Miedo a la mortalidad: la mirada hacia el olimpo

LA BÚSQUEDA DE LA ETERNA JUVENTUD EN EL CINE Por Mireia Mullor

“Cuando la sangre desapareciera de su rostro, para dejar una pálida máscara de yeso con ojos de plomo, él conservaría el atractivo de la adolescencia. Ni un átomo de su belleza se marchitaría nunca. Jamás se debilitaría el ritmo de su vida. Como los dioses de los griegos, sería siempre fuerte, veloz y alegre. ¿Qué importaba lo que le sucediera a la imagen coloreada del lienzo? Él estaría a salvo. Eso era lo único que importaba.”Extrato de la novela El retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray, Oscar Wilde, 1890)

Pensar en la muerte es pensar en el vacío. ¿Cómo es posible imaginar un estado en que lo físico está irremediablemente inerte y es dudosa la pervivencia de lo espiritual? Haced la prueba y rápidamente os invadirá una neblina detrás de los ojos seguida de un estado alterado con irracional ansiedad provocada por el miedo a no existir. A no ser.

Lo que se transmite hoy a través de cosméticos, cirugías y actitudes varias (consabida es la teoría de que los hombres y mujeres mayores buscan relaciones con jóvenes para olvidarse de su incipiente senectud), también conlleva un estado de locura u obsesión que en el cine se ha representado a través de aventuras trepidantes, relatos futuristas e historias fantásticas de toda clase y color. A veces como algo instaurado en su contexto, otras como el final de un camino, y en ocasiones como la única salvación. Hablamos del miedo a nuestra condición mortal y la búsqueda de la inmortalidad.

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La fuente de la vida

¿Qué es lo que obsesiona al ser humano más que multiplicar su tiempo en vida? La primera epopeya de la que se tiene constancia en la historia de la literatura épica es la de Gilgamesh, grabada en unas tablas de arcilla hace miles de años. En ella el héroe busca desesperadamente la vida eterna tras haber presenciado la muerte de un amigo y pronto se da cuenta de que no se puede ser como los dioses. Gilgamesh toma conciencia entonces de la mortalidad humana y de que la vida es un reloj que avanza demasiado rápido. Pero no hace falta irse tan lejos. Oscar Wilde creó a finales del siglo XIX una de las representaciones más claras, Dorian Gray, ese joven angelical cuyo temor irracional por envejecer y perder su belleza le lleva a hacer (de forma casi casual) un pacto con el diablo. Como un Fausto moderno. Y así, su imagen real se queda en el cuadro mientras su juventud permanece con él en sus desenfrenos. Wilde ya supo en 1890, fecha de publicación de El retrato de Dorian Gray, que una de las mayores preocupaciones del ser humano es su inminente muerte. Lo efímero de su existencia.

El “Soy un Dios” de Dorian Gray es la mirada del ser mortal al Olimpo para seguir un proceso de deseo, euforia y, finalmente, rechazo.

¿Y qué es el cine sino un fresco de las preocupaciones y anhelos humanos llevados a sus extremos más reseñables? Personajes de toda clase que, ante su fatal e inevitable destino o simplemente como un pasatiempo, emprenden un mismo camino: la búsqueda de la inmortalidad. Alargar la vida tanto como sea posible. Ellos y ellas miran a los cielos donde miraban los griegos a sus dioses clásicos en busca de los dones, de su divinidad residente en la eterna juventud. Era un anhelo de los mortales el tratar de imitarlos, de conseguir su alimento inmortal, la ambrosía, y llegar a paraísos terrenales donde esconden mitos como el de la fuente de la vida.

En la más que olvidable adaptación de la novela de Oscar Wilde El retrato de Dorian Gray (Dorian Gray, Oliver Parker, 2009), el protagonista pronuncia las palabras “Soy un dios”, licencia que el film se concede respecto al libro original pero que converge en armonía con su mensaje. Es la mirada del ser mortal al Olimpo para seguir un proceso de deseo, euforia y, finalmente, rechazo.

 

I. Deseo

Todos estos anhelos de divinidad inmortal nacen de un profundo y patológico miedo colectivo a la muerte. Para aquellos que desean la vida eterna es necesario perseguir un mito con fe ciega, esperando que al final del trayecto esté la cura a esa agonía de no existir. Como decía Groucho Marx, “tengo pensado vivir para siempre o morir en el intento”.

