Embriagado de amor

Píldoras de amor para la locura Por Edu J.Moreno

Ante el estreno en pocos días de la nueva película de Paul Thomas Anderson, The Master, recupero la sensación que de pequeño tenía al ir al circo y esperar embobado qué animal sacaría el mago de la chistera. Es una extraña mezcla de expectación, ansia ante la novedad e incluso, temor ante lo desconocido, ante lo nunca visto. Anderson se ha hecho merecedor de este “honor” gracias a una filmografía breve pero que ha dejado huella en muchos, especialmente en mi caso tras alumbrar una de las cintas más fascinantes de los últimos años, Magnolia (1999). Con bastante tiempo de espera entre sus proyectos y con un amplio espectro temático que hace difícil clasificar sus películas, el director estadounidense se ha creado, queriendo o sin querer, un halo de misterio que es el que acompaña a algunos de los genios del séptimo arte. Porque su mérito es equiparable al de los cocineros que experimentan con ingredientes que pueden parecer incompatibles pero que acaban, gracias a su pericia, dando un resultado estupendo y sorprendente en la mesa. Gracias a sus riesgos se mantienen en mi retina,  escenas como el momento final de Boogie Nights o la maravillosa escena de Magnolia en la que cada uno de sus protagonistas entona una parte del tema Wise Up (Aimee Mann) cuando las cosas parecen que no pueden ir peor.

Su capacidad de atrevimiento no se diluyó ni mucho menos tras esa lluvia de ranas de tintes bíblicos que servía de inesperado cierre para la hiperbólica Magnolia, sino que se proyectó en Embriagado de amor, una especie de hermana pequeña de aquella tanto por su complejidad narrativa como por su duración.

Algunos la consideran como una obra menor dentro de la trayectoria del director, aunque, en mi opinión, ya quisieran muchos contar con una cinta tan original y transgresora como obra menor en su filmografía. Anderson optó por alejarse del planteamiento coral y centrarse en un único personaje, un neurótico que bien podría haber sido el eje de una de sus historias de Magnolia, repletas de inadaptados que intentan salir de su miseria a base de ir dándose golpes. Barry Egan es el nombre de este hombre que vive centrado en su trabajo, en conseguir cupones canjeables por millas para volar e intentando controlar sus accesos de rabia cuando la situación le supera, algo que sucede a menudo. Al menos hasta que conoce a Lena, una compañera de trabajo de una de sus hermanas, mucho más centrada y dispuesta a darle una oportunidad más allá de la primera cita.

La primera pirueta de Anderson vino al escoger a los actores que debían encarnar a la pareja protagonista aunque, en cierto modo, pareció guiarse por la lógica. Para dar vida a dos seres en principio antagónicos en muchos aspectos apostó por dos intérpretes con todavía menos puntos de conexión. Barry supuso el primer papel cercano a lo dramático de Adam Sandler, un intérprete que consiguió dar lo mejor de sí mismo en esta cinta, un trampolín que el propio Sandler no supo o no quiso aprovechar para afianzar su carrera más allá de la comedia. Para el papel de Lena, Anderson eligió a Emily Watson, que por aquel 2002 ya era considerada una de las mejores actrices dramáticas del momento gracias a sus interpretaciones en Rompiendo las olas (Breaking the Waves, Lars von Trier, 1996) o en Hilary y Jackie (Anand Tucker, 1998), siendo Embriagado de amor su papel más cercano a la comedia hasta dicha fecha. Dos actores con trayectorias y perfiles opuestos para dos personajes que, incluso en su forma de vestir -él en tonos azules con un traje que apenas se quita en todo el metraje, ella más próxima al naranja y al rojo- Anderson coloca en polos opuestos para ir acercándoles paulatinamente. Y es que su historia de amor es de todo menos sencilla, no solo por tal divergencia de caracteres, sino porque el personaje de Barry se ve envuelto en una trama de chantaje por parte del dueño de una empresa de teléfono erótico, personaje que interpreta con su habitual acierto Philip Seymour Hoffman. A pesar de tratarse de una historia de amor, es el personaje masculino el que lleva todo el peso de la trama, un reto del que Adam Sandler sale, para sorpresa propia, con solvencia, logrando transmitir al espectador una vulnerabilidad que me hizo empatizar con sus desajustes emocionales y afectivos.

Anderson tiene su peculiar manera de que reflexionemos sobre el poder curativo del amor, incluso en aquellos casos en los que las heridas van más allá de un simple desengaño. Quizá por ello sería erróneo considerar a su cuarto largometraje como una comedia romántica, porque aunque verse sobre el amor lo hace desde una vertiente que sin ser dramática, no deja de causar cierto grado de congoja, de compasión hacia su pareja protagonista. Ya desde el inicio el director quiere dejar claro que Barry es un inadaptado, un ser apartado del funcionamiento habitual de la sociedad. Lo hace situando su figura en uno de los márgenes del plano, esquinado, aislado, desubicando a su protagonista para irlo presentando después con planos que inciden en su posición vital, ya que lo vemos en muchas ocasiones de espalda o en grandes planos panorámicos que quieren dejar constancia de su soledad. Anderson incluso asimila a Barry con un pequeño piano que el protagonista encuentra en medio de los almacenes donde trabaja, un lugar inapropiado para toparse con un objeto así. Barry se queda con él, aunque no sabe muy bien para qué, pero en vez de lanzarlo a la basura lo acomoda en su pequeña oficina. Anderson quiere que nosotros actuemos de la misma forma con Barry, que a pesar de sus taras consigamos entenderle o, al menos, lo intentemos.

