Depresión (femenina): caracterizaciones y lecturas

NO LLORES MÁS Por Matias Colantti

Mujeres bellas, guerreras y fuertes. Mujeres que también lloran, sufren, se caen, se golpean, las golpean, se derrumban y parecen no encontrar salida. Mujeres con alma de lucha en contextos condenatorios que hace siglos se asfixian en las estructuras machistas del imaginario social y soportan las injusticias de la “inferioridad de género”. Mujeres que desean escapar de las prisiones domésticas y el calvario prejuicioso de una comunidad estereotipada. Mujeres que le ponen el pecho a tragedias que el azar de la vida puso en sus caminos, y que a pesar de hundirlas en los pozos más oscuros de la depresión, pelean constantemente por escaparle y reencontrarse con un destino mejor.

Todo esto y un poco más, pretendo expresar en el exhaustivo análisis que he realizado en el marco de este especial dedicado a Estados Alterados, y que desde mi particular selección, dentro de las amplias tipologías de alteraciones humanas, he optado por direccionar la mirada a diferentes obras audiovisuales que protagonizan mujeres atrapadas por el fenómeno de la depresión.

A modo aclaratorio, comienzo explicando algunas premisas que son en función de ofrecer una lectura organizada y esquemática sobre la depresión femenina dentro del cine. He ajustado mi criterio de selección a 9 películas que hacen contacto temático con esta problemática y que además contienen en su cast a magistrales intérpretes para cada personaje. Los films analizadaos son: Las horas (The Hours, Stephen Daldry,2002), Anticristo (Antichrist, Lars Von Trier, 2009), Melancolía (Melancholia, Lars Von Trier, 2011), Prozac Nation (Erik Skjoldbjaerg, 2001), Helen (Sandra Nettelbeck, 2009), Cake (Daniel Barnz, 2014), Via Revolucionaria (Revolutionary Road, Sam Mendes, 2008), Un Ángel en mi mesa (An Angel at My Table, Jane Campion, 1990) y Viudas (Marcos Carnevale, 2011)

De acuerdo a esta lista cinematográfica, el estudio se va a centrar en un profundo análisis sobre dos cuestiones centrales: Las caracterizaciones depresivas de cada personaje y una lectura de las diferentes claves narrativas que identifican lugares comunes, síntomas y factores socio-culturales que atraviesan a este trastorno sobre los estados de ánimo.

He observado que en cada uno de los films, no es posible rastrear marcas de autor o estilos artísticos específicos, sino que más bien son historias puntuales sobre mujeres atormentadas por conflictos profundos que las empujan a padecer enfermedades depresivas, en donde los casos suelen ser diferentes entre sí pero que en algunos puntos logran conectarse con una serie de temáticas que son el verdadero núcleo analítico de este trabajo.

La estructura del ensayo se va a basar en estos “lugares comunes” y distintos trazados conceptuales que están incrustados en las historias de los films. No se encontraran con demasiada rigurosidad en cuanto a la crítica cinematográfica, sino que es más bien un punto de vista sobre el tratamiento temático recurrente de ciertos ejes que sostienen las historias sobre la depresión femenina.

Espero que lo disfruten y puedan reflexionar sobre ciertos aspectos que me parecieron correctos transmitir.

 

1. Algunas perspectivas teóricas sobre la depresión

 

Los personajes femeninos a los que se sujeta este análisis, normalmente se chocan con diferentes síntomas que clínicamente las convierten en seres afectados por depresión. En líneas generales (y para no abusar con tecnicismos médicos que no nos interesan demasiado), la depresión es caracterizada como un trastorno del estado de ánimo que dispara diversos efectos en la estructura psico-fisica y las relaciones sociales del sujeto. De esta forma, las interpretaciones actorales de estas mujeres se ajustan a síntomas como llanto crónico, bipolaridad, pesimismo, alteración del sueño, abatimiento, infelicidad, ataques de ansiedad/pánico y rupturas psicosociales agravadas por el mal humor, represión sexual, crisis emocionales, hipersensibilidad, reclusión en la soledad o adicciones, el miedo a entablar relaciones afectivas y una marcada tendencia al suicidio. Estos padecimientos se ven impulsados por situaciones, hechos y circunstancias que las historias de las películas construyen para reflejar la problemática, y en esa dinámica he podido descubrir ciertos móviles narrativos que paso a describir a continuación.

