Fanatismos: el caso político

"Hechizados" Por Eloy Caloca Lafont

Para el Dr. Tamir Bar-On, por su incesante y pertinente lucha contra los fanatismos nocivos.

Ante la crueldad y la sinrazón de la realidad, que ha traído por igual el genocidio y el abuso que la discriminación o la tortura, el arte siempre se ha erigido como protesta y catarsis. En tiempos de la Primera Guerra Mundial, la novela de Eric María Remarque y la homónima película Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, Lewis Milestone, 1930), por ejemplo, denunciaban cómo los nacionalismos y las ilusiones de supremacía podían destruir los espíritus de toda una generación, reduciendo jóvenes soldados a infrahumanos ocultos en trincheras lodosas, entre cadáveres que contagiaban su fatalidad y dolor. Años antes, El acorazado Potemkin (Bronenósets Potiomkin, Serguéi Eisenstein, 1925) también había explorado los temas del autoritarismo, la injusticia y la imposición, aunque más bien como una alabanza a la revolución comunista y un repudio al zarismo. Basta recordar la secuencia de la escalera de Odesa, en la que un grupo de ciudadanos inocentes son masacrados en una escalinata pública ucraniana, a manos de batallones con fusiles y bayonetas que arrasan todo a su paso, sin distinguir entre adolescentes, madres o niños. Los cuatro jinetes del Apocalipsis (The Four Horsemen of Apocalypse, Rex Ingram, 1921), previa a Potemkin, fungía, de igual manera, como un tratado sobre el supuesto amor irracional a la nación, por encima de los lazos familiares o del respeto humano. Asimismo, el mediometraje ¡Armas al hombro! (Shoulder Arms, Charles Chaplin, 1918), de tono cómico, sometía ya a discusión la ridiculez de jugarse la vida por defender los idearios patriotas, heroicos y monumentales 1.

En sus estudios sobre la locura, Michel Foucault determinaba que, si bien han existido casos de locos clínicos, privados de juicio (lunatismo, esquizofrenia, delirio, posesión), hay también establecimientos sociales de cordura y demencia que aíslan a los anormales y aprueban a los seguidores de cierto régimen 2.

En comunidades donde imperan los poderíos absolutos, la política del terror y la vigilancia vertical, es común que los “cuerdos”, o más bien “cooptados”, lleguen a extremos de obediencia irracional, temerosa, haciendo cualquier cosa que fuera necesaria por mantenerse lejos del castigo 3.

Esto ha fomentado que, desde la antigüedad, en el seno de grandes imperios teocráticos como el egipcio, el azteca o el babilónico, se haya gestado la adoración desmedida y colosal a fuentes de poder político o simbólico, sustentadas en el despotismo y en el miedo. Este comportamiento nocivo es lo que Erich Fromm denominaba el pathos idólatra: “cualquier creencia insustentable e inquebrantable, [que provoca] un estado de permanente excitación 4”, ya sea en el sentido de la angustia, de la ira o del júbilo, pero con intensidad desaforada 5. A cambio de cumplir ciegamente con una ley o de ganar el beneplácito de un líder-dios, los idólatras son capaces de lo que sea, movidos por pulsiones viscerales. Incluso, pueden odiar, insultar, mentir o asesinar. A cambio de un régimen legitimador y de una mitología, pierden los escrúpulos.

Para Fromm, la subyugación exagerada al Estado, a la moral, a la nación, a una logia o a la religión, debían ser contrarrestadas por el pensamiento crítico, pues “toda adhesión basada en la incapacidad de la independencia, y movida por la coerción, es una manifestación de idolatría 6. Y esto, a su vez, es el principio del fanatismo, que se define por Ramón Valls como la supresión del yo y de todo amor propio o estima a los semejantes, en pos de un imaginario intransigente, provocando el señalamiento, la persecución y la exclusión de los que piensan diferente 7. En sentido etimológico, fanatismo proviene del latín fanum, que es “templo o lugar sagrado”, y que deriva en fan o fano, “comportamiento solemne”. Sin embargo, desde la Antigua Roma, donde el señorío de los Césares provocaba las peores sañas y brutalidades, el fanatismo se asocia con el dogmatismo violento y con el fundamentalismo, que es el uso de ciertos códigos y normativas, en ámbitos culturales, jurídicos o religiosos, como única pauta de comportamiento social, y usados en forma extrema y corrupta por encima del bien, de la dignidad y de la ética. Gracias a este extremismo, es que Carl Jung opinaría que todo fanatismo es destructivo y anti-humanista. El individuo está hecho para la duda categórica y para la libertad; no para la esclavitud cognoscitiva. [El proceder fanático] se trata de una oposición inconsciente a la decisión consciente, que hace surgir paroxismos sin lugar a dudas. Entre más se rechaza la duda, mayor es la actitud fanática. El fanatismo es, al final, la sobrecompensación de la duda 8.

