Woody Allen, la suplantación de identidad y los no lugares virtuales

Existencias duplicadas: los dobles somos nosotros Por Samuel Sebastian

La existencia actual nos permite diseñar diferentes personalidades que escapan al control administrativo e incluso al control social. Que podemos ser los dobles de nosotros mismos es ya un hecho, solo nos falta el atrevimiento para hacerlo. En este artículo analizaremos las diferentes vertientes de las existencias duplicadas que el cine ha desarrollado a través de tres prismas diferentes: en primer lugar, analizando las obras de uno de los cineastas que más ha trabajado a los personajes como dobles de sí mismos, Woody Allen; después, veremos el tratamiento de existencias duplicadas reales a través del cine y para terminar, cómo la existencia duplicada se ha ido asentando y extendiendo en los no-lugares virtuales.

I. La vida duplicada en el cine según Woody Allen

Ningún personaje como el interpretado por Woody Allen (significativamente llamado Allan) en Sueños de seductor (Play it again, Sam, 1972) de Herbert Ross, basada en una obra del mismo Allen, expresaba la necesidad de vivir una existencia duplicada a través del arte. El cine le ofrecía la posibilidad a Allan de ser la persona que siempre había deseado ser, un tipo duro, irresistible a las mujeres, de una sola pieza y que no se dejaba arrastrar por los sentimientos contradictorios y neuróticos que constantemente le atenazaban. Su alter ego en la imaginación era Humphrey Bogart (Jerry Lacy) interpretando a Rick Blaine en Casablanca (1942) de Michael Curtiz. Para Allan (y también para Woody Allen, claro está), la vida cotidiana, tan llena de sombras y vergüenzas, encontraba un luminoso reflejo en la fantasía cinematográfica. Sin embargo, ¿el cine le permitía a Woody Allen ser una persona que no era o en realidad extraía de sí mismo un aspecto de su carácter que él mismo no se atrevía a mostrar?

Woody Allen incidió varias veces más en el tema de la existencia duplicada como sucedió en Zelig (1983), La rosa púrpura del Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985) y Melinda y Melinda (Melinda and Melinda, 2004), todas ellas dirigidas por el mismo Allen. En Zelig, tratada como un falso documental en el que personalidades importantes como Susan Sontag se mezclan con personajes ficticios, conocemos a Leonard Zelig (también Woody Allen), un hombre que tiene la extraña capacidad de transformarse y comportarse según el ambiente en el que se encuentre. Lo mismo es un republicano conservador que un demócrata defensor de la clase obrera, un trompetista negro, un jugador de béisbol blanco o un rabino. Zelig, a diferencia del personaje de Allan, no necesita un modelo en el que reflejarse, aunque sí necesita experimentar las sensaciones de otras personas y que él por sí mismo no puede sentir; por tanto, no busca en su doble un modelo de comportamiento, sino que busca en su existencia multiplicada un reconocimiento social, mientras que el Allan de Sueños de seductor buscaba más bien un reconocimiento sexual. Lo más interesante de Zelig es mostrar cómo las duplicidades del personajes no se producen de forma externa, sino que surgen espontáneamente del propio interior del personaje, que posee esa innata habilidad camaleónica. Así, a partir de la experiencia de Zelig, podríamos plantearnos, ¿somos unos dobles de nosotros mismos? Si yo volviera a los sitios en los que pasé mi infancia y que no he vuelto a visitar, ¿sería yo mismo el que vuelve o sería otra persona? Físicamente, todas las células que componen mi organismo se habrían renovado y ya no quedaría ninguna de aquel momento, así que puedo decir sin temor a equivocarme que la persona que creció en aquellos lugares poco tenía que ver conmigo, aunque comparta con ella los recuerdos y las experiencias. Igualmente, el Zelig de Woody Allen deja de ser él mismo cuando se encuentra en determinadas circunstancias, ¿sigue siendo Zelig cuando su apariencia se transforma súbitamente?

¿Podemos en algún momento renegar de nuestra existencia o no se nos está permitido?

Woody Allen

Zelig

En La rosa púrpura del Cairo un actor del que la protagonista, Mia Farrow, está perdidamente enamorada, traspasa la pantalla y vive un romance con ella en el mundo real. Como en un truco de magia, la narración vence las resistencias de los estrechos límites de la realidad y plantea un situación en la cual cine y realidad son dos existencias paralelas. El cine, creado por unos actores, un equipo técnico, etc. cobra vida una vez se proyecta en la gran pantalla, de tal manera que la ausencia de uno de sus protagonistas genera una ausencia irreparable: la película no puede seguir si el actor principal no continúa formando parte de ella, por lo que los personajes se quedan debatiendo entre ellos sin poder avanzar en la trama que tenían prestablecida. Y es que tanto esta como Melinda y Melinda son dos películas que tratan temas parecidos: el del equilibrio necesario en las existencias duplicadas y el valor de la fantasía en nuestra propia realidad.

