Vivir en Sevilla

Imágenes y sonidos del sur Por Luis Baena

Gonzalo García-Pelayo fue, seguramente, unos de los grandes cineastas underground del posfranquismo, etapa (1976-1983) en la que se desarrolló el principal corpus de su filmografía con cinco películas: Manuela (1976), Frente al Mar (1978), Vivir en Sevilla (1978), Corridas de Alegría (1982) y Rocío y José (1983). Algunas de las características principales del cine español de aquellos años, como el llamado destape, alcanza una singularidad mucho más estimulante en Pelayo que en el grueso más chabacano que se estrenó durante aquellos años.

En García-Pelayo hay unas consideraciones más profundas sobre cómo vivir la sexualidad tras la represión política, social y moral del franquismo, idea que envuelve sobre todo sus tres primeras películas. Resulta curioso que su obra “culminase” poco después de la victoria socialista del 82, como si su figura cinematográfica no tuviese más sentido. Por suerte, tras más de 30 años, su cine fue objeto de revisión crítica por parte de la revista Lumière y escritores cinematográficos como Álvaro Arroba o Alfonso Crespo, y finalmente pudo volver a rodar películas muy pequeñas y amateurs, pero que siguen conteniendo parte de su estilo irreverente: Alegrías de Cádiz (2013), Niñas (2014), Niñas 2 (2016) o Todo es color (2016). Algunas de estas películas se pueden encontrar en el canal de Youtube del director.

 Vivir en Sevilla

Vivir en Sevilla

Hablábamos de García-Pelayo como director de cine, pero sólo es una de las muchísimas facetas artísticas y profesionales que ha tenido durante su vida. Su papel como agente o productor musical del panorama independiente andaluz fue muy destacada, cuando desde muy joven promocionó a grupos ya míticos como Triana o Smash, los más representativos del llamado rock andaluz de los 70 y que colocaron a Sevilla como la principal capital de la contracultura española, como afirma Jordi Costa. Sobre su apasionante vida y obra durante su etapa como productor musical hay documentales y reportajes de todo tipo, por no hablar de sus aventuras posteriores al cine y la música como jugador profesional, que incluso cuenta con una película de ficción, The Pelayos (Eduard Cortés, 2012).

Su faceta como productor musical y estudiante de filosofía poco normativo se aprecian en sus películas y también su formación cinéfila en París, donde pudo ver el cine de la Nouvelle Vague y a otros directores europeos muy influyentes para él, como Rossellini o Bergman. Es muy fácil encontrar algunas referencias al cine de Godard en sus rupturas con las convenciones narrativas y formales, sobre todo en Vivir en Sevilla; o a Bergman en sus reflexiones sobre las relaciones de pareja o el sexo. Todo ello pasado por el filtro de cierto folclore andaluz, desde su música hasta sus paisajes, gentes y costumbres, con una mirada muy cercana a la entomología, especialmente en provincias de Andalucía Occidental: Sevilla (Manuela, Vivir en Sevilla), Cádiz (Frente al Mar, Corridas de Alegría) y Huelva (Rocío y José).

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Vivir en Sevilla

García-Pelayo tiene una mirada entre tierna y juguetona a la hora de observar la religiosidad de la zona (la Semana Santa sevillana, la romería de El Rocío) y las maneras en las que sus personajes conviven y sobreviven en esos entornos: el pueblo, la ciudad y el campo andaluz. Música, paisaje, sexo, cine y Andalucía, temas y formas que alcanzaron su cénit poético, según los pensamientos del propio García-Pelayo, en Vivir en Sevilla. Película que es muy difícil de aprehender sin conocer la vida del propio autor y, por supuesto, las otras películas que filmó durante los 70.

Manuela es una adaptación de la novela homónima de Manuel Halcón, cuya acción se desarrolla principalmente en fincas de Carmona y Lebrija, como aparece en los títulos de crédito de la película. Manuela (Charo López), la protagonista, forma parte de un entorno pobre y rural bajo los designios de un clásico señorito andaluz, interpretado por Fernando Rey.

