Postgénero y posthumanismo

Una introducción Por Paula López Montero

Pasajes, rodeos y desentendimientos

He estado dándole muchas vueltas al asunto, leyendo, escribiendo pero sobre todo desechando. Y como todas mis teorías se han convertido en vacilaciones voy a empezar con una pregunta sencilla. Si hiciera una especie de genealogía de los términos que aquí nos ocupan para anclar el discurso sobre el postgénero y el posthumanismo en la era postdigital ¿qué fecha he de utilizar? Hablando de postgénero podría ser un buen punto de partida la teoría queer de Judith Butler o el sujeto nómada de Rosi Braidotti en los 90, El manifiesto Cyborg de Donna Haraway de los 80 o, más atrás en los 70, las teorías sobre política, cuerpo y subjetividad de Michel Foucault o Gilles Deleuze. Pero, en realidad, me parece un boceto escaso de un panorama en ruinas que apunta a piezas que aún no se sabe si son escombro, hito o reliquia. Cuando accedí por primera vez a estas teorías que nos ocupan –postgénero, xenofeminismo, cyberfeminismo, posthumanismo, postdigital, etc.- necesité más que nunca de una cartografía para situarme. No os preocupéis en exceso si la desorientación y dislocación se apodera de vosotros, eso que sentís en este momento no está fuera de lugar. Asimismo, no puedo pasar de largo sin agradecer profundamente la clarividencia y aportaciones de mis compañeros Elisa McCausland y Diego Salgado con quienes impartí un taller sobre “Perspectivas disidentes de género” en La Casa Encendida y la lectura de Marta Trivi con quien tuve el placer de compartir ponencia sobre “La mujer robotizada en la representación audiovisual” en el Ansible Fest. Os animo a leer sus artículos y libros para orientaros en esta materia así como de tantas autoras y autores que irán apareciendo en este artículo.

Voy a seguir con otra pregunta, básica: ¿qué queda de moderno en lo postmoderno? ¿Sabemos a qué nos referimos con el término humanismo? Y, más crucial aún, ¿importa algo saberlo? Hay algo que vengo comprobando y es que en la mayoría de las discusiones, polémicas y artículos la gente que hace alarde de haber leído a Jameson, Butler, Foucault, etc., en realidad no lo han hecho, a lo sumo lo más cercano que presumo es que han buscado en google unos cuantos artículos y haber hecho un copypaste de las citas más memorables y sacadas, en rigor, de su contexto. Esto es internet. Esto es, hoy en día, el conocimiento: el escenario más fragmentado, más citable y más desarraigado del mundo, el mayor archivo-collage del conocimiento, el gran vertedero de los residuos de la memoria y la gran arteria de intensidades. En esta línea, Kenneth Goldsmith en Escritura no-creativa 1. Gestionando el lenguaje en la era digital el autor apunta sobre este mundo de la apropiación, sea esta copia, plagio, piratería, sampleo o hackeo como métodos de composición característicos del universo digital. La apropiación, cabe apuntar, (como bien ponen encima de la mesa Elisa McCausland y Diego Salgado, a propósito de la inscripción analógica en la esfera binaria en el podcast de este mismo especial: La disrupción analógica) nace de una carencia, una carencia enmascarada de un profundo miedo a no tener, en rigor, nada nuevo que decir. A mi modo de ver, y como trataré de exponer, el universo digital explora las nuevas oportunidades políticas del discurso a la vez que se cerciora o cae en la cuenta de las posibilidades agotadas de la herencia occidental (estéticas, económicas, éticas, etc.) para las que sólo queda, como apunta Goldsmith, la reestructuración de las dialécticas ya sea desde el hackeo. Internet vino, bajo estas formas, para democratizar el mundo y se quedó para demolerlo. Lo primero no se consigue sin lo segundo y esto lo sabe bien el movimiento postcyberfeminista.

Por otra parte, las acepciones postinternet y postdigital no tienen sentido sin haber entendido bien las precursoras de lo post-, primero lo postmoderno, y después las siguientes corrientes que lo enarbolaron como el posthumanismo, la posthistoria, el postgénero, etc. A mi juicio hay muchas lecturas, todas ellas suficientemente pertinentes para entender la postmodernidad, que pasan del Frederic Jameson más alejado de su célebre libro sobre el postmodernismo o las teorías a medio camino entre lo filosófico y lo sociológico como las de Baudrillard, Baumann, Lipovetsky, etc., pero después de todas esas rúbricas a mi solo me queda una lectura: que la sociedad aún no está preparada para deshacerse del tono y del shock moderno y romper con la tradición, y que vacila entorno al abismo sin saber en el fondo cómo gestionar su prehistórica pregunta por la diferencia. En este sentido es interesante la concepción que ofrece Peter Sloterdijk en Normas para el parque humano 2, a propósito del posthumanismo y del término post-, sufijo que, para el filósofo, puede ser reemplazado por el adverbio “marginalmente”. Sin embargo, a pesar de que comparto la pertinencia del adverbio, creo que el término post- abre por excelencia el gran escenario del titubeo, de la contradicción. Lo postmoderno, el posthumanismo y el postgénero no son más que etapas en las que se cuestionan estos términos sin saber muy bien si mantenerlos o desecharlos. Late inherente una tensión contradictoria entre la destrucción y la conservación, por cierto, muy típica del momento en el que vivimos. La contradicción, como lo hiciera durante siglos la retórica, es el manto que esconde el gran abismo en el que se ha edificado nuestra cultura.

