American Psycho y otros psychokillers

Fascinación por los psychokillers contemporáneos Por Arantxa Acosta

“I want to fit in”Patrick Bateman en American Psycho (Mary Harron, 2000)

Hastío.                                                                                                                                                                                         Trauma.                                                              Sociedad.                                                                Individualidad.                         Deformidad. Mal.                                                                                          Placer.                     Agonía.                                                                                                                                                                                                                                                     Trastorno de la personalidad.                                                                Frialdad.              Inconsciencia.                    Fantasía. Ejecución. Depresión. Fantasía.                                                                                         Conciencia. Consciencia.                                                   Descontrol.                                      Mentes desestructuradas.                                       Bien.           Vidas inocentes.

Dualidad. Afables asesinos.

Según describe Arturo Meijide en su interesantísimo trabajo ‘Alonso Quijano en el callejón del Gato: las ficciones de psico-killers españolas’ 1, la sociedad española incorporó definitivamente en su lenguaje popular, así como en sus intereses, el concepto de asesino en serie gracias a la publicación de American Pshyco de Bret Easton Ellis (1991) y el estreno de El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, Jonathan Demme, 1991). Podríamos decir, por tanto, que se trata de un interés relativamente reciente en nuestra cultura popular, aunque nadie puede negar que desde entonces, nos ha fascinado. Sociópatas, asociales, psicóticos y psicópatas. Y asesinos en serie (que en realidad pertenecen a la categoría anterior). Cada tipología ha sido profundamente estudiada, teórica y empíricamente, siendo una de las “biblias” de los expertos el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), que va ya por su quinta edición…

La obsesión del ser humano por el funcionamiento de la mente y sus oscuras bifurcaciones (en especial la que convierte a las personas en asesinos en serie) no podía escapar al séptimo arte, que ya recogió en 1931 de la mano de Friz Lang al asesino de niñas Hans Beckert en M, el vampiro de Dusseldorf, explicando cómo sus actos transformaban a la sociedad del momento. El personaje de Beckert está basado en el asesino en serie real Peter Kürten, que llevaba una doble vida: su mujer únicamente le descubrió cuando él mismo le confesó sus asesinatos. Es escalofriante pensar que alguien puede pasar años compartiendo su vida con otra persona y no darse cuenta de nada… Así que, dada las múltiples teorías y clasificaciones desarrolladas a lo largo de la historia de la medicina y psicología, y considerando la tipología que más nos aterra (y fascina) por ser incapaces de prever sus actos, hablaremos de los inteligentes psychokillers llevados a la gran pantalla que se esconden tras su identidad pública. Los que son conscientes de la existencia del bien y el mal definido en la sociedad, y son capaces de separarlos en su propio beneficio. Nos centraremos, en definitiva, en el asesino en serie perfectamente camuflado en su comunidad, que tanto nos obsesiona y que tantas veces ha sido analizado, con mejor o peor resultado, en el cine reciente.

American Psycho. Violenta superficialidad: el mito Patrick Bateman.

Patrick Bateman. Icono de la nueva novela norteamericana. Uno de los psicópatas más admirados por hordas de jóvenes cinéfilos, convirtiendo su adaptación a la pantalla grande en película de culto.

Curiosamente, el más inofensivo de todos.

American Psycho

American Psycho

La adaptación de Mary Harron no esconde la admiración hacia una novela que, ante todo, quiso ser una mordaz sátira hacia la sociedad americana de los años 80. La escena final, que sustituye al famoso “NO HAY SALIDA” – últimas palabras del libro de Ellis, pone la guinda: Bateman sentado en un bar con sus amigos viendo un discurso de Ronald Reagan en la televisión. “Se presenta a sí mismo como un viejo indefenso, pero en el fondo…”, masculla Bryce. Y Bateman no puede pensar si no “en el fondo, no importa”.

Ellis culminaba con American Psycho lo que parecía 2 ser una trilogía de oro decidida a denunciar la vida, primero, de los ricos adolescentes de Menos que cero (escrita en 1985 y llevada al cine por Marek Kanievska en el 87) o Las leyes de la atracción (del 87, también adaptada – y poco recomendable – por Roger Avary en 2002) y, finalmente, de esos adolescentes ocupando altos cargos en grandes empresas gracias, muchos, a sus papás. Pura y mera superficialidad. Intrascendencia vital. Jóvenes que pueden permitirse tenerlo todo, y que parecen calcos uno de los otros, tanto que no es infrecuente se confundan entre ellos.

