre que actúa como imagen idealizada de Elio y una escena cuya planificación otorga al espectador la idea de reflejo en positivo de cómo se podían haber superado sus propios miedos y traumas y, de esta manera, sacándolos de nuevo a la superficie.

Se acabó el tiempo para perder el tiempo, ya gastamos en eso, demasiado tiempo.

Sin embargo, no siempre los espejos funcionan de forma tan simbólica y sí como elemento físico de síntesis, cambio y exposición del propio ser. El espejo funciona como una suerte de rito de paso, algo así como objeto donde proyectar la mirada sobre uno mismo y esperar que el reflejo devuelto indique el camino a seguir. Algo muy parecido al trayecto que realiza Neo en Matrix (Lilly & Lana Wachowsky, 1999) para entrar en el mundo real, pero refiriéndose al plano de la existencia propia. Diferentes son los tipos de miradas que encontramos: exploradoras, exhibicionistas o interrogativas con un mismo objetivo: la auto asunción del yo prescindiendo de la observación ajena. Dos son los ejemplos que ponen de relieve esta situación, dos películas que comparten este tipo de plano aseverativo en cuanto a (intento de) afirmación del yo y que, de alguna manera, se complementan en la exploración del Coming Of Age femenino y su sexualidad.

Matrix

Matrix

Lo visceral y lo provocativo, el descubrimiento del placer de la carne en lo sexual y lo gastronómico se dan la mano en un proceso paulatino en Crudo (Grave, Julia Ducournau, 2016). Un filme que destila suciedad, fluidos y sangre y las contrapone a la asepsia tímida y controlada de su protagonista. Un proceso que llega a su culmen, en cuanto a salto cualitativo de la identidad, en una autocontemplación evocadora de lo sexual. Que la música que pone trasfondo a la escena sea Plus putes que tous les putes no es casual. No solo muestra un cambio sino el deseo de cambio. En este sentido estamos ante una representación simbólica de lo que se viene a continuación. Un juego erótico tan sucio como provocador donde la mirada de la protagonista no solo refleja su propia voracidad carnal, sino que nos la ofrece a nosotros espectadores. Sí, nosotros somos la otra cara del espejo y la representación del despertar sexual ofrecida se dirige tanto hacia ella misma como acto de afirmación como hacia nosotros como exhibicionismo.

Como la propia canción retumba (“Danse devant moi, sisi; La fille de Chucky, sisi; J’m'en fous du 69; Je veux juste du 666”) hay una voluntad de interpretación de la sexualidad y de la transición a la vida adulta vinculada al mito del Eros y el Thanatos en su versión más nihilista. Un salto al vacío vital que en esta ocasión convierte el Coming Of Age en la nota de suicidio de la inocencia, en la declaración oficial de la vida adulta como campo abonado al exceso producto del libre albedrío.

Más complejo en su trasfondo y más sintética en su estética resulta la composición de la mirada en It Follows (David Robert Mitchell, 2014). Si hablábamos de voluptuosidad y suciedad en Crudo, aquí estamos ante la asepsia del contexto, de la mezcla entre timidez y miedo de la mirada, de lo atmosférico como sugerencia. Con un suave travelling David Robert Mitchell se asoma a la habitación de Jay Height (Maika Monroe) mientras esta se prepara para una cita romántica con su novio. Un acto ya de por sí tan íntimo como relevante. Al fin y al cabo, si hablamos de ritos de paso a la madurez (tanto sexual como sentimental) nada más ejemplificador que esa primera cita y, sobre todo, esos momentos previos de preparación, de dudas, nervios e incertidumbre. Por ello, como si de algo sagrado se tratara, asistimos a todo el ritual desde una perspectiva no invasiva que, paradójicamente, cuanto más se cierra el plano sobre su protagonista más nos aleja de nuestra visión y, por tanto, interpretación, dejando espacio al discurso mudo en palabras, parco y delicado en gestos de Jay.

Una gestualidad que pone de manifiesto las dudas y al mismo tiempo la firmeza de Jay, pero también, en un detalle nada gratuito, el miedo anticipativo del terror futuro en una mirada sostenida justo después de pintarse los labios. El terror aquí no está en el cambio, ni tan siquiera en el proceso del cambio sino en saberse ya adulta y de tomar conciencia de que a partir de este momento las decisiones tomadas ya son solamente suyas. Aquí pues el salto al vacío se traduce en sentido inverso a Crudo. La edad adulta no como experiencia salvaje y disfrutable sino como prospección futura de toma continua de decisiones.

