Picnic en Hanging Rock

El gesto recobrado Por Samuel Sebastian

La novela de Milan Kundera La inmortalidad se articula en torno a un gesto que el autor observa y que a cualquier otro espectador podría haberle pasado desapercibido: en la piscina de un balneario, una mujer mayor se despide de alguien alzando el brazo. Esta imagen permanece en la memoria del autor hasta que llega el momento preciso de la narración en el que este hecho se produce, lo cual aparece convenientemente remarcado. La sublimación de este gesto cotidiano tiene diferentes significados para el autor checo, es irónico, es narrativo, es tierno, pero sin lugar a dudas marca la presencia del autor en la narración, no solo por la deliberada elección de ese gesto por encima de cualquier otro en la historia, sino porque el mismo Kundera aparece como personaje en la película: un gesto sublimado por un autor–personaje. Unos años antes, Peter Weir, al adaptar la novela Picnic en Hanging Rock de Joan Lindsay se toma una pequeña licencia, de las pocas que hay en su película respecto de la novela, y se permite remarcar un gesto que aparece casi de pasada en el texto original: antes de desaparecer una de las protagonistas de la película, se gira y saluda a su profesora que está mirando un libro de arte y ésta asocia esa despedida con la imagen de la Venus de Boticelli. Y esta despedida adquiere un significado angular en la película por las múltiples narraciones que se desarrollan después y que todas giran en torno al mismo tema: la liberación frente a una sociedad puritana y represora.

Picnic en Hanging Rock

Nos encontramos en Appelyard College, un estricto colegio privado femenino australiano, en el año 1900. En pleno verano austral, un sábado, día de san Valentín, las alumnas y varias profesoras deciden hacer un picnic en uno de los lugares más bellos de la zona, junto a un impresionante acantilado. Sin embargo, lo que parece un día feliz en el campo se tornará en tragedia cuando tres alumnas y una profesora desaparezcan lo cual transformará aquella idílica comida campestre en una pesadilla.

Lo primero que llama la atención, tanto en la novela de Lindsay como en la película de Weir es el brusco giro que se produce a partir del primer acto: el comienzo de la historia no deja de ser una sucesión de imágenes deliberadamente cursis que van desde el amor por la naturaleza, el arte clásico, el ideal adolescente de amor y de belleza… y que Weir en su adaptación se encarga de remarcar con una música de flauta, ralentíes e imágenes oníricas. Sin embargo y de manera sutil ya aparecen pinceladas de lo que luego será el eje principal del filme: la tensión entre la libertad y la represión. Así, mientras las chicas protagonistas intentan transgredir continuamente las normas del internado, las profesoras y en especial la señora Appleyard, propietaria del colegio, se ocupan de reprimir continuamente las actitudes de las chicas. Evidentemente, para éstas la comida en el campo no tiene el mismo significado que para las profesoras, que piensan que es un aprendizaje sobre la naturaleza in situ, muy al contrario, ellas consideran que es un momento ideal para escaparse de los ojos que continuamente las vigilan y de ahí que Weir incida en ese gesto de despedida de una de ellas antes de desaparecer, ya que es una forma de decir adiós a esa forma asfixiante de entender la vida y se adentra en un mundo desconocido, tan fascinante como lleno de peligros, el mundo más allá de las fronteras invisibles que los adultos imponen a los adolescentes. Así, bajo la excusa de medir la altura del acantilado, las jóvenes comienzan a subir el imponente peñasco al tiempo que reflexionan sobre la conducta humana. Así en uno de los pasajes más bellos tanto de la novela como de la película, una de las jóvenes observa desde arriba a la gente a los pies de la montaña y piensa que desde allí parece que todos nos comportemos sin ningún propósito concreto, simplemente vamos de un lado a otro sin ningún sentido aparente. Momentos después, todas menos una –la que precisamente se salvará– decidirán descalzarse y caminar por la cima del acantilado, en un evidente acto de liberación absoluta y como forma de comunión perfecta con la naturaleza que las rodea.

Picnic en Hanging Rock 2

En este punto es en el que Peter Weir desarrolla toda su capacidad visual para exponernos una de las tesis de la película: la naturaleza, tomada como metáfora de la libertad, es un lugar de enorme belleza, inabarcable, sin límites aparentes pero también un lugar lleno de peligros, siniestro a veces, arriesgado una vez te adentras en él, lleno de animales hermosos y salvajes, que se encuentran siempre al acecho y que como las hormigas que mencionábamos anteriormente, hasta que no los miras de cerca no puedes adivinar sus intenciones. Esta doble naturaleza de la libertad refuerza y enriquece la ambigüedad del film que, tras la desaparición de las jóvenes, narrará los traumáticos efectos que esta causa en el internado y en una población cercana. La culpabilidad, la justificación del orden y la represión, la ambigüedad moral y los deseos reprimidos aflorarán en este pequeño microcosmos enormemente influenciado por el puritanismo victoriano.

