Morir a los 30 años

Juventud y revolución Por Paula López Montero

I

Morir a los treinta es morir joven. Nadie podría decir lo contrario. Es interesante ver cómo muchos de los films del 68 no ahondan en los posos maduros de la vejez sino en esa irracionalidad efervescente de la juventud que hizo posible la revolución. Al contrario también es curioso apreciar cómo muchas de las críticas o revisiones posteriores sobre mayo del 68 pronuncian esa necesidad inevitable de hablar a través de una mirada nostálgica, distanciada, soñadora de aquella juventud como si, en efecto, lo que nos separa de aquellas revueltas estudiantiles es precisamente la pérdida de la juventud misma (sigo pensando sintomáticamente en Godard en el 67 con La chinoise y al Godard del 72 con Todo va bien (Tout va bien), la muerte tras el 68 estaba servida, el tiempo y la memoria paralizante volvían a hacer de las características de la vejez lo más reconocible en el panorama intelectual). Y es que la revuelta murió siendo joven, se aniquiló cierto espíritu transgresor y rebelde propio de la juventud.

Me temo que ya he sacado a colación este texto pero me parece oportuno volver a mencionar algo que dice Wolfganf Streek en How Will Capitalism End? 1, a propósito de esa distancia que nos separa de aquella resistencia al capitalismo que se dio en el 68:

“Es un prejuicio marxista –o mejor: moderno– que como época histórica el capitalismo acabará solamente cuando pueda vislumbrarse una nueva y mejor sociedad, y se haya conformado un sujeto revolucionario que pueda implementarla en pos del progreso de la humanidad. Esto supone un grado de control político sobre nuestro destino común que apenas podemos soñar, dado el resultado de la revolución global neoliberal: la destrucción de la acción colectiva e incluso de la esperanza de recuperarla.”

En el 68 perdimos el impulso de colectividad y la esperanza de una acción que irrumpa en el orden predominante capitalista y ponga en jaque al sistema y nos libere de estas cadenas invisibles. A veces una se pregunta si precisamente esas oleadas de reactivación pacifista con las que pretendemos denunciar el viejo sistema –como venimos viendo en los últimos días- están en su pacifismo, en su mansedumbre precisamente condenadas a no ser escuchadas. Pero una no puede caer en la trampa, lo que espera el sistema es siempre que se intente salir del sistema como si la misma ley estuviera predispuesta a la violencia. Y como ya decían tantos otros pensadores que también estuvieron al pie del 68 como Foucault –refresco ahora su texto El pensamiento del afuera-, en realidad la omnipotencia del sistema y de la ley es precisamente el estar siempre más allá de su cumplimiento. Inevitablemente seguimos presos en la paradoja del olvido asesino de Orfeo o de la espera del Ulises encadenado.

En esa resistencia frente al olvido pero también en esa espera encadenada o en ese encadenamiento propio de la espera se encuentra Romain Goupil que nos ayuda a preguntarnos ¿Dónde está la revolución? ¿Se puede vivir permanentemente en un estado revolucionario? Decía Chris Marker en Sans Soleil (1983) sobre ese momento específico que llega tras las carreras y la lucha: “Lo que todo revolucionario piensa la mañana siguiente a la victoria: ahora empiezan los problemas reales”.

Romain Goupil, en 1982, recupera la memoria de los hechos del 68 a través de su amigo Michael Recanati quien se quitó la vida tras la revolución. Michel Recanati que fue activista de las JCR (Juventudes Comunistas Revolucionarias lideradas por Alain Krivine) exclamaba el 17 de marzo de 1968: “Joder, nunca va a pasar nada en este país”. Cinco días después empezaba todo. La guerra de Vietnam despertó y desencadenó las conciencias políticas de toda una generación. Es cuando Recanati se afilia en las listas de la Juventud Comunista. Llegó después el mayo del 68 y las barricadas del Barrio Latino, las interminables asambleas, las ocupaciones y un París tomado por los insurgentes. Todo parecía posible en aquel momento. Pero los años pasan, la desilusión se establece, la muerte hace acto de presencia. Es cuando Romain Goupil mira hacia atrás y trata de comprender lo sucedido retratando la voz y la conciencia de una generación que hizo posible la revolución, que despertó a todo un país de su anquilosamiento, que miró con los ojos brillantes aquel futuro soñado donde la imaginación tomaba el poder.