(minutos 03:45 a 04:56)

Un instante congelado en el tiempo que recoge todo el tránsito vital pasado, presente y futuro. Las tres hojas de la lámpara que nos hablan de sus relaciones, las polaroids que captan el decisivo papel del agua y la relación truncada con el padre y, en el centro, encuadrada perfectamente entre los símbolos comentados, la protagonista. Una manera de señalar la pervivencia de los espacios temporales, de señalar los cambios y, al mismo tiempo, poner de manifiesto que la esencia sigue ahí. Sí, It Follows no es tanto el miedo al crecimiento sino más bien la idea de terror circular, de rueda que nunca acaba, de Coming of Age perpetuo.

 It Follows coming of age

 It Follows

De no habérnoslo tomado tan en serio ¿quién nos hubiera salvado del tedio, del alcoholismo, de la desventura, del posmarxismo, de la droga dura?

Nos hemos centrado hasta ahora, casi en exclusiva, en los comportamientos personales y su impacto tanto interno como externo. En cómo la persona percibe el cambio y como ese reflejo es percibido a su alrededor. Sin embargo, hay otra cara en todo ello, el reverso negativo, por así decirlo del Coming of Age, aquello popularmente conocido como el entorno, las circunstancias que rodean al individuo. Influencias que ayudan a definir comportamientos y que, en ocasiones extremas, determinan el fatum, el destino del individuo más allá de sus propios intereses, convicciones o personalidad.

Cierto es que, aunque la sociedad, lo valores e incluso la composición en las relaciones interpersonales han ido cambiando (¿evolucionando?) a lo largo del tiempo no es menos cierto que hay constantes, corrientes subterráneas del, por así llamarlo, espíritu humano que permanecen incólumes. Obsesiones transmitidas de padres a hijos muchas veces en forma de valores, otras en forma de traumas y, sublimando ambos conceptos, se erige la religión como forma de moldear educación, personalidad y modelo familiar.

No es necesario que la religión tome una forma concreta, a veces su simple ausencia o negación ya es más que suficiente para la creación de entornos tortuosos e insanos. El fanatismo, no obstante, aparece de forma más continuada para marcar los contornos de lo terrorífico, de forzar cambios involuntarios que, a menudo acaban en destrucción o bien del entorno, del propio núcleo familiar o de la persona sometida a dicha presión religiosa.

Aunque nos queremos centrar en películas de terror del nuevo milenio, no es menos cierto que debemos hacer un alto en el camino y retroceder hasta los años 70 para encontrarnos con la que podría ser el referente con mayúsculas del Coming of Age o, como mínimo el que ha ejercido, a posteriori, una mayor influencia en la temática: Carrie (Brian de Palma, 1976). Pero ¿qué hace de Carrie un film seminal? No es tan solo la temática, sino el modo de plantear todas las cuestiones y darles las respuestas adecuadas, consiguiendo trascender su contexto cultural para convertirse en algo plenamente universal.

El juego parece simple, poniendo de inmediato claro las dos vertientes claves del filme: una vida destrozada por el fanatismo religioso familiar y sus consecuencias sociales y una asunción realista de los poderes telequinéticos de la protagonista. A través de estos dos mundos asistimos a un debate donde se pone en discusión la divinidad (o malignidad) de dichas capacidades. Palmatoria es, en este sentido, toda la escena de la destrucción de la escuela con una Carrie bañada en sangre prendiendo fuego (purificador) a su alrededor. ¿Parábola demoníaca? Tal vez, pero lo fundamental en ello es que lo bíblico, el pecado de la carne, la relación materno-filial malsana no es más que el condicionante, el creador de la atmósfera de la destrucción real, del terror puro, que no es otro que el miedo adolescente al rechazo social.

Carrie coming of Age

Carrie

Solo hay que asistir a la escena inicial de Carrie para comprender los mecanismos del miedo sufrido y del terror infringido por los otros. Una escena que, convenientemente filmada bajo una luz seductora y onírica, nos introduce en una pesadilla adolescente absoluta. Unos minutos de incomodidad y desasosiego absolutos que nos transportan de inmediato a los temores más recónditos de cualquier persona en su pubertad. La destrucción pues no está tanto en los últimos minutos del filme sino en su inicio, en la semilla del miedo plantada en el interior de la protagonista.