Normas para el parque humano me parece un buen libro para acceder al término que nos atañe, el posthumanismo. Sloterdijk critica irónicamente que cuando más en crisis estaban los valores humanistas tras la Segunda Guerra Mundial el humanismo vivió un resurgir anclado en posiciones religiosas. De esta manera pone en el punto de mira la filosofía de Heidegger que, en su Carta sobre el humanismo, se agarra con uñas a la vieja cuestión sobre la esencia del hombre. En este sentido, y al igual que muchas teóricas como Laura Mulvey que a final de los años 70 utilizaron el psicoanálisis como método explicativo de la aguda crisis que el hombre estaba viviendo, la crisis del humanismo no deja de poner encima de la mesa una gran crisis de la masculinidad. Franco “Bifo” Berardi en su libro –recomendable para aproximarse a las claves y consecuencias del presente tardocapitalismo- Futurabilidad. La era de la impotencia y el horizonte de la posibilidad dice muy certeramente: “La misoginia está implícita en la historia del humanismo, y sobre todo en la crisis que el humanismo atraviesa en la Modernidad tardía.” 3. Pero esta crisis no había venido sola, había venido de la mano del pensamiento sobre la técnica. Dice Berardi que “la técnica, que nació como una prótesis de la potencia de penetración masculina, al final del camino de la Modernidad sustituye al propio órgano, al tiempo que la complejidad y la autonomía cada vez mayor del Lebenswelt, el mundo femenino del caos impredecible y la disipación natural, escapa del lazo del orden y la sujeción” 4. La técnica propuso el escenario perfecto para la crisis del concepto de “hombre”. Asimismo, Toni Navarro, prologuista y traductor de Xenofeminismo. Tecnologías de género y políticas de reproducción 5, escribe que las diferentes corrientes de pensamiento que surgieron a lo largo del siglo XX desde la fenomenología hasta el posestructuralismo lejos de arrojar sobre las viejas preguntas como la conciencia, subjetividad, la cultura o el discurso, fomentaron un acceso a estas mucho más oscurantista basado, en la mayoría de los casos, en un retorno al nihilismo religioso que además acrecentó la emergencia de nuevas formas de fascismo y –en mi opinión- una radicalización de la “masculinidad”.

POSTHUMANISMO

Metrópolis (Metropolis, Fritz Lang, 1927)

Del posthumanismo al postgénero

Este escenario de la segunda mitad del siglo XX, post mayo del 68, en el que surgen, al ritmo en el que la técnica y la tecnología empezaban a estar fuera de quicio, las primeras teorías tecnológico-feministas. Así aparece en 1970 la obra de Shulamith Firestone, La dialéctica del sexo. En defensa de la revolución feminista 6, en la que la autora proponía que los métodos y prácticas de control del medio ambiente ofrecían un camino para realizar aquello que llama “lo concebible real”, es decir, la posibilidad de aprovechar la tecnología que habíamos creado para mejorar la vida humana. Más tarde surgió el Manifiesto Cyborg de Donna Haraway en 1983 7, un manifiesto crucial para entender la propuesta feminista-aceleracionista en un contexto en donde se empezaban a acuñar términos como el cyberfeminismo, transhumanismo, etc., a propósito del despliegue tecnológico-digital y donde se esbozaba un escenario en el que las fronteras entre lo humano y lo cyborg se diluían. Además, hay que recordar que muchas de estas teorías nacieron al tiempo que el cine proponía unas reconfiguraciones mucho más libres y daba cabida a películas como Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979), película crucial para las teorías xenofeministas posteriores. También son cruciales las propuestas de Judy Wajman y su tecnofeminismo y las del grupo VNS Matrix 8.

Al hilo de todo esto, y sobre todo desde 2015 gracias al colectivo Laboria Cuboniks -quien pusieran en red su ideología en su Xenofeminism: A politics for alienation- se estableció una de las corrientes más fuertes del feminismo actual, el xenofeminismo, liderado entre otras por Helen Hester quien ofrece un libro sobre las tecnologías de género y políticas de reproducción a propósito de los avances que propone el colectivo 9. Una corriente que se define como “feminista tecnomaterialista, antinaturalista y abolicionista de género” y que, aunque no la mencionen, tiene íntimas conexiones con las teorías de Judith Butler y su filosofía queer y la biopolítica de Michel Foucault. Estas autoras son cruciales para abordar la propuesta transfeminista en el entorno postdigital puesto que proponen la necesidad de hacernos con el control y conocimiento tecnológico-digital para emanciparnos, reorganizarnos y repensar nuestro futuro como especie basado en el ensamblaje, la interrupción, la reapropiación, la revisión, el desmontaje y la reconfiguración de realidades.

