The Master

Protector y protegido. Maestro y súbdito. Padre e hijo. Animales y personas Por Arantxa Acosta

"Hay un mar de petróleo debajo de nuestros pies. Y sólo YO puedo llegar hasta él"Daniel Plainview en Pozos de ambición (There will be blood, 2007)

Un mar perfectamente iluminado por el sol de mediodía, de un azul imposible, cristalino… perturbado sólo por el movimiento que le provoca la turbina de un barco. Esta es, sin duda, la imagen que mejor describe al personaje de Freddie Quell.

Como ese mar, Freddie es puro. Y simple. Seguramente sin estudios, lo poco que sabe de la vida lo aprendió en la segunda guerra mundial. Un lugar, una época que nubló su ya de por si aturdida mente, haciéndole olvidar las prioridades de la vida y dejándose arrastrar por sus instintos más primitivos. El sexo, las bromas soeces son su pan de cada día. También el cambiar de ciudad y trabajo continuamente, ya que no está habituado a permanecer en un mismo lugar. Sus pensamientos, sus arrebatos de pánico, sus recuerdos al fin y al cabo, se lo impiden. En el fondo, él sabe que su existencia no tiene sentido, por eso le gusta beber alcohol mezclado con veneno. “Hay que saber beber”, dice. Pero un día, por casualidad, Freddie encuentra a Lancaster Dodd. Y su vida cambiará para siempre…

De animales y personas. De personas que se creen dioses, y de dioses que se creen animales antes que personas. Paul Thomas Anderson consigue con The Master lo que parecía imposible: firmar una nueva obra maestra, tan inquietante, sorprendente e incisiva como su anterior Pozos de Ambición, pero profundizando aún más, si cabe, en sus personajes.

Y es que con la definición del personaje de Freddie, Anderson se marca una nueva meta en su ya genial carrera: la de explicar el pasado de su protagonista. Si bien en otras de sus películas ha dado pequeñas pistas para comprender los actos de cada una de sus creaciones, normalmente no es partidario de ser explícito en nada sobre sus pasados (un buen ejemplo es el Daniel Pleinview de Pozos de Ambición). No obstante, el director considera ahora, con gran acierto, comenzar a explicar su particular denuncia sobre la iglesia de la Cienciología hablándonos de la vida de Freddie antes del encuentro con su Maestro, mostrándonos a un hombre frágil dentro de la locura a la que le ha llevado la guerra (magníficas escenas a modo de prólogo en la playa con el resto de marineros descansando, y él “violando” a la estatua de arena; las de los médicos, uno sin salir de su asombro al darse cuenta que en el test de Rorschach sólo es capaz de distinguir escenas sexuales, o el psiquiatra que le hace derrumbar al demostrarle que está teniendo alucinaciones, que es en lo único en lo que ya se centra su vida; o la de los grandes almacenes en los que pierde los estribos; o en la que “emborracha” con su particular brebaje a un campesino tras decirle “me recuerdas a mi padre” – y aquí, por supuesto, Anderson inicia la primera conexión con la relación que después tendrá con Dodd: le hace falta un padre, un guía). Pero también hará que explique abiertamente algo de su pasado (explcia, pro ejemplo, que su madre no está muerta, sino en un manicomio) y, lo más importante en The Master, es que ahora el director utilizará de forma muy extensa el recurso del flashback. Eso sí, de la forma en la que sólo Anderson puede hacerlo: no dejándonos saber a ciencia cierta si se trata de recuerdos o de la imaginación del protagonista. El lírico formato de sus imágenes no nos ayudarán tampoco a salir de dudas aunque, en cualquier caso, sí sabremos que algo de lo que ocurre sí es cierto, por el devenir de los acontecimientos. Por tanto, Anderson evoluciona de nuevo su lenguaje cinematográfico, no con una técnica innovadora pero sí con el uso de ella. Bravo.

