Magnolia

Esto no puede ser otra casualidad Por Fernando Solla

"Mi sueño es hacer una película que sea auténtica"Burt Reynolds en Boogie Nights (Paul Thomas Anderson, 1997)

Prólogo. Tres aparentemente imposibles e inverosímiles (¿no lo son todas?) coincidencias analizadas meticulosamente y con todo lujo de detalles por un mismo, desconcertado y angustiado narrador: Edmund William Godfrey, habitante de Greenberry Hill (Londres) es asesinado por tres delincuentes que atentan un robo contra su farmacia. Sus apellidos: Green, Berry y Hill. Delmer Darion, repartidor de cartas en un casino de Reno practica submarinismo en un lago cuando, accidentalmente, es atrapado por un avión de bomberos que planea para apagar un incendio. Delmer morirá en el acto de un ataque al corazón. Curiosamente el piloto, Craig Jansen, había propiciado una pelea con el primero dos días antes en el casino. Los remordimientos y el sentimiento de culpa lo empujarán a cometer suicidio. Acto que también cometerá el adolescente Sydney Barringer, saltando de la azotea del edificio donde habita en Los Angeles. Mientras tanto, sus padres Faye y Arthur, discuten en el interior de su apartamento, amenazando la matriarca a su marido con una escopeta, que accidentalmente se disparará contra la ventana en el preciso momento en que Sydney (nombre que, por cierto, sirvió de título para el primer largometraje de Paul Thomas Anderson) la cruza, matándole en el acto. Casualmente había una malla de seguridad que habría salvado la vida de Sydney de no haber sido disparado. Sus padres no sabían que el arma estaba cargada. Quién sí lo sabía era el malogrado hijo de tan disfuncional familia, que había provisionado él mismo la munición unos días antes, harto de tanta discusión, esperando que algún día sus progenitores se mataran el uno al otro. Faye será arrestada por asesinato y el fallecido Sydney declarado cómplice de su propia muerte…

Inquietante, sí. La película empieza, pues, con un narrador que nos introduce tres historias en principio independientes y presumiblemente interesantísimas, cuya nexo común sería la coincidencia convertida en temática cinematográfica. A partir de ahí, conoceremos a nueve personajes cuyas rutinas vitales están conectadas entre sí de una manera u otra. Seguiremos su devenir durante el transcurso de todo un día y veremos cómo sus vidas, así como la climatología y los fenómenos atmosféricos, cambian para siempre. Señoras y señores, bienvenidos al apasionante segundo largometraje de uno de los más estimulantes realizadores, guionistas y productores norteamericanos de la actualidad. Según cualquier diccionario al uso, definimos como colosal algo que tiene proporciones extraordinarias (lo vimos en el, a lo poco, impactante plano final de su anterior largometraje, Boogie Nights, en 1997) o que es muy bueno o de gran calidad.

Así pues, colosal nos parece adjetivo sinecuánime para referirnos a Paul Thomas Anderson y a su obra. De todas sus películas en general y, a la espera de la culminación que parece ser The Master (2012), de esta perennemente salvaje y totalmente rompedora (con su habitual función meramente ornamental) Magnolia en particular.

Impresionante inmersión en el dolor que nos autoinfligimos los individuos humanos adultos y en la búsqueda incesante y transversal de cualquier tipo de perdón ajeno, que no es más que un deseo imposible de asumir una actitud autoindulgente hacia nuestros errores, nuestros temores, nuestros fracasos… Nada excesivamente grave más allá de la intrínseca gravedad de las situaciones que nos forzamos a vivir o hacia las que empujamos a nuestros semejantes. Como descubriremos tras el intenso visionado de este estupendo largometraje… Cosas que pasan.