Uno de los aspectos más destacables basado en un tecnomaterialismo y que sirve de base al movimiento xenofeminista es que la alienación, dándole una vuelta a la teoría marxista, es una práctica positiva y es, al contrario de lo que se ha pensado sobre todo en el siglo XX, garante de nuestra libertad:

“XF aprovecha la alienación como estímulo para generar nuevos mundos. Todxs estamos alienadxs – pero ¿ha habido algún momento en que no lo hayamos estado? Es a través de, y no a pesar de, nuestra condición alienada que podemos liberarnos de la basura de la inmediatez. La libertad es algo dado y ciertamente no se nos da por “naturaleza”. La construcción de la libertad no involucra menos alienación, sino más; la alienación es el trabajo de la construcción de la libertad. No deberíamos admitir nada como fijo, permanente o “dado” – ni las condiciones materiales ni las formas sociales. XF muta, navega y sondea cada horizonte”. 10

En este contexto la teoría Xenofeminista coincide con la propuesta del cyberfeminismo en donde la identidad se configura como un devenir (Beauvoir-Deleuze), como un “darse forma a sí misma con cualquier tipo de interfaz (quirúrgica o tecnológica) moderna” 11. Pero, ¿qué es el cyberfeminismo? El cyberfeminismo recoge teorías al hilo de la propuesta de autoras como Sadie Plant quien cartografiara inteligentemente el paralelismo entre el auge de las tecnologías de la información y la liberación de las mujeres “de la misma manera que las máquinas se hacen inteligentes las mujeres se liberan más”. Según Plant –alega Verena Kuni en un esclarecedor ensayo 12- esta correlación se basa en el hecho de que, desde el principio, en una cultura dominada por el hombre, las mujeres siempre han sido partes de la máquina, constituyendo el medio de reproducción de la especie y de reproducción de las comunicaciones que es obviamente parecido al papel de las máquinas y las herramientas 13. Según Plant, el desarrollo tecnológico podría entenderse como una feminización de la cultura que nos llevará a una creciente disolución del género a través de la feminización de la identidad masculina: los hombres que se conectan o identifican con máquinas adoptan modelos de conducta tradicionalmente identificados con mujer 14. Por supuesto, aclara Kuni, Plant está lejos de comprender la feminidad como una promesa esencialista sino que, al hilo de las teorías de Beauvoir, Haraway o Butler, la concibe como el resultado de una contingencia cultural. El cyberfeminismo es tanto una propuesta política como estética que cala de lleno en la representación, desestructurando sus estrategias convencionales y adhiriéndose a métodos como la ironía o la simulación. Las webs, recuerda Kuni, no son sólo un constructo de imágenes sino lo que en realidad se definen por un enorme hipertexto. Y en este aspecto la corriente cyberfeminista discrepa de la feminista tal y como apunta Rosie X de la Geek Girl –revista cyberfeminista- diciendo que “incluso la idea de un movimiento en sí mismo se basa en una retórica feminista de la vieja escuela, que tiende a homogeneizar a todas las mujeres atribuyéndoles los mismo anhelos/necesidades/deseos de abrazarse las unas a las otras. No puede aplicarse a las mujeres que utilizan internet como vehículo para su mensaje. (…) Los proyectos feministas tienden a relacionarse con términos como mujer o femenina, regresan a nombres tomados del fondo histórico y mitológico como Ariadna, Electra o Safo (…). Si analizamos los proyectos asociados con el concepto de ciberfeminismo, encontramos una notable predilección por el uso del argot irónico, jugando con las nociones tradicionales de la identidad femenina como ya predeterminadas por la percepción masculina.” [Ibídem, pág.180]. En este sentido versan las propuestas de, por ejemplo, las Feminist Pop Tarts. En concreto, la propuesta de las Feminist Pop Tarts, se basa en una reapropiación irónica del término tarts un término tradicionalmente misógino referido a la mujer, una reapropiación como ya hiciera por ejemplo Butler con el término queer, que significó peyorativamente durante muchos años “torcido”, “desviado”, “perverso” 15.

Las propuestas irónicas de estos colectivos cyberfeministas pasan por cuestionar el género precisamente desde la herramienta que por excelencia puede diluir la identidad y base genérica: la web. Tal y como afirma Chrystal Tiles de las Pop Tarts “la razón de que todas esas grrls, geeks o nerds utilicen palabras en código para sus títulos es que no estamos desnudas esperándote en una línea caliente. Solo tienes que hacer una búsqueda con la palabra chica o mujer y verás lo que encuentras” 16. La contundencia de Tiles es ejemplar, basta con hacer una breve búsqueda de los términos para encontrar la polarización del término mujer en clichés hipersexualizados. La propuesta cyberfeminista radica en la negación de las reglas del juego establecido por una conciencia y visión heteropatrircal camuflada de neoliberalismo. Pero ¿cuál es la propuesta estética? ¿es posible no caer en el binarismo de la representación? En este contexto emerge la reclamación de la figura de lo cyborg ya expuesto por Haraway que “desempeña un papel importante como un ser tecno-carnal sintético que disuelve el nudo de género entre el cuerpo y la identidad cultural” 17. Lo cyborg plantea la posibilidad radical de salir de un mundo erigido por el binarismo dar el paso hacia el postgénero. Sin embargo, nada tiene que ver la representación del cyborg que os estaréis imaginando fruto de la perseverancia del imaginario masculino por crear tecnologías, androides y fembots tremendamente sexualizadas y creadas para satisfacer los deseos del hombre. Por supuesto, la contradicción está bien servida y es más que fructífera: acoger las contradicciones es el espíritu de la ironía cyberfeminista y la representación cyborg depende, por supuesto, de esa construcción legítima y apropiacionista que se haga de ella y que puede, o no, versar en elementos aparentemente discrepantes porque obedecen, en esencia, a la dinámica del binarismo hombre/mujer. Lo híbrido, lo otro, es la columna vertebral del cyberfeminismo.