Pero antes de comenzar hago una última aclaración que refiere la posibilidades de encontrar repeticiones de los personajes en los ejes temáticos que planteo, por la razón de que el cine ha trazado perspectivas comunes a la hora de narrar sobre historias de depresion.

 

2. Estigmas psiquiátricos e institucionalización de la locura

 

Las responsables protagónicas de este eje, son sin dudas las actuaciones de Nicole Kidman (Las Horas) y Kerry Fox (Un ángel en mi mesa).

Esta perspectiva de los estigmas e institucionalizaciones que he postulado se vincula con un fenómeno común dentro las comunidades del siglo XXI, en donde pareciera que el paciente que sufre de algún trastorno es condicionado a convivir en los márgenes de la “normalidad burguesa”. En primer lugar, voy a describir al magnífico trabajo de Nicole Kidman como Virginia Wolf en la película que comparte con otras dos enormes actrices: Julian Moore y Meryl Streep. Las horas centra su historia, en tres mujeres atravesadas por situaciones trágicas y depresivas que parecen tener en común algunos argumentos literarios de la obra británica ‘Mrs. Dalloway’. Pero en esta primera línea temática, voy a enfocarme en el personaje de Kidman, que es una escritora con antecedentes de intento de suicidio y que vive con su marido en una ostentosa mansión, propia de las clases más altas de Inglaterra, he instalada en las afueras de Londres. El conflicto con Virginia se desencadena cuando, luego de su fallido intento de suicidio arrojándose al rio, empieza a sentir el agobio y la sobreprotección de su entorno familiar que tiene miedo de que vuelva a cometer algún acto que la encuentre una vez más al borde de la muerte. Su marido y su hermana, serán los responsables de sus cuidados y los que la convencen de que vivir alejada del “caos urbano” es lo mejor para ella. Sin embargo, Virginia se siente atrapada por las rutinas monótonas de la ociosidad que gozan las clases burguesas, sobre todo porque en su excesivo tiempo libre tampoco encuentra inspiración para volver a escribir. Esto último es lo que más la deprime, principalmente porque su bloqueo artístico se vincula al excesivo consumo de medicamentos que debe tomar para a controlar sus impulsos suicidas.

 

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 Las horas

A través del peso y la responsabilidad enorme que tienen su marido y hermana al no poder despegar su atención de la vida de Virginia, es que podemos observar como el deseo por proteger a un ser querido también roza los límites de la prohibición de la libertad y el prejuicio justificado por un “lo hacemos por tu bien”. Virginia necesita reencontrarse consigo misma y sumado a su crisis interna por la escritura, del otro lado solo se enfrenta a personas que subestiman su comportamiento y le imponen el camino del mejoramiento mental, obligándola a vivir en la zona rural inglesa, sin siquiera preguntarle si es eso lo que ella desea.

Esto sin duda tiene que ver con las tradicionales estructuras culturales que consideran que aquellos que sufren de ciertos trastornos psicosociales deben ser aislados de la trama urbana-social y ser catalogados como una especie humana enferma que debe ser separada del resto. Y es esta perversa forma de sectorizar a los pacientes la que se contradice con el propio espíritu de preservar la salud mental general y encima agrava los procesos depresivos.

Sin embargo, este efecto se ve más profundizado en la película neozelandesa que protagoniza Kerry Fox: Un ángel en mi mesa. La película posa la mirada sobre el biográfico de Janet Frame, una escritora que a lo largo de su vida es condenada a pasar estadías en manicomios porque supuestamente presenta desórdenes mentales graves provocados por su fobia al contacto social. En este asombroso trabajo de Fox encarnando la historia de una mujer estigmatizada por su “comportamiento raro”, se acentúa aún más la institucionalización de la que venimos hablando, principalmente porque en este film se puede observar como la misma comunidad médica es la que ejecuta el mecanismo de levantar fronteras contra aquellos que no son funcionales al normalismo cotidiano. Janet Frame, desde pequeña es un “bicho raro” y sufre de depresión sobre todo luego soportar la muerte de varias de sus hermanas. Estas tristes circunstancias que la distanciaron enormemente de los círculos sociales, comenzaron a alertar un posible síntoma de locura en su ser.