Magnolia 3

Casualidad, causalidad, culpabilidad, perdón y complejo de inferioridad como conectores de las diversas subtramas (o subdramas) de la película. ¿El secreto? El uso del lenguaje, cinematográfico y no. Infancia, inteligencia, paternidad, ortodoncia, enfermedad, cáncer, pastillas, preguntas, respuestas, policía, relación, amor, exigencia, bondad, felicidad, autoengaño, conformismo, fracaso, humedad ambiental, gestión de conflictos, muerte, cosas prácticas, testamento, cuerpo, dolor, remordimientos, seguridad, líneas temporales, desorden, más pastillas, teléfono, seducir, destruir, evolución, antropología, biología, entrevista, calendario, objetivos, disciplina, tragedia, propiedad, drogas, vieja gloria, viento del sudoeste, lluvias ligeras, televisión, concurso, tabaco, pornografía, barra de bar, banda sonora, canciones, camarero, fama, necesidad de ir al baño, biblioteca, dar, recibir, farmacia, dexedrina, anfetamina, recetas, más preguntas, estallido, ira, adultos, niños, contrincantes, rivalidad, búsqueda, perros, ternura, miedo, abogado, psiquiatra, confesión, infidelidad, adulterio, invalidez, silencio, melancolía, depresión, amabilidad, pistola, suicidio, sociedad, suciedad, claudicación, disculpas, errores, implicación, empatía, morfina, visita, cita, promesa, reproches, expiación, alivio, juicio, escucha activa, tormenta, ranas, intersección, ambulancia, hospital, perdón, ayuda, sonrisa… Magnolia.

Además de realizador, Anderson es un inmenso guionista. Pocos han sido capaces de trascender y reinventar el significado y el uso de esta muestra representativa (pero obviamente reducida) de actitudes, emociones, sensaciones, situaciones, espacios y lugares para resumirlos en ideas y palabras que no son más que cárcel y reflejo de nuestra inexperiencia e incapacidad para traducir a cualquier lenguaje nuestras inquietudes, preocupaciones, estado anímico… Lo que no somos capaces de convertir en palabras es como si no existiera fuera de nosotros mismos, y esta incapacidad de comunicación (o capacidad incomunicativa) que nos define como seres humanos, que nos impide comunicarnos y mostrarnos al exterior hace que nos convirtamos en espectros invisibles e inexistentes para nuestros semejantes.  Pensar, hablar, transformar, transgredir, existir. Paul Thomas Anderson traduce al lenguaje cinematográfico el desasosiego del literato portugués Fernando Pessoa: “…la metafísica me pareció siempre una forma prolongada de locura latente. Si pudiéramos conocer la verdad, la veríamos. Todo lo demás es sistema y sus alrededores. Nos basta, si pensamos, la incomprensibilidad del Universo. Querer comprenderlo es ser menos que hombres, porque ser hombre es saber que no se comprende. A falta de saber, escribo”. Lejos de amedrentarse, Anderson se crece y consigue un retrato soberbio de todas las penas (que son muchas) y las dichas (que son menos) de un abanico de personajes, interpretados por unos actores en estado de gracia y gracias a un montaje ejemplar que es el mayor logro de la película y, a su vez, el único pero que un servidor le encuentra a tan preciado largometraje. Brutal y arquitectónico trabajo de montaje encadenado que dota a la película de un ritmo anfetamínico que de golpe se ralentiza para transcurrir en paralelo. Nada grave, ya que una vez presentados todos los personajes Anderson realiza un pulso consigo mismo en un logradísimo ejercicio metalingüístico que cuenta con la complicidad de Phil Parma, enfermero interpretado por Philip Seymour Hoffman, cuando desesperado interpela a su oyente telefónico: “…esta es la escena de la película en la que usted me ayuda”. Impresionante.

Magnolia

Papá, tienes que tratarme mejor…” le dice Stanley (meritorio Jeremy Blackman) a su padre, después del mosqueo monumental del primero tras la negativa de su hijo a seguir participando en un programa televisivo, violentado y humillado al no permitírsele ir al baño. Sorprendido se mostrará el veterano y cancerígenamente moribundo presentador Jimmy Gator (crepuscular Philip Baker Hall) y memorables ambos en la escena en la que Stanley interpela a Gator: “No es gracioso. No es bonito. No soy un muñeco. ¿Soy un freak por ser listo o tener que ir al baño? ¿Por qué? A lo que el personaje de Baker Hall responderá aturdido: “No sé la respuesta”. Fracaso profesional y fracaso personal, ya que su hija Claudia (sensible creación de Melora Walters), de la que no recuerda haber abusado de pequeña, le rechaza aún a sabiendas de su condición, hastiada e infeliz que verá como el amor que se le negó en su infancia decide darle otra oportunidad en forma del oficial Jim Kurring (espectacular John C. Reilly), conformista y creyente policía (que perderá toda su serenidad cuando extravíe su arma) y que no busca más que un bálsamo contra una vida algo tensa, disfrazado en forma de relación tranquila y cariñosa y sin exigencias. En su afán por hacer el bien se cruzará con el exniño prodigio Donnie Smith (portentoso e intensísimo, aún por encima de sus compañeros William H. Macy), incapaz de discernir entre melancolía y depresión y abrumado por su necesidad de dar tanto amor como cabe en su interior y capaz de practicarse una ortodoncia para conseguir llamar la atención de Brad, su amado camarero.

