Sidney (Hard Eight)

Paul Thomas Anderson, prometedores inicios Por Arantxa Acosta

“Por más que intentes evitar tu imagen en el espejo, ésta te mira siempre directamente a los ojos"El corazón del Ángel (Angel heart, Alan Parker, 1987)

Blanco sobre negro, acompañados por una música que nos recuerda a la de un prisionero que está a punto de ser condenado a muerte, nos presenta Anderson a su equipo de actores y técnicos. Máximo suspense conseguido con unas simples notas, que nos atrapan desde los veinte primeros segundos de película, y durante los que el director hace ya una de sus primeras demostraciones: la música es clave para hipnotizar al espectador.

Siguiente plano secuencia: travelling, tras los pasos de un hombre con abrigo oscuro, acercándose a la figura de un hombre apoyado al lado de una puerta, sentado en el suelo, cabizbajo. “Hey! do you want a cup of coffe, and a cigarette? / What? / I’m I guy that it’s offering you a cigarette, and  a cup of coffe”. La conexión entre los dos personajes principales ya está establecida: no sabemos por qué, pero uno ayudará al otro. El salvador frente al perdedor, ya intuimos. Y, en verdad, será así.

En la siguiente escena conocemos algo más de ellos dos. John y Sidney. John, el que lo ha perdido todo jugando a blackjack. Sidney, el que se ofrece a ayudarle a conseguir dinero en Las Vegas. Los dos hombres salen de plano, y nos quedamos solos, ante la mesa vacía. La música ha cambiado, pasando de desconcertante, a no estar presente para nada y, de repente, a ser alegre, en verdad entre cómica y esperanzadora, cuando John acepta el ofrecimiento. La cámara, a la altura de la mesa, como si nosotros también hubiésemos estado sentados junto a ellos mientras hablaban, se acerca a la ventana, mostrándonos el paisaje de fuera: una vista árida, una carretera solitaria… y la música que continua alegre, como una burla, o  como una advertencia a lo absurdo y trágico que va a ser lo que vamos a ver a continuación: la evolución de dos vidas, que viniendo de caminos muy diferentes, se han juntado para no separarse.

Y nosotros, eso sí, observamos ahora desde el otro lado del cristal. Fundido a negro, y título: Hard Eight… Y es que Anderson juega, en menos de diez minutos, a que empaticemos con los dos protagonistas, a que caminemos junto a ellos y tomemos café desde su visión subjetiva (esos plano/contraplano frontales de Sidney y John) para luego alejarnos, como advertencia a que no nos encariñemos, o como salvación al espectador, a demostrarnos que, a partir de aquí, nos limitemos a observar desde fuera.

En este su primer largometraje, el director no sólo contó con lo mejor del panorama de actores del momento (de mucho le sirvió su período como asistente de producción para la televisión, en el que conoció a su actor fetiche, Philip Baker Hall, y al que le dio la alegría de volver a ponerse en el punto de mira de la industria cinematográfica), en el que encontramos a Gwyneth Paltrow o Samuel L. Jackson, sino que tuvo la oportunidad de hacer evolucionar a los personajes de su primer corto, Cigarettes&Coffe (1992), un relato coral (marca de la casa, también) en el que se fijó, con gran acierto, el Festival de Sundance.

Pero, si algo nos gusta de Sidney (Hard Eight), es que es el inicio de lo que iba a ser, y continúa siendo, una carrera brillante.

Se introducen aquí ya algunas de las mayores preocupaciones de Anderson: la primera, la importancia de la familia, de estar unidos, a través de la relación padre/hijo, representada por el lazo afectivo que siente Sidney con John, y viceversa. El querer proteger a tu familia, sea lo que sea lo que hayan hecho, sin esperar nada a cambio.

Sidney

La segunda, y muy relacionada, la enfermedad como elemento desestabilizador en la familia. En el caso de esta película, lo vemos claramente en el personaje de John. La muerte de su madre hace que él se vea en la obligación de encontrar, de la mejor forma posible, dinero para pagar su funeral. Esta situación le pone entre la espada y la pared, y, aunque su sentimiento natural será el de hundirse en su propia desesperación, la vida le regalará la llegada de ese “ángel” que es Sidney. La muerte de su padre, que conoceremos más avanzado el film, nos hará comprender también ese sentimiento de desamparo, esa forma de comportarse que se traduce en aferrarse a la figura de Sidney. Tanto, que hasta se vestirá como él, beberá lo que él bebe… Pero es curioso cómo Anderson se las ingenia para que nos demos cuenta, en un momento concreto del film, que John no está tan en las nubes como parece… una llamada, una corta pero íntima conversación entre “padre e hijo”, y nos preguntamos qué es, y que no, lo que sabe John de Sidney… De nuevo, con encuadres limpios, sin florituras, los que consiguen remover los sentimientos más escondidos.

La tercera preocupación del autor: el Destino existe, y marca nuestras vidas. Lo veremos repetidamente en las películas del director, por las situaciones, por decirlo claramente algún personaje… “Things happen, you just have to deal with it”, se pronuncia en este film. Siendo la primera película, podríamos pensar que se trata simplemente de un recurso del guión, pero pronto sabremos ciencia cierta que no es así. Porque Anderson cree fervientemente en que nada pasa por casualidad, y lo relaciona, como aquí, con que será mejor redimirte de tus pecados, si es que quieres que tu suerte, tu mala suerte, cambie radicalmente. Sidney querrá hacerlo

Share on FacebookTweet about this on TwitterGoogle+Email to someone