Algunos de los filósofos que consolidaron las ideas de la modernidad –Voltaire, Locke, Hume, Kant y Taylor– reflexionaron sobre el fanatismo. Según estos pensadores, todo colectivismo que agremia a partir de la alegría, “llevando al ímpetu de la pasión constructiva 9, es entusiasmo, pero se vuelve una tendencia fanática una vez que pasa a ser intolerante y condenatoria. Ser fanático, en términos de Hegel, es ser un adicto; “considerar que toda la vida no tiene límites, y pensarse libre para destruir todo límite 10.

Los fanáticos están “hechizados” por la violencia, y como tales, tienden al proselitismo; a la propagación epidémica de sus criterios.

No les basta con estar dominados por sus impulsos, sino que los difunden y hacen obligatorios, en la búsqueda de nuevos fanáticos. Por eso, los materialistas dialécticos del siglo XIX –Feuerbach, Marx, Engels y Bakunin–, pretendiendo la emancipación de los oprimidos, invitaban a combatir todo fanatismo, relacionándolo con la enajenación o la alienación: el opio de los pueblos. El nihilismo, por su parte, representado por Nietzsche, veía en el fanatismo “una enfermedad de la voluntad, propia de torpes y tímidos 11. No obstante, el hombre está condenado a seguir ídolos de forma irrevocable, a menos de que trascienda su condición deificadora y crédula. Este fatalismo, sería más tarde reforzado por el existencialismo, que asociaba el fanatismo con el gran absurdo de la vida, y por el anarquismo, que acotaba toda forma de control como fanatizante. La primera mitad del siglo XX, a su vez, postuló posibles rutas de salida del fanatismo: la comprensión de la sociedad (Weber), el positivismo científico (Von Ranke) o la hermenéutica profunda y el diálogo (Gadamer); sin embargo, la experiencia de los totalitarismos y las guerras mundiales traería nuevos cuestionamientos sobre si de verdad es posible trascender las inercias fanáticas o no 12. Desde los años cincuenta, las agendas de estudio de los próceres del anti-fanatismo han establecido nuevas líneas: la revalorización de la razón crítica (Adorno 13); el origen, la conciencia y banalidad del mal (Arendt, Badiou 14); y lo atractivo y viral de las hegemonías (Hardt y Negri 15). Es en este punto, tanto histórico como intelectual, que se ubican diferentes discursos cinematográficos sobre el fanatismo, que lo abordan desde distintas conceptualizaciones de la acción fanática, y a través de miradas antitéticas, irónicas, paródicas o hasta imparciales y académicas (en el caso de los documentales).

Un primer grupo de filmes sobre fanatismo sería aquel que brinda una lectura política y belicista del fenómeno.

Aquí se agruparían las películas sobre totalitarismos y Estados fascistas y xenófobos, tanto en una realidad histórica pasada, como en el resurgimiento de extremismos en el presente, así como en el caso de autoritarismos fantásticos en mundos distópicos y alternativos. Para Žižek, es imposible que los filmes sobre totalitarismos no provoquen reacciones pulsativas en el espectador. O buscan alabanzas ante el sistema o repudios, pero no quedan en la pasividad: “son axiologías automáticas 16. Posiblemente, esta reacción espontánea se deba a que el poder es una categoría inherente y problemática de lo humano. Todo filme que problematiza el poder o que exhibe a los poderosos no es completamente inocente, sino que es un tratado incómodo sobre la corrupción humana. Despierta reflexiones sobre prácticas político-sociales que se gozan o sufren en el día a día.

