Paul Thomas Anderson

Historias de cigarrillos y café Por Arantxa Acosta

“No hay árbol recio ni consistente, sino aquel que el viento azota con frecuencia"Lucio Anneo Séneca (4 a.C - 65)

Historias íntimas. Personajes redondos. Películas reflexivas. Con tan solo seis largometrajes en su haber, Paul Thomas Anderson se merece ya, sin duda, estar considerado como uno de los grandes en el olimpo del séptimo arte. Un merecido culto ganado a pulso que algunos tildan de conseguido a través de una irregular carrera a la que por fin parece le dio rumbo con Pozos de Ambición (There Will Be Blood, 2007 - según un crítico de Variety),  y otros de tratarse simplemente de un director con el ego hinchado (palabras del que en su momento sí fue alguien en este mundo, Kevin Smith).

Pero… ¿cómo puede decirse que Anderson es irregular, y mucho menos egocéntrico? Si algo ha conseguido el director es hacernos partícipes de sus dudas y reflexiones personales, desde su punto de vista más que sincero y, aunque intente ser  – ¿o no? – objetivo, nos arrastra hasta el fondo de su propia alma, de sus propias vacilaciones. Si algo ha conseguido el director, repito, es demostrar que los temas que son de su interés, del interés de todos nosotros, en verdad, pueden abordarse de múltiples formas. Ni el momento temporal (ya sea en la actualidad, los años setenta, incluido a principios del siglo XX), ni el foco en uno o varios personajes, ni tan siquiera el tono cómico o melodramático con el que nos los plantea, nos hace desviar nuestra mirada del objetivo: compartir con todos los espectadores la reflexión, que nos debemos desde hace años, sobre temas tan trascendentales que es imposible no tengan explicación, que se den por mera casualidad. “Estas cosas pasan todo el tiempo” nos dice. Por muy extrañas o inusuales que parezcan, ahí están. Y en verdad hay una explicación para que ocurran… solo que hay que pararse no sólo a pensarlas, sino a sentirlas.

El peso e importancia de la familia. La existencia del Destino. La necesidad de enfrentarse al pasado para comprender el presente. El amor como clave para superar los vaivenes de la vida. La superación de una enfermedad, o incluso la muerte,  como elemento integrador de los que les cuidan. La religión como necesaria mentira. El sexo como válvula de escape, o como escondite para no afrontar otros miedos. Y, sobre todo, la búsqueda del perdón, de la redención, por todos los errores que podemos llegar a cometer en nuestra vida y con el fin de quitarnos de encima una culpa que nos reconcome y no nos permite avanzar. Estos, todos ellos a la vez sin excepción, son los temas principales que encontramos en cada uno de los films de Paul Thomas Anderson. Con mayor o menor intensidad, con mayor o menor protagonismo. Pero todos, absolutamente todos ellos, forman parte del conjunto de sus largometrajes. Unos films que, a su vez, se complementan de forma que cada uno permite conocer en mayor profundidad lo tratado en el anterior. No es de extrañar, claro, si pensamos en que Anderson ha firmado hasta el momento todos los guiones de sus realizaciones.

Así, encontramos repeticiones, desde distintas perspectivas, que ayudan a tejer el patrón global de Anderson. En Hard Eight, Sidney (1996) conocemos ya al que podrá denominarse el “inocente personaje” de sus películas. Personas que creen en la bondad del mundo. Un mundo lleno de peligros que les harán vivir muy malas situaciones pero que, sin embargo, les devuelve a esa inocencia, en forma de ayuda y estabilidad. John es un perdedor que se aferra a la generosidad incondicional de Sidney, sin saber nada de él, y que replicará esa candidez, seguramente para olvidarse de su pasado, ayudando a su vez a Clementine – qué mejor nombre para este personaje. La evolución de John en la filmografía de Anderson es el policía Jim Kurring de Magnolia (1999), oficial introvertido que se sentirá medianamente realizado al aportar su pequeño granito de arena para hacer que la vida sea mejor desde su humilde trabajo. Un perdedor que encontrará, también, la forma de realizarse, de salir de su burbuja, ayudando a una Claudia que, como Clementine, tiene un pasado – y presente – oscuro. Más inocentes, pero desde otras perspectivas: Dirk Diggler de Booggie Nights (1997), Phil Parma de Magnolia o, claro está, los enamorados de Embriagado de Amor (Punch-Drunk Love, 2002). Pero de todos ellos se hablará en detalle en las críticas individuales…

