El show de Truman

Das ding an sich, o el viaje iniciático del inocente Por Arantxa Acosta

"Un ejemplar del 'Time' del 7 de Abril de 1997. Lo enrolló y se lo metió en un bolsillo de los pantalones. Más ejemplares del 'Time'; los revisó abriéndolos e intentando devorar todos los artículos a la vez, tratando de captar y retener algo. Modas, puentes, pintura, medicina, hockey sobre hielo; todo, el mundo del futuro expuesto en cuidada prosa. Sumarios concisos de cada rama de la sociedad que no tenía existencia todavía.
Que había cobrado existencia. Que existía ahora.
Era una revista actual. Era el año 1997, no 1959."Extracto del capítulo 9 del libro Tiempo desarticulado (Time out of Joint, Philip K. Dick, 1959; Ed. Planeta)

Voyeurs exculpados por la propia sociedad. Eso es lo que somos ahora. Mirones de vidas que no nos pertenecen. Porque hoy en día ya no nos sorprende, eso de poder seguir por televisión todos los movimientos de un desconocido que se presta a ello. De hecho, lo buscamos. Qué hará ahora, qué dejará de hacer. “Qué vida tan tranquila y maravillosa tiene”, o ”¡Vaya! Fíjate qué triste lo que le ha pasado”, pensamos – con una media sonrisa en los labios, eso sí.

Pero la película va más allá, al menos a día de hoy. Porque Truman no es consciente de ello, no ha vendido su privacidad. Y ahí el dilema. A no ser que pensemos que Facebook no deja de ser un previo paso a esa misma situación… ¿Es posible llegue un momento en que nuestra vida privada será completamente pública sin ser nosotros conscientes? Conocer la vida de todos los que me interese sin saber cuántos conocen la mía propia. Uhmmm…

Así que sí, revisando El show de Truman podríamos vanagloriar el supuestamente visionario guión de Andrew Niccol, precursor de los reality show que inundan desde inicios del siglo XXI nuestros hogares. Pero este texto no va a focalizarse en eso. No va a centrarse en el punto de vista del espectador, por mucho que Peter Weir acertase de pleno con el uso de esos imposibles emplazamientos de cámara (el interior de un sacapuntas, el otro lado de la radio del coche) y en el uso del círculo irisado para hacer obvio que existe una cuarta pared también entre el espectador del propio film y Truman. No, aquí “lo” importante es Truman y su entorno, los personajes de su particular show. Es centrarse en el miedo a descubrir que todo lo que creías conocer no existe. Y de cómo Peter Weir, no Andrew Niccol, supo encontrar la mejor forma de hacernos reflexionar sobre ello.

I. El Engaño perfecto: la manipulación mental

“Ganador absoluto en el concurso ‘¿Dónde estará la próxima vez el hombrecillo verde?’, Ragel Gumm, campeón desde hace dos años consecutivos, récord de todos los tiempos” 1

Ragel Gumm es un cuarentón que lleva dos años viviendo exclusivamente de la resolución del acertijo publicado diariamente en el periódico local. Su vida es simple, y así le gusta que sea. Charlar con su hermana y cuñado es lo que más le motiva. Eso, y el idílico (por no materializado) affaire que mantiene con una mujer casada. No le importa que se le critique por tener ingresos de una forma supuestamente tan improductiva. Él es feliz. Y así “se desea” siga siendo.

Gumm es el Truman de Philip K. Dick, personaje en el indudablemente tuvo que basarse Andrew Niccol para presentar su guión. Y es que si bien en el libro original la vertiente ciencia ficción es notable (la preocupación de los escritores de la edad de oro estadounidense por la conquista del espacio, y las terribles consecuencias que ésta podía tener para el ser humano, fue objeto de variopintos – y excelentes – relatos), también hay que decir que se conoce que el guión de Niccol también lo era, algo que Peter Weir no quiso considerar para su film. De ahí la reescritura del guión.

Weir quería mostrar con El show de Truman que observar a otro debía ser placentero.