Os invito a pensar, al hilo de lo expuesto, proyectos como el que se ha puesto en marcha en West Hollywood, California, para montar el primer prostíbulo de muñecas robotizadas que, según alega su creadora la artista Unicole Unicorn, se configura como mecánica de despatologización del intercambio mercantil y sexual, de deconstrucción de la insistente romantización de las relaciones entre sexos y roles de género respecto a la representación de la mujer y de los robots: “Contribuir a Eve’s Robot Dreams ayudará a construir un mundo donde los robots sean tratados con el respeto que se merecen, por lo que no contribuirá a una posible rebelión de robots en el futuro“. Asomarse a este tipo de proyectos cortocircuita de base nuestras opiniones preconcebidas no sólo sobre las fembots y la representación de la mujer, sino sobre el lugar de su sexualidad que es la antigua -y siempre histórica- moneda de cambio 18.

POSTGÉNERO

Captura de pantalla de Eve’s Robot Dreams

Postcyberfeminismo

El especial que aquí nos ocupa sobre la imagen en el entorno digital pone el punto de mira en aquello llamado “postinternet” término que fue acuñado por Marisa Olson en 2008, precisamente en el estallido de la crisis económica mundial que supuso a su vez el afianzamiento del costumbrismo del mundo web, y posteriormente desarrollado por Gene McHugh. Postinternet es el periodo en el que internet ya no es una irrupción novedosa sino que estamos habituados ya a su uso y es una realidad. Sin embargo, habiéndonos acostumbrado a vivir más en un mundo con pantallas que sin ellas, el propósito cyber y xenofeminista no ha visto satisfecho sus ideales y aspiraciones y al contrario ha vivido momentos de retroceso, hecho al que ya aludió el colectivo Laboria Cuboniks en su manifiesto “El potencial de la temprana cultura de internet, basada en el texto, para contrarrestar regímenes de géneros represivos, generando solidaridad entre grupos marginalizados, y creando nuevos espacios para la experimentación, que encendió el ciberfeminismo en los noventa, se ha desvanecido claramente en el siglo veintiuno” 19.  En 2017, Helen Hester en el  Institute of Contemporary Arts (ICA) de Londres propuso el término postcyberfeminismo “con la intención de repensar, examinar y testar nuevas tácticas y estrategias ante las actuales formas tecnológicas, en general, y ante el quehacer concreto en esfera digital.” . Para ello hemos de cuestionar las reglas del juego de la esfera de lo digital y de internet. Lo que primero hay que tener en cuenta es que internet propone un nuevo espacio de juego: un no lugar en donde el anonimato y la anarquía son a la vez la base del conflicto y la cumbre de sus posibilidades.

Vivimos tiempos en los que el analfabetismo crece. «No el que ignore la escritura, sino el que ignore la fotografía será el analfabeto del futuro» escribió Walter Benjamin en Pequeña Historia de la fotografía publicado en 1930. No me parece insensato proponer al hilo de las teorías de Benjamin –acogidas y recontextualizadas por una inteligentísima Susan Sontag- sobre la irrupción de la imagen fotográfica en la sociedad europea la extrapolación de este terreno del shock moderno a la esfera del analfabetismo digital. Que vivamos rodeados de imágenes digitales, como pone encima de la mesa la teoría postdigital, no significa que conozcamos algo sobre ellas, más bien lo contrario. Bertolt Brecht también ya lo vaticinó en esta dirección cuando escribía que una simple réplica de la realidad nos dice sobre la realidad menos que nunca. Vivimos en tiempos salvajes porque la imagen obedece a la dinámica de un capitalismo salvaje. En este sentido, cuanto más voraz se hace el capitalismo las posturas se polarizan mucho más y es el fango idóneo para la crecida del fascismo y para las prácticas totalitarias del poder. Dice Sloterdijk que “el salvajismo, hoy como siempre, suele aparecer precisamente en los momentos de mayor despliegue de poder” 20. Creo que no hace falta recordar en esta línea las palabras de Althusser cuando anunciaba que cuanto más creamos que hemos acabado con la ideología, más presos estaremos de ella. A decir verdad, cuanto más esquizofrénico se hace el capitalismo es, precisamente, cuanto más fuera de quicio está y cuanto más se encuentra al borde del colapso. En esta línea, y a raíz de la toma de conciencia del colapso medioambiental fruto de las prácticas capitalistas, el xenofeminismo fue uno de los primeros movimientos en presentar un programa con medidas que, además, da una vuelta de tuerca y cuestiona de base nuestras concepciones sobre el “naturalismo”.