Por supuesto que nada de loca tenía y solo eran señales de una angustia profunda, pero que para la conservadora sociedad donde vivía eran los suficientes síntomas para declararle insania mental. Son desgarradoras las escenas, en donde se visualiza el interior de los manicomios atestados de enfermos y en deplorables condiciones de convivencia, empeorado por el maltrato de las enfermeras del lugar. La desprolija cabellera colorada y ruluda, combinada con el pálido rostro que refleja su malestar constante, representa una imagen de que el mal llamado “loquero”, lo único que hacía era intensificar su problemática del miedo social extendiendo también su depresión. A esto hay que agregarle que una vez finalizada su estadía psiquiátrica, la reinserción en la comunidad significa otro campo de batalla, en donde sus antecedentes médicos le terminan de marcar el curriculum como “tratada mentalmente”, y ese rotulo de como si fuera un elemento social peligroso genera aún más discriminaciones por los entornos profesionales y educativos que la rodean.

 

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Un ángel en mi mesa

Y por último para cerrar este primer eje analítico, tanto Virginia Wolf como Janet Frame en sus diferentes experiencias encuentran en común un solo denominador que define la alteración de sus estados: El sentirse excluidas.

Las reflexiones pertinentes de ambos films deben funcionar como un anclaje a las sociedades actuales en donde aún quedan secuelas de aquellas tradiciones médicas de los manicomios y la “mancha” por sufrir los efectos psicológicos de una profunda depresión.

 

 

3. Sociedades “Antidepresivas” y la Industria Farmacológica

 

Este apartado, se desprende de muchas de las líneas de acción del anterior eje, porque se vincula a otro de las metodologías naturalizadas por la comunidad del tratamiento psico-depresivo.

El ejemplo cinematográfico más trascendente sobre esta temática, es sin dudas Prozac Nation, que en su mismo título expresa la obsesión narcótica de una píldora que domina el negocio industrial de la depresión.

Es más que sabido, que la salud siempre fue un negocio y que los laboratorios de farmacología siguen al pie de la letra las consignas comerciales del mercado de la psiquiatría, y que los únicos rehenes de ese perverso sistema terminan siendo los pacientes. La historia de Elizabeth Wurtzel, interpretada por Cristina Ricci, es el reflejo de una víctima más de la sociedad narcotizada, que obediente a las órdenes medicinales de una píldora “mágica”, que hegemoniza la supuesta cura depresiva, termina alterando aún más el estado de su salud y llenando los bolsillos de los monopolios farmacéuticos.

La vida de “Lizzie” es sumamente conflictiva y la raíz de su depresión adolescente tiene que ver con una profunda ruptura afectiva provocada por la separación de sus padres y un rechazo total a la sociedad que intenta ayudarla. Cuando su madre logra que ingrese a la Universidad a través de una beca literaria, pareciera que su talento con la escritura iba a permitir cambiar su vida para siempre. Sin embargo, la frenética experiencia de la vida universitaria llena de excesos y una severa obsesión por su trabajo como redactora en la revista ‘Rolling Stones’ terminarían de hundirla aún más en el pozo depresivo de su corta vida. Son brillantes las escenas donde Cristina Ricci, interpreta el increíble ataque de ansiedad que sufre Lizzie al pasar días sin dormir porque no puede escribir su próximo artículo, destacando el trabajo del director cuando aplica una estética muy similar a la obra de culto Trainspotting (Danny Boyle, 1996), permitiendo reflexionar sobre esta perspectiva de incursionar en el mundo del consumo narcótico juvenil, radiografía perfecta de los hijos de la cultura MTV.

 

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Prozac Nation

“Gradualmente y repentinamente” es la frase que repite Lizzie en la búsqueda desesperada por superar las constantes recaídas que sufre, agravadas también por el intento de alternativas que no le dan una solución. Una de esas últimas alternativas es el tratamiento psicológico y donde su declarada vida depresiva termina de ser absorbida por el consumo de otras drogas, en este caso el Prozac recetado rutinariamente en las sesiones obligadas que tiene con su psiquiatra. Es en esta última dimensión de las crisis que rodean su existencia la que le da una reflexión final a la película. Se puede observar una fervorosa crítica social a la dependencia medicinal que solo anestesia los dolores y no encuentra salvación real de los padecimientos de la depresión. En el siglo XXI pareciera ser el trastorno favorito para reproducir en millones de adictos y en millones de dólares a las fábricas de Prozac con el fin de justificar una triste paradoja: Los anti-depresivos trastornan más que la propia depresión.