Por cierto, en No intenso agora (2017), un documental de João Moreira Salles, el director recuerda una película fundamental en su formación como cineasta, una película que hablaba de la velocidad de la juventud, de su nostalgia precoz, del abismo del día después de la revolución y precisamente se refiere a Morir a los 30 años, esta película que fue premiada con la Cámara de Oro en el Festival de Cannes de 1982 y en la que Moreira encuentra una reactivación de la necesidad de repensar el intenso ahora en el que vivían las juventudes de aquel tiempo en la que él también se fija para recomponer su brillante documental. En este sentido Moreira Salles se pregunta ¿Qué se puede decir de París, Praga, Río de Janeiro o Pekín mirando las imágenes de sus revoluciones de los 60? ¿Por qué cada una de estas ciudades produjo un tipo específico de registro? No intenso agora, narrada en primera persona, reflexiona sobre lo que revelan cuatro conjuntos de imágenes: imágenes del levantamiento de los estudiantes franceses en mayo de 1968; las imágenes capturadas por aficionados durante la invasión de Checoslovaquia en agosto del mismo año cuando las fuerzas dirigidas por la Unión Soviética pusieron fin a la Primavera de Praga; tomas de los funerales de estudiantes, trabajadores y policías muertos durante los eventos de 1968 en las ciudades de París, Lyon, Praga y Río de Janeiro; y las escenas que un turista, la madre del director, filmó en China en 1966, el año de la Gran Revolución Cultural Proletaria.

Morir a los 30 años

II

Arrancamos este tercer y último bloque en torno a las revisiones, homenajes y reflexiones en torno a Mayo del 68. En este sentido el documental cambia de género, pasa de ser un documental observacional, cinéma vérité, expositivo e incluso experimental a un documental reflexivo o interactivo donde perviven documentos gráficos de las revueltas pero que son sacados a colación a través del paso del tiempo, de una voz en off que trata de refrescar la memoria, o de una entrevistas que tratan de exponer los testimonios de aquellos agentes anónimos de la historia en la distancia temporal que los separa. En este sentido, para mi gusto hay dos documentales que son de mención en cuanto a ese revisionismo se refiere y son precisamente este Morir a los 30 años como impulso nostálgico de Romain Goupil, director que trata de seguir viviendo (en) la revolución y Les Lip – L’imagination au pouvoir de Christian Rouaud (2007), en la que se nos expone la cara b de aquel mayo del 68, las revueltas en las fábricas, en concreto en la fábrica LIP haciendo precisamente alusión a uno de los himnos que acompaña la revolución del 68 L’imagination prend le pouvoir.

Por cierto, André Glucksman 2 en un libro que también ha aparecido durante este especial, Mayo del 68. Por la subversión permanente, piensa que “La imaginación al poder” famosa consigna de Mayo del 68 a la que le acompañan otras como “En el principio era el verbo”, tiene doble sentido: “1) La realidad del poder debe buscarse en el imaginario colectivo. Al no ser nada en sí mismo, obtiene su autoridad del temor y del respeto que por él siente un pueblo alienado –hechizado según dice La Boétie-. 2) En consecuencia, sólo la imaginación tiene el poder de derribar el poder, ocupando e invirtiendo el imaginario colectivo. Los revolucionarios contemporáneos asumen y explotan el descentramiento producido por El discurso de la servidumbre voluntaria. Si el pueblo deja de seguirlo, el régimen no es más que un gran coloso privado de la base que lo sostiene.”

En este sentido se vertebra Les Lip – L’imagination au pouvoir, un documental interactivo en el que se dan a conocer a los hombres que encabezaron la huelga de trabajadores más emblemática después del 68, la de LIP en Besançon. Una lucha increíble, que duró varios años, movilizó a multitudes enteras en Francia y Europa, multiplicó las acciones ilegales sin ceder ante la tentación de la violencia, llevó la imaginación y la preocupación por la democracia a niveles hasta ese momento nunca alcanzados. Retratos de una historia colectiva, historias entrelazadas para tratar de entender las esperanzas y los sueños de toda una generación.