En realidad, tanto el capitalismo como la masculinidad están en la misma espiral. La respuesta política que ofrece la sociedad a esta crisis está en Trump, Bolsonaro, Boris Johnson, ejemplos de la radicalización del machirulismo ultraburgués que toma el poder a golpe de fake y que son síntoma de la propia fragilidad en la que se encuentra la burbuja patriarca-capitalista. Es crucial, además, que estas figuras que manejan los hilos de una pantomima política fueron auspiciadas por el control de los medios digitales, por lo que no cuesta argüir que el mundo digital está siendo tomado y son el mejor caldo de cultivo para la misoginia totalitarista. No me voy a extender aquí en exceso pero os recomiendo la lectura de Angela Nagle, Kill all normies. Online culture wars 4chan 21, en la que la autora analiza como la comunidad internauta que apoyaba a Barack Obama fue poco a poco apoyándose en el discurso de Trump gracias entre otros al uso político de la ironía y los memes. En esta misma línea os recomiendo la serie The Good Fight (Michelle King y Robert King, 2017- ), que expone muy fidedignamente el caos y confusión político-social de la Norteamérica de Trump, y un libro que aparecerá próximamente Ultrarracionalismo, de Ismael Crespo Amine y José Carlos Cañizares que llevan el análisis etnofenomenológico e irónico a la actual situación que vive España y que son el mejor ejemplo de la fragilidad y tergiversación de las prácticas irónicas como forma de demoler el discurso.

Lo siguiente, considero, y creo que ya no es opinión sino un hecho mayoritariamente aceptado, no se ha logrado equiparar una igualdad de oportunidades al ritmo de la vertiginosa velocidad del mundo digital. Al mismo tiempo las nuevas tecnologías en formato red han llegado a dominar los horizontes del discurso crítico. A mi modo de ver, es crucial que se encuentren nuevas formas de interrogar el uso de la tecnología para abolir los territorios en los que lo digital quiere reimplantar las viejas dinámicas del binarismo, la mercantilización de la mujer y su sexualización. Recientemente ha aparecido un interesante artículo en el New York Times que se pregunta si los algoritmos que gobiernan internet son sexistas y la respuesta es contundente 22. En este sentido, hay que desmitificar internet, como propone Verena Kuni en El futuro es femail: algunas reflexiones sobre la estética y la política del ciberfeminismo. La concepción estereotipada de internet proviene de una serie de utopías o promesas lejanas a su modus operandi que van desde la utopía de una distribución y comunicación no jerárquica de la información a la utopía de una existencia virtual independiente del género en la vida real. El cyberfeminismo, precisamente, surge a raíz de la promesa fracasada de la era digital y de la problematización de esta cuestión. Internet nació como práctica militar y poco después pareció prometer un terreno apropiado para la contracultura y lo underground. Sin embargo, dadas las grandes labores de control colonialistas-marketinianas solo actúa como modelo perpetuador de las dinámicas catálogo-sexistas. Son ya algunas las teorías en las que internet funciona a medio camino entre el prostíbulo 23 y la máquinas tragaperras 24 en donde, precisamente por la mecánica de la simultaneidad de ventanas y de la posibilidad de acceso a “toda” la información, se crea una especie de continuum fragmentado –valga la contradicción- en el que alguien se hace valedor del sistema por la serie de clicks que otorga y que hace posible la ilusión de democratización pero que, en realidad, esconde una gran anestesia que nos hace olvidar las propias reglas del juego. A decir verdad, haciendo un breve esbozo de la preponderancia cosificada y sexualizada de la imagen de la mujer en internet no parece que este sea el mejor escenario para lograr la ansiada emancipación. Sin embargo, al contrario, deshaciéndonos del tono pesimista/melancólico –herencia del siglo XIX- que flaco favor nos sigue haciendo, internet ofrece posibilidades de apropiación feministas que van desde los cybersalones, el foro con fines emancipatorios -tal y como pone encima de la mesa Remedios Zafra en Un Cuarto propio conectado 25 a través de la actualización del ensayo de Virginia Woolf-, el hackeo, el uso del anonimato o las reapropiaciones a base de parodia e ironía. En este sentido, el escenario digital es tan salvaje que el uso irónico es la única manera de demoler sus esquemas. Contrapropuestas como el glitch que, por cierto, estaban en el programa de la conferencia postcyberfeminista y de la que existen importantes e interesantes ejemplos como el colectivo Visual 404, son prácticas de la imagen digital que dinamitan el circuito y la dinámica patriarca-digital. Ya decía Haraway que “La ironía se ocupa de las contradicciones que, incluso dialécticamente, no dan lugar a totalidades mayores, se ocupa de la tensión inherente a mantener juntas cosas incompatibles, consideradas necesarias y verdaderas. La ironía trata del humor y de la seriedad. Es también una estrategia retórica y un método político para el que yo pido más respeto dentro del feminismo socialista. En el centro de mi irónica fe, mi blasfemia es la imagen del cyborg” 26. Cabe, asimismo, aclarar que la ironía a la que apunta Haraway también es deudora en su gran parte del siglo XIX y que estuvo presente en la mayoría de autores que, precisamente, pusieron encima de la mesa las fallas de la herencia occidental. Esta ironía se hizo notable en los años 90 del pasado siglo, gracias a la problematización que puso encima de la mesa David Foster Wallace y lo que él llamó “La Nueva Sinceridad”. Con las contradicciones de la ironía, capaz de relativizar y negar todo lo que afirma casi de modo simultáneo, Foster Wallace criticó duramente la sociedad hipócrita que reflejaba y que consumía productos como la ficción televisiva y la demolición de viejos residuos románticos como la idea de autenticidad. A pesar de que Wallace nunca escribiera sobre la que fuera inminente llegada de la sociedad digital y los usos del discurso irónico, me parece oportuno recordar sus aportaciones ya que la ironía en lo digital es herencia directa de esta ironía que se fraguó en el espíritu posmodernista norteamericano. Dice David Sánchez Usanos, en una conversación con Jameson que os recomiendo vivamente que leáis que:

“Si “ironía”, “nostalgia” y “melancolía” podrían considerarse términos emblemáticos a la hora de describir la sensibilidad artística de períodos anteriores, en la postmodernidad esa disposición de ánimo parece haber sufrido un proceso de acentuación-degradación que concluye en la entronización de la parodia como actitud definitiva. El artista ha tomado conciencia de la imposibilidad de representación de un mundo que le excede pero, aún así, persiste en su labor. El orden en el que se halla inmerso es experimentado como total; su espíritu alberga la amarga sospecha de estar frente a algo irremediable y, al tiempo, moralmente condenable” 27.

Visual 404

 Imagen del colectivo Visual 404

La ironía, que se esconde a su vez en la práctica posmoderna de la reapropiación, se asoma como el instrumento necesario para poner en suspenso el discurso hegemónico, para tomar perspectiva y reconfigurar hábitos y costumbres. En ese sentido escribe también Remedios Zafra que “desde la convicción de que, a través de la crítica y la ironía subversivas en combinación con las más cercanas experiencias vitales de las mujeres que habitan en Internet, podremos sugerir estrategias para una acción política eficaz y creativa en el mundo en red del que ya formamos parte.” 28. Es la posibilidad analgésica de reunión de contrarios. Pero ¿qué ha de decir la ironía como herramienta de demolición del discurso colono-paternalista? En el fondo, como cierto movimiento conservador ha malinterpretado, no se trata de estigmatizar “lo masculino”, sino de poner encima de la mesa que precisamente tanto lo masculino como lo femenino han sido estigmatizados y encorsetados a lo largo de la historia y que internet no se puede volver a ser el reflejo opaco en el que esta represión se perpetúa. El feminismo es una crítica arqueológica, el faro de la democracia que deambula por las alcantarillas de la cultura poniendo encima de la mesa la fragilidad del edificio de la historia, la necesidad de contarla con otras manos, otras formas de discurso, y de apoyarla en otros pilares, de reconfigurar o demoler si fuera necesario el término humanismo, y desde luego, dejar florecer todas las identidades consideradas durante siglos como “otredades”. Sigue flotando la vieja pregunta ¿quiénes somos nosotr_s? Pregunta que debe ser respondida lejos de posiciones pseudohumanistas y más cercana a las nuevas respuestas sacadas a la luz, entre otras, por la deconstrucción o por el xenofeminismo.

Por otro lado, me gustaría traer una reciente reflexión sobre “Lo cuqui” como instrumento estético de la nueva sociedad eminentemente digital. Recientemente ha aparecido un libro que plantea la problemática de “lo cuqui” en la esfera de la estética, sea esta digital o no, escrito por Simon May, El poder de lo cuqui,  al hilo de otras teorías como la que propone Byung-Chul Han en La salvación de lo bello sobre la notable crecida de la estética de las superficies pulidas y sin aristas que puedan rasgar y herir las miradas de los espectadores-consumidores. No obstante, lo que primero quizá haga falta es una matización sobre el término “cuqui”. Lo cuqui, es un diminutivo a menudo usado por una jerga esnobista con el que se refiere a algo “cuco”. Con la expresión “algo es cuco” nos referimos a que algo es entrañable, adorable, lo que es para los angloparlantes “cute”, referido mayoritariamente a características de lo pequeño y lo infantil y que se forma a lo largo del siglo XIX como contraposición a lo “acute” a lo afilado o puntiagudo. Sin embargo, existen varias afirmaciones etimológicas conforme está emparentado con el término coco, tal y como también afirma la DRAE. Según esta última, lo cuco tiene dos acepciones principales que van desde lo “pulido, mono” a lo “taimado y astuto, que ante todo mira por su medro o comodidad”. No es baladí descartar asimismo la acepción de coco como “ser imaginario con que se mete miedo”. A decir verdad, y como más adelante veremos, lo cuqui, está estrechamente emparentado no solo con el atractivo dulce de una cosa entrañable, sino también a lo siniestro. De esto se hace eco -en cierta medida porque el ensayo está escrito en inglés y gira en torno a la acepción de “cute”- el ensayo de Simon May quien propone un análisis a propósito de “lo cuqui” sobre lo siniestro freudiano y su vinculación al mundo de la infancia.