 

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Prozac Nation

La otra película que se identifica con este lamentable sistema industrial es Helen, pero que está más vinculado a otra técnica contraproducente que se aplica sobre pacientes depresivos con problemas psiquiátricos: Las sesiones de electroshock.

Helen es una profesora de música y talentosa pianista, que de un momento para otro comienza a sufrir de llanto crónico, baja autoestima y una permanente angustia que la obliga a perder la concentración y las energías para con todas sus actividades. Ella cuenta, con su esposo y su hija que pretenden ser el sostén durante sus difíciles periodos de depresión. Sin embargo, la reclusión solitaria es el recurso al que ella apela hasta que encuentra en su vida a una adolescente llamada Mathilda, que padece los mismos dolores y juntas comienzan a desarrollar una relación a través de sus experiencias como pacientes depresivas. La familia de Helen lucha para que ella se mantenga en el seno matrimonial, pero sus deseos son los de compartir gran parte de su tiempo con Mathilda apelando a la justificación de “Ella no me pregunta cómo me siento. Ella me entiende”. La directora del film construye un lazo extraño entre estas mujeres que parecen comprender los códigos marginales de sus trastornos y ambas conviven en un mundo donde todo lo coherente, lo real y lo normal es distinto a lo que sucede en la sociedad que intenta rehabilitarlas.

 

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Helen

El último de los aspectos que quiero abordar sobre el diagnóstico clínico de Helen tiene que ver con su paseo por los consultorios psiquiátricos a donde la lleva su marido buscando permanentes tratamientos, donde el único que parece ser el indicado es el sometimiento a repetidas sesiones de electroshock como nuevo remedio de la salud mental en el siglo XXI. El método sistemático de citas con la electricidad funciona como un dispositivo neo moderno del Prozac, que inocula la depresión por momentos a costa de más alteraciones en el estado mental a largo plazo. Estas imágenes recurrentes sobre nuevos tratamientos psiquiátricos refuerzan una idea, que en Helen es más contundente, y que tiene que ver con la visibilidad de una rigurosa burocracia de la salud mental.

 

4. Hogar, dulce hogar

 

Para comenzar este nuevo eje voy a recurrir a una imagen instalada en el imaginario visual de la historia cinematográfica y que ha sido extraída de una realidad social estancada en los tradicionalismos de género que hasta los días que corren se siguen reproduciendo.

Él de traje negro a rayas, corbata azul, sombrero gris y maletín oscuro en su mano saliendo de su casa hacia el jardín frontal de un brillante y recién podado césped que culmina en la vereda donde descansa un modesto Chevrolet modelo 50 sobre el asfalto gris de un barrio americano tranquilo. Ella, vestida con un delantal gris a cuadros, lo despide desde el umbral de la puerta con una mano y con la otra recoge el repasador que se le cayó al piso. Cuando arranca el auto, se coloca el repasador en el delantal, sostiene el bote de la basura con sus dos manos lo lleva hasta la vereda y se queda contemplando la partida lenta de su marido hasta que se pierde en el camino y ella regresa al tendedero donde había dejado la ropa del día anterior.

 

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Revolutionary Road

Pequeño retrato “Sweet Home” del famoso American way of life de la clase media urbana que se estructura bajo los conceptos de una mujer doméstica y un hombre trabajador. El esquema de una vida tranquila, sin demasiadas preocupaciones que se sucede rutinariamente, con el objetivo de tener algo de dinero para salir a comer el domingo o irse de vacaciones a la playa en verano. Las bases de un imaginario socio-cultural cristalizado en roles deterministas que sostienen los fundamentos de esa vida balanceada y que no son otra cosa que el reflejo del sometimiento de la mujer a la rutina hogareña y ser la encargada del orden domestico mientras el hombre sale a ganarse la vida.

Este fenómeno lo vemos incrustada en la dramática y penetrante historia de Via Revolucionaria, que devolvió a la pantalla grande a la pareja de Leonardo Di Caprio y Kate Winslet. En este brillante film de Sam Mendes que narra las desgracias y frustraciones de la vida matrimonial, encuentra en April, el personaje de Kate Winslet, el ejemplo más fiel de la depresion femenina causada por la rutinaria vida del hogar.

