Érase una vez en… Hollywood

Cuestión de justicia poética Por Marco Antonio Núñez

El mundo se ha ido
Yo tengo que llevarte
Paul Celan

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De Heidegger aprendimos que los pasados están abiertos. Contra el gran mito de la Ilustración, la idea del progreso encaramada a una dialéctica de la superación de las diferencias que reduce lo anterior a un pobre esbozo, Heidegger nos conmina a permanecer atentos a la escucha de lo que adviene y nos demanda, entablar un diálogo con el pasado abierto a nuestras interpretaciones. El pasado no es lo consumado, siempre podemos hacer cantar al origen para conjurar el mal y decantar la huella hacia una presencia que solo encontramos si la dejamos ser en la obra de arte. Y siempre podremos hacer justicia a las víctimas de la Historia gritando sus nombres en mausoleos de palabras o imágenes. Recordando quiénes fueron y quiénes fueron sus asesinos. La memoria no contamina el presente, lo desinfecta y dispone un terreno saneado para el futuro.

El mundo se fue con ellos, pero nosotros tenemos el deber moral de llevarlos, contarlos y cantarlos.

El arte, como el logos (etimológicamente significa «hacer gavillas»), une, agavilla, recolecta, no supera, deja ser. Y aunque apostaría a que Quentin Tarantino nunca leyó a Heidegger ni a Benjamin, nadie como él parece haber entendido esto. Desde Death Proof  (2007) está empeñado en reescribir la historia, encerrar el mal en la imagen para hacerlo sangrar. Con desigual fortuna e ingentes dosis de ingenuidad, ha emprendido la cruzada por una justicia diferida, imposible a las víctimas del Ángel de la Historia.

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Tarantino ha elaborado una filmografía en diálogo constante con ciertas tradiciones bastardas, creando a sus precursores en la aceptación de un legado del que también será legatario, en la asunción de unos códigos a los que solo destruyendo insufla vida. Su imagen referencia desde una perfección formal que nunca resulta arrogante, podemos decir que se trata de una interpretación de tropos y texturas desde la seriedad que impone la autoconsciencia del artista que nunca dejó ser espectador entusiasta.

Érase una vez en… Hollywood (Once Upon a Time… in Hollywood, 2019) culmina un trayecto que ha transitado por géneros y arquetipos que urden el mito, y ahora se desplaza al otro lado del espejo, para mostrar la humanidad que lo encarna. Lejos del virtuosismo de sus últimos títulos, Tarantino regresa a las formas serenas y líneas temáticas de Jackie Brown (1997), personajes en querella con la edad, la mediocridad, el fin de los sueños y un futuro incierto, algo que se filtra por las arrugas cansadas de los rostros de sus estrellas, Leonardo DiCaprio y Brad Pitt. Puede que se haga viejo, nada queda de la furia ni de la alegría de sus primeras obras, tampoco del deseo de epatar de sus obras de madurez, la verborrea o la sangre, la torsión o el asombro. Ahora encontramos a un Tarantino crepuscular, reposado, moderadamente amargo. Un Tarantino que, por encima de todo, ama su teatro de marionetas. Ama a aquellos con los que hizo su infancia ante un televisor. Algunos ven nostalgia u homenajes, yo prefiero ver rebeldía.

Érase una vez en… Hollywood es la película más subversiva del año, una fanática apuesta por esa caligrafía analógica y sin drones que no ha sido superada, solo relegada por los departamentos de marketing de las grandes empresas que gestionan los estudios.