Como si Ellis, en definitiva, nos quisiese decir que cualquiera de ellos/nosotros puede ser Bateman, que cualquiera de ellos/nosotros puede acabar explotando.

Ellos/nosotros, que por supuesto buscan también alcanzar el sueño americano, cueste lo que cueste. Sentirse parte de un grupo, el de los afortunados.

Pero para ser aceptado en un grupo es necesario seguir unas reglas (recordemos si no la demostración en la famosa La olaDie welle, Denis Hansel, 2008, en la que se describe la formación de un grupo psicópatas fanáticos – si atendemos a la clasificación del Dr. Kurt Shneider). En el libro Ellis hará repetir a Bateman continuamente qué llevan puesto, qué tipo de comida (y fármacos) consumen, y qué bares frecuentan. Y lo hará no exclusivamente para hacernos ver que todos están cortados por un mismo patrón, el de la cultura del éxito, sino también para remarcar que Bateman está obsesionado con “encajar”. La repetición le reafirma su condición de seguidor, de saber que lo que está haciendo es lo correcto, que es lo que se espera de él. Y le tranquiliza.

American Psycho 2

American Psycho

Pero ¿qué pasa si no somos así, si tener una fortuna no nos hace afortunados? ¿Es imposible cambiar la definición de éxito para que éste realmente lo sea para uno mismo? Un gran puesto, un gran cuerpo, un/a guapo/a novio/a, todos los bienes alcanzables… ¿es lo que deseamos? En realidad Bateman no. O no del todo.

Así, nuestro protagonista parece ser la representación clave del sueño americano, vacuo y fútil. Joven, con éxito, adinerado… Trata a las mujeres como meros objetos, desde su secretaria hasta sus novias y amantes, y cómo no a las prostitutas que contrata para satisfacer sus deseos. Narcisista y egocéntrico, encuentra el placer, y su equilibrio personal, al sentirse superior. Momentos tan insignificantes como que un compañero de trabajo haya impreso tarjetas de visita más bonitas que la suya le desesperan, porque no siente que tenga el control. Porque siente que ya no es el número uno, tal y como le han pedido que sea desde que era pequeño. El entorno de Patrick Bateman es tan superficial como su propia vida y, sin embargo, él necesita pertenecer a esa sociedad. El estrés mental que sufre al tener que estar en continúa tensión, tener que demostrar que sí vale, le lleva a una enajenación que se convertirá en su válvula de escape, al igual que para el malogrado Sam Lowry de la brillante Brazil (Terry Gilliam, 1985), película cuya denuncia social explota una vertiente tan temerosa como la expuesta por Ellis: la superficialidad derivada de la burocracia, del haber dejado de pensar por uno mismo. Sin embargo, es el Brandon de Shame (Steve McQueen, 2011) el personaje más similar de la filmografía actual al Bateman de Ellis: explotar de algún modo para salir de la opresora monotonía (y no obstante envidiada por muchos). Recordemos, si no, la escena de Bateman con Christine y una amiga de la universidad, cuando en su afán de querer que mantengan sexo entre ellas – buscando el rebajar a su amiga y así no sentirse él tan inferior como en otras ocasiones – les explica, a colación de su disertación sobre Withney Houston y la canción ‘The Greatest love of all’, que “No es demasiado tarde para superarnos. En este mundo en el que vivimos es imposible empatizar con otros, pero siempre puedes empatizar contigo mismo. Es un mensaje importante. Crucial, de hecho”. La música 3 y sus detalladas explicaciones son el organizado detonante de las fantasías de Bateman para olvidarse de que está aprisionado, al igual que el sexo con extraños es la vía de escape de Brandon.