¡Ah! Qué gran verdad. ¿Por qué no anhelar, envidiar, la forma de vida de aquél que no tiene ningún problema?

La reacción lógica: proteger a nuestro objeto de deseo. Crear un mundo perfecto alrededor de él. Hacer que las cosas sean como él las ve y las vive, y no como las ven y viven los demás. Fantasear con la creación de un mundo ideal, una ilusión para nuestro protegido, y sus espectadores. Matrix (The Matrix, Andy&Lana Wachowsky, 1999) a pequeña escala.

Lo fácil: el entorno. Los años cincuenta, icono de la felicidad. La referencia a Pleasantville (Gary Ross, 1998) es necesaria, y más habiendo sido producida en el mismo año: consideramos los cincuenta, post- Segunda Guerra Mundial, estandarte de la fingida felicidad. Y somos conscientes de que hay que romper paradigmas.

Entonces… ¿dónde vive Gumm/Truman? En una ciudad perfecta, con vecinos perfectos y trabajos perfectos. Así que, igual que en el libro, se escoge una estereotipada ciudad. Sólo que Weir encontrará una localización verdaderamente perfecta: Seaside, en Florida. ¿No es espeluznante que no tuviese que crear una ciudad-decorado? Personas reales que por propia voluntad se retiran a vivir en un mundo hecho a su medida. Dios… más Matrix:

“¿Sabes? Sé que este filete no existe. Sé que cuando me la meto en la boca es Matrix la que le está diciendo a mi cerebro ‘es bueno, y jugoso’. Después de nueve años, ¿sabes de qué me doy cuenta?

… La ignorancia es la felicidad”

Sustituyamos Matrix por “la propia voluntad del individuo”, y tenemos una sociedad que prefiere auto-engañarse para ser feliz. Y eso ya existe, por supuesto.

De esta forma, el director apostó no únicamente por llevar al extremo el look de mediados del siglo XX, utilizando insulsas combinaciones de color pastel, ya aportadas por las casas de la ciudad o creadas gracias al vestuario de los personajes (fijémonos también en la evolución de la vestimenta de Truman, al que hacen pasar de los jerséis de rombos típicos de golf a un look de sobrio jersey y pantalones negros), o el Sol y Luna tan perfectos como imposibles. También dirige a sus actores para que sus posturas rezumen la falsedad de los años en los que se inspira. Un buen ejemplo lo encontramos en el personaje de la mujer de Truman: Laura Linney supo captar perfectamente el deprimente rol de mujer florero de la época, intentando estar siempre perfecta, posando para su marido tal y como se veía en los anuncios de revistas del momento y sin olvidar dónde están situadas las más de cinco mil cámaras que supuestamente controlan el mundo de Truman.

el show de Truman 2

Pero sí, esta es la parte fácil. Al fin y al cabo, es como un eterno rodaje. Un buen diseño de producción y los fallos serán imperceptibles. Así que en cuanto al engaño, lo verdaderamente importante es el mensaje velado del film: la manipulación mental que se ejerce sobre el protagonista y, por extensión, sobre el espectador. Por si no nos queda claro, el exagerado product placement es el último recurso para que nos demos cuenta de cómo se juega con nosotros a cualquier nivel…

Pero vamos más allá, vamos a pensar en el protagonista: recuerdos prefabricados no al estilo Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Cypher (Vicenzo Natali, 2002) o Dark City (Alex Proyas, 1998). Mucho peor. Recuerdos reales, pero dirigidos. Unos estudios escolares y universitarios fingidos, un trabajo que siempre le irá bien. ¿Que tiene espíritu explorador? Qué mejor que colgar un póster con un avión estrellándose en la agencia de viajes más cercana…

Y aún así, esto, igualmente, son pequeñeces. Lo que asusta, lo que nos hace reflexionar, y lo que el director pasa por encima de forma completamente consciente, es que no únicamente es necesario manipular a Truman, sino a todos los que deben convivir estrechamente con él: el amigo de la infancia no deja de ser un niño actor que sus padres “vendieron” a la televisión para lucrarse; la mujer es una egoísta actriz capaz de hacer todo lo que un noviazgo y matrimonio implica para llegar a la cima de su carrera, y de su cartera (no en vano cruza los dedos en las fotos de la boda…). Y qué decir de los actores que, priorizando un fuerte sentido de la moral frente al lucrativo show, fueron apartados del programa televisivo: o te amoldas al deseo de la gran mayoría social, o te conviertes en un proscrito.