Freddie, interpretado por un convincente Joaquin Phoenix que borda la representación de vagabundo pseudo-loco que sólo necesita amor y comprensión para estabilizar su cabeza, encuentra como decíamos a Lancaster Dodd. Como sabemos de Anderson, que le encuentre por azar, bailando en una fiesta sobre un barco amarrado a punto de zarpar, no es casualidad. Es, otra vez, su particular manera de decirnos que todo pasa siempre por algún motivo. Así que Freddie se colará en el barco, borracho.

The Master

El poder de Anderson para sacar lo mejor de sus actores lo conocemos desde su primer largometraje, pero encontramos aquí, en The Master, una simbiosis tan potente que no nos extraña que se diese el premio conjunto a mejor actor a Philip Seymour Hoffman y Joaquin Phoenix en el Festival de Venecia. Desde el primer plano juntos se desprende una energía especial de la pantalla: Philip Seymour Hoffman, actor fetiche de Anderson, sabe calibrar su interpretación de hombre sabio, tranquilo, sabedor de la verdad del mundo y con ganas de expandir su conocimiento en varios continentes con la de Phoenix, consiguiendo calmar a éste, obteniendo sobre todo en sus escenas conjuntas una actuación con resultados exponenciales. Si alguien se merece un premio definitivamente es Seymour Hoffman, que parece llevar el peso de los dos personajes, ya que desde el inicio se nos deja muy claro que Dodd no sólo ve en Freddie un animal sin educación que debe ser domado (de hecho, le trata como a un animal, juega con él con la excusa de intentar educarle, o más bien domesticarle), sino que le recuerda a él mismo y el pasado del que viene, y es incapaz de volver a verse reflejado en otro en esas condiciones. Seguramente le recuerde unos inicios muy duros. Seguramente el libro que escribe y que está promocionando es una invención para no volver a verse en la más absoluta pobreza. No lo sabemos… pero el director es un maestro de las sutilezas.

Así que el pilar del film, el conjunto Freddie-Dodd, nos acabará hipnotizando. Las escenas que compartirán potenciarán, de nuevo, esa necesidad de Anderson de demostrar que hay personas que necesitan sentirse superiores a otras, no por pura vanidad, sino por tener a alguien siempre a su lado. Les veremos actuando como investigador y conejillo de indias (excepcional secuencia la de pared-vidrio), como padre e hijo, como amigos con sus más y sus menos (aquí es sin duda destacable la escena en la cárcel, que se inicia con un plano fijo que nos permite espiar las celdas de los dos individuos, mientras que ellos no pueden verse, en la que Freddie demuestra sus dudas gritando a su “salvador” “te lo inventas todo”), y también como enemigos. Y es que el director recrea una relación desde su inicio hasta su final, con todas las fases con las que nos podemos encontrar, y veremos que el vínculo, para bien o para mal, debe romperse. Un vínculo con final más o menos feliz en las películas de Anderson, siempre con la finalidad de demostrar que las cosas nunca pasan por azar. “Todos necesitamos un maestro, si te vas, en otra vida seremos enemigo”, dice Dodd. Palabras puestas en boca de un personaje de ficción que, con toda seguridad, Anderson defiende a capa y espada. Pero lo más curioso es cómo Anderson consigue enlazan esta relación con la real padre-hijo de Lancaster. Como siempre sin levantar grandes descubrimientos, sólo alguna frase suelta pronunciada en el momento correcto nos hará construir el puzzle.

Pero, en teoría, la película se centra argumentalmente en el surgimiento de una religión, o secta. Y decimos en teoría porque, como ya hemos hablado en otros textos y en este, siempre acaba siendo la excusa del director para seguir hablando de sus pasiones favoritas. En cualquier caso, y con respecto a la fundación de “La Causa”, hay que decir que Anderson es respetuoso, pero incisivo. En ningún momento cuestionará abiertamente las intenciones de Dodd, en cuanto a si realmente él mismo se cree lo que está diciendo o si todo forma parte de una farsa para ganar dinero. Y ésta es una de las grandes fortalezas del film: objetivamente, no hay que machacar a Dodd. ¿Por qué hay que hacerlo? Así que Seymour Hoffman se acoge totalmente a esta premisa para construir su personaje. A veces afable, a veces inapreciablemente cruel, con picos de agresividad callejera que nos llevan a pensar directamente en Freddie. Porque en realidad, Dodd es un barriobajero con ambición, como lo es el Daniel Pleinview de Pozos de ambición. Un barriobajero como Freddie, solo que con ansias de salir de su situación. Ellos dos, sin duda, son uno. Al menos para Lancaster.

