La edad de las ilusiones

La fragilidad de la juventud Por Yago Paris

La edad de las ilusiones (Álmodozások kora, 1965) se podría entender como la continuación de las ideas expresadas en su cortometraje You (Te, 1962). El primer largometraje de István Szabó profundiza en los temas tratados en la obra citada, tales como la juventud o los círculos de intimidad, y lo hace nuevamente a través de una notoria presencia de la puesta en escena, heredera directa de la nouvelle vague. La complejidad del relato aumenta ostensiblemente y se añaden nuevos subtextos, tales como el conflicto entre generaciones; o cómo los vínculos de amistad se ven afectados por los amorosos, qué define ambos tipos y cómo evolucionan en el tiempo. Pero en en el debut en el largo del director húngaro vuelve a apreciarse una ausencia de la repercusión de los acontecimientos históricos sobre el devenir de sus personajes. Es cierto que se intuye un cierto contexto sociopolítico, que provoca que los personajes sean como son. También se aportan pinceladas sobre la implicación o no implicación de algunos de ellos con ciertas ideologías y cómo esto afecta a las relaciones personales, pero al comparar la cinta con los posteriores trabajos del autor, destaca la comparativamente escasa presencia de lo histórico-político en el relato. Sin embargo, son mayores las similitudes que las diferencias entre esta y los otros dos filmes que componen la primera etapa del realizador —Padre (Apa, 1966) y Un film de amor [Szerelmesfilm (Lovefilm), 1970)]—, aquella que, como se explicó en el texto introductorio de este monográfico, se centra en la construcción del ámbito privado, y cómo la esfera pública, con especial mención a lo histórico-político, lo condiciona.

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La historia narra una serie de vivencias de un grupo de amigos que aspira a comerse el mundo. Son jóvenes, están llenos de energía, son inteligentes y acaban de comenzar su vida independiente trabajando como ingenieros en la misma empresa. El aspecto vivencial del relato se enfatiza por el uso de la forma. Herramientas prestadas de la estética de la nouvelle vague, como el rodaje en plena calle, el intenso uso de un montaje fragmentado, el juego con los movimientos de cámara y los ritmos de la narración —cortes abruptos, cámaras lentas, el uso de la banda sonora—, así como elementos más propios de la construcción de las escenas, tales como el deambular por las calles de los personajes, exponen el interés del realizador por trenzar la historia a base de fragmentos de vida, más que a través de una narrativa clásica basada en la dinámica causa-efecto y en la fuerza del relato. En La edad de las ilusiones poco importa lo que sucede; lo importante son las reflexiones que se pueden extraer de lo que acontece. El subtexto principal por el que se interesa Szabó es la fragilidad de las relaciones personales durante la juventud. La primera parte de la historia se centra en las numerosas interacciones que se dan entre los protagonistas, y entre dicho grupo y las personas ajenas al mismo, con especial mención a las relaciones físicas que se establecen. Como jóvenes que son, su mayor interés consiste en conocer a nuevas chicas, que vienen y van con abruptos cortes de montaje que las eliminan para siempre de la narración sin dar explicaciones, dando a entender lo superfluas que pueden ser las conexiones humanas durante esta etapa de la vida.

Otro aspecto fundamental es la relación, o choque, que se establece entre las relaciones de amistad y las amorosas. Cuando el protagonista, Jancsi (András Bálint), comienza a conocer a nuevas chicas, esto afecta a la cantidad de tiempo que dedica a sus amigos. En un principio la diferencia no es notoria, pero todo cambia cuando conoce a Éva (Ilona Béres), una chica con quien establece una relación seria. A partir de ese momento, la narración elimina de un hachazo al grupo de amigos, que tardará en volver a aparecer. Su actitud pasa factura a la relación con sus compañeros, que cada vez se alejan más de su círculo de amistad hasta convertirse en meros compañeros de trabajo. Pero Szabó no solo se interesa por la fragilidad en la amistad, sino también por la del amor. Previa a la aparición de Éva, Jancsi había compartido su vida con Habgab. La comparación entre ambas relaciones es evidente, y hay una clave que define que una funcione y la otra no: el hecho de poseer un pasado común, las experiencias que forman y determinan el carácter del individuo. Este tema es crucial en la etapa inicial del realizador magiar. Como se verá en el análisis de sus posteriores cintas, su manera de entender las relaciones personales se basa en este aspecto, que considera fundamental para el éxito de las mismas. Cuando comienza a conocer a Éva, Jancsi descubre que sus experiencias son muy similares a las de ella. Comparten la misma herencia familiar —víctimas directas de la II Guerra Mundial—, han tenido experiencias románticas similares e incluso cuando eran niños participaron en la empresa estatal ferroviaria. Jancsi y Éva provienen de ambientes distintos —él, ingeniero; ella, abogada—, y sus círculos de amistad son completamente diferentes, pero comparten un pasado común, y esa es la clave para que la relación se prolongue en el tiempo.