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El triunfo de la voluntad

El espectro del cine sobre fanatismo político es enorme. No hemos de dividir los filmes como “a favor” o “en contra”, sino como aproximaciones temáticas. Comenzando por los regímenes totalitarios históricos, destacan, sobre la Italia del fascio, El fascista (Il federale, Luciano Salce, 1961), El jardín de los Finzi-Contini (Il giardino dei Finzi-Contini, Vittorio de Sica, 1970), Amor y anarquía (Film d’amore e d’ anarchia, Lina Wertmüller, 1973), Novecento (Bernardo Bertolucci, 1976), y Té con Mussolini (Tea with Mussolini, Franco Zeffirelli, 1999). En todos estos filmes, el ascenso ideológico, estatal y militar de Mussolini se trasluce entre las cosmovisiones de soldados, pequeño-burgueses, artistas, disidentes, espías encubiertos, burócratas, prisioneros de guerra, y mujeres de alcurnia, tanto italianas como extranjeras. Todos estos personajes pretenden modelar y ejercer una vida cotidiana al margen de los acontecimientos bélicos y las decisiones gubernamentales, pero el fascismo no tarda en impregnarse en sus historias personales; unos, se enlistan en la guerra, otros, venden propiedades, y otros más, disfrutan de los beneficios del régimen. En varias secuencias, hay debates encarnizados sobre la política dominante, que oscilan entre la fascinación, el repudio, el temor o la incertidumbre, demostrando que pueden existir retazos de individualidad entre fanatismos hegemónicos.

De entre una vastísima galería de filmes sobre el nazismo alemán, algunas cintas que destacan más el fanatismo y los estragos del colectivismo enajenado, así como el culto a la personalidad del Führer germano, serían: como no-ficción, el documental de 1935, El triunfo de la voluntad (Triumph of the Will, Leni Riefenstahl), que es una espeluznante fuente primaria, propagandística, sobre los parades o rallies y discursos del káiser, así como una cinta documental de 1932 sobre las Juventudes Hitlerianas, Hitler Youth Quex (Hitlerjunge Quex, Bobby Luthge, Karl Ritter), que cuenta la historia del muchacho soldado Herbert Norkus, alias “Quex”, convertido en mártir tras morir en los frentes rusos. En términos de recreaciones ficticias, pueden verse, la sátira aguda de El gran dictador (The Great Dictator, Charles Chaplin, 1940), sobre todo en el speech final, La decisión de Sophie (Sophie´s Choice, Alan J. Pakula, 1982), sobre las presiones y torturas psicológicas nazis, Europa, Europa (Hitlerjunge Salomon, Agnieszka Holland, 1990) y Rebeldes del Swing (Swing Kids, Thomas Carter, 1993), ambas sobre la situación juvenil en la pre-guerra, El ogro (Der Unhold, 1996), que entrecruza los temas de la niñez, la misantropía y la estética de la propaganda, Mother Night (Keith Gordon, 1996), sobre el espionaje y el uso de los mass media, La cruz de hierro (Cross of Iron, Sam Peckimpah y James Coburn, 1977), sobre los códigos de honor en los frentes, y la famosa La Caída (Der Untergang, Oliver Hirschbiegel, 2004), o bien Sophie Scholl: Los últimos días (Sophie Scholl, Marc Rothermund, 2005), que evidencia el hundimiento moral de la Alemania fanática ante la decadencia nazi. Asimismo, la trágica El pianista (The Pianist, Roman Polanski, 2003), que aborda el fanatismo en demérito del arte y del talento.

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Rebeldes del Swing

Algunas otras cintas han especulado sobre una especie de post-fanatismo nacionalsocialista, que pretende hacer resurgir los fatídicos legados de Hitler: Marathon Man (John Schelsinger, 1976), Los niños del Brasil (The Boys from Brazil, Franklin Schaffner, 1978), y El aprendiz (Apt Pupil, Bryan Singer, 1998), basada en una novela de Stephen King. En la última década, el nazismo también ha ocupado exhaustivos documentales sobre los límites del fanatismo, como The Goebbels Experiment (Das Goebbels Experiment, Lutz Hachmeister, 2005), sobre el ministro de propaganda de Hitler, Forgiving Dr. Mengele (Bob Hercules, Cheri Pugh, 2006), que abre el delicado tema de la experimentación genética clandestina, Guetto: A film Unfinished (Yael Hersonski, 2010), que analiza cómo se hablaba de los campos de concentración en los cine-noticieros alemanes, y Hitler´s Children (Chanoch Ze´evi, 2011), que realiza el seguimiento de los descendientes actuales de los altos jerarcas nazis. En el campo de la animación, la casa productora Disney realizó durante los cuarenta dos cortometrajes denunciando el fanatismo nazi, Der Fuehrer´s Face (1943), protagonizado por un Pato Donald condenado a vivir bajo el régimen, y Hitler´s Children Education for Death: The Making of the Nazi (1943-1944), un pequeño documental animado sobre las academias de adoctrinamiento infantil. En todos los textos cinematográficos sobre el nazismo, alusivos al fanatismo, ya sean filmes primarios, interpretaciones ficcionadas o documentales, hay algunos patrones: el acaparamiento de los medios de masas, los lemas del partido, la simbología del Estado, la militarización, las atrocidades ocultas y la disciplina masificadora. Por otro lado, hay una población que vive entre el convencimiento de seguir a sus líderes o la esperanza de derrocarlos.