American Psycho 3

American Psycho

Pero queremos profundizar en la película, y no sólo en cómo Harron juega con las técnicas cinematográficas para dar vida a Patrick Bateman, sino también en el por qué de los cambios que la directora quiso introducir en el personaje y su entorno. Así que volviendo a nuestro psicópata, y no obstante a la personalidad que el escritor quiso infundir en él, la visión de Harron sobre Bateman difiere de la representada por Ellis, sin desmerecer por ello al personaje y mucho menos al libro sino aportando una visión más cruda, o más radical, del carácter del protagonista y su “reflejo” en la sociedad del momento, la de finales del s. XX. Esta vuelta de tuerca del psicópata posiblemente fuese para aportar otro análisis mucho más moralista incluso que el original, aunque siempre es posible que no se viese capaz de plasmar la mente de Bateman de otra forma, la que busca el libro. Me explico:

El Bateman de Ellis no destaca en su círculo social, precisamente por ser tan similar a todos ellos. Es una persona muy insegura, y en varias ocasiones en el libro, narrado en primera persona, se describe a Bateman “titubeando” cuando tiene que defender su propio punto de vista ante otros.  Es lo que le ocurre por ejemplo en el capítulo inicial, ‘INOCENTES’, cuando quiere defender su punto de vista (una defensa bastante socialista, por cierto) sobre la atenta, e inusual, mirada de sus amigos. Encontrar el modo de disminuir el déficit comercial, la igualdad de derechos de las mujeres, promover la preocupación social… palabras que se nos antojan necias, en cambio, en este mismo pasaje en la película, en una escena bastante simple pero efectiva de plano contra-plano con Bryce y el resto de los sentados a la mesa, donde el porte de Bateman, que rezuma superioridad infinita, se nos antoja muy distinto al original y, su speech, aquí y en otras escenas (una clave es la que se recupera también un texto del libro, cuando Patrick dice a Bryce que no haga comentarios antisemitas),  más cercano a alguien que considera debe mostrarse preocupado por las necesidades de su país y sus habitantes, que no que lo esté en realidad. Más: cuando en el libro le confunden con Marcus, o cualquier otro, Bateman se enfurece. En el film, lo toma exclusivamente como una oportunidad.

Traje, camisa a rayas, corbata, tirantes y gomina. Los yuppies de los ochenta. Harron puede jugar incluso con cambiar actores que representen a un mismo personaje, como es el ejemplo de Paul Allen 4, a quien Bateman señalará en una mesa de un restaurante y que no será el mismo actor que luego encarne al personaje. ¿Cuándo se confundió Bateman, al inicio o posteriormente? En realidad, da igual: seguramente no es ninguno de ellos. Incluso podemos dudar de la propia existencia de Patrick Bateman, o de que sea el que narra la historia o el protagonista del film, a juzgar por que nadie le reconoce en varias ocasiones… Todo un caos para conseguir el mismo efecto, en la novela y la película: transformar la realidad, diluir al individuo. Porque la confusión de personajes es clave para comprender que el individuo ha perdido su identidad en pro de servir a una sociedad que le exigirá un gran sacrificio, pero le recompensará con el éxito. Un éxito, como decía al inicio, cortado también bajo restricciones comunes, claro está. El individuo ha perdido su autenticidad y, por tanto, para poder realmente destacar, para definirse como único y con ideas propias, deberá necesariamente ir en contra de la ley del pueblo. Una interesante reflexión que también se incluye en Dark City (Alex Proyas, 1998), en la que Murdoch se torna consciente de estar viviendo en una sociedad que ha perdido su identidad, y en la que un mismo individuo puede ofrecer diversas personalidades.

American Psycho 4

American Psycho

No obstante, y aunque el Bateman de Harron parta del hastío y no de la presión social, ella dejará una ventana abierta a la conciencia del protagonista (y no me refiero a la confesión final de sus crímenes). La directora utilizará el recurso del espejo para cuestionarnos a nosotros mismos, tal y como quiere Ellis. Porque… ¿a quién mira Bateman cuando se ve reflejado? ¿A él mismo, a su yo verdadero? ¿O a nosotros? Es la otra figura, el “doble” que hoy nos ocupa, su otra personalidad – la “mala”, o es un resumen de la sociedad al completo, que lleva traje, camisa a rayas, corbata, tirantes y gomina? Interesante es también la opción de mostrar la figura deformada del protagonista (en el taxi tras el vidrio opaco que le separa del conductor, en la carta del menú del restaurante, o incluso en la promoción del film, con su reflejo en el pulido cuchillo). La imagen de una mente deformada, maltrecha, al igual que la sociedad a la que representa, por culpa de su ambición y delirios de grandeza. El cuadro de Dorian Gray (novela de Oscar Wilde, 1890) pudo ser de inspiración para este Patrick Bateman menos intimidado por las exigencias de su entorno y más recluido en sus propios intereses, encajando con la descripción del psicópata del Manual de diagnóstico de psiquiatría 5.