Dicho de otro modo, Carrie es un filme que sigue, trasladado al desarrollo social del individuo, el determinismo marxista. Causa y efecto, la religión como superestructura de la organización familiar que ya no sirve para la infraestructura de la época y que deviene lo contrario de su propósito inicial: lejos de unificar es motor de destrucción al introducir un cuerpo extraño en una sociedad ajena a dichos valores. Una sociedad, por otro lado, representada como intolerante al diferente, y que reacciona ante él como anticuerpos ante un virus. Un filme pues que va más allá del Coming of Age individual para representar a dos mundos al borde del colapso víctimas de su propia incapacidad para reconocer al otro.

Como decíamos, hay constantes temáticas de fondo que no parecen estar sujetas a las transformaciones en los usos sociales, como si hubiera problemáticas no dependientes de la racionalidad y sí de un factor X tan inexplicable como perenne. Thelma (Joachim Trier, 2017) viene a reflejar precisamente esta situación. Puede que la época, el lugar y el entorno hayan cambiado pero el conflicto permanece intacto, con las mismas variables, preguntas y respuestas.

Puede que estemos ante un filme de maneras más sofisticadas que Carrie, pero es innegable que esta última podría ser fácilmente la madre putativa de Thelma tanto en temática como en descripción de situaciones y personaje. No por ello asistimos a un remake, sino más a la plasmación evolutiva de una sociedad coral hacia el drama más íntimo. Sí, lo que produce terror en Thelma ya no son tanto unas circunstancias de sobra conocidas e interiorizadas por el público, no. Aquí el terror proviene de volatilidad producida por eso que conocemos como la sociedad líquida. Thelma puede ofrecer conflictos familiares y sociales en el tránsito hacia lo adulto pero el individuo ya no está sujeto a ese determinismo que moldea y decide su destino. Thelma es, pues, no solo hija de sus circunstancias sino más bien un producto propio de la época, una millennial cuyas respuestas a su angst existencial se encuentran en la sublimación y toma de conciencia de su pasado para proyectarlo de forma vengativa en el presente.

Lejos estamos del trauma como forma de inmolación y penitencia y pasamos a la era del capricho voluble, de lo material como valor supremo. ¿El resultado? La transformación de una clase de miedo producido por el desafío a las certezas concretas hacia un estado de las cosas tan absolutamente impredecible que genera toda clase de reacciones aleatorias. Thelma es, salvando las distancias, claro está, como el oficial de las SS Amon Göth en La lista de Schindler (Schindler’s List, Steven Spielberg, 1993) cuyo mejor método de infligir terror estaba en la ausencia absoluta de normativas para ello.

Los viejos conceptos se tambalean. Las nuevas lenguas se balbucean

Hemos trazado un camino donde el Coming of Age se ha mostrado como elemento clave en el subtexto del cine del terror. Desde lo personal, pasando por lo social, ha actuado como temática subterránea que actúa como dinamizadora de los miedos contemporáneos. Unos terrores que se asoman tanto en la cotidianidad como en las vivencias interiores del individuo.

Lo que el Coming of Age pone en la palestra es la confrontación entre las seguridades y protección otorgadas en la primera etapa vital de las personas y ese campo vasto de posibilidades que se abre en el periplo que supone convertirse en adulto. Un campo que, tal como hemos visto, está minado de trampas que pueden ser mortales. Minas antipersona con nombres que resultan tan atrayentes como seductores o confortables y que por ello mismo se convierten en más peligrosas, más tentadoras, más difíciles de esquivar.

A partir de aquí surge el análisis, la exposición de los temores que produce este camino y de cómo los daños producidos por ellos pueden ser objeto de aprendizaje, de moralina o directamente de destrucción absoluta. El Coming of Age finalmente resulta ser un cine del apocalipsis íntimo que se produce en cada uno de nosotros, de la inmersión en la oscuridad de la incertidumbre. Un cine que, a pesar de que se cimienta en procesos no deja de plasmar la congelación de un instante tan global como individualizado. Un momento que puede ser más breve, más largo, más o menos intenso, pero que, como los círculos infinitos de It Follows se repite una y otra vez, poniendo a prueba los conceptos, obligando a asumir nuevos lenguajes, a ser otra vez bebés llorando en la oscuridad de lo inhóspito.

Thelma coming of age

*Todos los títulos y subtítulos temáticos de este texto han sido extraídos del tema “La Vida Adulta” del álbum “Tu siempre ganas” de Hazte Lapón.

 

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