Además del fascismo y del nazismo, otros sistemas autoritarios han llegado también al cine.

En la etapa soviética, la Rusia de Stalin fue retratada en películas claramente propagandistas, como La balada del soldado (Ballada o soldate, Grigori Chukrai, 1959) o más tarde, filmes como Nuestro siglo (Mer dare, Artavazd Pelechian, 1983), o la mirada histórica de cintas que elogiaban el pasado ruso, como Los corceles de fuego (Tini Zabukyth Predkiv, Serguei Parajanov, 1983). No obstante, la caída del comunismo ha permitido en los últimos veinte años, nuevas miradas más revisionistas: Quemado por el sol (Utomlyonnye solntsem, Nikita Mihalkov, 1994), El regreso (Vozvrashchenie, Andrei Zvyagintsev, 2003), Aleksandra (Alexandr Sokurov, 2007) o Cargo 200 (Gruz 200, Aleksey Balabanov, 2007). Desde una mirada periférica a la rusa, polacos como Krzysztof Kieslowski (El azar, Przypadek, 1981), Andrzej Wajda (Walesa: Man of hope, 2013) o alemanes como Wolfgang Becker (Good Bye, Lenin!, 2003), proveen una historia más doméstica de la era comunista: los apartamentos y las estaciones de tren, las líneas de producción, las costumbres familiares y la moral de Estado fusionada con las relaciones interpersonales. Del otro lado del mundo, en los Estados Unidos, el anti-comunismo, también como posible fanatismo, toma su propia vía cinematográfica: con cintas paranoicas en un principio –Ninotschka (Ernst Lubitsch, 1939), El camarada X (Comrade X, King Vidor, 1940), Me casé con un comunista (The Woman on pier 13/ I Married a Communist, Robert Stevenson, 1949), Night People (Nunnally Johnson, 1954)–, que se vuelven thrillers de espionaje internacional un poco más críticos –The Manchurian Candidate (John Frankenheimer, 1962), The Day We Were (Sydney Pollack, 1973)–, y que pasan a ser, al final del siglo, revisiones históricas con golpes interesantes al mccarthismo –El testaferro (The Front, Woody Allen, 1976), Guilty by suspicion (Irwin Winkler, 1991) y Buenas noches y buena suerte (Good Night and Good Luck, George Clooney, 2005)–.

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Buenas noches y buena suerte

También está, por supuesto, todo un revisionismo al autoritarismo desde los filmes de la saga James Bond, de los años sesenta a la actualidad. Aunque no revisan propiamente el comunismo, existen dos casos de películas que sirven como un excelente debate sobre el fanatismo en tiempos de guerra fría: La sal de la tierra (The Salt of the Earth, Herbert J. Biberman, 1954), que aborda la discriminación a los inmigrantes mineros en Nuevo México, y que fue censurada por casi una década en la Unión Americana, y Heredarás el viento (Inherit the Wind, Stanley Kramer, 1960), que relata el “Juicio del mono”, ocurrido en Tennessee, en el que un profesor de secundaria, John Scopes, fue llevado ante la corte gubernamental por enseñar la teoría de la evolución, demostrando cómo los valores puritanos yanquis también pueden volverse una forma de fanatismo.

Este tema de un puritanismo nocivo, pero llevado a los fanatismos del siglo XVI y de las comunidades amish estadounidenses, es también el argumento de una línea de cintas norteamericanas, como Las brujas de Salem (The Crucible, Nicholas Hynter, 1996), La letra escarlata (The Scarlet Letter, Roland Joffé, 1996), basada en el clásico de Nathaniel Hawthorne, y La aldea (El bosque, The Village, M. Night Shyamalan, 2004).

