Potiche, mujeres al poder

Mujer florero Por Manu Argüelles

Si Ozon en sus inicios hubiese pretendido erigirse como el enfant terrible del cine francés, su última película demuestra el poco rastro que queda de todo aquello. Porque Potiche es una farsa deliciosa y encantadora, pero poco o nada tiene ya de subversiva. Casi, si no lo es, parece un vehículo de lucimiento de una actriz, una inusualmente simpática Catherine Deneuve. Su esculpido aire distante, labrado en una larga trayectoria, es desintegrado por un personaje, un tanto naïf y descaradamente maternal.  Permítanme la boutade. Pero igual que Ninotchka (Ernst Lubitsch, 1939) se lanzó con el eslogan de que la Garbo ríe, lo mismo podría haberse utilizado con la Deneuve. Porque Ozon la mima mucho en el film para que ella pueda romper su sempiterna imagen de diva gélida y un tanto altiva. No me negarán que tiene algo de malévolo convertir a una mujer de carácter como la Deneuve en una mujer florero. Así pues, si a Ozon le encandila romper tabús, en Potiche se ha dispuesto a rasgar un mito, con la lógica complicidad de quien lo ha fundado. Cierto que en 8 mujeres  (8 femmes, 2002) ya existía una intención paródica de sí misma, pero la desarticulación se creaba a partir del prototípico perfil interpretativo de la actriz. Aquí lo que se trata es de darle unos trazos totalmente alejados de los que acostumbra a manejar, para que demuestre su capacidad innata para encandilar al público, con esta burguesa de buen corazón que un día decide alzarse contra el patriarcado.

Así en Potiche la política y la lucha de clases pasan a ser un asunto de alcoba, a través de una mujer florero (la reina de los electrodomésticos se autodenomina sarcásticamente), Suzanne Pujol, una burguesa provinciana con dos hijos, que decide ocuparse de una situación de crisis en la empresa que fabrica paraguas, de la que son propietarios ella y su marido, un caricaturesco patrón dictador.

La huelga agresiva en la que se amotinan los trabajadores explotados es resuelta por Suzanne, alentada por el político comunista Maurice Babin (Gérard Depardieu), un antiguo amor del pasado. Posteriormente, ante la incapacidad física de su marido, se hará cargo de la fábrica. Cuando Robert Pujol (Fabrice Luchini) quiera recuperar su puesto, Suzanne, ganada su autonomía, no estará dispuesta a ello y de ahí como trampolín a la política (en su discurso final, tal como está caracterizada me recuerda a Hillary Clinton), para enfrentarse al otro hombre de su vida, Maurice Babin.

Los elementos culebronescos y sentimentales se mezclan con una ironía benévola de las posiciones políticas enfrentadas, para que Ozon le siga dando la vuelta a los roles prefijados tradicionalmente, donde se permite el lujo de trivializar los asuntos políticos y la lucha combativa del feminismo por la igualdad de géneros, gracias al distanciamiento que le permite ubicar la historia en un pretérito pasado. Busca con ello darle un cierto aroma a comedia clásica de efectos vacuos y algo complacientes, más cerca del Lubitsch de El bazar de las sorpresas (The Shop around the Corner, 1940) que del ácido Billy Wilder. Aunque hay que reconocer que el  efecto chispeante pierde algo de gas en su segunda mitad, una vez que Suzanne se hace directora de la empresa.

Potiche

Este divertimento y obra menor en la carrera del realizador francés se ambienta en 1977 y para ello, como va siendo costumbre en los últimos años, mimetiza la forma de filmar como si la película hubiese sido realizada en las mismas fechas, con esas encantadoras split screens o las cortinillas para engarzar escenas. Esos elementos retóricos distinguibles de los años setenta, que además van acompañados de unos flashbacks intencionadamente cursis, son pequeños detalles y guiños cariñosos como es el peinado de Jöelle (Judith Godrèche), la hija ultra conservadora, que nos recuerda al de Farrah Fawcett en Los ángeles de Charlie. Pero la tonalidad apastelada, luminosa y delicada de la fotografía no nos permite hablar de kistch, porque no hay énfasis en acentuar lo ridículo, y en cómo la corriente exacerba el sarcasmo. Ozon se limita a una plástica más rococó ya desde la misma secuencia de apertura de la Deneuve haciendo footing en medio de La aldea de Arce. Nada que ver con sus anteriores incursiones en la comedia petarda, Gotas de agua sobre piedras calientes (Gouttes d’eau sur pierres brûlantes, 1999) o la ya citada 8 mujeres, las cuales se sostenían en una extremada formalización y un pronunciado acento camp. De igual forma se procede a la ridiculización de la burguesía, constante en su cine, partiendo de los presupuestos amables de la obra teatral en la que se inspira libremente, sin acusar la causticidad que ya utilizaba en otra de sus comedias, Sitcom (1998), porque la superficialidad del théâtre de boulevard francés es la que rige la línea irrisoria.

Incluso si hablamos de la homosexualidad, ineludible siendo Ozon, ¿a estas alturas se nos ha puesto tímido? Lo comento a colación de Laurent Pujol (un reencontrado Jérémie Renier tras Amantes criminales), el hijo de Catherine Deneuve. Se nos presenta como un chico sensible, enmadrado y con un floreciente amaneramiento (esa forma de coger el cigarro, por si hay dudas, le delata) -en igual progresión aritmética que la liberación que va consiguiendo su madre-, pero nunca se menciona explícitamente su condición sexual. Se hace evidente que su novia de París no existe (en lógica equidistancia tampoco hará presencia el marido de la hija), pero no se nombra, dándole el mismo tratamiento que se le daría a la homosexualidad en una película clásica. Esta curiosa regresión o inesperada involución encaja en su propósito de realizar una casta comedia clásica galvanizada por esa frivolidad que tanto le gusta bañar su obra. Pasarán un buen rato, merece la pena volver a ver juntos a Deneuve y Depardieu juntos, la bufonada tiene su chispa, la gran dama del cine francés está esplendorosa y muy bien acompañada por unos actores con mucha vis cómica (debilidad por Karin Niege, la amante del jefe), pero si buscan mordiente o algo de petardeo, ésta no es su película. Por cierto, tomen la película por lo que es, no vaya a ser que les pase como a Quentin Tarantino, que la consideró de las películas del año. Ciertamente, Ozon en anteriores farsas de su cine ha estado más inspirado, pero tampoco es como para rasgarse las vestiduras.

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Comentarios sobre este artículo

  1. [...] Espacios únicos que sirven como pauta ambiental para conformar las relaciones de aquellos que (con)viven bajo ese techo están presentes desde la casa cerca de la playa donde vive Sasha (Sasha Hails) en Mirando al mar, el caserón de la familia burguesa de Sitcom, la celda mugrienta donde acaban apresados los jóvenes de Amantes criminales, el apartamento de Léopold (Bernard Giraudeau) en Gotas de agua sobre piedras calientes, la casa de veraneo de Marie Drillon (Charlotte Rampling) en Bajo la arena, la mansión aislada por la nieve de 8 mujeres, la casona en el sur de Francia donde quiere escribir su última novela la escritora de Swimming pool, el palacio Paradise donde vive su etéreo sueño de hadas la protagonista de Angel, el apartamento de Katie en Ricky, y qué duda cabe, la casita en el País Vasco francés de Mi refugio, y por supuesto, la vivienda de los Pujol en Potiche. [...]

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  5. […] muy tocante al teatro del boulevard y el enredo cortesano (burgués), teclas muy afines en su cine (Potiche), significa enunciados de gran relevancia y […]

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