La reflexión de May viene al hilo, precisamente, de la crisis estética que, como la humanista, surgió de la etapa postguerra mundial. May dice que “no sorprende que muchas personas, especialmente en Occidente y Japón, pero también, quizá, entre la gente corriente de China, quieran armar esa voluntad –cuqui-como antídoto frente a más de un siglo de brutalidad sin parangón” 29. En efecto, el exceso de violencia de la que se hizo eco la representación tras las guerras del siglo XX han edulcorado de alguna forma las propuestas para no herir más la sensibilidad occidental. Sin embargo, esto esconde una gran legitimación del sistema como afirmó Susan Sontag en Ante el dolor de los demás o en su artículo menos conocido pero más específico, Regarding the torture of others. La banalización de la violencia en la esfera político-estética es algo a lo que el ojo tardocapitalista se ha acostumbrado y, sin embargo, cae en la trampa de no querer ver lo que sucede y dirige su mirada hacia productos que eviten, pero que sigan legitimando, las mismas prácticas culturales, como en este caso la ilusión de un mundo blandito-infantil-cuqui-pastel. May, en este sentido se pregunta: “¿Y si lo cuqui no es una distracción frívola con respecto al espíritu de nuestro tiempo sino una poderosa expresión del mismo?” 30. Si antes os proponía que buscaráis los términos “mujer” o “chica” en internet para que comprobarais los resultados que arroja la dialéctica digital, ahora os propongo que abráis el famoso buscador, google, o vuestro almacén de emojis en Whatsapp. Son ya varios analistas los que han reparado en la estética infantil de la gran multinacional haciendo del motor de búsqueda por excelencia del universo digital como algo deliberadamente inocente-infantil. Una imagen legitimada por la técnica del doodle, de las prácticas que podríamos moralmente legitimar precisamente porque se esconden con un halo infantil, la etapa sagrada por excelencia y sobre la que, a día de hoy, es donde más esfuerzos vierte el capitalismo patriarcal. Hacen faltan, a mi modo de ver, más análisis sobre la terrible maquinaria que se vuelca para conceptualizar y encorsetar el universo infantil. Asimismo, este universo de lo cuqui, direccionado hacia los ojos del espectador adulto lo que esconde es un intento de infantilizar también su conciencia. De esta manera May muy acertadamente expone: “En efecto, hemos de preguntarnos si lo cuqui no nos habla también de una pérdida de fe en las nítidas diferencias entre infancia y madurez. Pues, ¿acaso no está cundiendo cada vez más la idea de que la experiencia infantil determina todos los aspectos cardinales de la vida adulta y opera en todas las emociones, decisiones y sucesos fundamentales de la misma? Y a la inversa: ¿acaso no se considera cada vez más que el mundo adulto contemporáneo —en particular, su incesante interés por la expresión personal, la autenticidad y la sexualidad— impregna el del niño?” 31.

No obstante, esta edulcorización del mundo, sea este imagen o palabra, también es una contrapropuesta de la exageración y la ironía que destrona la seriedad-madurez heredada de la cultura occidental y que ya expuso brillantemente Susan Sontag en Notas sobre lo Camp. Sin embargo, lo cuqui tiene su poder en la ambigüedad porque tal y como edulcora y anestesia las aristas del mundo, al mismo tiempo, “está en sintonía con una época que ha visto languidecer sus vínculos pretéritos con dicotomías sacrosantas como masculino y femenino, sexual y no sexual, adulto y niño, ser y devenir, efímero y eterno, cuerpo y alma, absoluto y contingente, e incluso bueno y malo, dicotomías que antaño estructuraban grandes ideales pero que hoy se consideran menos sólidas y más porosas de lo que tradicionalmente se creía” 32. Por eso lo cuqui genera esa fascinación en la esfera de lo digital porque se hace exponente de la indeterminación que trata de acoger la dialéctica en red.

Years and Years

 Imagen de la serie Years and Years (2019)

Si esperábamos de internet, y sus herramientas como las redes sociales, una esfera pública donde seguir persiguiendo el antiguo mito de un diálogo dentro de los límites de la razón y la prudencia, estos foros han demostrado todo lo contrario, a saber, que internet ha sido la condensación del reprimido espacio para, por un lado, la barbaridad y por otro el enmascaramiento más temido. Siempre acabo recordando aquella frase de Walter Benjamin –quien reflejara de forma sintomática el incipiente mundo de la fragmentarización moderna- que dice que no hay documento de cultura que no lo sea al tiempo de barbarie.