Otros abordajes sobre el fanatismo en la política estadounidense, mucho más contemporáneos, son los que atacan a los neocons republicanos (neoconservadurismo), y a sus doctrinas intervencionistas…

… las películas de guerra en pro o en contra del belicismo estadounidense, de los sesenta a la Guerra del Golfo, o las protestas más recientes. Aquí destacan: la polémica Jesus Camp (Rachel Grady y Heidi Ewing, 2006) sobre el interior de los campamentos para niños protestantes, Zeitgeist (Peter Joseph, 2007), sobre el sistema económico mundial y sus absurdos, los documentales de Michael Moore (Fahrenheit 9/11, 2004; Capitalism: A Love Story, 2004), el tema de la migración en Harvest of Empire (Peter Getzels, Eduardo López, 2012), o la comedia satírica Idiocracy (Mike Judge, 2006), que analiza el “dumb down” o “estupidización” en la cultura del American dream.

Sobre fanatismos, también abundan cintas al respecto de la Guerra Civil Española y el franquismo, que reflexionan sobre la difícil transición hacia los derechos civiles y una cultura democrática.

En Calle mayor (Juan Antonio Bardem, 1956), El cochecito (Marco Ferreri, 1960) o El diputado (Eloy de la Iglesia, 1978), hay diferentes abordajes sobre los patrimonios familiares, los valores católicos, la derecha o la moral social, desde distintos puntos de vista históricos. Asimismo, el tema de las atrocidades o el radicalismo en la Guerra Civil, son el motivo de la revisión de Tierra y libertad (Land and Freedom, Ken Loach, 1995), ¡Ay, Carmela! (Carlos Saura, 1990), La lengua de las mariposas (José Luis Cerda, 1999), El viaje de Carol (Imanol Uribe, 2002), y Soldados de Salamina (David Trueba, 2003). Con un visionado más contemporáneo, la historia de España en el cine también ha tratado el radicalismo desde otra óptica: el conflicto vasco y el terrorismo etarra. Con visiones ambivalentes, estaría aquí la obra de Imanol Uribe (El proceso de Burgos, 1979; La fuga de Segovia, 1981), el debut de Ana Díez (Ander y Yuli, 1989), Mario Camus (Sombras de una batalla, 1993), y el documental La pelota vasca (Julio Medem, 2003).

Este cine de reaccionarismos y sus consecuencias político-civiles, e incluso personales y psicológicas, ha encontrado ecos fuera de España, con el tema del conflicto entre Irlandas –The Crying Game (Neil Jordan, 1992), En el nombre el padre (In the Name of the Father, Jim Sheridan, 1993)–, la Guerra de los Balcanes de los años noventa –Before the Rain (Micho Manchevksi, 1994)–, o incluso, el movimiento de soberanía quebecois en Canadá –The Decline of the American Empire (Le Déclin de l’empire américain, 1983) y sus secuelas, The Barbarian Invasions (Les Invasions barbares, 2003) y Days of Darkness (L’Âge des ténèbres, 2007), todas de Denys Arcand, por ejemplo–. Sobre grupos neonazis y xenófobos, clandestinos, alrededor del mundo: Romper Stomper (Geoffrey Wright, 1992) sobre Australia, This is England (Shane Meadows, 2006) sobre el Reino Unido, y la ya clásica American History X (Tony Kaye, 1998), situada en los Estados Unidos.

