Un dios salvaje

Cómo tener un mal día Por Samuel Lagunas

Escrita en el encierro por un Polanski a quien su pasado no absuelve, Un dios salvaje cuenta en sus 80 minutos una espléndida y pequeña historia sobre la barbarie que existe bajo la máscara de la civilización. Adaptada de la obra teatral Le dieu du Carnage (2007) montada por Yasmina Reza, quien también colaboró en el guion de la película, la cinta conserva las tres unidades aristotélicas que tiene la pieza original: unidad de tiempo, unidad de espacio y unidad de acción.

Un dios salvaje se desarrolla por entero en el departamento de los Longstreet y en la distancia que va de la puerta de entrada al elevador; además, es presentada sin elipsis, en un tiempo que corresponde exactamente a la duración del filme. Sin embargo, los diálogos nos dan el acceso a otros espacios y a otros tiempos, aún a otros personajes: sus voces son oídas a través de los teléfonos. Pero ese “afuera”, representado también en las dos escenas del parque que enmarcan del filme y que coronan su explicación, se descubre como inaccesible a los personajes: la acción los ata a un espacio.

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La historia es simple: bajo un puente en Nueva York, el hijo de los Cowan, Zachary, ha golpeado con un palo al hijo de los Longstreet, Ethan, dañando dos de sus dientes (los incisivos, recuerda obstinadamente Penélope Longstreet). Esa riña infantil es la que congrega a los padres de ambos en el departamento del agredido.

Curiosamente, aunque Un dios salvaje está narrada linealmente de principio a fin, la trama nos transmite un efecto contrario.

La primera escena nos presenta a Penélope (Kate Winslet) finalizando la redacción de un documento que deja constancia de los hechos y que parece dar por terminado el asunto: claro, la gente “civilizada” –¡adulta!– arregla de inmediato y por buenas maneras sus diferencias, no necesita llegar a los golpes como los muchachitos. El conflicto, por ende, la película, parece ya no tener más que decirnos. Sin conflicto no hay drama. Unos a su casa, los otros a la suya y a apagar la cámara. Pero es ese “fin de la historia” el que tanto a Reza como a Polanski les interesa desenmascarar. Atendamos todavía más el primer plano de la cinta donde no en vano aparecen escalonados los cuatro personajes: Penélope, frente al monitor, tratando de poner todo en su lugar; detrás de ella y asintiéndolo todo su esposo Michael (John C. Reilly). Un poco más atrás Nancy Cowan aferrada a su bolso (Kate Winslet) y al último, como un juez absoluto, Alan, el señor Cowan (Christoph Waltz). Cuando la cámara revela su presencia, es cuando dan inicio los desacuerdos. ¿Sólo un pequeño escollo terminológico? Parece, aunque no. Cada palabra pronunciada en las habitaciones del departamento de los Longstreet se convierte en un futuro contraargumento, en una bomba de tiempo.

Cuando los Cowan están por abandonar la casa, Nancy, atenida a las normas de cortesía, elogia los tulipanes del florero y pregunta por la salud de Ethan. Tic-tac, tic-tac: bomba activada. No hay respuesta adecuada a esa pregunta: el niño tiene el rostro desfigurado y el destino de sus dientes es incierto. Es obvio que la culpa es de Zachary –aún Alan con estupenda ironía lo admite: han criado a un delincuente–, aunque Ethan no es tampoco el niño ejemplar: es un soplón. ¿Cómo, cómo? ¿No se supone que hay una víctima y un victimario, un bueno y un malo, un matrimonio culpable y otro inocente? Tictac, tictac, tictac. Ring. Irrumpe el celular. Aquello explota un poco dentro de todos ellos. Pero aún quedan buenas costumbres, no hay que desnudar los escombros de inmediato: se puede ofrecer algo de comer. Sin embargo, después de este punto, todo es retroceso y avance: personajes cuya actuación se eleva eficazmente, pero cuya civilidad va borrándose, dos hombres y dos mujeres que dejan de decir lo que pensaban decir y comienzan llanamente a decir lo que quieren decir. Cada uno se rev(b)ela al otro en su cruda y perversa naturalidad.

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Para una película como la planteada por Reza y Polanski, era necesario un elenco disímil pero igual de fuerte en sus cuatro esquinas: cada uno tenía que soportar el peso de la película en un momento. Y Polanski lo consigue casi durante todo el filme. Este desequilibrio de la tensión dramática consigue que el espectador no logre empatizar demasiado con ninguno de los personajes ni llegue a aborrecerlos por completo: todos resultan tan despreciables como inquietantes, de ahí su atractivo y el principal logro del guion: mostrar en poco tiempo los extremos de cuatro caracteres distintos –y más aún: de cuatro tipos perfectamente reconocibles en la civilización occidental. Sin duda el más congruente, el menos interesado en dar una buena impresión desde el principio, es Alan: siempre mordaz en sus afirmaciones y tajante en su sinceridad, un poco como Polanski. La estabilidad del resto de los personajes es rota por un hecho específico: una anagnórisis, volviendo al lenguaje aristotélico. Michael descubre que el medicamento que toma su madre es producido por la empresa farmacéutica cuya corrupción y negligencia Alan quiere encubrir. Nancy simplemente no logra soportar el teatro y acaba por perder los estribos después de vomitar el pastel de los Longstreet, mientras que Penélope se da cuenta de que todo ha salido mal desde el principio (ni siquiera haberlo planeado con antelación previno la catástrofe) y también deja de resistirse.

Polanski como casi siempre consigue sus objetivos: divertir y al mismo tiempo incomodar al espectador con una cruel paradoja: aunque todos estamos interrelacionados, la convivencia real es imposible, de ahí que necesitemos máscaras de civilidad, mismas que tarde o temprano acabarán por caerse. Y es que es cierto: la empatía por los africanos no basta para solucionar sus problemas, sólo apacigua una conciencia pequeñoburguesa incapaz, por otro lado, de afrontar un problema familiar.

Hacia el final, dos dientes rotos es lo de menos, afuera hay música –de Alexander Desplat, que no es poca cosa– y se puede seguir jugando. Adentro, en cambio, resulta imposible pactar con algún otro: ni siquiera el matrimonio es garantía de solidaridad: todos quedan dañados y ensuciados, y cada uno a su manera ha contribuido a esas heridas. Y sí: eso tiene que ser un mal, muy mal, día.

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