En April Wheeler se encarna el peso tremendo de una existencia condenada a la monotonía permanente, en donde las paredes de la casa y sus propios habitantes son la razón de una asfixia absoluta que ha desagotado la esperanza de lograr algo más importante en su vida. Los sueños que tenía con Frank, cuando eran jóvenes, se han evaporado cuando fueron absorbidos por la farsa de la “vida feliz” con un “idiota marido suburbano” y una mujer anclada a las normas de una sociedad retrograda que veía rarezas y locuras en la posibilidad del trabajo femenino.

Este desgaste del hogar matrimonial que se observa en la película de Sam Mendes, sigue marcando un potente disparador de depresiones en las mujeres que sienten haber entregado sus propias vidas a las necesidades de sus hijos y maridos. Kate Winslet actua fenomenal en ese rostro agotado por la falsa sonrisa de sus vecinos y donde lo único que desea profundamente es escapar de esa cárcel en forma de casa y cumplir su sueño de vivir en Paris. Ella profesa la frase “en Paris la gente está viva”. Impactantes palabras que reflexionan sobre una mujer que se siente muerta y vacía, atrapada entre las rejas que la sociedad tradicional ha forjado bajo rigurosos mandatos patriarcales y “correctas” formas de llevar adelante un matrimonio.

 

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Revolutionay Road

Recordamos que en la película Las horas, las tres mujeres protagonistas están atravesadas por cuadros depresivos y anteriormente especificamos el papel de Nicole Kidman, y ahora damos lugar al de Juliane Moore. Su personaje es el de Laura Brown, que representa una esposa infeliz que experimenta una extraña represión lésbica con su vecina, además de padecer fuertes tendencias suicidas que termina canalizando con el abandono del hogar y de su hijo. Este punto narrativo que refiere al escape del hogar en la búsqueda de algún cambio es contundente para este eje ya que fortalece la idea una realidad de mujeres extraviadas en el hegemónico mandato familiar al que tuvieron que adaptarse a costa de su libertad. Laura Brown, adicta a pastillas antidepresivas se deja llevar por el impulso de escape y de esa forma abandona a su pequeño hijo, en la que su comportamiento se debate entre la frontera de juzgarla por egoísta al dejar al niño que nada tiene que ver con el padecimiento de su madre, o la justificada valentía de huir del entorno que tanto la hacía infeliz.

 

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Las horas

Y por último, incorporo a este eje a la interpretación de Kirsten Dunst en la trepidante obra de Lars Von Trier, Melancolía. Ubicándose en el primer episodio de la historia, que pone atención a la fiesta de casamiento de Justine en casa de su hermana y que desata una extraña secuencia de emociones que son chocantes al tratarse de una celebración. Esto tiene que ver con que Justine no parece demasiado alegre durante el festejo familiar por su matrimonio y siente el peso de tener que fingirlo durante toda la noche. Este contradictorio sentimiento de angustia, indiferencia y síntomas de depresion colisionan cuando su cuñado, al darse cuenta de este comportamiento, la enfrenta diciéndole “deberías estar feliz”. En esta frase me quiero detener para comenzar a darle un cierre a este eje y que me permitió reflexionar sobre las imposiciones constantes que se ejecutan, como si la obediencia de ciertas tradiciones llevara a las mujeres a ser más felices. En este episodio del cineasta danés identificamos el efecto contrario a esa felicidad forzada, en la construcción de un personaje que no solo no se pone contenta por su reciente casamiento sino que también confiesa que empezaba a sentir que se formaba un “hilo de lana gris entre las piernas”. Desde mi punto de vista, esos hilos de lana gris son la metáfora de los grilletes condenatorios que arrastran las mujeres depresivas por las “leyes” matrimoniales y de género que se han engendrado en la farsa del “hogar, dulce hogar”.

 

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Melancolía

 

5. Sociología de suicidios y tragedias

 

Llegamos a la última lectura analítica que he trazado sobre este amplio ensayo de 9 largometrajes de ficción y que tiene que ver con uno de los puntos de inflexión más oscuros de la depresión.

En este apartado, pretendo expresar las incomprensibles vueltas del destino y los caprichos del azar que a veces nos golpea sin aviso y nos somete a atravesar circunstancias trágicas que jamás hubiésemos imaginado vivir.

Para describir estos sucesos fatales que desprenden los más dolorosos procesos depresivos, he decidido ejemplificar con las historias de los últimos tres films que quedan: Cake, Viudas y Anticristo.