En consonancia con esta reclusión del arrogante Bateman del film, totalmente adecuada a la descripción de un psicópata real, Harron también se permite explotar la necesidad de sentirse único de “su” psicópata, alejado del ruido social que le invita a integrarse (aunque crea que esta es una de sus principales misiones), emplazándole en la mayor parte del film en su propio apartamento (con una decoración pulcra, minimalista, reflejo de la mente del psicópata), viendo películas porno o haciendo ejercicio. En el libro podemos leer que se permite ir al gimnasio y, no obstante, su “tono” es mucho más revelador en cuanto a la psicopatía de Bateman, en el sentido de que las barbaridades que se describen irán increscendo 6, haciéndonos ver que son imposibles, pero jugando siempre con la ambigüedad que querer creer lo que se quiera. Por tanto, Bateman es un asesino que se queda, al menos por el momento, en la denominada “fase aura” 7.

American Psycho 5

American Psycho

En la película se jugará también con esa tergiversación, y quizá es menos evidente que en el libro porque las “pistas” de Harron son menores (aunque, por supuesto, más gráficas). Y es que no hay más que re-visionar la escena con el portero del edificio de Bateman, cuando teóricamente nuestro “asesino” está arrastrando un cadáver dejando un reguero de sangre en el suelo, o aquella en la prostituta golpea la puerta de varios pisos para pedir ayuda antes de que sea descuartizada con una  sierra eléctrica. Incluso la de la sábana manchada de sangre que no consiguen eliminar en la lavandería es un guiño al libro cuando dice en una fiesta que “yo me concentro en los arándonos y el Absolut que tengo en la mano y que parece como un vaso de sangre aguada con hielo”. En cualquier caso, Harron acertó con el tempo narrativo hasta llegar a las escenas finales, con un insuperable Christian Bale en su desesperada (que no deseada) toma de conciencia con sonido de helicópteros de fondo. Brillante locura que deja que nosotros, el espectador, nos planteemos la duda de si es o no real lo que estamos viendo (si no nos hemos fijado antes, claro). Parte de este efecto en el espectador se le debe a la directora por haber rodado las escenas de forma completamente realista, con una ambientación nada opresiva, cuando podría haber optado – quizá negativamente – por ser más evidente y declarar las fantasías rodando con gran angular, por ejemplo, o transformando el entorno y puesta en escena e iluminación para demostrar que esas imágenes concretas ocurren exclusivamente en la mente de Bateman, como alucinaciones, como los sueños de Brazil.

Finalmente, el emplazar la película en los años ochenta es la particular válvula de escape de Harron: dada la temática del film, podría haberse rodado en la época actual, pero la directora prefiere retratar la sociedad de los ochenta que Ellis radiografió con su novela. ¿Por qué? La respuesta puede ser porque sea la época que sea, seguimos sin haber cambiado, pero también una forma de ocultarse de la opinión pública: cualquiera que pueda ver una denuncia a la política actual se equivoca, se está hablando de la época Reagan…