Paul Thomas Anderson juega también, como decíamos al inicio, con la necesidad de redención. Y es que el director tiene muy claro, y en varias ocasiones así lo demuestra, que las cosas malas que nos pasan no son fruto del azar, sino un castigo, una forma de devolvernos el mal que hemos hecho.

Por tanto, si no nos arrepentimos, nunca saldremos a flote. Es el caso de Sidney, que ve en la ayuda que ofrece a John la forma de hacer las paces con haber cometido el asesinato de su padre; o de Daniel, cuya rabia y falta de empatía le hacen odiar al resto de la sociedad. ¿Qué les paso en su infancia para que se comporten así? No lo sabemos a ciencia cierta, pero está claro que su redención es necesaria. En el caso de Daniel, nos demuestra su odio al mundo con el trato a su particular “inocente”, H.W., el hijo que adoptó. Curioso es ver cómo el actor, Daniel Day-Lewis, es capaz de hacernos ver que en realidad quería al niño, pero su orgullo, su rechazo a la sociedad, le hacen apartar de su lado a las personas que más quiere, como hizo también con su “hermano”. Como hizo, incluso, con el reverendo Eli.

La relación padre/hijo que vemos en John/Sidney, en Earl/Fran, en Daniel/H.W (incluso Eli)… un vínculo amor-odio que posiblemente responda a una realidad personal de Anderson. Y seguramente lo sea, también, su vínculo amor-odio con la religión. Porque no sólo Eli es el primer personaje totalmente relacionado con ella, sino que ya con Frank vemos la obsesión del director con las personas, farsantes o no, que sin embargo movilizan a masas (grande es la escena final de Pozos de ambición, con un Daniel que chantajea a Eli para que diga repetidamente en voz alta “Soy un falso profeta y Dios es una superstición”). Por religión, por sexo…. pero profetas en su tierra. Y está claro que, a la espera de The Master (2012), Anderson va a indagar en su interior para volver a poner de manifiesto en ese tándem inocencia-redención, sazonada, además, con las verdades y mentiras de una religión, en este caso, la de la Cienciología.

Unos temas, puestos de manifiesto siempre a través de relaciones personales, desde un punto de vista tan intimista y personal que nos atrapan, sobre todo, y aparte de lo ya comentado, por la perfección de cada plano que el director nos pone delante que todas sus películas. Personalmente, me fascinan de él un encuadre y una escena: el encuadre, en Magnolia.  Earl Partridge le dice a su enfermero, Phil, que busque a su hijo, el famoso Frank T.J. Mackey. Cámara en picado, vemos al moribundo en una esquina, en la cama de una habitación de una casa de ricos; al enfermero de espaldas a él, un poco alejado, mirando al suelo; y a los varios perros, unos sentados en su cunita, otros moviéndose, pero todos encuadrados en ese casi imposible momento que reúne miseria, desesperación, perplejidad, y superficial opulencia. Un encuadre que dice tanto sin que lo parezca… un encuadre planificado al detalle, digo de un gran discípulo del mejor Standley Kubrick.

