El sirviente de Joseph Losey

Ausencia-Presencia Por Laura del Moral

“La imagen no es más que un reflejo, un doble, es decir, una ausencia.

Presencia vivida y ausencia real”.Edgar Morin

El cine desde su base ya se presenta como un juego de dos, entre el que expone su obra y el que la aprecia, podríamos remitirnos también al teatro de sombras o de máscaras que exponen su dualidad entre el que mira y lo que ve, sin saber si lo que ve son personajes reales o sombras, máscaras en las que se encuentra la raíz del disfraz, de la mutación, del doble. Parece inevitable haciendo referencia a los dobles no vincular la filmografía de un autor con su vida personal y en un proceso, no necesariamente consciente, hacerlas converger. Joseph Losey, con su forzada condición de exiliado intelectual por sus ideas políticas no es extraño que haya filmado algunas de las obras cinematográficas que mejor reflejan las diferencias sociales y la lucha de clases que puede que no sean más que una careta tras la que se esconden el sufrimiento de los seres más vulnerables y la irremediable soledad humana.

Resulta muy sugestivo traer a colación el estudio de Humboldt sobre las lenguas que expresan la referencia a los individuos por medio de alusiones al lugar que ocupan, lenguas que expresan el “yo” por medio de un “aquí”, el “tú” por un “ahí” y el “él” por un “allí”, es decir -gramaticalmente formulado- que traducen los pronombres personales por adverbios de lugar. Lugares que se traducen en las posiciones de poder que ocupa una persona en la sociedad, territorios “no comunes” a los que el discurso de Joseph Losey nos conduce para mostrarnos las miserias que pueblan a los seres humanos, tales como la envidia, el deseo de posesión y la dominación de unos sobre otros. Un autor con una mirada profundamente atormentada y pesimista de la sociedad que en El sirviente (The Servant, 1963) refleja de la forma más sutil y atroz posible, con unos medios narrativos y una puesta en escena puesta a su servicio, una parábola en torno a las relaciones amo-siervo.

El sirviente

Con un guión de Harold Pinter que roza la perfección y que sería merecedor de un profundo análisis frase por frase, una aniquilante economía del diálogo característica de este autor y con unos silencios que  abruman por igual se consigue una crónica salvaje de destrucción de la voluntad de un hombre a manos de otro. El inicio de la película en sus primeros minutos nos revela la esencia de todo el film, no es posible que en una adaptación tan hermética sea casual un primer plano del negocio que aparece detrás de Hugo Barrett (Dick Bogarde): Thomas Crapper & Co (empresa que popularizó el uso de los inodoros) parece indicarnos el origen de ese hombre que camina por la calle y que en un principio no conocemos, una procedencia de los más bajos fondos, de las cloacas.

Seguido de su entrada en la casa de Tony (James Fox) al que sorprende aún dormido al mediodía y que ya define su posición aletargada ante la vida y de la conversación que mantendrán el dueño de la casa y el que será su futuro sirviente, sentado (altura inferior a Tony), escuchando como su jefe (que está de pie) le dice que “la casa requiere muchos cuidados” y necesita a alguien “que se encargue de todo”.

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Escribía Friedrich Nietzche en La genealogía de la moral “que la voluntad prefiere querer la nada antes que no querer”, esa voluntad del poder que descansa sobre su esencia misma, sobre el lugar que ocupa la luz y la sombra en la libertad y la ilusión. En ambos personajes hay servilismo y dominación hasta llegar a la completa inversión de sus papeles, la sumisión es básicamente una manifestación de miedo y es producto de la sociedad, en esta caso, una aristocracia británica ridiculizada en unos planos en los que Losey realiza una parodia de los personajes imitando las estatuas neoclásicas que hay detrás de ellos.

La barroca y expresionista puesta en escena colmada de constantes referencias teatrales e inteligentes detalles simbólicos como la presencia inminente de los espejos que representan la idea del doble, de la imagen distorsionada, del otro. La música que ayuda a recrear la atmósfera asfixiante, opresiva, una misma canción “All Gone” interpretada por Cleo Laine, con letra de Pinter y diferentes arreglos se repite en los momentos clave de la película y al igual que la casa se convierte en protagonista absoluta.

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La casa en El sirviente es una trampa en espiral que lentamente irá devorando a su dueño con una redefinición constante de las zonas de influencia hacia una reversión de la situación inicial donde gradualmente el siervo se apropia del dueño.

El interior a medida que avanza el film se va oscureciendo, se explotan tanto los valores metafóricos como funcionales de la casa, las conexiones explícitas entre arriba y abajo. La casa refleja las contradicciones sociales y humanas y los caracteres de los personajes, según avanza, parecen atrapados en ella, incapaces de salir.