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Sean Connery en Indiana Jones: la última cruzada

El género de aventuras es uno de los grandes promotores del mito de la fuente de la vida, de la eterna juventud y la inmortalidad. Como una cruzada, personajes que van desde Indiana Jones en su tercera entrega, Indiana Jones y la última cruzada (Indiana Jones and the Last Crusade, Steven Spielberg, 1989) hasta Jack Sparrow en la más que innecesaria Piratas del Caribe. En mareas misteriosas (Pirates of the Caribbean: On Stranger Tide, Rob Marshall, 2011), pasando por la saga de Harry Potter y sus múltiples referencias del tema (como por ejemplo, en su primera entrega, la presencia de la piedra filosofal) en el mundo ficticio creado por la autora inglesa J.K. Rowling o pequeños filmes como El bosque mágico de Tuck (Tuck Everlastin, Jay Russell, 2002). La búsqueda de sus respectivas fórmulas para ser inmortal les llevan a arriesgar la vida, enloquecer e incluso a morir si es necesario.

Es imborrable en el imaginario colectivo cinematográfico la escena en que Indiana Jones (Harrison Ford) y el villano nazi buscan entre decenas de copas la que se conoce como el Santo Grial. Tras una serie de aventuras y pruebas mortales que han precedido a ese momento, el objetivo es encontrar ese recipiente que otorga la inmortalidad. He aquí dos hombres y un destino. Uno lo quiere para salvar a su padre de una muerte inminente y el otro, para su propia ambición de alcanzar la divinidad en la vida terrenal. ¿Por qué será que la mayoría de veces son los villanos de la historia los que desean la inmortalidad? Los héroes no pueden ser tan avariciosos. Porque la avaricia rompe el saco, o eso dicen. Fuera de este toque maniqueo que suele impregnar los films de acción y aventuras más comerciales, hay dos ejemplos que han tratado esa fobia a la muerte a través de la ficción de forma muy ilustrativa y que además representan los dos polos opuestos que se daban cita en Indiana Jones. Esto es, las dos búsquedas.

“La muerte es una enfermedad como cualquier otra. Existe una cura, y yo la encontraré”

Tom (Hugh Jackman) en La fuente de la vida

Hablamos, en primer lugar, de La fuente de la vida (The Fountain, Darren Aronofsky, 2006), un viaje a través del tiempo y el espacio cuyo objetivo es encontrar el árbol de la vida, aquel que junto al árbol de la sabiduría fueron ocultos a la humanidad después de la traición de Adán y Eva en el paraíso. “Expulsó, pues, al hombre; y al oriente del huerto del Edén puso querubines, y una espada encendida que giraba en todas direcciones, para guardar el camino del árbol de la vida”, reza el Génesis en una de sus líneas. En el film, el protagonista, encarnado por Hugh Jackman, busca la cura del tumor que amenaza la vida de su esposa (Rachel Weisz). Jackman declara desde el dolor: “La muerte es una enfermedad como cualquier otra. Existe una cura, y yo la encontraré”.

He aquí la primera búsqueda: la de la salvación.

En segundo lugar está aquel que no debe ser nombrado, el villano favorito de los fans de la saga de Harry Potter, que vive durante las siete novelas en una condición inmortal. ¿Cómo? J.K. Rowling diseñó al milímetro todo su universo mágico, y en él incluyó, como no podía ser de otro modo, una solución (obviamente, procedente de la magia maligna) de evitar la temida muerte. Así, Voldemort escapa de su final repartiendo su alma en objetos, de modo que aunque su cuerpo físico sea destruido, él nunca morirá. A no ser que todos esos objetos sean destruidos también.

Aquí la segunda búsqueda: la de la ambición.

Ambas empresas, algo prototípicas, aparen en diversos ejemplos fílmicos como las dos caras de una misma moneda. La liberación y la codicia por la eternidad.

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El destino de Júpiter

 

II. Euforia

 

Alcanzado el objetivo, lo restante es, supuestamente, el gozo. En el contexto futurista de Las vidas posibles de Mr. Nobody (Mr. Nobody, Jaco Van Dormael, 2009), la población de la gran ciudad, aparte de disfrutar de una tecnología superior y un nivel de degradación moral considerable, puede considerarse semi-inmortal. El método consiste en cargar debajo del brazo, como si de un bolso se tratase, un cerdo cuyas células servirán de refuerzo a las del cuerpo humano y propiciarán un alargamiento de la vida. Es lo que en la película de Van Dormael se conoce como “telomerización”, la renovación interminable de células a través de puercos. Parece ser una teoría biológica que coge fuerza, ya que no es la única. En El destino de Júpiter (Jupiter Ascending, Andy y Lana Wachowski, 2015), sin tener ningún tipo de credibilidad científica (todo sea dicho), también se utiliza la reconstrucción de células, aunque de una forma más despiadada que involucra la muerte en masa de humanos y no de cerdos. La dinastía Abrassax, aquella que domina los planetas del universo del film de los hermanos Wachowski, pueden vivir durante miles de años en una condición de inmortales gracias al genocidio de comunidades enteras. También aquí la representación es clara: en una de las escenas, una Abrassax sale completamente desnuda de una piscina llena de un líquido blanco. Y no es Cleopatra saliendo de una bañera con leche de burra, sino el resultado de la fabricación de su propia ambrosía celestial, la que surge de la muerte ajena y que les da su eterna juventud.