¿Puede la fantasía encontrarse a la misma altura que nuestra propia realidad?

Hay personas que no le dan ningún valor a ninguna realidad que no sea tangible, desde los sueños hasta las narraciones generadas por nuestra imaginación, sin embargo a lo largo de toda la historia de la humanidad está demostrado que la imaginación y la fantasía han desarrollado un papel crucial para la evolución humana y, a partir de ambas, han nacido las criaturas más temibles de nuestro subconsciente: nosotros mismos. Desde el mito de la caverna de Platón hasta La invasión de los ladrones de cuerpos (The invasión of the body snatchers, 1956) de Donald Siegel, nuestra doble existencia puede hacernos reír o pasar miedo, buscar en el infinito o en lo más profundo de nuestro interior. Como continuación temática de La rosa púrpura del Cairo, Melinda y Melinda  se muestra mucho más psicoanalítica bajo su apariencia de juego intelectual sobre la tragicomedia de la vida. La película se activa a partir de la propuesta de uno de los comensales de la cena en un restaurante francés: ¿la esencia de la vida es cómica o es trágica? Es así como nace un personaje duplicado, el de Melinda (Téa Leoni) y gracias a ella observamos cómo las mismas experiencias vitales pueden ser el material ideal para una comedia o para un trama. Y tal vez sea así. Woody Allen muestra cómo la realidad puede estar a la altura de las mejores ficciones y viceversa, lo cual siempre es reconfortante para poder seguir viviendo.

II La realidad: cuando nuestro doble es otro

Hace unos veinticinco años, una noticia impactó a la sociedad: en un accidente de coche en Cádiz, las identidades de dos víctimas fueron intercambiadas. Una de las víctimas falleció mientras que la superviviente vivió durante varios meses con una familia que no era la suya. Nunca se supieron las verdaderas razones por las que se desveló la situación, pero la imaginación se disparó rápidamente en todos los que conocimos la noticia, ¿la familia estaba interesada en mantener el recuerdo de la hija fallecida o era la hija la que prefería vivir con su nueva familia antes que con la familia consanguínea? Como en El regreso de Martin Guerre de Daniel Vigne (1982, y su pésima revisitación americana, Sommersby - Jon Amiel, 1993) el doble era admitido y aceptado por una pequeña comunidad y solo la presión administrativa, que nos impone una identidad por encima de nuestra propia voluntad, devolvió a la hija a su familia original. El caso tenía ciertos ecos cinematográficos, aunque el cine precisamente ya se había encargado de narrar una historia parecida, apadrinada por Jim Jarmusch y basada en un relato de Paul Bowles, Tú no eres yo (You are not I, 1981) de Sara Driver. En ella, Ethel (Suzanne Fletcher), después de escapar de un sanatorio mental, aprovecha el caos provocado por un accidente de coche para suplantar la identidad de una fallecida. Su nueva situación no le hace sentirse mucho mejor que encerrada en un hospital mental y es que la película de Driver plantea el contacto directo del doble con su nueva vida, la resurrección como un desequilibrio y la frustración que causa no poder salir del estereotipo que la sociedad nos ha asignado.

Gérard Depardieu

El regreso de Martin Guerre

Algo similar sucede con el protagonista de El impostor (The imposter, Bart Layton, 2012), una historia real llevada a la gran pantalla en forma de documental aunque con una narración próxima al cine negro: una familia de Texas pierde a su hijo y este aparece años después en Linares, al sur de España. Desde el principio, y el título es lo suficientemente explícito, sabemos que, obviamente, el joven encontrado no pertenece a la familia, es más mayor que el hijo perdido, habla con acento francés y ni siquiera ha estado en los Estados Unidos, sin embargo la necesidad de creer que su hijo está vivo hace que la familia acepte al impostor y viceversa, el impostor ve con buenos ojos tener una familia que pueda acogerle. Al igual que Martin Guerre, el impostor de la película goza de un reconocimiento social aunque no exento de cierta desconfianza, sin embargo, y a medida que la trama avanza observamos que el impostor no es tanto un Martin Guerre como un Zelig. Efectivamente, el protagonista de la película está más interesado en absorber otras identidades y vivir otras vidas que en sacar provecho de ellas. Como una pulsión irracional, el protagonista se dedica a asaltar identidades ajenas y apropiarse de sus identidades. Su personalidad se manifiesta únicamente a través de todas aquellas personas a las que le roba la identidad y se convierte así en una sombra de lo que fueron alguna vez. Así, en una sociedad en la que la personalidad individual se encuentra cada vez más anulada, los impostores acaban mostrando la banalidad de nuestras formas de vida intercambiables e intrascendentes. Los dobles de nuestra realidad son los que destapan mejor la imposibilidad de escapar de una sociedad masificada en la que los individuos se disuelven y pasan a ser identidades anónimas prescindibles que forman parte de una masa compacta y conservadora. Así que el paso siguiente de nuestra existencia duplicada debe ser la disolución de la realidad e introducirse en los terrenos de la no-realidad, los no-lugares