Aquí la moralidad no entra en juego. O no se concibe como tal.

II. La toma de conciencia, de Truman y del espectador

“- ¿Te encuentras bien? (…)

- No encuentro el cordón de la luz (…). Y luego, de pronto, recordó que no había cordón de la luz. Había un interruptor en la pared, a la altura del hombro, junto a la puerta. Lo encontró en seguida (…). ¿Por qué me acordaba de un cordón de conexión de la luz?, se preguntaba. Un cordón específico, que colgaba a una distancia específica en un sitio específico. No tanteaba al azar.” 2

Truman se sienta a observar en la plaza principal de la villa. Ese es su momento de toma de conciencia: su perfecto mundo se ha desmoronado, pero todo cobra sentido: se destapa “la cosa en sí”, llevando a la filosofía de Kant el descubrimiento de cómo es su entorno, muy distinto al de su propia experiencia (concepto que Philip K. Dick también introduce en Tiempo desarticulado) y empezará a improvisar. Porque hasta el momento, sin saberlo, se comportaba siguiendo un guión hecho a su medida: su propia rutina.

Un foco de estudio caído en mitad de la calle, lluvia unipersonal, un ascensor con doble fondo, un padre resucitado… Sí, ese “ruido” es el que poco a poco hará que Truman conozca su verdadero entorno, hasta que ate cabos. Weir sabe introducir los elementos clave, también para el espectador: el efecto de que algo no está bien en el mundo de Truman se consigue con la posición y efectos de cámara, como dijimos antes. Pero, si inicialmente ya ha aparecido Christof anunciando el programa en una introducción que nos presenta el mundo creado alrededor del protagonista… la toma de conciencia del espectador, en este sentido, no es lo que busca el film, está claro. Lo que busca, sin embargo, es que con esa información ya presentada desde el inicio sepamos de antemano interpretar las reacciones del protagonista y, por supuesto, empaticemos con él. Y, de esta manera, Niccol y Weir nos tratan igual que a los ansiosos espectadores que día y noche no pueden separarse de la pantalla de su casa.

El Christof de Peter Weir, obviamente un nombre no escogido al azar, quiere proteger a su creación, siguiendo la reflexión inicial, y no en vano hará todo lo posible para conseguir que se quede en el mundo que le ha hecho a medida. Defenderá que no hay guión en la desafortunada introducción del film (sin ella el descubrimiento del mundo Truman por parte del espectador hubiese sido fascinante, más cuando a medida que avanza el metraje se va descubriendo poco a poco el engaño… no obstante ya decíamos que no es la intención de Weir), pero pronto demuestra que no es verdad. La audiencia, el deseo de mantener la fama personal… Algo hay que hacer para evitar el desastre, para seguir siendo los primeros. Para seguir manipulando a “su” creación. “Estamos hartos de actores que fingen emociones”, es la primera frase del film. “Estamos hartos de fingir que somos felices”, traduce nuestro cerebro al escuchar al creador del show. ¿Excusas para sentirse el amo de Truman?

No. Christof quiere a Truman. En él ha depositado sus mejores deseos. En el momento que se escapa a su control, él le dejará actuar, empujándole conscientemente al abismo… creyendo que en el último momento Truman, como Cifra, escogerá la protección frente a la aventura.