Paul Thomas Anderson

La escena, de Pozos de Ambición: Daniel ha perforado en el terreno que Paul le indicó, pero no hizo caso a Eli y no bendijo la torre (otra demostración de poder de uno sobre otro, y otra vez, la llamada de Anderson a que las cosas no suceden por azar),así que una noche, en la que la broca alcanza el petróleo, hay una explosión de gas en la que su hijo se queda sordo. Llega la noche, y Daniel sigue mirando el gran incendio. Y este es el gran momento: su hombre de confianza le pregunta, horas después del suceso, “¿Está H.W. bien?”. Y Daniel contesta, sin mirarle: “No, no lo está”. ¡Ah! Qué gran momento: Anderson nos emplaza en pocos segundos en la piel de un hombre que es incapaz de demostrar sus sentimientos (aunque lo primero que hizo fue rescatar a su hijo y hacer que le llevasen a la enfermería), por temor a darse cuenta de que Eli tenía razón, o simplemente a encontrar que la vida no le sonríe como él se merece, o que no vean que es débil. Pero también vemos cómo Daniel priorizará siempre su interés personal al resto de cosas. ¿O no? Quizá no. Quizá, simplemente, es que ya no sabe cómo volver atrás y comportarse de otra forma. Quizá, simplemente, es demasiado orgulloso para reconocer sus errores…. Y, todo esto, con una simple escena plano/contraplano de Daniel y su capataz, frente a la torre en llamas. En una palabra: brillante.

Perfección, sí, pero no sólo en sus tomas (y qué decir de esos largos planos secuencia que sin duda nos hipnotizan…). También en sus guiones y, por encima de todo, en su maestría para sacar lo mejor de sus actores. Quién iba a decirle a Adam Sadler que iba a cosechar premios, incluída la nominación al Globo de Oro como mejor actor, con Embriagado de Amor. Un actor que, hasta el momento (aún no había rodado 50 primeras citas50 First Dates, Peter Segal, 2004, quizá otra de las pocas en la que se le puede salvar de la quema) nadie habría apostado por él para un film que, aunque comedia, necesita de un sentimiento desbordado. Anderson es especialista en dar papeles protagonistas a actores que deben salir de su zona de confort, arriesgándose, para demostrar de lo que son capaces. Y, aunque tenga a su círculo de preferidos (John C. Reilly, Julian Moore, Philip Baker Hall, o Philip Seymour Hoffmann entre ellos, al que conoció en Hard Eight y le dejó asombrado por su capacidad de improvisación), no duda en buscar a los mejores para encarnar sus personajes, las pequeñas porciones de su propia alma. Así, en todas sus películas ha conseguido que sus actores se alcen con alguna nominación por su interpretación… un claro reflejo de su influencia durante el rodaje. Si a todo esto le sumamos una pasión por que la música que acompaña a sus películas sea también otro personaje (al igual que Wes Anderson, por ejemplo), tenemos a un director que se ha valido, por supuesto, la etiqueta de niño prodigio.

Películas reflexivas, de cigarrillos y café, tal y como tituló su primer corto, toda una declaración de intenciones de lo que sería su carrera (Cigarettes&Coffe, 1993, corto que le sirvió para profundizar en los personajes de Sidney y Diggler en sus dos largometrajes posteriores). Sin argumentos novedosos, sin ser el primero en tratar los temas. Pero con perspectiva, y visión, que nos deja perplejos, que nos ayudan a cuestionarnos muchas cosas de nuestra propia vida. Desde pequeñas acciones o decisiones hasta planteamientos trascendentales sobre el Universo y nuestro lugar en él. Éste es el impactante Paul Thomas Anderson… os invitamos a saber más de él en los próximos días a través del análisis de cada uno de sus largometrajes.

Filmografía de Paul Thomas Anderson

Película a película:

Sidney (Hard Eight, 1996)

Boogie Nights (1997)

Magnolia (1999)

Embriagado de amor (Punch-Drunk Love, 2002)

Pozos de Ambición (There will be blood, 2007)

The Master (2012)

Puro vicio (Inherent Vice, 2014)

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Comentarios sobre este artículo

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