III Los no-lugares y el complejo de Matrix

En un momento de La red social (The social network, 2011) de David Fincher, la novia de uno de los fundadores de Facebook le reprocha a este que no indique en su perfil que se encuentra prometido. De manera inocente, en el fondo está descubriendo que nuestra imagen proyectada en las redes sociales nunca se corresponde con nuestra imagen en el mundo cotidiano. Bien al contrario, seleccionamos las partes que más nos interesan para generar un duplicado de nosotros mismos que mostramos con cierto orgullo ante los demás, convirtiéndonos así en unos auténticos dobles de nosotros mismos. Nuestra existencia duplicada alcanza la máxima expresión a través de la virtualización de nuestra identidad, algo que ya comenzó a plantearse con Tron (Steven Lisberger, 1982),  El cortador de césped (The Lawnmower Man, Brett Leonard, 1992)y Días extraños (Strange Days, Kathryn Bigelow, 1995) pero que alcanzó su máxima expresión en la saga The Matrix (1999-2003) de los hermanos Wachowski. En las cuatro películas, los protagonistas viven una existencia que se desdobla a través del uso de altas tecnologías: en Tron, el personaje de Jeff Bridges literalmente se desintegra y entra dentro de un ordenador en el que se convertirá en una pieza más de los programas hasta llegar al corazón del mismo, el CPU. En El cortador de césped y Días extraños, la existencia virtual palía las carencias de la vida cotidiana, convirtiendo a los personajes en adictos a ella, un tema que después retomaría con bastante menor fortuna Black Heaven (L’autre monde, Gilles Marchand, 2010). Pero sin duda la sublimación física y filosófica de la existencia duplicada es la trilogía de The Matrix, que en su primera parte reflexiona sobre la posibilidad de que nuestra existencia en realidad sea solo un engaño, un gigantesco programa de ordenador alimentado por la energía humana. La vida cotidiana se convierte así en una falsa proyección de la realidad en la que todos nos encontraríamos sometidos a la voluntad de una gran ordenador omnisciente y todopoderoso. Efectivamente, la película de los Wachowski mezcla el mito de la caverna de Platón, el 1984 de Orwell y el cyberpunk de final de siglo para crear una película visualmente hipnótica en ocasiones, destarifada en su ejecución y en la que se ha querido ver más de lo que contenía. Por esa razón, la gran virtud de The Matrix es también su gran defecto: la creencia de que nuestra existencia duplicada es un engaño, es una forma perfecta para impulsar una mentalidad escapista y conspiranoica. Al no poder enfrentarnos a una realidad que se sobrepone a nosotros y que de ninguna forma podríamos cambiar, buscamos una excusa imposible para justificarnos: nosotros no somos nosotros mismos sino que nos dominan unas fuerzas más poderosas que no podemos controlar, etcétera.

The-Matrix-Smith

Matrix

Muy lejos de The Matrix, tanto en su propuesta como en la profundidad de su contenido se encuentra el primer capítulo de la segunda temporada de la serie Black Mirror (2011 –): Be right back. En él, una joven pierde a su compañero y contrata los servicios de una empresa que se dedica a recomponer la personalidad de las personas fallecidas a través de la huella que han dejado en internet: mails, fotografías, páginas web, redes sociales. Primero, el doble se manifiesta a través de mensajes de texto y correos electrónicos, después va tomando forma mediante la voz y finalmente un robot de forma humana será el sustituto del fallecido. Un sustituto obediente y dependiente, ya que no podrá alejarse de su propietaria más lejos de cierta distancia. Be right back supone la culminación de nuestra existencia duplicada, ya que nuestro rastro digital, disperso y fragmentado, se convierte en una unidad completa, con existencia propia, aunque siempre dependiente de su impulsor. Y es ese exactamente nuestro destino final: cuando fallezcamos, solo pervivirá la proyección que hayamos hecho de nosotros mismos en internet y será la imagen de nuestro doble virtual la que sobrevivirá a nuestra existencia duplicada.

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] adictiva de Óscar Brox; David Lynch, bajo la sagacidad y la mirada apasionada de Martín Cuesta; y Woody Allen bajo el estudio riguroso y certero pero no exento de cariño de Samuel Sebastian. Nuestro estimado […]

  2. [...] adictiva de Óscar Brox; David Lynch, bajo la sagacidad y la mirada apasionada de Martín Cuesta; y Woody Allen bajo el estudio riguroso y certero pero no exento de cariño de Samuel Sebastian. Nuestro estimado [...]

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