Vamos a empezar con Anticristo del controvertido Lars Von Trier, que mencionamos en el otro eje con Melancholia. Estas dos películas, junto a Nymphomaniac (Lars Von Trier, 2013) son parte del proyecto de la llamada Trilogía de la Depresión. Pero a esta última no podía incluirla porque los padecimientos de la protagonista adicta al sexo no se encuadraban dentro de las líneas del trastorno depresivo, sino que recae en otro tipo de alteración de estado más cercano a la perturbación. Anticristo, protagonizada por la sensacional Charlotte Gainsburg narra los oscuros acontecimientos de una pareja que debe afrontar una dolorosa vida luego de la trágica muerte de su hijo. William Defoe, que interpreta al esposo, es un psicólogo experimentado que intenta colaborar con su mujer ofreciendo sus servicios profesionales para lograr que pueda superar el fatal acontecimiento.

 

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Anticristo

Luego de permanecer internada por semanas, los doctores diagnostican que padece de un “patrón de dolor atípico”. Este extraño resultado clínico se debe a severos trastornos psico-fisicos que develan pánico, ansiedad crónica, sudor, pesadillas y un venenoso sentimiento de culpa, que parece ser el motor desencadenante de su profunda depresión. Se pasa los días, recordando cada instante y cada segundo antes de la muerte de su hijo, intentado encontrar respuesta a como no pudo salvarlo y de esa forma, poco a poco, refugiándose en los peligrosos mares del resentimiento y el odio a sí misma. Su vulnerabilidad emocional, la empujan al abuso farmacológico para reprimir esos pensamientos de culpa, pero sus resultados son contraproducentes al ver que solo agravan su estado. El trasfondo de su depresión parece encontrar visibilidad cuando, con su marido, se proponen realizar un viaje donde lograría liberar su culpa a través de la liberación de sus miedos.

Este majestuoso trabajo de Von Trier no sorprende por contar historias perturbadoras que se hunden en los más oscuros infiernos, pero si se puede diferenciar como el elemento narrativo de su trilogía está delineado por los misteriosos lazos de la fatalidad y la muerte inesperada, que encuentra del otro lado a los sobrevivientes: victimas que siguen vivas por fuera, pero muertas por dentro.

Cerrando con Anticristo, pasamos otra de las historias que se tejen bajo los hilos de la tragedia: Cake (Daniel Barnz, 2010). Mucho se habló de esta película, sobre todo por la resonante ausencia de Jeniffer Aniston a las nominaciones a los Oscars por su impecable trabajo en el film de Daniel Barnz.

La rubia más bella del mundo se transforma en Claire Bannet, una mujer devastada por la pérdida de su hijo en un accidente automovilístico, que además le terminó ocasionando severos problemas motrices. Sus lesiones no son solo físicas, sino también psicologías y emocionales. Claire tiene una reacción inversa a la protagonista de Anticristo: Ella no se culpa, pero la represión de su dolor lo expresa dañando a todo aquel que intenta ayudarla. El film da las primeras señales de este síntoma, cuando en el grupo de auto ayuda al que asiste se encuentran reflexionando sobre el reciente suicidio de una compañera y a ella no parece importarle demasiado, llegando al extremo de hablar cínicamente sin ningún tipo de sensibilidad.

 

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Cake

La línea central de la historia se va a posar sobre la tragedia de esa compañera, y el camino depresivo de Claire va a comenzar a distanciarse de su mal humor para ahondar en la curiosidad por el suicidio. En una suerte de comedia negra, ella experimenta visitas espectrales de su compañera muerta, que interpreta la encantadora Ana Kendrick, y a partir de allí identificamos como la película se enfoca en descubrir las tenebrosas sombras del suicidio y lo que provoca en el resto de personas que lo soportaron. Aquí, la película resalta el síntoma clínico depresivo de la tendencia suicida recorriendo los lugares comunes de esta terrible psicopatología, en donde Claire insiste en conocer de cerca las sensaciones previas a tomar la decisión de matarse. Esta obsesión la hace protagonista de reiterados intentos de suicidio, visitando el puente de donde se arrojó su compañera, cuando se sumerge en la pileta esperando que el agua le arranque la vida o cuando se recuesta sobre las vías del tren. Sin embargo, Claire reconoce la cobardía que conlleva el suicidio y por ello mismo prefiere refugiarse en las pastillas o el alcohol.