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American History X

En América Latina, las dictaduras y desapariciones, por un lado, y los movimientos libertarios de izquierda, por otro, generaron toda una ola de cine sobre fanatismos político-étnico-sociales y revolución. Algunos ejemplos son: Estado de sitio (Costa-Gavras, 1972), sobre la guerrilla urbana uruguaya; Desaparecido (Costa-Gavras, 1982), La muerte y la doncella (Death and the Maiden, Roman Polanski, 1997) y Machuca (Andrés Wood, 2004), sobre el caso del pinochetismo chileno; El beso de la mujer araña (Héctor Babenco, 1994), basada en la novela homónima de Manuel Puig, acerca de los prisioneros políticos y el homosexualismo en Argentina, Kamchatka (Marcelo Piñeyro, 2002), sobre la vida familiar durante la dictadura militar en este mismo país, e Iluminados por el fuego (Tristán Bauer, 2005) con el trasfondo de la Guerra de las Malvinas; Cuatro días en Septiembre (Bruno Barreto, 1997), sobre el militarismo brasileño; y finalmente, Retratos en un mar de mentiras (Carlos Gaviria, 2010), que evidencia la guerrilla entre paramilitares y rebeldes en Colombia, así como la intervención del narcotráfico y la prensa. Como distinción aparte, pueden recomendarse ampliamente los documentales latinoamericanos que, en tiempos de Guerra Fría, denunciaron los genocidios indígenas o el militarismo, en forma clandestina: Yawar Mallku-La sangre del cóndor (Jorge Sanjinés, 1969), con los reprobables etnocidios en Bolivia, y La hora de los hornos (Pino Solanas, 1968), denuncia abierta contra el neocolonialismo y la violencia de Estado. Sobre los temores de la impregnación “neocolonial” de Estados Unidos en las soberanías latinoamericanas, también debe mencionarse La fórmula secreta (Juan Rulfo, 1965), una serie de poemas visuales mexicanos sobre la voracidad de las industrias, marcas y estilos de vida estadounidenses, en el México de los cincuenta y sesenta.

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Los niños del fin del mundo

El fanatismo de Estado, de corte autoritario, ha estado presente también en Asia. La prohibida La cometa azul (The Blue Kite, Tian Zhuangzhuang, 1993) o La linterna roja (Da hong deng long gao gao gua, 1991) y ¡Vivir! (To Live, 1994), de Zhang Yimou, brindan una idea, al menos someramente, de la vida en el maoísmo, así como la animada La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 2012) habla sobre el Japón militarista de la Segunda Guerra, o los filmes de Akira Kurosawa abordan, desde distintas perspectivas, la sumisión y el fanatismo en toda la historia japonesa, desde el imperio antiguo y los samurái hasta el auge de la modernidad. Mientras tanto, en otra línea, cintas como Lluvia negra (Shohei Imamura, 1989), situada después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, evidencian las crisis de la posguerra: la demencia, las enfermedades, lo insalubre de las condiciones de vida, y la destrucción del entorno físico. Sobre el fanatismo del hermético régimen contemporáneo de los líderes Il en Norcorea, por otra parte, pueden verse: Kimjongilia (N.C. Heikin, 2009) o Camp 14, Total Control Zone (Marc Wiese, 2012). En el marco de Medio Oriente, finalmente, también abundan los filmes sobre fanatismos. Por un lado, se encuentran las degradaciones sociales del fundamentalismo islámico, denunciadas en Los niños del fin del mundo (Marzieh Meshnkini, 2004) o en Osama (Siddiq Barmak, 2003), que tratan sobre la niñez y el género en el Afganistán Talibán, así como la animada Persépolis (Marjane Satrapi, sobre el Irán comunista-islamista, o Las tortugas también vuelan (Bahman Gohbadi, 2004), sobre los refugiados kurdos en Irán. También, en contraparte, el cine ha abordado la situación de la inmigración islámica en Europa, con Por un instante de libertad (Ein Augenblick Freiheit, Arash T. Riahi, 2004) o Todos nos llamamos Alí (Angst essen Seele auf, Reiner Weiner Fassbinder, 1974), demostrando la discriminación y falta de oportunidades que enfrentan los trabajadores y estudiantes de Medio Oriente al encontrarse con los paradigmas culturales y políticos de Occidente.

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V de Vendetta

En un rubro final, pero sin restarles importancia, pueden revisarse los filmes sobre distopías y totalitarismos imaginarios. Desde el culto a una androide en Metrópolis (Fritz Lang, 1927) hasta Hijos de los hombres (The children of men, Alfonso Cuarón, 2006), pasando por Fahrenheit 451 (Francois Truffaut, 1966), THX 1138 (George Lucas, 1971), 1984 (Michael Radford, 1984) o V de Vendetta (James McTeigue, 2006), y contando aquí, también, la teocracia patógena de los niños de El señor de las moscas en sus dos versiones (Peter Brook, 1963; Harry Hook, 1990). En toda esta última línea de filmes, se realiza una hipérbole de uno de los peores temores humanos: el encontrar sociedades fanatizadas, donde el librepensamiento y los derechos personales hayan pasado a la historia. ¿Podrá ser esto, una realidad posible? Tal vez mientras los fanatismos se ataquen con más fanatismo. Como dice el célebre Amos Oz: “No es mantener una lucha contra el fanatismo con un nuevo fanatismo por el pluralismo o por la tolerancia, sino una práctica típica, reivindicatoria, de respeto, a lo distinto, pero ante todo, a lo humano 17.