Igualmente no hay que dejar de lado que el otro gran tema de Picnic en Hanging Rock, subsumido dentro de la tensión entre represión y libertad que vertebra toda la historia, el de la homosexualidad.

Si miramos superficialmente la película, a lo lejos, como la hacía una de las protagonistas al mirar a la gente desde lo alto del acantilado, no encontraríamos ninguna referencia tangible a la homosexualidad, apenas alguna referencia discreta al amor heterosexual: las cartas de san Valentín, los adolescentes que se quedan contemplando a las chicas mientras cruzan el río y luego se deciden a buscarlas una vez que han desaparecido,… sin embargo, una vez que contemplamos de cerca las relaciones que se entretejen entre los personajes es evidente que existe todo un subtexto en el que se muestra como la aparente camaradería va mucho más allá de una simple relación de compañerismo: al principio, dos de las compañeras comentan que debido a su diferente condición económica deberán separarse en un futuro próximo, lo cual las traumatiza. Una de ellas además además desaparecerá en Hanging Rock mientras que la otra deberá quedarse en el internado castigada por no saberse la lección –lo cual tiene un efecto más que simbólico– y se quedará aguardando con enorme tristeza el regreso de su amiga durante el resto de la película. Por otro lado tenemos la relación de Albert y Mike, dos chicos que son los últimos en ver con vida a las jóvenes desaparecidas y que se lanzan a buscarlas. Precisamente esa búsqueda será la que haga que florezcan los sentimientos más profundos de cada uno de ellos por el otro y que, una vez aparezca una de las niñas desaparecidas, pierdan todo el interés por ella.

Picnic en Hanging Rock 3

Por todo ello, la fuerza de las imágenes de Weir traslada con gran eficacia una novela llena de sutilidades y subtextos. Más allá del hecho de abordar un tema como el deseo homosexual que apenas era tratado con rigor en la literatura y el cine de los años sesenta y setenta, Picnic en Hanging Rock (Picnic at Hanging Rock, 1975) continúa poseyendo una enorme fuerza tanto visual como narrativa gracias por un lado a su cuidada ambientación y puesta en escena y por otro debido a su excelente narrativa que juega con diferentes personajes al mismo tiempo y que va dotando de diferentes capas de significado a la película, que en un principio aparenta ser un relato de época sobre el caso real de un misterio que quedó sin resolver pero que acaba siendo una desasosegante lucha entre los sentimientos de libertad de unos adolescentes y el entorno opresivo que los reprime.

TRAILER:

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] “…la fuerza de las imágenes de Weir traslada con gran eficacia una novela llena de sutilidades y subtextos” (Samuel Sebastián, ‘Cine Divergente’). (+) […]

  2. Peter Weir dice:

    […] la segunda película de Weir y verdadero hito en la filmografía de su país, Picnic en Hanging Rock (Picnic at Hanging Rock,1975), se presentan acabados dos de los elementos constitutivos de esta […]

  3. […] hacia la desacralización de lo desconocido es una constante recurrente en su filmografía. En Picnic en Hanging Rock (Picnic at Hanging Rock, 1975), el misterio de las rocas se tornaba en mera atracción turística. […]

  4. […] P'tit Quinquin, de Bruno Dumont Under the skin, de Jonathan Glazer Kis uykusu (Sueño de invierno) de Nuri Bilge Ceylan Jauja, de Lisandro Alonso. Picnic en Hanging Rock | Crítica | Película. […]

  5. […] presente en largometrajes como Los coches que devoraron París (The Cars that ate Paris, 1974), Picnic en Hanging Rock (Picnic at Hanging Rock, 1975), Gallipolli o El año que vivimos peligrosamente, en donde los […]

  6. […] that Ate Paris/The Sugarland Express) y en 1975 firmaron las obras más icónicas de su carrera (Picnic at Hanging Rock/Jaws). En 1977, cada uno desestabilizó al hombre occidental con amenazas asombrosas, uno desde lo […]

  7. […] como storyteller, con una narrativa clara y ya perfectamente depurada en títulos posteriores como Picnic en Hanging Rock (Picnic at Hanging Rock, 1975). Así, su protagonista, tendrá que habitar luces y sombras para […]

  8. […] El club de los poetas muertos funciona en el seno de la obra de Weir como una respuesta masculina a Picnic en Hanging Rock (Picnic at Hanging Rock, 1975), desde las coordenadas del mainstream […]

  9. […] revocarlo, para desaparecer de la imagen –igual que conseguían, fuera de campo, las niñas de Picnic en Hanging Rock (Picnic at Hanging Rock, 1975)– que encuadra el travelling de Peter Weir. Por unos segundos, […]

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