Nos engañaríamos si pensásemos que el tándem Freddie-Dodd es lo único importante del film. En esta película, Anderson incorpora un tercer personaje co-protagonista, con una intervención en pantalla mucho menor pero de especial relevancia: nos referimos al personaje de Peggy Dodd, la mujer de Lancaster, interpretada por una serena Amy Adams muy alejada de papeles anteriores. Peggy se alza como la verdadera influencia sobre el fundador de “La Causa”. Es la que le anima a continuar, la que le susurra al oído que debe echar a Freddie porque no está a favor de sus creencias. Al igual que con su marido, tenemos las mismas dudas con ella, no sabemos si se lo cree o simplemente quiere lo mejor para su familia, y para ella misma. No obstante, sin duda es un personaje muy rico, al que quizá Anderson no le saca todo el provecho que es necesario (podemos pensar que no se siente tan cómo do al poner sus propias palabras en las de un personaje femenino), pero que sin duda es un elemento clave para comprender la última parte de la película.

Por supuesto, también en este film, como en anteriores, la música, las canciones, son también protagonistas. Pese a las críticas de su anterior trabajo, Anderson vuelve a confiar, y con gran acierto, en Jonny Greenwood. Y aunque puede dar la impresión de que haya querido moderar el tono de sus melodías, simplemente es que aquí no es necesario ser tan estridente, ya que la historia avanza como ese agua del inicio, sólo removida de vez en cuando por los acontecimientos más importantes de la vida de cada uno de los protagonistas. A destacar en The Master el uso de esas melodías más agresivas al inicio del film, representando magistralmente no la complejidad de la escena, sino de la mente de Freddie, perdida en medio de tanta barbarrie, la barbarrie de una guerra y los pobres marineros atrapados en ella.

The Master. Una película que personalmente se me antoja la perfecta continuación, o complemento, de Pozos de ambición, solo que en ésta Anderson se centraba en explicar la historia desde el unto de vista del “amo”, y ahora lo hace desde la perspectiva del súbdito (el Freddie de ahora es el H.W. de la del 2007). En definitiva, y sin lugar a dudas, se trata de una obra maestra que sigue a su predecesora en cuanto a búsqueda de la perfección, dando el tono adecuado a un film en el que la sociedad ha evolucionado, y seguramente es más estúpida que a inicios del siglo XX. Sólo hace falta darse cuenta de la ironía que rezuman las escenas sobreiluminadas, y los colores pastel que enmascaran la realidad de Lancaster Dodd: mientras se fotografía pomposo con toda su familia, muchos son ya los que le esperan en otra sala para hacerle varias preguntas sobre la incoherencia de sus textos y afirmaciones. Simplemente, sublime.

TRAILER:

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] y apasionantes digresiones aquí ha sido eliminada. Porque ahora estamos con el director de The Master (2012), no el que fue con Boogie Nights (1997) y Magnolia (1999). Se comprende perfectamente que la […]

  2. […] desde Sidney (Hard Eight, 1996) con el protector del malogrado jugador, hasta la reciente The Master […]

  3. […] y a su obra. De todas sus películas en general y, a la espera de la culminación que parece ser The Master (2012), de esta perennemente salvaje y totalmente rompedora (con su habitual función meramente […]

  4. […] de Adèle, claro. ¿Pero no hay un erotismo pirómano en la relación latente que se describe en The Master y Sólo Dios perdona? Por no hablar de la grotesca y pornográfica relación erótica que […]

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