El show de Truman 4

¿Qué haríamos nosotros? ¿Querríamos conocer o quedarnos en nuestra jaula de oro? El Gumm de Philip K. Dick descubrirá (*ojo spoiler*) que no únicamente la ciudad en la que vive es el ideal de su infancia, sino que fue él mismo el que mandó crear esa fantasía para concentrarse en realizar correctamente su trabajo y, si bien finalmente no lo hará por una serie de acontecimientos, su primer impulso es volver a la ciudad a seguir desempeñando su tarea, por el bien del terrícola, pero también por su propia tranquilidad. Niccol y Weir, en cambio, no dejan que Truman se lo plantee en ningún momento: le empujan, incluso demasiado aceleradamente, a buscar su verdad. Y es en esa maravillosa secuencia final, cuanto su barco se da de bruces contra la pared azul, en la que otra de las claves soterradas del film sale a la luz:

Dios no existe. Somos nosotros mismos los que labramos nuestro futuro, los únicos capaces de descubrir la verdad. Nuestra mente es nuestra propia jaula.

Así que El show de Truman es el show de nuestra vida, por eso la necesidad de querernos hacer empatizar con el personaje.

Decíamos que si algo no cuadra en el estudiado avance de la historia, por no tratarse con suficiente profundidad, es la decepción de Truman al darse cuenta de que todo lo que le rodea es falso. La novia del Instituto, su mejor amigo… personas que, incluso en contra de su voluntad, le han traicionado desde la más tierna infancia. Echamos en falta el enfrentarse a los sentimientos que le produce esa situación, la explicación, las excusas… En el film se opta por priorizar la huída hacia adelante del protagonista, rompiendo con todo, sin rencores y sin necesidad de quedarse ni un segundo más en la mentira que ha sido su vida. Quizá es porque esa es la moraleja: despierta, acaba con todo, y progresa en cuanto tus sentidos te lo permitan.

 

III. La verdad

“Ahora sé lo que estoy haciendo. Sé lo que es el concurso y lo que soy yo (…). Maquetas de 1998 para hacerme recordar.”3

Con todo esto, lo único que resta por decir es: “Buenos días… y por si no volvemos a vernos, buenos días, buenas tardes y buenas noches”. Es increíble pensar cómo el análisis de esta inocente frase y su uso, con distintos tonos en momentos clave del film, fue la forma que encontró Weir para canalizar en nuestras cabezas la reflexión y múltiples interpretaciones de la propuesta de Niccol/K. Dick:

La verdad es ese océano y cielo de cartón piedra, filmados notablemente por un Peter Weir que prefiere que sea el propio espectador el que, junto a Truman, empotre la proa de su propio barco contra una ilusión ahora hecha pedazos, representación máxima de su propia conciencia. Porque ya en este momento del film, la empatía debería ser máxima, y la reflexión sobre hacia dónde estamos yendo como sociedad debería haber culminado.

el show de Truman 1

Pero la verdad debe conllevar una esperanza, que no es más que es esa pequeña puerta que se abre mostrando simplemente un fondo negro. Como tiene que ser. Porque nadie debería saber qué hay al otro lado, y mucho menos otros que no seamos nosotros mismos. 

TRAILER:

  1. Extracto del libro Tiempo desarticulado, de Philip K. Dick
  2. ídem
  3. ídem
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Comentarios sobre este artículo

  1. […] no es algo casual, sino que films como El show de Truman (The Truman Show, 1998), La costa de los mosquitos (The Mosquito Coast, 1986) o Matrimonio de […]

  2. […] de largo recorrido. Por una parte, expande la caverna de Platón –un par de años antes que El show de Truman (The Truman Show, 1999) de Peter Weir– al explorar las consecuencias de fundir en un mismo nivel […]

  3. […] «Dios no existe. Somos nosotros mismos los que labramos nuestro futuro, los únicos capaces de descubrir la verdad. Nuestra mente es nuestra propia jaula» (Arantxa Acosta, ‘Cine Divergente’). (+) […]

  4. […] cincuenta. Con una aperiencia más cercana a Seahaven, la ciudad-plató también utópica del film El show de Truman (Peter Weir, 1998), que a cualquier otra ciudad norteamericana de la época, la población de Santa […]

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