La euforia se palpa en una sociedad cuyo objetivo es conseguir más tiempo, ‘lo más valioso del universo’.

Estas historias entre la ciencia ficción y la fantasía enseñan mundos donde la inmortalidad ya está institucionalizada. Donde el miedo colectivo a morir ha mutado, sin desaparecer, en una opción salvable. La euforia, siempre acompañada de excentricidad en sus representaciones fílmicas, se palpa en una sociedad cuyo objetivo es conseguir más tiempo, “lo más valioso del universo” según los Wachowski. Este estado de demencia alimenta las historias de la ciencia ficción, esas para las que estas teorías se pueden rozar con la punta de los dedos. La vía científica contrapuesta a la vía fantástica o bíblica, en definitiva.

No obstante, obtenido el trofeo, ¿qué les queda a todos estos personajes? A los que deseaban la vida eterna con ambición desmedida, la muerte; a los que necesitaban una salvación, la incógnita después del The end; y a los que viven con ella con naturalidad social, la simple continuación a la que la evolución nos aboca. “De todo como mortales que sois tenéis miedo, todo como inmortales lo ansiáis”, decía el filósofo romano Séneca en su obra Sobre la brevedad de la vida. ¿Qué les queda? El rechazo y la nostalgia. La añoranza de la vida.

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 Las vidas posibles de Mr. Nobody

 

III. Rechazo

 

A fin de cuentas, algunas cosas son valiosas en sí mismas porque su duración es efímera. Esta es la conclusión a la que han llegado, a lo largo de la historia del cine, muchos personajes bendecidos (o en este caso, maldecidos) con la vida eterna. Desde los vampiros (caso aparte) que se aburren en su eterna existencia en películas como Entrevista con el vampiro (Interview with the Vampire, Neil Jordan, 1994) o Sólo los amantes sobreviven (Only Lovers Left Alive, Jim Jarmusch, 2013) hasta la reciente El secreto de Adaline (The Age of Adaline, Lee Toland Krieger, 2015), donde Blake Lively se mantiene joven eternamente contra su voluntad a causa de un accidente. Así pues, no todo en la vida eterna es tan idílico y a la larga, como le pasa a Dorian Gray cuando se enamora, es más un lastre que un don divino.

¿Cuál es, pues, el valor de la caducidad humana? Venía a decir Isaac Asimov en su relato ‘El hombre bicentenario’ (1976) a través de su personaje principal (un robot que mueve cielo y tierra para convertirse en humano) que es preferible morir como hombre que vivir toda la eternidad como máquina. El miedo a morir lleva a grandes locuras y lo seguirá haciendo aunque la eternidad se encuentre, por el momento, en la muerte y no en la vida. Y es el personaje de Jared Leto en Las vidas posibles de Mr. Nobody el que, en su lecho de muerte, siendo el único humano mortal restante en una sociedad telomerizada, dice: “este es el día más hermoso de mi vida”.

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Comentarios sobre este artículo

  1. yo mismo dice:

    Gracias muy interesante y muy bien escrito .

  2. Los ojos sin rostro serán los tuyos dice:

    Vaya Franju, qué listo eres… Si los referentes que usa un autor no son los nuestros, no son válidos. El caso es que el artículo lo ha escrito Mireia Mullor, no un hater con pseudónimo que lo despacha en un comentario haciéndose el listo.

  3. Georges Franju dice:

    Citar a Oscar Wilde y poner como adaptación de su gran obra la versión del 2009, y no la obra maestra de Albert Lewin de 1945 es cuanto menos extraño. Por no hablar de que la película sobre el tema en cuestión, ‘Horizontes perdidos’ de Frank Capra, no se cita ni por asomo. Otro tema, ¿el cine de aventuras, proclive en cuestiones de “inmortalidad” comienza con Indiana Jones? Porque anda que no hay títulos de los que ha bebido continuamente la saga de Spielberg.

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