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Pero el tema principal de la obra sigue siendo la fragilidad de las relaciones íntimas, por lo que la evolución de la pareja también encuentra conflictos que amenazan con destruirla. En este punto entra en juego lo poco de perspectiva política que se puede encontrar en La edad de las ilusiones, y hace referencia a la diferente aproximación a lo político de cada uno. Mientras Éva se considera comunista, Jancsi se define como ingeniero, es decir, como una persona que vive de espaldas a la política. Esto acaba teniendo un peso enorme en la pareja, que, aunque no llega a mostrarse en el metraje de la cinta, probablemente acabará destruyéndola. El interés por la política de Éva se manifiesta en su mirada crítica de la vida, con un mayor inconformismo. Jancsi se siente realizado con desarrollar su trabajo y pasar tiempo con ella, por lo que cabe esperar que el conflicto sea insuperable en un futuro. En este sentido cobra especial relevancia el breve encuentro del protagonista con su antigua novia, Habgab. A pesar de lo íntimos que fueron en su día, cuando se cruzan por la calle por casualidad, actúan como completos desconocidos, sumergidos en el contraste entre el cálido recuerdo del pasado y la frialdad del presente. Esta escena, más allá de poner de manifiesto lo frágiles que son las relaciones personales durante la juventud, funciona como una premonición de lo que tarde o temprano ocurrirá con su relación con Éva.

Uno de los aspectos que más caracterizaban a la nouvelle vague era la idea de la juventud como valor a reivindicar. Hasta entonces, los valores tradicionales, asociados a las generaciones adultas, eran los que imperaban en la sociedad. El objetivo era adoptar la ideología de los mayores. A partir de la revolución de la modernidad, la juventud empezó a tomar relevancia como espectro social, hasta el punto de colocarse en el centro de atención de la sociedad. Ser joven implicaba carecer de valores tradicionales, es decir, implicaba revolución, nuevas ideas, agitación, lucha, inconformismo y ganas de cambiar el mundo. Esto se refleja en la cinta de Szabó a través del grupo de ingenieros y como estos se relacionan con sus superiores o lo que piensan sobre ellos. La actitud de los jóvenes es por momentos displicente, siempre cuestionadora, pero en el cine del autor húngaro es habitual encontrar un poso amargo, por lo que, a medida que evoluciona la cinta, la rebeldía de la juventud torna en cierto cuestionamiento de sus propios valores, lo que genera en el protagonista una cierta sensación de desorientación. Esto es así hasta el punto de que, en el tramo final de la cinta, Jancsi se encuentra con uno de sus jefes y, donde antes no había conexión, ahora hay entendimiento. Dicha situación se expresa a través de la escena en la que deciden ir juntos a ver un partido de fútbol. Nuevamente, la fragilidad de las relaciones personales provoca que el protagonista se sienta más comprendido con una persona de otra generación que con los de la suya. Pero el mayor elemento cuestionador aparece en la última escena, donde se muestra un servicio de telefonía que funciona como despertador. Mediante un travelling lateral se muestra un conjunto de teleoperadoras llamando a una gran cantidad de personas. Como se ha visto previamente, una de ellas es el propio Jancsi. La idea parece ser expresar metafóricamente ese despertar de la juventud, ese paso de un inconformismo probablemente demasiado radical e ingenuo hacia la incertidumbre de la edad adulta.

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Pero el que probablemente sea el mayor valor de la ola modernista francesa es la autorreflexión de sus narrativas. Aunque la propuesta formal de La edad de las ilusiones es llamativa en el uso del montaje y el manejo de la cámara, la narración jamás alcanza el radicalismo de las propuestas más representativas de la nouvelle vague —Al final de la escapada (À bout de souffle, Jean-Luc Godard, 1960), por poner un ejemplo. Sin embargo, algunos momentos de la narración permiten una abstracción que aleja al público del realismo representativo, transmitiendo la idea de que, en el fondo, lo que estamos viendo no es más que una película. Dicha autoconsciencia se alcanza en dos momentos clave. Por un lado, la citada escena que transcurre en el cine, donde Jancsi y Éva acuden a ver una película. Previa a la proyección de la misma, aparece un fragmento documental. No solo la inclusión del cine dentro del cine, sino la reflexión sobre la realidad y el pasado que condicionan el presente de la narración, trasladan la escena a un plano de autorreflexión, poniendo de manifiesto que lo que estamos viendo no es, en efecto, nada más que una representación. Lo mismo ocurre con el fragmento de dibujos animados, donde se explica cómo funciona una radio por dentro. La sensación que provoca este momento es todavía mayor, puesto que el hecho de que se emplee la animación traslada la narración a un plano mayor de irrealidad. La idea de representación, la ausencia de realismo, es todavía mayor. Otros aspectos, como una referencia explícita a Los cuatrocientos golpes (Les Quatre Cents Coups, François Truffaut, 1959) a través de un cartel de la cinta que los protagonistas ven antes de entrar al cine, enfatizan todo el legado que el realizador magiar absorbió a la hora de desarrollar su primera etapa como cineasta.

La edad de las ilusiones, el debut en el largometraje de István Szabó, se muestra como un ejercicio heredero de la nouvelle vague, influencia que el autor, lejos de disimular, expone abiertamente. Mediante una serie de fragmentos de vida de los personajes, más centrados en la exposicion de experiencias vitales que en la construcción de una lógica estricta de causa y efecto, el cineasta reflexiona sobre la fragilidad de las relaciones personales durante la juventud, con especial atención a las amorosas. Con un uso intensivo de la forma, basado en la fragmentación del montaje, el uso de intensas y abruptas elipsis espaciotemporales, así como de un juego con el uso de la cámara, en muchas ocasiones convirtiéndose en un puro divertimento sin mayores pretensiones, Szabó cuestiona la generación a la que pertenece, exponiendo sus virtudes de rebeldía, su inconformismo y sus ganas de comerse el mundo, pero al mismo tiempo siempre con un contrapunto amargo, cuestionando la lógica y la idoneidad de las acciones que sus personajes llevan a cabo. Al fondo, todavía en un plano muy secundario, el peso de la historia y el destino, un aspecto que rápidamente se convertirá en el núcleo de su cine.

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