“Jodidos remordimientos…” Brutal y devastadora secuencia que sirve de confesión y expiación a la vez de los dos personajes moribundos, ya que Earl Partridge (inconmensurable Jason Robards, en una de sus últimas interpretaciones) se erigirá como voz en off de la conciencia de Jimmy Gator a la vez que narrador omnisciente y embajador de los remordimientos que acongojan a todos los protagonistas. Alrededor de su cama, le rondará ante su muerte su repudiado hijo Frank T. J. Mackey (estupenda creación de Tom Cruise, comedido y sobreactuado a la vez, siempre que el personaje lo requiera), presentador de un programa llamado Seducir y destruir cuya máxima principal reza lindezas como “…respetad la polla y domad el coño” y que enseña a los hombres a fingir que son amables y cariñosos para conseguir sexo cargado de reafirmación y pataleta contra la sociedad que sólo nos enseña a pedir disculpas: “Yo no pido perdón por que soy, necesito y quiero…”. Fachada siempre a punto de desmoronarse, cuya prueba de fuego será doble. Por un lado un cuestionario filmado al que se someterá y que terminará con un largo silencio que servirá de juicio hacia la intrusiva entrevistadora y, por otro, a la llamada del enfermero Phil (frágil, compungida y catártica interpretación del grande Philip Seymour Hoffman). Su implicación, que supera la ética (en este caso bioética) profesional conseguirá con una simple llamada telefónica lo que no pudieron años de vida, abandono y discusiones.

Magnolia 2

Finalmente, último y atribulado personaje de la coral obra maestra de Anderson: Linda Partridge. Aún no estábamos recuperados del éxtasis (no sólo sexual) que nos provocó Julianne Moore con su portentosa Amber Waves, actriz porno que interpretó en la anterior y excelentísima Boogie Nights, que la actriz ya nos ofrecía otra interpretación antológica. Espeluznante creación de esta mujer reconcomida por los remordimientos, que buscará tanto respuestas como patillas para reducir (o dosificar) su dolor. Asombrosa la capacidad de Moore para hundirnos en la miseria de su personaje, que usará a su abogado como psicólogo confesando mil infidelidades hacia su moribundo marido, preocupada en igual medida por la incertidumbre de qué hacer con un cuerpo muerto que por cambiar el testamento del mismo, rechazando cualquier beneficio y alegando adulterio como motivo para invalidar las últimas voluntades de una persona. Si un servidor tuviera que resumir la adoración que siente por la actriz y su casi toda su filmografía en una escena, sin duda sería la visita a una farmacia de esta maravillosa Magnolia: “…estoy enferma, la muerte me rodea y encima me hacen preguntas. Traigo mis recetas… ¿Con qué derecho?… Brutal, demoledora, tierna, empática, desquiciada, enternecedora… No hay calificativo inventado todavía para describir el talento de Julianne Moore y el sufrimiento que nos transfiere con su interpretación.

No nos queda otro final que recomendar fervorosamente esta película. Con ella Paul Thomas Anderson consiguió la voluntad del personaje interpretado por Burt Reynolds en Boogie Nights: hacer una película auténtica. En este caso la pornografía pasa a ser sentimental pero el efecto es igualmente catatónico. Tres brevísimas horas de metraje que transcurren ante nuestros ojos como un suspiro. Posibilidad de redención para todos los personajes que hasta tendrán tiempo de cantar una canción y asistir a una espectacular lluvia de ranas que cubrirá este cruce de caminos que es a la vez encrucijada laberíntica y vía de escape de todos los personajes cuya entrada (¿o era la salida?) está señalizado con un cartel en el que leemos Magnolia. En lo referente a las respuestas, si a estas alturas alguien aún sigue buscándolas, sólo podemos decir que “…son cosas que pasan”.

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] Porque ahora estamos con el director de The Master (2012), no el que fue con Boogie Nights (1997) y Magnolia (1999). Se comprende perfectamente que la novela le interesase porque entronca de lleno en las […]

  2. […] este personaje. La evolución de John en la filmografía de Anderson es el policía Jim Kurring de Magnolia (1999), oficial introvertido que se sentirá medianamente realizado al aportar su pequeño granito […]

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