El alucinante mundo de Norman

Los monstruos de la incomprensión Por Yago Paris

Puesto que lo más habitual en la animación infantil es un tono amable y unas sensaciones positivas, siempre llama la atención cuando un proyecto se salta los estándares. Del revés (Inside out, Pete Docter, Ronnie del Carmen, 2015) elabora un tratado sobre la psicología de las emociones y reivindica la necesidad de la tristeza como elemento estabilizador. Dentro del propio especial sobre Laika Studios ya se comentó que Los mundos de Coraline (Coraline, Henry Selick, 2009) destaca por presentar a una protagonista cuya situación basal es la infelicidad, lo que desemboca en el desarrollo de un mundo interior comandado por ambientes enrarecidos y con un subconsciente de pesadilla. En la segunda entrega del estudio de animación se va un paso más allá en su apuesta por expandir el formato infantil hacia terrenos fértiles y apenas explorados. El alucinante mundo de Norman deja atrás la infelicidad y retrata a un personaje principal que directamente sufre depresión. Aunque el tono es de comedia y el terror de la historia es usado como fórmula metacinematográfica del gag, este ejercicio de género presenta un poso tremendamente desasosegante, que cala con sutileza, sin cargar las tintas, pero sin que sea posible pasar por alto la situación que vive el protagonista.

El alucinante mundo de Norman

El alucinante mundo de Norman

Norman es un adolescente que entraría dentro del calificativo “bicho raro”. Es bajito, menudo, según la sociedad es demasiado sensible para ser un chico y, por encima de todo, puede hablar con fantasmas. Demasiado en contra como para no ser foco de burlas en el colegio, una situación que, aunque siempre desde el amor y la preocupación, se traslada al hogar, convertido en un ambiente asfixiante para el joven. Patrones de incomprensión e intentos de rectificar sus supuestos caprichos se perpetúan en el salón de su casa, lugar en el que solo encuentra refugio en su abuela, que no de manera casual es un fantasma que solo él puede ver. La opresión que vive Norman se refleja en la elección de los encuadres de la primera escena. En estos, las caras de Norman y de sus padres nunca aparecen compartiendo plano, lo que remarca la idea de soledad e incapacidad para comprender lo que le ocurre. En un paradigmático plano, que recuerda a la serie Vaca y Pollo (Cow and Chicken, David Feiss, 1997-2001), en la que a los padres de los protagonistas nunca se les llega a ver la cara -lo que trazaba una separación entre dos mundos, el de los adultos y el de los niños-, se enfoca a Norman, con cada uno de sus progenitores a cada lado, viéndoseles el tronco y discutiendo sobre su hijo, como si él no estuviera presente. En un momento concreto, la madre desciende para conectar con él, de ahí que compartan plano, pero es sólo un instante, insuficiente para comprender la trascendencia de lo que está ocurriendo en el interior de su hijo.

Vaca y pollo

Vaca y Pollo

La incomprensión está presente en todo el relato, hasta el punto de que se convierte en el principal subtexto del film, a partir del que se articula toda la trama. La aparición de los zombis y el conflicto principal con la villana son fruto de la incomprensión de la masa social frente a aquello que se salga del redil. Los autores de El alucinante mundo de Norman no dejan escapar la posibilidad de aportar una capa más al habitual concepto de rechazo al diferente, al que es más fácil atacar que comprender. Una actitud de borrego que siente cómo su microcosmos, hasta entonces controlado, se ve amenazado ante la entrada de alguien que no cumple unos estándares grabados a fuego. En ese sentido, Chris Butler, también en labores de guionista, aporta una lúcida visión de las dinámicas sociales a este respecto, pues el siguiente paso ante tal situación suele ser parchear el desperfecto el número de veces que sea necesario y rezar por que no se vuelva a romper, en vez de arreglar el desaguisado. Una situación que conduce a otra de las ideas más llamativas del film, esa que propone que los monstruos no se hacen, sino que son hijos de las dinámicas sociales impositivas -lo que establece un sólido nexo de unión con uno de los tótems del cine de terror, El doctor Frankenstein (Frankenstein, James Whale, 1931).

El alucinante mundo de Norman Laika

El alucinante mundo de Norman

Es así como la figura de Norman se sobredimensiona. Aparentemente la única persona del pueblo con capacidad para empatizar con los rechazados, será el responsable de averiguar qué es exactamente lo que ha causado el conflicto y, sólo al descubrir la causa, será capaz de sanar la herida. Llegado el clímax de la cinta, Norman se convierte en una especie de Jesucristo, dispuesto a dar su vida para salvar a una masa de pensamiento único que todo lo que ha hecho ha sido amargarle la vida, pero, a pesar de todo, su portentosa empatía lo lleva a amar a sus vecinos en vez de rechazarlos. Para que todo esto sea posible y no se limite a un cliché, se requiere de semejantes dosis de empatía por parte de sus creadores, algo que se consigue con creces. Sólo hace falta analizar la segunda escena para entenderlo. La sensibilidad en el tratamiento del mundo interior del protagonista es formidable, y esto queda patente en la primera vez que se observa a Norman prepararse para ir al colegio. Juega constantemente, en su caso con elementos del terror -imita a su despertador, cuya melodía es un grito zombi; delante del espejo y con la espuma de la pasta de dientes, interpreta a un monstruo-, nunca se olvida de despedirse de su abuela fantasma, y se muestra sorprendentemente extrovertido con los fantasmas que se encuentra por la calle, a diferencia del perenne temor que siente ante cualquier ser humano con el que se cruza. Elementos que muestran el conocimiento de causa que los creadores tienen sobre su protagonistas, y que son tratados con una puesta en escena delicada, minuciosa, llena de detalles que expanden la idea de empatía frente al que es distinto.

El alucinante mundo de Norman 2012

El alucinante mundo de Norman

Todo esto, en un escenario de corte nostálgico, que abraza, y no de manera gratuita, las imperfecciones del cine de terror de bajo presupuesto. Los personajes avanzan por escenarios iluminados en tonos verdes y violetas, entre tumbas, telas de araña o fantasmas, buscando la solución a profecías y maldiciones, y escapando de brujas y muertos vivientes. El alucinante mundo de Norman es, en su conjunto, una oda a la rareza en todos los sentidos: tanto en el fondo como en la forma, así como en la orientación del tono y en las referencias metacinematográficas. Todo en ella es una fiesta de la imperfección, algo que alude directamente a las directrices animadoras de Laika Studios, que en esta segunda entrega continúan las bases explicadas en el artículo dedicada a Los mundos de Coraline, con cuerpos desnaturalizados que transmiten más que las facciones de los personajes, y con una exquisita atención a los detalles, ya sea la insegura manera de caminar de Norman, arrastrando los pies, o la timidez de su padre tratando de comunicarse con la abuela fantasma.

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