Joseph Losey hizo casi una constante en su cine de la determinación sutil de algunos para socavar y destruir a otros, la intención del director aquí era la de revertir los roles completamente en un determinado momento de la narración. El juego de la pelota que se produce en la escalera marcará el centro fundamental de la película, esta escena constituiría el centro emocional de la película en un enfoque convencional en la que los personajes dejan de pensar y actúan en términos de emoción lo que marca el centro de la balanza, lo que en La dialéctica del amo y el siervo que formuló Hegel se produciría cuando el poder de uno y otro se invierte entre sí y entonces se revela lo que es un ser humano consciente en un mundo de sensaciones y emociones. El siervo busca el poder sobre su amo y éste quiere el dominio sobre su empleado, el amo pierde su libertad y se convierte en esclavo de su sirviente cuya propia búsqueda de autoridad también termina en fracaso.

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El sirviente es en buena medida una extensión de Eva(Eve, Joseph Losey, 1962) no sólo estilísticamente, los elementos de degradación son importantes en ambos films, en los dos casos un carácter gana y destruye al otro, en cierto modo tanto Eva como Barrett están siendo explotados socialmente y su revancha es a través del sexo y una mentalidad más fuerte que se materializará en este proceso de despojamiento del poder del amo que le encaminará a la destrucción moral, un intercambio de roles que adquiere obvias resonancias eróticas desde la inclusión de Vera (Sarah Miles) hasta las evidentes connotaciones homosexuales entre Hugo y Tony.

Barrett transforma la casa de Tony, las etapas de diseño de la casa reflejan las diferentes etapas de la política de poder y  de juego, la estructura se irá distorsionando hasta la parte superior que termina en la trampa absoluta, que es la habitación de Vera. Hugo cumple todos los deseos de su amo y también su creación y previsión, de tal manera que Tony se vuelve totalmente dependiente de él, reconociendo su necesidad de Barrett se  acaba convirtiendo en  un animal con ansia de servir a su siervo.

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La escalera determina tanto la sección como la planta, el intercambio de energía entre Tony y Barrett convierte el entorno arquitectónico en un campo de juego, real y simbólico de desintegración de una persona a manos de otra. Debido a este intercambio la película se modifica no solo en el estilo visual sino también en el tempo y en el grado de realidad. Hugo Barrett inicia el juego en la parte inferior de la escalera para acabarlo en la parte superior dominando a Tony enviándole a por una copa de brandy (¡Sírvamela!). Se invoca a una lucha de poder que implica un sinfín de manipulaciones. Una lucha tanto física como mental y verbal en la que cada frase supone un movimiento. El predominio constante en el marco de Barrett pone en evidencia su ascenso. Se puede entender con una sola fuente de luz y las grandes sombras de la pared que los personajes solo ven a sus sombras, a sus dobles que son ellos proyectados sobre el cuarto oscuro que es su alma.

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Una estructura rítmica inquietante como patrón que nos va conduciendo hacia una sensación palpable de que algún tipo de catástrofe está a punto de suceder en la vida de los personajes, comienza con una narración asimilable a través de una serie de escenas de longitud larga y similar para ir derivando en la alternancia de planos largos y cortos hasta una última etapa cargada de agresivas escenas cortas cerradas con un largo, desconcertante y onírico final, todo ello al servicio de una narración y arquitectura circular que nos transmiten un sentido de infinito imposible de evadir.

Es El sirviente un film clave en el tratamiento del doble en el cine plasmado en una dualidad de la relación del ser humano consigo mismo y su semejante con un profundo análisis psicológico que parece invitar después de su visionado a una desoladora falta de esperanza en ese espíritu presente-ausente, en pugna constante contra si mismo, que nos habita.

Bibliografía

Hegel, G.W.F., Fenomenología del espíritu. Pre-Textos, 2006.

Humboldt, W.Von, Escritos sobre el lenguaje. Edicions 62,1991.

Nietzsche, F., La genealogía de la moral. Alianza editorial, 2006.

Maugham, R., El sirviente. Cabaret Voltaire, 2009.

Milne, T., Conversaciones con Joseph Losey, Cinemateca Anagrama, 1971.

Palmer,J., Riley,M., The Films of Joseph Losey, Cambridge University Press, 1993.

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Comentarios sobre este artículo

  1. Moises de Je, dice:

    Es un clásico, con el toque de Harold Pinter y el contenido dialectico Hegeliano.

  2. […] de la escisión del Yo precisamente allí donde ya no queda espacio para ningún Otro”; y El sirviente de Joseph Losey, donde Laura del Moral con su acostumbrado gesto aterciopelado y lleno de tremenda […]

  3. [...] de la escisión del Yo precisamente allí donde ya no queda espacio para ningún Otro”; y El sirviente de Joseph Losey, donde Laura del Moral con su acostumbrado gesto aterciopelado y lleno de tremenda [...]

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