American Psycho 6

American Psycho

Espero se me pueda disculpar continuando un poco más con American Psycho, pero me es físicamente imposible cerrar este extenso capítulo dedicado a Patrick Bateman sin hacer mención a Tyler Durden y Eric Packer. Y es que tras Ellis llegó Chuch Palahniuk, cuya novela más famosa (que no mejor), Club de lucha, escrita en 1996, fue llevada a la gran pantalla un año antes por David Fincher (1999) que American Psycho. Quién no puede encontrar ciertas similitudes entre Patrick Bateman y el narrador. Narrador sin nombre, sin personalidad. Compra siempre lo que está de moda, como Bateman. Trabaja en una empresa sin nombre… Despojemos a la persona de su propia identidad, la que le hace único, para facilitar la identificación de toda una sociedad). De la América de los ochenta pasamos a la América de los noventa. De la visión de los que persiguen y consiguen, a su pesar, la notoriedad, a los que han aprendido a olvidarse ella.  El primero imagina cómo escapar de su mundo superficial, asesinando a los más débiles, vagabundos, prostitutas, barrenderos, porteros… incluso hombres de negocios que nunca han salido de su particular burbuja económica. El segundo, encuentra su punto de fuga en una personalidad bipolar que será su antagónico perfecto, el que repudiará la perfección y el consumismo y luchará para que la sociedad cambie, despierte, con algunas ideas que rozarán, también, la paranoia. Pero en el caso de Durden, los robos, los asesinatos, sí serán reales (Nota: Una vuelta de tuerca más: existe una reciente publicación de thecultureytrip.com 8 que reflexiona sobre si Club de Lucha es en realidad una adaptación moderna de El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald. Si es así… ¿sería Gatby el perfecto psicópata? Por qué no, todos sus actos encajan con la definición…).

Y qué decir de Eric Packer, símbolo o profecía de la caída del capitalismo de la mano de Don Delillo con Cosmopolis (novela, 2003) y llevada magistralmente a la gran pantalla por David Cronenberg (film, 2012). Eric, superdotado hombre de negocios, concluirá en un solo día que su vida, que la de toda la sociedad (esta vez a nivel mundial) no tiene sentido continúe bajo las premisas actuales. Packer se autodestruirá, no sin hacer caer a otros en su camino, para demostrarnos que es la única salida posible. Igual que Ellis nos lo demostraba con su ‘NO HAY SALIDA’ del final de American Psycho. Igual que Tyler Durden nos sermonea: “La auto ayuda es masturbación. Ahora… ¿la autodestrucción?” 

El pasajero oscuro: de Norman Bates a Dexter Morgan, pasando por Frank Zito, John Doe, Kevin Khatchadourian…

Traumas infantiles. Varios de los psicóticos y psicópatas 9 sufren un trastorno de su personalidad debido a una infancia difícil, “poniendo en activo lo que experimentaron pasivamente” tal y como remarca Maria Laura Quiñones 10. Tanto en cine como en literatura encontramos varios ejemplos, y en concreto basados en personajes que adoptan la escisión bien / mal tratada en este texto como forma de vida, como forma de acallar a su “pasajero oscuro”, citando a Dexter Morgan…

dexter

Dexter

El pasajero oscuro, la otra cara de la dualidad buen ciudadano / asesino en serie. El monstruo insaciable que aparece cuando se siente un vacío inmenso que es necesario llenar, sentimiento provocado por la visualización de sangre, por temer que se repita el pasado, o simplemente por aburrimiento. El vacío les transforma, previendo un dolor casi físico que debe ser mitigado y, una vez conseguido, vuelven a camuflarse tras sus inocentes identidades, recluyéndose en sus apartamentos o integrándose grácilmente en el mundo real. Hasta que sienten de nuevo deseos de matar. Desde la sobreprotección maternal de Norman Bates 11 mostrada por Alfred Hitchcock en Psicosis (Psycho, 1960) hasta el rechazo hacia un hijo sin olor, el Jean-Baptiste Grenoulle de El perfume, historia de un asesino 12  pasando por el introvertido Frank Zito – traumatizado por la guerra, y también por su madre – de Maniac 13, el asesino misógino y maltratado por su familia de niño de Chained (Jennifer Chambers Lynch, 2012) que sentía la necesidad de dar amor, a su manera, a “conejo”, o el asesino de múltiple personalidad hijo de una prostituta de la poco conocida y bastante recomendable por defender – de una forma un tanto abrupta – el triunfo del mal frente al bien, Identidad (Identity, James Mangold, 2003), citando sólo  algunos ejemplos. Para todas estas adaptaciones, obras maestras indiscutibles o notables curiosidades, parece que sea necesario el justificar la naturaleza de la psicopatía. Recursos no faltan: a través de dejarnos visualizar las pesadillas que les atormentan, por las voces en off que nos dejan oír lo que ellos oyen en su mente, por flashbacks a su infancia en blanco y negro o a todo color… Muy posiblemente, el punto débil de sus guiones. Explicar el origen el pasajero oscuro no deja de ser la disculpa del autor, o su muestra de magnanimidad hacia el ser humano. “Son malos porque lo han pasado mal”. Es posible, sí, pero el verdadero terror, el que estos films quieren hacer sentir al espectador, viene de no conocer sus motivaciones. Un buen ejemplo es el John Doe de Se7en (David Fincher, 1995). No conoceremos su pasado, ni su verdadero nombre, ni cómo financia sus asesinatos. Y nos aterrará como ningún otro. Kevin Spacey convenció a crítica y público con su interpretación del calculador asesino, dejando que seamos nosotros los que imaginemos el qué le ha podido llevar a planificar tan minuciosamente su particular cruzada. Pero no nos olvidemos del cine patrio, donde encontramos uno de los mejores ejemplos de turbador psicópata: César de Mientras Duermes (Jaume Balagueró, 2011), un portero que representa muy fielmente al psicópata del mundo real. Sombrío, sin un trauma específico, y con acceso a poder cumplir sus fantasías.