El director estadounidense contagia a la película del carácter neurótico de su protagonista para que el espectador viva en su propia piel lo que piensa y siente el pobre de Barry y, posición de cámara al margen, logra dicha sensación con un inteligente uso de la banda sonora. Durante la primera parte de la película escuchamos de manera incesante el continuo martilleo de varios instrumentos, mayoritariamente de percusión, un ruido que bien podría ser reflejo de lo que sucede dentro de la cabeza de Barry, una olla a presión que puede estallar en cualquier momento. La sensación de extrañeza, de que algo no funciona desaparece de manera paulatina al entrar en escena el personaje de Lena. Los planos se centran, la música se suaviza y todo parece normalizarse a medida que Lena y Barry empiezan a conocerse. La capacidad sanadora del amor no solo se refleja en las acciones, ya que Barry reacciona como un resorte frente a los mafiosos que le chantajean únicamente cuando éstos ponen en peligro a Lena, sino que Anderson consigue que sea una sensación que se transpire durante toda la película gracias a elementos como los mencionados o a esos interludios coloristas que implican todavía más al espectador en ese “golpeado” y “drogado” amor al que hace referencia el título original.

Quizá la principal dificultad para entrar de lleno en la propuesta de Anderson sea la rareza de la historia, desconcertante en muchos sentidos. No podemos clasificarla como una comedia pese a algún gag que puede despertar la carcajada, tampoco es un drama aunque haya situaciones que podrían revertirla hacia dicho género. Y respecto a su vertiente romántica puede parecer complicado entender qué lleva a ambos personajes a apostarlo todo tras apenas un par de encuentros, algo que hemos visto muchas veces en el cine pero en películas arropadas por todo aquello que es necesario para que el espectador trague con lo que haga falta. En mi caso no me resultó complicado acompañar a Barry en su salto al vacío al precipicio del amor, un ser inocente que ve que su vida puede cambiar a mejor al lado de la única persona que parece comprenderle. Tanto el director como los actores, especialmente Sandler, ponen todo de su parte para establecer esa conexión con el espectador, aunque lograrlo o no depende también del que está sentado en la butaca o en el sofá de su casa.

Embriagado de amor también puede verse como una fábula, una historia amable en el que incluso los malos acaban siendo inofensivos, en la que sus protagonistas parecen flotar desde el momento en el que se conocen. Son numerosas las escenas con una luz hipersaturada que contagian de cierto grado de irrealidad a todo lo que sucede. También especialmente poético es el momento en el que ambos se reencuentran en un hotel y las personas que se cruzan mientras se funden en un abrazo pasan a no importar, a ser meras sombras. No deja de tratarse de un cuento como aquellos que nos contaban de pequeños antes de irnos a dormir. La cuestión es si vamos de la mano con Anderson a su extraño mundo como hacíamos entonces con Pulgarcito o Blancanieves o al crecer nos hemos vueltos escépticos y no creemos en los cuentos llenos de magia. Quiero creer que cumplir años no afecta tanto y que todos, de vez en cuando, necesitamos de unas píldoras de amor para nuestra particular locura, aunque la dosis nos llegue a través de la gran pantalla.

TRAILER:

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] de cada uno de ellos con su pasado: una ligazón narrativa de sí mismos. Su siguiente película, Embriagado de amor (Punch-Drunk Love, 2002), ya era de forma explícita la historia de la búsqueda de la armonía por […]

  2. […] Y eso implica una melancolía que ya está presente en la novela de Pynchon. Pero si allí está en medio de una maleza frondosa y desopilante, en Puro vicio, marcada por un rígido y marcial sistema visual muy minimalista, está plenamente desnuda. Porque la imagen está sometida a la misma abstracción que aplicó en The Master. No hay sentido alguno de estar ante una performance de un tiempo pasado, como sí que éramos conscientes con La gran estafa americana (American Hustle, David O’Russell, 2013). Incluso en el episodio más grotesco de la película con el dentista interpretado por Martin Short, Paul Thomas Anderson no explota el exceso, algo intrínseco en la novela, tanto en la narración como en las imágenes mentales que nos vamos haciendo mediante las descripciones de esos ambientes y esas divertidísimas relaciones estrafalarias (en el film es un humor sordo, ni siquiera marciano como el de Embriagado de amor). […]

  3. […] Dirk Diggler de Booggie Nights (1997), Phil Parma de Magnolia o, claro está, los enamorados de Embriagado de Amor (Punch-Drunk Love, 2002). Pero de todos ellos se hablará en detalle en las críticas […]

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