La tumba de las luciérnagas

Isao Takahata, película a película Por Pablo López

Nace el estudio Ghibli

En 1985, tras el éxito de su Nausicaä del Valle del Viento (Kaze no tani no Naushika, 1984), Hayao Miyazaki invito a Isao Takahata a unirse a él y el productor Toshio Suzuki para fundar la productora que les daría fama mundial, el Estudio Ghibli. Con su habitual parsimonia, Takahata tardó tres años en estrenar una película. Mientras tanto, Miyazaki levantó El castillo en el cielo (Tenkû no shiro Rapyuta, 1986) y Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, 1988), que acabaría estrenándose al mismo tiempo que el cuarto título de Takahata, La tumba de las luciérnagas (Hotaru no haka, 1988). Su destino fue muy diferente. Mientras la maravillosa película de Miyazaki se convertía en un éxito de taquilla enorme que además daría libertad al estudio para seguir adelante gracias a las copiosas ventas de merchandising, la cinta de Takahata fue un enorme fracaso. A pesar de ello, La tumba de las luciérnagas se ha acabado convirtiendo en la película más popular de Takahata, principalmente gracias al apoyo de la crítica internacional, que la ha aupado una y otra vez en las listas de las mejores películas de animación de la historia. Un análisis cuidadoso de la película permite comprender tanto su fracaso en la taquilla japonesa como las múltiples alabanzas que ha cosechado desde su estreno.

La tumba de las luciérnagas

Supervivientes de la guerra

Akira Kurosawa contaba que, en 1945, mientras rodaba Los que caminan sobre la cola del tigre (Tora no o wo fumu otokotachi, 1945), recibió una llamada para presentarse en las oficinas de producción. Allí, rodeado de sus colegas de profesión, escuchó la primera retransmisión radiofónica del Emperador de la historia. La guerra había terminado. Japón se había rendido. Cuando más tarde regresó a su casa caminando por una calle comercial pudo observar cómo el mundo a su alrededor se había congelado. “La atmosfera era tensa, de pánico. Había incluso dueños de tiendas que habían desenvainado sus espadas y se dedicaban a mirar la hoja”. Estaban esperando la orden del Emperador para cometer un suicidio masivo, la Honorable Muerte de los Cien Millones. El propio estudio donde trabajaba Kurosawa emitió un comunicado interno pidiendo a los empleados que no se dejasen llevar por impulsos suicidas y tuvieran en cuenta la seguridad del equipo humano. Pero, cuando la voz del Emperador volvió a oírse solicitando a todos sus súbditos que depusieran las armas, la situación cambió radicalmente. “La gente en la calle estaba exultante de felicidad, como si se preparasen para un festival” -sigue Kurosawa-. No sé si esto representa la capacidad de adaptación de los japoneses o su imbecilidad. En cualquier caso, tengo que reconocer que ambas facetas existen en la personalidad japonesa, al igual que en la mía propia”.

Aunque nació 25 años más tarde que Akira Kurosawa, Isao Takahata también vivió la Segunda Guerra Mundial en sus carnes. Como ya comentaba en un artículo anterior, durante su infancia sobrevivió a un bombardeo, una de las pocas experiencias personales que el propio Takahata ha revelado, indicando quizá así su peso. Puede que sea este trauma el que le haya llevado a manifestarse en contra de las maniobras del Primer Ministro Shinzo Abe para volver a crear un ejército japonés. Pero si esta anécdota resulta relevante es, principalmente, porque Isao Takahata es el director de La tumba de las luciérnagas, cuarto filme de su filmografía y probablemente el más popular, en buena medida por ser responsable de romper con el tópico de que el cine de animación no es un territorio adecuado para el drama.

La tumba de las luciérnagas Isao Takahata

Inocencia trágica

La película narra la historia de Seita, un adolescente que trata de proteger a su hermana pequeña Setsuko mientras la guerra se acerca a su fin. Cuando su madre muere en un bombardeo, Seita y Setsuko, incapaces de comunicarse con su padre, almirante de la marina, se refugian en casa de su tía. Pero la convivencia no funciona como a los hermanos les gustaría y se marchan a vivir solos en una cueva. Allí, ambos malviven con el poco dinero que les queda hasta morir de inanición. Takahata nos muestra la muerte de Seita nada más empezar la película, y es su fantasma el que se convierte en narrador de la historia. De un plumazo, se marca el tono inevitablemente trágico de la película y se anuncia que lo importante no está aquí en la trama.