A modo de conclusión, lo post- implica, más que nunca, el uso de herramientas arqueológicas y apropiacionistas que carcoman y demuelan los sedimentos de la estructura patriarcal enmascarada de neoliberalismo a la vez que el conocimiento y aplicaciones técnicas y tecnológicas permiten desmarginalizar colectivos y “democratizar” el sistema. Sin embargo, el entorno digital –o mejor dicho el dispositivo digital ampliamente mercantilizado y capitalizado es el resquicio crucial en donde se salvaguarda la lucha interna del patriarcado y para ello es necesario practicar el pensamiento crítico y la disidencia, leer, repensar y actuar sobre esto que se esconde tan bien y que llaman la realidad “postdigital”.

  1. GOLDSMITH, Kenneth (2015): Escritura no-creativa. Buenos Aires: Caja Negra
  2. SLOTERDIJK, Peter (2000): Normas para el parque humano. Madrid: Siruela.
  3. “BIFO” BERARDI, Franco (2019): Futurabilidad. La era de la impotencia y el horizonte de la posibilidad. Buenos Aires: Caja Negra, pág. 81
  4. Ibídem, pág. 84
  5. HESTER, Helen (2018): Xenofeminismo. Tecnologías de género y políticas de reproducción. Buenos Aires: Caja Negra.
  6. FIRESTONE, Shulamith (1976): La dialéctica del sexo. En defensa de la revolución feminista. Barcelona: editorial Kairós
  7. HARAWAY, Donna (2018): Manifiesto para cyborgs. Ciencia, tecnología y feminismo socialista a finales del siglo XX. Mar de Plata: Editoral Letra sudaca
  8.  Recientemente ha aparecido un libro crucial para entender la genealogía de estos movimientos, que os recomiendo encarecidamente, puesto que profundiza las cuestiones aquí suscitadas: ZAFRA, Remedios y LÓPEZ-PELLISA, Teresa (2019): Cyberfeminismo. De VNS Matrix a Laboria Cuboniks. Holobionte Ediciones
  9.  HESTER, Helen (2018): Xenofeminismo. Tecnologías de género y políticas de reproducción. Buenos Aires: Caja Negra.
  10. Extracto de Xenofeminismo – Una política por la alienación, por Laboria Cuboniks, disponible aquí: http://www.laboriacuboniks.net/qx8bq_es.txt
  11. ZAFRA, Remedios (2005): Netianas. N(h)acer mujer en Internet. Madrid: Ediciones lengua de trapo. pág, 18.
  12.  KUNI, Verena (2019). “El futuro es femail: algunas reflexiones sobre la estética y la política del cyberfeminismo” en ZAFRA, Remedios y LÓPEZ-PELLISA, Teresa (2019): Cyberfeminismo. De VNS Matrix a Laboria Cuboniks. Holobionte Ediciones.
  13. Ibídem, pág. 177
  14. Ibídem, pág. 178
  15.  BUTLER, Judith (2002). “Acerca del término queer” en Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del sexo. Argentina: Paidós.
  16.  KUNI, Verena (2019): Op. cit. pág. 181
  17.  KUNI, Verena (2019): Op. cit. pág. 182
  18. Os invito a leer también el breve ensayo -que ya celebrara y elogiar Michel Foucault- de Pierre Klossowski titulado La moneda viva. KLOSSOWSKI, Pierre (2012): La moneda viva. Madrid: Pretextos.
  19. Extracto de Xenofeminismo – Una política por la alienación, por Laboria Cuboniks, disponible aquí: http://www.laboriacuboniks.net/qx8bq_es.txt
  20. SLOTERDIJK (2000): Op cit.
  21. NAGLE, Angela (2017): Kill all normies. Online culture wars 4chan. Zero Books
  22. HARIDASANI GUPTA, Alisha (2019): Are Algorithms Sexist? en The New York Times (consulta: 23/12/2019) https://www.nytimes.com/2019/11/15/us/apple-card-goldman-sachs.html
  23.  Nuria Gómez Gabriel ofrece una lectura provechosa sobre el mundo android y las relaciones en internet: http://lab.cccb.org/es/amor-android-es/
  24. Es interesante este artículo de Albert Lloret en donde propone, a propósito de un análisis de los dank memes, una lectura del funcionamiento de internet. http://lab.cccb.org/es/los-dank-memes-la-reaccion-a-una-internet-invivible/
  25. ZAFRA, Remedios (2010): Un cuarto propio conectado. (Ciber) espacio y (auto) gestión del yo. Madrid: Fórcola Ediciones.
  26. HARAWAY, Donna (1995): Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. Madrid: Cátedra. pág 253.
  27. SÁNCHEZ USANOS, David (2010): Reflexiones sobre la postmodernidad. Una conversación de David Sánchez Usanos con Fredric Jameson. Madrid, Abada. pág. 27
  28. ZAFRA, Remedios (2005). Netianas. N(h)acer mujer en Internet. Madrid: Ediciones lengua de trapo. pág 24
  29. MAY, Simon (2019): El poder de lo cuqui. Barcelona: Alpha Decay. pág. 18.
  30. Ibídem
  31. Ibídem
  32. Ibídem
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