La única concesión que hacemos a la afirmación de que el film puede flojear por las ansias de contar el por qué de la psicopatía es para el personaje de Kevin Khatchadourian de Tenemos que hablar de Kevin (We need to talk about Kevin, Lynne Ramsay, 2010, también basada en el libro homónimo de Lionel Shriver), tan inquietante por su minimalismo a la hora de ser rodada como por lo realista y real de la historia, un niño cuyo odio por su madre es el mayor de los horrores del film. Esta licencia, claro, tiene trampa: el film no intenta justificar la atrocidad del asesino, sino que su argumento se basa precisamente en la gestación en sus años de niñez y adolescencia del motivo y posterior venganza.

Tenemos que hablar de Kevin

Tenemos que hablar de Kevin

Así que quizá la verdadera pregunta a responder, y que buscamos también en el cine, no es cuál es la causa, sino:

¿Es ese oscuro pasajero controlable?

Uno de los pocos asesinos que quiere demostrarnos que sí es Dexter, un personaje también salido de la imaginación de un novelista, Jeff Lindsay, y la verdad mucho mejor explotado para la pequeña pantalla que en los libros del autor gracias a los creadores de la serie, y por supuesto un Michael C. Hall que ha sabido conectar con la moral del personaje. Entrañable y terrorífico a la vez, es una de las mejores representaciones actuales de la dualidad del individuo: consciente de que tiene que acarrear con su lado oscuro, hace todo lo posible para que éste no le manipule (aunque, personalmente, siempre se me ha antojado que el “doble” de Dexter es su propia hermana, Deb, estando el pasajero oscuro en medio de ellos dos).

Así Dexter, cuyo (inciso) alias para obtener la droga que utiliza con sus víctimas no es otro que Patrick Bateman, nos narra sus vivencias desde la primera temporada con voz en off, y al igual que si estuviésemos leyendo el libro, nos ayuda a meternos en su mente de asesino al conocer, en voz alta, los pensamientos del técnico de laboratorio. Pero la voz de su conciencia vendrá personificada por la figura de su difunto padre, que se le aparece para hacerle sopesar sus actos y evitar se tuerza aún más en su camino (curioso que en A dos metros bajo tierraSix feet under, Alan Ball, 2001-2005 – se utilizase exactamente el mismo recurso, serie de la que también fue protagonista Michael C. Hall).

Nos encontramos, entonces, ante… ¿un asesino con conciencia?