No obstante Morir a los 30 años esta muy distanciada de esta otra en cuanto que sus protagonistas, o mejor dicho, su protagonista se quitó la vida tras la revolución en 1972 con tan solo 30 años. Ya no podemos escuchar el testimonio de uno de los líderes de las juventudes comunistas ni tampoco el por qué de su suicidio –una pulsión latente, por cierto, en tantos otros filmes como Los amantes habituales (Les amants réguliers, Philippe Garrel, 2005 ) o Soñadores (The Dreeamers, Bernardo Bertolucci, 2003)-. El suicidio, el afuera de la vida y de la revolución irrumpía como el máximo interrogante de un espíritu que lo había intentado todo –hasta la muerte-. Esto retrata la que fuera la ópera prima de Goupil, un ensayo que rescata fragmentos rodados entre el 65 y el 68, y sus años posteriores de desilusión y decadencia como si de cinétracts se tratara, con unas imágenes testimoniales valiosísimas y uno de los montajes más políticamente poéticos –si eso es posible- a los que podamos acceder sobre los acontecimientos del 68 y sobre la figura de Michael Recanati, que como apunta el director, solo quería que perdurara su vida a través de la inmortalidad de la imagen. De hecho, esta película solo fue concebida de uso privado para los familiares y amigos de Recanati pero por asesoramiento de varios críticos y programadores acabó siendo Cámara de Oro en el Festival de Cannes de 1982. Morir a los 30 años es en realidad un filme valiosísimo en cuanto que cuestiona el agujero negro, el vacío donde desapareció la ilusión de la revolución, donde se perdió no sólo la vida de Michael Recanati sino la vida de toda una juventud: ¿Cuánto nos duele el vacío de la revolución? Es una pena que este filme no se haya distribuido en España.

Morir a los 30 años 1980

III

Dice David Sánchez Usanos 3 http://ctxt.es/es/20180411/Culturas/18979/Entrevista-David-Sanchez-Usanos-filosofia-revolucion.htm] en una entrevista reciente que “Los actos que escapan al cálculo y a la rentabilidad siempre son los más revolucionarios”. A la que concilio la reflexión de Gluksmann de que se vive y se piensa poética o filosóficamente antes de ser analizado histórica o políticamente en un capítulo ya de por sí muy alusivo: “La revolución debe dejar de ser para existir” ¿Habríamos de pensar por un momento en que el surgimiento de la revolución solo es posible mediante un acto inocente, que en realidad aquellos estudiantes se movían más en una ingenuidad, en una mirada más infantil que consecuente? No tengo una respuesta concreta pero desde luego estoy de lado de estos dos autores y pienso que la revolución como insurgencia y rebeldía sólo tiene sentido en esa ceguera tan lúcida y valiente que sólo tienen algunos locos e insensatos. Pensar en exceso la Historia, la Verdad, el Concepto, la Ley, ya lo decían Nietzsche o Warburg tiene algo de paralizante. La vida, el movimiento, la libertad sólo tienen lugar en un acto de inconsciencia, en un dejarse llevar y por el contrario cierta muerte está garantizada en el pensar y el pararse a reflexionar. Dice también Simon Critchley 4 en Apuntes sobre el suicidio que:

“Quizá lo más cercano que podamos estar de la muerte es escribiendo, en el sentido de que escribir es ausentarse de la vida, un abandono provisional del mundo y de nuestras nimias tribulaciones para intentar ver las cosas con mayor claridad. Escribiendo, uno da un paso atrás y al lado respecto de la vida para verla con mayor desapego, tanto de manera más distante como más próxima. Con una mirada más firme. Escribir te permite dar las cosas por zanjadas: los fantasmas, las obsesiones, los remordimientos y los recuerdos que nos despellejan vivos.”

Mayo del 68 fue un acto inconsciente, pero al día siguiente, como apuntaba Marker, llegó la inevitable reflexión, el “qué hacer” y con él se empezó a cavar un gran foso en el que volcar esperanzas e ilusiones y empezar a erigir el costumbrismo a la sombra de la ley a la que estamos habituados y a la que es imposible batir. No es baladí que tantos otros autores tras llegar a la simple conclusión de que la mirada reflexiva, nostálgica, que se da la vuelta para ver el pasado es una mirada anclada en la muerte acabaran precisamente en la locura o acatando una premisa que parecía haberse consolidado tras la Modernidad: no hay escapatoria. Muchos encontraron la única salida de emergencia posible en el suicidio.

 Morir a los 30 años Mayo del 68

 

  1.  STREECK, Wolfgang Streeck (2016): How Will Capitalism End?, Verso Books, Londres, p. 57
  2.  GLUKSMANN, André y Raphaël (2017), Mayo del 68 por la subversión permanente. Madrid: Taurus
  3.  SÁNCHEZ USANOS, David “Los actos que escapan al cálculo y a la rentabilidad siempre son los más revolucionarios” en Revista Contexto, 13/04/2018 (consulta: 18/04/2018) [Entrevista en línea
  4. CRITCHLEY, Simon (2017) Apuntes sobre el suicidio. Madrid, Alpha Decay
Share on FacebookTweet about this on TwitterGoogle+Email to someone

Comentarios sobre este artículo

  1. […] Morir a los 30 años (Mourir à trente ans, Romain Goupil, 1982). Por Paula López Montero […]

Comenta este artículo

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>