 

  1. Cfr. MEMBA, J. (2014) “Gran Guerra: Cine de paz”. En: El Mundo. http://www.elmundo.es/cultura/2014/06/15/539ac3f2e2704ef2118b4579.html
  2. Véase FOUCAULT, M. (1986) Historia de la locura en la época clásica. México: Fondo de Cultura Económica. FOUCAULT, M. (2001) Los anormales: Curso en el Collége de France (1974-1975). Madrid: Akal. También, PORTER, R. (2003) Breve historia de la locura. Madrid-México: Turner.
  3. FOUCAULT, M. (2009) Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. México: Siglo veintiuno. También, PASTOR MARTÍN, J., OVEJERO BERNAL, A. (2006) “Michel Foucault, un ejemplo de pensamiento postmoderno”. En: A Parte Rei, Revista de Filosofía. Julio de 2006. 
  4. FROMM, E. (1961, ed. 2000) ¿Podrá sobrevivir el hombre? Una investigación sobre los hechos y las ficciones de la política internacional. Barcelona: Paidós. P. 39.
  5. RUDIN, J. (1965) Fanatismus. Alemania: Gebundene Ausgabe. También, MILGRAM, S. (1977) “The social meaning of fanaticism”. En: Review of general semantics. Vol. 2, No. 38. Febrero de 1977.
  6. FROMM, E. (1990) La revolución de la esperanza: hacia una tecnología humanizada. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. Pp. 135-136.
  7. VALLS, R. (1994) “Sobre fundamentalismos”. En: Claves de la razón práctica (1994). Gredos: Madrid. Pp. 40-48. Así también, HESSEN, J. (ed. 1999) Teoría del conocimiento. Ecuador: Instituto Latinoamericano de Ciencias y Artes. MORADILLO DE LA HIJA, J. (2011) Fundamentalismo: frontera de la ética y la religión, propuestas de superación. En: https://glaukaphilosophy.files.wordpress.com/2015/01/fundamentalismofrontera-religion-y-etica.pdf
  8. JUNG, C.G. (ed. 2003) (CAMPBELL, J. ed.) The Portable Jung. Estados Unidos: Penguin. P. 203.
  9. En VOLTAIRE, el fanatismo se presenta en la obra teatral (1736) El fanatismo o Mahoma; LOCKE, J. lo define como acto poco reflexivo o irreflexivo, en Ensayo sobre el entendimiento humano (1690), en Dos tratados sobre el gobierno civil (1690) y La racionalidad del cristianismo (1695); KANT, I. lo trabaja en Crítica de la razón práctica (1788) y en La paz perpetua (1795); TAYLOR, F.W. lo esboza en (1903) Shop Management. Todos estos pensadores están referidos en JAVALOY, F. (1983) Psicología del fanatismo. Barcelona: Universidad de Barcelona. La cita resaltada es de Taylor, en la P. 34.
  10. HEGEL, F. (1819) Dos conceptos de libertad, citado en DE ZAN, J. (2009) La filosofía social y política de Hegel. Buenos Aires: Ediciones Del Signo. P. 382.
  11. Disertación acerca del Estado Alterado provocado por el fanatismo, Revisión etimológica, tratamiento filosófico y foco en la política
  12. TAGUENCA BELMONTE, J.A. (2013) “Fanatismo: tres tipos ideales”. En: Ánfora, Vol. 20, No. 34. Enero-julio de 2013.
  13. ADORNO, T. (1950) The autoritarian personality. Nueva York: Harper. También, ver JAY, M. (ed. 2003) La imaginación dialéctica. Una historia de la Escuela de Frankfurt. Madrid: Taurus.
  14. ARENDT, H. (1993) La condición humana. Gil Novales: Madrid. BADIOU, A. (1993) La ética. Ensayo sobre la conciencia del mal, en http://www.elortiba.org/badiou.html
  15. HARDT, M. NEGRI, T. (2009) Imperio. Buenos Aires: Paidós.
  16. ZIZEK, S. (2001-2002) Did somebody said totalitarianism? Five interventions in the (mis)use of a notion. Londres-Nueva York: Verso. P. 3.
  17. OZ, A. (2005) Contra el fanatismo. Madrid: Siruela.
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