Sin embargo, el objetivo de La tumba de las luciérnagas tampoco es instalar al espectador en la desesperanza y regodearse en ella durante hora y media. Takahata evita este peligro trabajando con dos realidades en constante conflicto. Todos los esfuerzos de Seita están encaminados a evitar que su hermana de cuatro años sufra: le oculta la muerte de su madre, decide abandonar la seguridad de la casa de su tía cuando Setsuko comenta que no le gusta y busca comida desesperadamente para alimentarla y mantenerla viva. Así, el joven va construyendo una realidad en la que solo existen su hermana y él, apartados del mundo y de la guerra. Cuando los dos van a la playa a jugar y bañarse, él impide que su hermana mire a un cadáver oculto entre dos barcas, de la misma forma que la entretiene haciendo ejercicios en una barra en el momento en que la niña se entera de que su madre está enferma.

La tumba de las luciérnagasTakahata

Mirada solo desde esta perspectiva, La tumba de las luciérnagas podría ser un sentido melodrama sobre los esfuerzos de un joven por preservar la inocencia de su hermana. El resultado no estaría muy lejos del de La vida es bella (La vita è bella, Roberto Benigni, 1997), pero la mirada de Takahata es mucho más compleja que la de Benigni, y también más cruel (u honesta). Al mantener el foco narrativo férreamente clavado en Seita, la película nos permite ver lo que el chaval ve, ese Japón en ruinas, pero también sus fantasías. Seita sueña con volver a la época anterior a la guerra, volver a estar protegido bajo la sombra de su cariñosa madre y la imponente figura paterna, ese almirante al que solo se muestra erguido como un palo y uniformado, militar antes que padre. Es a esta época a la que hace referencia cuando, en mitad de la noche, se despierta canturreando una canción bélica que habla sobre aplastar al enemigo. Al terminar una estrofa, Seita juega a ametrallar a sus enemigos mientras imita el ruido de las balas con la boca. Es en este momento, con un gesto muy sutil, cuando Takahata nos indica que no hemos estado viendo lo que creíamos. Cuando Seita vuelve a tumbarse y se acurruca junto a su hermana buscando algo de calor humano, ella le echa quejándose de que no le deja dormir. Entonces se hace evidente hasta qué punto Seita necesita a Setsuko mucho más que la hermana a él. Este muchacho que anhela volver al Japón glorioso que iba a poner de rodillas a sus enemigos y conquistar el mundo está usando a su hermana como escudo para negar la realidad que le rodea, le oprime y le entristece hasta niveles que es incapaz de procesar. Pero Takahata se asegura de que este acto de negación no esté reñido con el amor que Seita siente por Setsuko, trabajando siempre con esa dualidad que mencionaba Kurosawa. La tumba de las luciérnagas es tanto la historia de un país sumergido en el proceso de duelo de su fantasía belicista como la de dos hermanos que luchan por seguir juntos, seguir vivos y seguir queriéndose.

La tumba de las luciérnagas 1988 Isao Takahata

La estrategia de Takahata para mantener esa dualidad tan compleja implica estar siempre jugando a construir una realidad propia de dos niños, llena de curiosidad, inocencia y asombro, para luego romper una y otra vez el sueño según la guerra llama a la puerta. La tumba de las luciérnagas es una de las primeras películas de animación japonesa que busca el realismo en la representación de Japón (algo que tradicionalmente se consideraba de mal gusto, como veíamos en relación a La princesa encantada), alcanzando unas cotas de extremo detalle en la construcción de los escenarios. Al mismo tiempo, es también pionera en usar contornos marrones para los dibujos en lugar del tradicional negro, lo que dota a la película de un aspecto más suave, menos agresivo. Para asegurarse de que el mundo secreto de los niños y el de la realidad bélica se mantienen separados, Takahata elabora con música el primero mientras mantiene un estricto silencio en la segunda, una estrategia que va poco a poco rompiendo para indicar que la tragedia ya no puede ser contenida y se cuela por las cada vez más grandes grietas de la fantasía de Seita. Todo esto favorece una atmosfera en la que se integra un realismo poco común con un aire de ensoñación que en ocasiones se torna pesadillesco. De hecho, toda la película está narrada por Seita después de su muerte, y los fantasmas de este y su hermana deambulan por el tiempo y el espacio observando sus acciones y contemplando qué les condujo a su trágico destino. Es a través de esa herramienta que Takahata, más interesado en hablar de la sociedad japonesa que de la guerra, nos fuerza a mirar al pasado. Cuando alcanzamos el último plano, con los dos espectros observando el nuevo Japón, iluminado como un millar de luciérnagas, construido sobre las ruinas del antiguo, se entiende que la película no buscaba otra cosa que recordarnos que ese espíritu prebélico, victorioso e imperialista, aún sigue presente. Oculto y debilitado quizá, pero esperando a alguien como Shinzo Abe que vuelva a avivar la llama de los peores errores de la humanidad.

La tumba de las luciérnagas 1988  Takahata

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