Clones: Orphan Black

La esquizofrenia moderna Por Pablo S. Blasco

Orphan Black

Cada vez que David Simon –creador de series como The Wire (2002-2008) es preguntado por las contradicciones de la sociedad norteamericana, una palabra sale siempre de sus labios. Esquizofrenia. Dualidad. Escisión. Nuestra sociedad –la suya, la que todos compartimos– afianza su equilibrio sobre una esquizofrenia comunitaria. Somos seres desdoblados que aspiran a un concepto de unicidad negado por nuestro estilo de vida. El recurso a la ficción, sin ir más lejos, es una forma de esquizofrenia consentida, una proyección en el universo de la otredad, una escapatoria de nuestro punto de vista. Aceptamos al doble porque simplifica temporalmente los desequilibrios entre el yo y el otro, entre el yo realizado y el yo deseado. Pero luego la esquizofrenia crece cuando se le añade la multiplicidad, la alteridad, la simultaneidad o el automatismo como elementos comunicativos de nuestro sistema. Incontables alternativas se nos ofrecen a cada paso. Varias formas del yo que se aparecen y evaporan en los brillos de un espejo. Somos, en resumen, construcciones renqueantes que buscan su identidad. Y las mejores ficciones actuales de la televisión son conscientes de ello. Porque esquizofrenia también es la enfermedad que aqueja a la Carrie de Homeland (2011- ), la última serie de moda. Es la misma que sufría el personaje protagonista en la malograda Awake (2012). Esquizofrenia es lo que hace que Tony Soprano acuda al psiquiatra, a causa de su dificultad para convivir con sus distintas personalidades.

El tema del doble y la paranoia supone también el fundamento de Orphan Black (2013- ), una serie de BBC América que ha resultado la gran sorpresa –por inesperada, precisamente– del presente año.

Destaca en su planteamiento esa misma tensión descentralizadora pero ahora rescrita en un mecanismo, de vago ambiente pulp, cuyos giros intrincados e imprevisibles retuercen la dualidad, la naturaleza del género, los tonos, los estilos, sus mismas pretensiones, en un ejercicio constante de superación narrativa.

La idea originaria de su estructura es deudora, en cierto modo, de la reciente Fringe (2008-2013), en la que los universos paralelos propiciaban la coyuntura de una narración infinita. Un episodio podría repetirse en un sinnúmero de variaciones que fueran, al mismo tiempo, siempre la misma y siempre otra distinta. Cada uno de los personajes podría tener ilimitados döppelgangers –aunque por economía se resumían en dos– de opuestas o complementarias personalidades. Algo semejante ocurre en Orphan Black. El personaje protagonista es un clon con una serie indefinida de replicantes que son el resultado de un material genético idéntico pero unos condicionamientos dispares. De esta manera, y reduciendo el foco en cuatro de ellas, los contratiempos de la serie son compartidos por cuatro modelos de personaje concurrentes. La alteridad se adueña así del relato: más es más, no menos. El yo protagonista es fragmentado en varios yo sincrónicos brotando un recargamiento de materiales donde la renovación de personajes, ambientes, tonos o incluso géneros –la ciencia-ficción, la comedia, el policiaco– conviven en armonía estructural. Orphan Black son muchas series en una porque la unidad de nuestra perspectiva se disgrega en muchos personajes. O, dicho de manera inversa, el tema de los dobles surge como una réplica al deseo de inclusión, de implicación de puntos de vista en un producto para múltiples mercados –igual que otras series transnacionales como Heroes (2006-2010), Touch (2012-2013) o Lost (2004-2010).

Llega incluso más lejos la generosidad de sus creadores.

Porque Orphan Black despliega desde el principio un ritmo frenético de giros, cliffhangers y extensiones de su escenario hasta el punto de que sus temas, igual de interesantes, parecen sobrevivir entre sus intersticios.