Ya desde el comienzo, García-Pelayo quiere marcar terreno y demostrar su personalidad: no estamos ante una adaptación literal de la novela, sino ante algo diferente: la rompedora escena del taconeo sobre la tumba del asesino del padre de Manuela, interpretada por la bailaora Carmen Albéniz, presenta el carácter retador de la protagonista ante la endogamia y corrupción de un pueblo y una iglesia (durante el transcurso del filme, Manuela dice que ella no va a misa, algo rompedor en el campo andaluz de los 60-70) que callaron ante ese asesinato a sangre fría por parte del poderoso contra el débil. Este baile adquiere un carácter casi mitológico cuando la acción pasa a ser años después, con una Manuela ya adulta; y, también, esta forma de planificar la escena, musicalizada con Abre la puerta de Triana, deja a las claras que la ruptura de las convenciones tanto dramáticas como formales que Pelayo quiere introducir en su carta de presentación en el cine, y que la acometió de forma apasionada.

La erotización del relato, las parafilias sexuales, la libérrima entrada y salida de personajes, el amor como principal motor del ser humano o las digresiones musicales son signos de identidad que también aparecen a lo largo de su filmografía, aunque en Manuela hay menos espacio para la reflexión metacinematográfica o los circunloquios sobre sexo y filosofía, y más interés en los conflictos de clase y en exponer la belleza ibérica de Manuela y el campo sevillano.

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Manuela

Frente al Mar forma parte de un García-Pelayo más íntimo y falto de recursos, una película rodada, escrita e interpretada entre amigos y hermanos, y con una sinopsis muy sencilla: un grupo de amigos, matrimonios jóvenes, deciden ir un fin de semana a Chipiona a realizar una sesión de psicodrama; o lo que es lo mismo, un intercambio de parejas con posterior terapia de grupo entre los personajes donde exponer sus sentimientos al respecto y cuestionar la idea del amor posesivo. Contada de una manera muy desinhibida y hedonista, la película contiene reflexiones sobre el sentido de la pareja tradicional en tiempos de fuertes cambios políticos y sociales; y no duda en erotizar a todos los personajes, sean hombres o mujeres, con planos detalle de vaginas y penes, algo muy difícil de ver en el cine español de aquellos años, donde sobre todo había desnudos femeninos.

En 1978, Pelayo presenta Vivir en Sevilla, la pieza clave de su filmografía. Película desobediente, libertaria y pecaminosa, mezcla con especial gracia la ficción romántica, el documental (desde la ciudad de Sevilla a un concierto de Farruco) y el cine-ensayo en el uso de las voces en off o la estructura de la película en dos partes con un intermedio donde parte del equipo de rodaje comenta sus pareceres sobre lo que está sucediendo en la película.

Pocas películas en la historia del cine español le toman más el pulso a su momento histórico y a la ciudad filmada a través de un triángulo amoroso entre Miguel (Miguel Ángel Iglesias, también guionista), Ana (Ana Bernal) y Luis (Guillermo Méndez), este último un pintor que ha vuelto a Sevilla tras 40 años de exilio. Este hilo dramático tan débil le vuelve a servir para hacer una reflexión sobre la Mujer, sobre la mentira del amor como posesión privada del hombre, sobre el sexo y la libertad y también sobre la política: en qué momento se encuentran en la nueva España preconstitucional, que hace su entrada explícita en una de las escenas finales en las que Ana lee en alto algunos artículos de la Constitución del 78; y también implícita, en esa imagen de la Giralda ocupada por los estibadores despedidos. Seguramente la más godardiana de sus películas, García-Pelayo tiende a la digresión artística y a la aparición sorprendente de personajes reales vinculados al underground sevillano, como Silvio Fernández; o a la voz en off de Miguel en su labor como locutor de radio, que se introduce de forma aparatosa en algunas escenas y que recuerda a Alphaville (Jean-Luc Godard, 1965).

Pero por muy inclasificable y anarquista que sea el filme, García-Pelayo es un romántico que cree en el amor como salvación del hombre, un utópico que quiere vivir políticamente desde la desobediencia, y, sobre todo, un amante de Andalucía, a la que quiso situar cinematográficamente a través de sus películas: “He tenido siempre un sentido pionero en cualquier arte, y pienso que la mayor expresión del siglo XX es el cine, y era lógico que en Andalucía hubiera un intento de hacer algo característico y autónomo, porque lo andaluz tiene unas características muy diferenciadas respecto al resto de culturas, no sólo de España, sino del mundo entero”.

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