En Cake se acentúa la adicción a las píldoras como recurso de anestesia y alejamiento de la cruel realidad, pero el motor de la narración depresiva se potencia en la atmosfera de relaciones afectivas de Claire. En este extraño camino de experimentar el suicidio, se observa como ella va transitando un camino lento de redención con su alma, pero que encuentra muchos obstáculos como la ira, el orgullo, la falsa superación y la poca voluntad para recuperarse de sus dolores internos. Esto se ve reflejado en su desganada forma de asistir a los tratamientos, sus choques agresivos con los grupos de rehabilitación y los malos tratos hacia los que la rodean. Los destellos de luz hacia una nueva vida los va a encontrar en dos personas particulares, que vienen a ser el viudo de la reciente compañera fallecida, y su hijo. En ellos reencuentra el significado de la existencia y al fin logra observar señales de que la vida debe continuar a pesar de las tragedias que el azar pone en nuestro camino y que solo necesitamos aferrarnos a los que más amamos para levantarnos.

 

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Cake

Y como cierre de este eje, he seleccionado a una película argentina dirigida por Marcos Carnavale, llamada Viudas. El film está interpretado por las geniales Graciela Borges y Valeria Bertuccelli. La primera representa a Elena, una arrogante directora de cine que se encuentra filmando un documental sobre el costado oscuro del amor. Y la segunda, asume el papel de Adela una joven estudiante de periodismo que padece de una vida bastante conflictiva. Ambas mujeres se desconocen hasta que las junta una reciente tragedia: La muerte del esposo de Elena y amante de Adela.

La trama de la película se desenvuelve alrededor de este extraño triángulo amoroso, en donde Elena se entera de que fue engañada y junto con Adela van a afrontar un pozo depresivo que se disputa entre la agresión, el dolor, la angustia y crisis incontrolables. Adela es la más afectada, sobre todo porque su fragilidad emocional la hunde en un encierro absoluto, bloqueo social y una bajísima autoestima que la lleva a intentar cortarse las venas reiteradas veces. Y Elena en cambio expresa todo lo contrario, ella se refugia en una coraza de orgullo, fingiendo que no siente nada por la muerte de su marido y justificando su furia con el castigo de la infidelidad, aduciendo que es lo peor que se puede hacerle a una persona sobre todo porque te das cuenta que en realidad nunca confiaste. Ella insiste en torturarse con la traición hasta límites de masoquismo en donde mira fotos de su marido con Adela, haciendo así su depresión más preocupante. Pero como se esconde en la dureza del alma, no desea que la gente la vea mal y la forma de descargar su dolor es encerrándose en los baños a llorar y tapándose la boca con una tolla para que no escuchen su llanto.

 

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Viudas

En este mundo de opuestos y polarizaciones afectivas, ambas mujeres deben convivir y cuidarse la una a la otra por un pedido del difunto hombre al que amaban. Esa tragedia que llego a sus vidas repentinamente permite reflejar como el amor ofrece experiencias llenas de felicidad, pero también te puede dañar profundamente dejando la herida abierta por mucho tiempo. Este contraste que Carnavale refleja en el film, en donde la cara más oscura del amor es develada, es la razón por la cual la depresión de ambas mujeres se agrava y en donde se sienten extraviadas al sentirse traicionadas por algo que creían que era eterno, pero de pronto le arrebataron de las manos. Muchos ejemplos de este rostro terrorífico del amor se representan en frases como “Las gitanas para echarte una maldición te dicen ‘ojala te enamores’”, “Me intenté suicidar porque dejé de amar”.

 

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Viudas

Elena y Adela parecen no encontrar una buena relación, y el choque de sus personalidades tan distintas las intoxica de rencor, sin la posibilidad de encontrar ese perdón que por fin pueda volver a instaurar la paz en sus vidas. Finalmente el camino al perdón y la comprensión por la otra se van a encontrar por medio de ese amor que creían que estaba maldito y logrando superar esos malos momentos, e intentar ser felices nuevamente.

En conclusión, las tragedias y las fatalidades inoportunas son cosas que el destino nos tiene preparado y es imposible controlar. La muerte parece ser el miedo más profundo y es la responsable de arrastrar a la depresión a aquellos que la sobrevivimos, dejándonos en un mundo que sigue rodando y nos da pocas explicaciones sobre lo que realmente sucede. Pero a pesar de que la tragedia nos empuje hasta al borde del abismo, es bueno saber que la vida siempre nos echa una mano para levantarnos.

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