El primero de ellos es el tema de los clones, del doble recreado por la tecnología en un universo de ciencia-ficción.Las cuatro chicas protagonistas han nacido de una fórmula genética creada en laboratorio –con sutiles diferencias– y para oscuros propósitos. Pero Orphan Black es menos La isla (The island, 2005) que Los niños del Brasil (The boys from Brazil, 1978). Su máxima preocupación no radica en la moralidad –o no– de un nacimiento artificial sino en el designio que guarda para ellas su “constructor”. Los genes pueden ser idénticos pero es el ambiente quien decide el desarrollo de una persona. Por ello tampoco existe la oposición personal visible en El sexto día (The 6th day, 2000). El auténtico temor que las aflige radica en la despersonalización, la pérdida de la identidad; por encima de todo, el miedo a la existencia de un dios superior, si ya no celestial, ahora humano y, por lo tanto, más terrorífico. En ese sentido, la serie aspira más a la filosofía que a la ciencia. Aquello que está en peligro es la libertad, el libre albedrío de los personajes una vez que la unicidad se encuentra perdida. Al hilo de las últimas teorías, la serie nos pregunta –sin dar respuesta alguna–, si cualquiera de estas mujeres podría haber sido cualquiera de las otras, en cualquier otro ambiente, en cualquier otra fecha, de haberse producido un intercambio. ¿Qué es lo que permanece tras los genes y el entorno? ¿Quién es ese ente llamado yo?

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De este modo, el fenómeno de la identidad, en su más antigua formulación, es el concepto donde convergen las distintas tipologías del doble que aprovecha la serie. Al ser producidos por la ciencia, los döppelgangers, en general, carecen de su valor extraordinario. La impresión causada por el primer hallazgo de Katja, la alemana, es cada vez menor con Alison, Cosima, Helena y, por supuesto, con Rachel, la neolucionista. Como ya advertíamos más arriba, la convivencia de las jóvenes se fragua en una relación de compañerismo en la que, disensiones aparte, no hay espacio para el narcisismo ni para los celos. Tampoco el hallazgo del doble –en este caso varios– simboliza para ellas un secreto deseo de comprensión. Si bien descubren que son el brote común de una fórmula seriada, su propia naturaleza inédita las hace, irónicamente, objetos únicos y especiales. Justo la postura contraria que era planteada por Moon (Duncan Jones, 2009), en la que la existencia de la clonación eliminaba por completo la idea de individualidad.

El tipo del döppelganger compone, por lo tanto, el escenario de la trama. Pero esta es formulada mediante el subgénero de asesinos en serie con un desdoblamiento. Sarah/Jekyll y Helena/Hyde son los dos extremos de un mismo ser que no comparten cuerpo aunque sí hermandad. Helena es, entre todas las chicas, la única desviación que ha derivado en vengadora de un supuesto orden religioso. De alguna manera, Sarah se siente más próxima a ella porque también ha tenido una vida más libre, más alejada de las costumbres burguesas. Una podría ser la otra, pues su distancia no será tanto la del bien frente al mal como la frontera –necesaria– entre cordura y enfermedad, sociedad y barbarie. De acuerdo con ello, incluso ese Hyde carente de escrúpulos, con su insumisa brutalidad, es tratado en la serie como una variación más del mismo espíritu. Les guste o no, las dobles son manifestaciones de un solo material: eso es lo terrorífico. A lo largo de la temporada, todas ellas tendrán que hacerse pasar por otra en distintas circunstancias. Sarah por Beth para un desfalco bancario. Alison por Sarah ante su hija. Helena por Sarah en comisaría. Y así aparece en Orphan Black la tipología del anfitrión, el doble como germen del engaño, el disfraz y el desconcierto tan propios del teatro de enredo.

La idea de un doble disfrazado de otro doble alarga y enriquece la propuesta de entretenimiento. Aunque también es algo más. El hecho de que cada una pueda suplir a la otra –al menos a la vista de sus allegados– incide en la crisis, en el problema, en la pregunta sobre la identidad del ser humano. Parece que Sarah resuelve la vida de Beth mejor que ella. Alison atiende a su hija con mayor soltura. Progresivamente, los caracteres de cada una evolucionan al roce con las otras, por lo que en caso de que la serie prosiga su curso normal, tanto Alison y Cosima como, sobre todo, Sarah habrán completado una evolución que alcance a transformarlas en un ser diferente como en el caso del “Orlando”, un ser conformado por similitudes y a su vez alternativas del punto de partida. Sarah Manning, en concreto, comienza la serie como una delincuente de extraradio con un novio maltratador. Entonces ocupa el espacio vital dejado por Beth y su carácter cambia de forma notable. Por ejemplo, en su relación con Paul Dierden, con el que pasa del inicial desprecio hasta una creíble historia de amor. De Alison aprenderá, así mismo, sobre el cuidado de su familia. E incluso de Helena, la hermana homicida, Sarah sumará el uso de medios expeditivos para defenderse. Este viaje personal, aunque por ahora inacabado, parece dirigirse hacia producir una nueva identidad que resuma los valores de las demás y, al mismo tiempo, mantenga su independencia. Un modelo superior que unifique la escisión, la indecisión, del ser desdoblado.