Dexter

Dexter

Ocho temporadas  a punto de finalizar en las que se ha defendido la integridad de su protagonista hasta la recta final de la serie: un hombre que mata exclusivamente a personas corruptas, siguiendo el código de Harry, su padre adoptivo. ¡Ah! El código. Qué gran forma de infundir empatía extrema con el espectador, y qué poco creíble. Una estupenda parodia sobre este código “moral” lo encontrábamos hace poco en la admirable Siete Psicópatas (Seven psychopaths, Martin McDonah, 2012), si leemos exclusivamente la capa correspondiente a la trama superficial de la película (recomendamos encarecidamente leer el texto de Alejandro Sánchez sobre el film), en la que quedaba claro que Billy estaba pasado de vueltas…

Porque no, esa infantil excusa (“The voices made me do it. My dog made me do it. Jodie Foster told me to do it.” 14), el oscuro pasajero, que incluso el propio Dexter acabará admitiendo como tal en la séptima temporada en el excepcional capítulo Dark… whatever,  debe seguir alimentándose, hasta el encierro o muerte del que lo porta (o sustitución por otra obsesión, también. La religión, ¿por ejemplo? En Pozos de ambiciónThere will be blood, Paul Thomas Anderson, 2007 -  descubríamos que el pastor protestante escondía tintes psicópatas…). El John Doe de Se7en se sacrifica como tributo final a su obra, convirtiendo, a su vez, al detective Mills en un asesino (imprescindible, y mucho más coherente con la película, es el final alternativo que Fincher tuvo que modificar tras el pase privado con público: el héroe debe seguir siendo un héroe para nuestros simples esquemas mentales…). Curiosamente, con el final actual Mills se presenta entonces mucho más humano de lo que le estábamos considerando hasta el momento, y es el doble sentido que Fincher busca: todos podemos ser psicópatas en potencia, sólo hace falta que se nos lleve a cada uno a nuestro particular límite.

Apéndice: Psychokillers “energéticos”: Kristoff de El show de Truman

Ante todo, pedir perdón a estudiosos y expertos en el tema por el término utilizado ya que estoy convencida debe tener otro nombre, pero, si se habla de vampiros energéticos… ¿por qué no utilizar este término para un psychokiller?

The-Truman-Show-jim-carrey

El show de Truman

Leyendo a Jesús Palacios, en sus recomendaciones finales relaciona muy acertadamente la película El show de Truman (The Truman show, Peter Weir, 1998)  con las novelas de Ellis, calificándola como “reverso negativo” del “imposible universo replicante [narrado por Victor Ward, el protagonista de la novela Glamourama], hecho de ficciones de ficciones” donde existirán modelos-terroristas. Así que pensando en el film, analicemos a Kristoff, el productor que tiene la idea de seguir la vida de una persona, haciéndola pública para regocijo de una sociedad sin alicientes propios: perfeccionista, obsesivo, quiere tenerlo todo bajo control, y se derrumba cuando no lo consigue. ¿No es su frustración final asimilable a la del asesino que no ha podido cometer su crimen? Escoge a un inocente para exponerlo al mundo, como si de una rata de laboratorio se tratase, y hace con él lo que quiere, dominando toda su vida. No es muy diferente del secuestrador de Chained, que también sentirá amor paternal por el niño que se llevó de un centro comercial para que fuese su esclavo. Y es que ser un asesino no tiene por qué implicar la muerte de la persona, pero sí su destrucción.

Fuentes:

Mejide Lapido, Arturo Francisco; Alonso Quitano en el Callejón del Gato: las ficciones de psyco-killers españolas (disertación para la Universidad de Kansas, 2010)
Palacios, Jesús; Psychokillers, anatomía del asesino en serie (Ed. Temas de hoy, 1998)
Palacios, Jesús; Los ricos también matan (Ed. Temas de hoy, 2000)
Santoro, Silvana; La personalidad psicopática (publicación del Centro de Psicología Clínica, Laboral y Forense)
Schneider, Kurt; Las personalidades psicopáticas (Ed. Morata, 1980)

 