«Nostalgia» es el término que se utiliza para descalificar toda propuesta que mira al pasado, en ocasiones, como sinónimo de conservadurismo, que a menudo se lo hace rimar con reaccionario. La nostalgia es refractaria a la crítica porque condesciende con el sentimentalismo. No hay nada de esto en Érase una vez en… Hollywood. Un Tarantino lúcido como nunca, pone en escena el fracaso de la cultura del ocio cuando una de las jóvenes de la secta, recuerda que crecieron viendo asesinatos, sus ídolos mataban, no dejaban de matar en la pantalla, ¿por qué no matarlos ahora a ellos? De igual modo, la chavalada hippie que labra su utopía con oficio de ácido y cuchillo, se llena la boca con el anacronismo «fascista», tan caro a los talibanes de la agenda ideológica hodierna. Vemos así saltar las costuras de una contracultura que en su gesto desquiciado afirma lo que intenta demoler.

Tarantino cuenta con las dos grandes estrellas del momento, con permiso de Tom Cruise. Nadie mejor que Leonardo DiCaprio para significar la gloria declinante de una estrella que tampoco brilló demasiado. Su alter ego, Cliff, el especialista al que el declive de la carrera de Rick condena al desempleo, solo podía ser Brad Pitt, el más brillante secundario de las últimas décadas. En la leyenda negra que pesa sobre él, no es difícil ver un nuevo comentario a la alegría con que se practica la difamación y la afición por el linchamiento público.

Tarantino nos gratifica además con el espectáculo de la amistad entre dos hombres. Uno es la estrella, el rostro que brilla en la pantalla y tiene casa en Hollywood, el otro es la sombra que realiza las proezas y recibe los golpes, oficia de chófer o arregla la antena. De vez en cuando recuerda a su amigo que es Rick Dalton, que fue grande, que lo seguirá siendo mientras no pierda le fe. A Dalton lo veremos resucitar en un plató junto a una niña, recobrar la dignidad interpretando un personaje acartonado, leyendo un texto infame, pero qué importa. Está en juego lo que no se puede calibrar con criterios estéticos. Cliff consuma la épica, y cuando pasa la tormenta, hace un discreto mutis. La sombra se desvanece.

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Y Sharon.

O cuando la imagen se erige es epitafio, cuando el cuerpo sustituye a la letra y la carne es mármol y monumento. Sharon Tate (Margot Robbie) es el contrapunto de Rick, su gesto cifra el entusiasmo infantil ante Hollywood y su promesa asoleada, solo digerible desde la más pura inocencia. Aún no sabe de la rebaba que la bestia escupe apenas ha sacado lo mejor de ellos. Nada sabe del dolor que el espectador presiente en cada curva de su cuerpo. Tarantino juega con nuestro saber, de ahí la paradoja, la voluptuosidad que sus formas convoca abre una llaga en nuestro deseo. Ese cuerpo abrasivo se erige en un texto maldito, y en su fértil contorno se anuncia el hedor de la muerte.

La imagen difiere lo inevitable hasta hacerlo imposible. La pirueta es redonda, todo el filme se construye sobre la espera. La audiencia conoce los hechos, solo resta esperar, acariciar el momento, saborear su inminencia y reponerse a la perplejidad. ¿Será posible? Tarantino desvela lo único que podía ocultar, lo ya consumado y descubierto, lo público, lo que es leyenda de Hollywood, y parte de la crónica criminal del siglo XX. Y por un momento nos lo creemos, sonreímos con la complicidad final entre Rick y Cliff. También son ya nuestros amigos.

Y al final, solo queda la tristeza ante el final feliz. Se ha hecho justicia a Rick, Sharon y Roman lo conocen y se complacen de tenerlo como vecino. Está feliz, se siente abrumado cuando es invitado a la casa. Polanski, el mejor director del momento sabe de Rick Dalton, aún no es un Don Nadie. El plano se aleja, Sharon es una silueta difuminada por la distancia, una voz, una dulzura última que se filtra entre las grietas del horror. La justicia poética tampoco debe vanagloriarse de sus logros, no puede tanto, no borra el dolor, lo asume. Y sonreímos, porque al fin los vecinos se conocen.

Y lloramos, porque todo es mentira.

El mundo se ha ido, Sharon, nosotros te llevaremos siempre.

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