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Y, sin embargo, y a pesar de tantas líneas a su costa, Orphan Black difícilmente perdurará en una antología de la dualidad en el cine –o en la televisión–. Digo esto porque la serie opta por enunciarse con un tono ligero, entretenido, muy efectivo. Pero ahí se detiene. A sus guionistas les preocupa derivar en un producto complicado y se deciden, desde el principio, por una rebaja de sus muchas ramificaciones. Como primera acotación, se trata de un thriller femenino o destinado para las mujeres. Basta ver la descripción de los personajes masculinos, los cuales representan esos caminos, o esas presiones, que son ofrecidos a la mujer en la sociedad contemporánea. Así, un tema tan extenso como la identidad queda restringido, reducido si se quiere, a la identidad social de la mujer en el siglo XXI. Las chicas descubren que alguien ha planificado sus vidas desde el instante de su nacimiento. A pesar de haberse considerado mujeres liberadas, las cuatro deben reactivar su cuestionamiento de los patrones asumidos –falsas relaciones, máscaras cotidianas…–. Deben dudar de lo establecido y desertar de las trampas y los placebos que conforman, precisamente, aquello mal llamado “identidad”, ya sea de clases, sexos o ideologías, y que supone una simplificación de la complejidad del individuo. El uso continuo de estereotipos funciona entonces como un análisis feminista de sus frecuentes tópicos, desde una maruja de clase alta a una profesional con estudios o una huérfana ligada al crimen. Cualquiera de estas elecciones parece aceptable –se agradece la ausencia de prejuicios– pero cualquiera es, al mismo tiempo, una amenaza de encasillamiento y despersonalización digna de ser razonada.

Sospechar, en resumen, de todo y de todos parece la mejor estrategia. Sospechar de uno mismo, de su naturaleza, de su personalidad y de su pasado. De nuevo la esquizofrenia paranoide del individuo moderno erigida a una dimensión superior en Orphan Black. Esquizofrenia de sus personajes escindidos en varios clones de creencias y condicionamientos dispares. Esquizofrenia de la propia serie que pretende abarcar todos los géneros y los estilos en ese afán aglutinador: un Skins (2007- ) fantástico en el capítulo 1, un policiaco desquiciado en el 2, sátira social con Mujeres desesperadas (Desperate housewives, 2004-2012) en el 6 o sucedáneo de Alias (2001-2006) en el capítulo 10. Sin olvidar la dualidad como estructura para polémicas entre ciencia/religión, consciencia/inconsciencia, seguridad/riesgo, unión/separación. Llegado el final de la temporada, las bifurcaciones de la serie parecen acentuarse aún con un desenlace –coherente, convincente– que nos promete una larga lucha por el control de sus vidas. Si las audiencias se lo permiten, Orphan Black progresaría así en la última formulación del tema del doble: la sincronía regulada de un mismo relato y de sus variables, de una apuesta narrativa y de sus rechazos, de un camino personal, en fin, entrecruzado por sus alternativas en busca de ese encuentro con la identidad, que se asemeja, cuanto más se persigue, a un laberinto de infinitos callejones. Todos esquizofrénicos.

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] menos de un año, en nuestro artículo sobre la primera temporada de Orphan Black (2013), señalábamos a la disgregación como el principio estructurador que guiaba sus capítulos. […]

  2. […] y plural donde se escribe y se piensa sobre cine. Y es que como comenta Pablo S. Blasco en su artículo: “todos esquizofrénicos”. El cine, desde que aspiró al sueño de la narración, rápidamente […]

  3. [...] y plural donde se escribe y se piensa sobre cine. Y es que como comenta Pablo S. Blasco en su artículo: “todos esquizofrénicos”. El cine, desde que aspiró al sueño de la narración, rápidamente [...]

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