  1. Puede leerse el trabajo completo en la web de la universidad de Kansas, del que también destacamos el análisis de la obsesión del protagonista de Historias del Kronen (novela, Jose Ángel Mañas, 1994; film, Montxo Armendáriz, 1995)  por Patrick Bateman, el psicópata de American Psycho (novela, Bret Easton Ellis 1991; film, Mary Harron, 2000).
  2. Digo “parecía” porque la llegada de Glamourama, menos conocida por el gran público pero infinitamente superior a American Psycho en cuanto a crítica al materialismo como razón de vida llegó nueve años más tarde, de la mano de un Ellis que puede decirse culminó su obra, al menos hasta el momento.
  3. El fragmento del ejemplo corresponde al ‘Monologue 4’ de la banda sonora oficial de la película, imprescindible por otra parte particularmente para los que vivimos la época dorada de canciones como ‘True Faith’ de New Order o el ‘Pump up the Volume’ de M/A/R/R/S.
  4.   Owen en el libro, se cambió simplemente porque existía alguien real con ese nombre – aunque con Allen también, y mucho más famoso, por cierto). También se cambió a Timothy Price por Bryce.
  5. Se describe al psicópata como alguien que sufre un trastorno antisocial de la personalidad, que simula (no siente) amor o amistad, y que y demostrar su superioridad y su desprecio hacia su víctima, ya sea en el área laboral, de sus relaciones personales, sexual, etc.
  6. Bret Easton Ellis sabrá dosificar la violencia en el libro, de forma que las atrocidades y asesinatos varios no llegarán hasta bien pasadas las cien páginas, una vez se nos ha presentado la vida de todos ellos como envidiable, pero demasiado repetitiva y vacía.
  7. La fase aura, descrita por el Dr. Joel Norris en su libro Serial Killers (1989), es la primera del ciclo por el que pasa un asesino en serie. El resto serán: pesca, seducción, captura, asesinato, fetichista y depresiva.
  8. artículo completo.
  9. El Dr. Michael Stone clasifica en su libro ‘The anatomy of Evil’ de 2009 la maldad en una escala de 22 grados. De forma muy resumida, un psicótico es un asesino en serie desorganizado, de clase social media-baja, con coeficiente intelectual bajo, que improvisa sus asesinatos y desconoce a las víctimas. Alguien que no disfruta matando. en el lado completamente opuesto se encuentra el psicópata.
  10. Artículo ‘El perfil del psicópata’, recogido en ‘Psicópatas en el diván’, de Laura Diniz.
  11. Adaptación de la novela de Robert Bloch que basó a su personaje en Ed Gain, asesino americano de mujeres.
  12. Criticada adaptación de 2006 de la novela de Patrick Süskind de la mano de Tom Tykwer que, sin embargo, recoge perfectamente la esencia del psicópata, además de una notable puesta en escena, capaz de vengarse de todo y todos gracias a su más preciado don: su inteligencia, y cuyo uno reproche es una escena final que no hace justicia a la imaginación del escritor.
  13. La opresiva y gore ambientación conseguida con el film original se retoma y retuerce en el remake protagonizado un  Elijah Wood que acertadamente no nos recuerda al gordo y perturbado maníaco original. Este remake de Maniac (Franck Khalfoun, 2012) incluye el aliciente de presentar al asesino siempre bajo el subjetivo punto de vista de estar viéndolo todo a través de sus propios ojos. Así, cometeremos nosotros los asesinatos, sorprendiéndonos con el devastador y traumático efecto que es el ver/vernos reflejados únicamente – menos algún caso excepcional -  cuando el protagonista se mire al espejo o se refleje accidentalmente en un coche, por (William Lustig, 1980)
  14. Diálogo de Se7en (David Fincher, 1995): el detective Mills (Brad Pitt) intentando quitar importancia a la suspicacia de Somerset (Morgan Freeman) en referencia a la naturaleza de los asesinatos.
Share on FacebookTweet about this on TwitterGoogle+Email to someone

Comentarios sobre este artículo

  1. Óscar dice:

    Un análisis fidedigno al alto nivel que supone esta lista. Una forma clara y veraz de desarrollar los grandes exponentes de la filmografía psicótica de nuestros últimos años. Una maravilla para la lectura y un recorrido de permanente atención.

  2. […] socia, Arantxa Acosta, entra con apabullante detallismo iridiscente en la mente torturada de American Psycho , sin olvidarse de repasar otros exponentes […]

  3. [...] socia, Arantxa Acosta, entra con apabullante detallismo iridiscente en la mente torturada de American Psycho , sin olvidarse de repasar otros exponentes [...]

Comenta este artículo

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>