Bottle rocket / Hotel Chevalier

Te queda otra bola. Estoy jugando tu partida Por Fernando Solla

"You talk like Marlene Dietrich
And you dance like Zizi Jeanmaire
Your clothes are all made by Balmain
And there’s diamonds and pearls in your hair, yes there are"Fragmento de Where Do You Go To My Lovely (Peter Sarstedt, 1969)

Suele pasar con muchos artistas que su vida influye de manera más o menos sutil o explícita en su obra. Encontramos en nuestro amigo Wes Anderson un buen ejemplo de ello. Natural de Houston (Texas), su padre dirigió una agencia de publicidad y relaciones públicas y su madre fue una arqueóloga reconvertida en agente inmobiliaria. Wesley Wales (Wes) creció con sus dos hermanos, Eric y Mel, aunque sus padres se divorciaron cuando el ahora insigne realizador contaba con ocho añitos de edad, algo que se convirtió en uno de los momentos más cruciales, si no el que más, en la vida de los hermanos Anderson. La situación sirvió de premisa para Los Tenembaums. Una familia de genios (The Royal Tenembaums, 2001), aunque no fue el único factor que vinculó su vida personal con la artística.

En la Universidad de Texas (Austin) conoció a Owen Wilson, que se convirtió en compañero indispensable del Anderson guionista, así como un miembro casi indiscutible del reparto de la mayoría de su filmografía. Mientras trabajaban en el guión para su primer largometraje, que sería Ladrón que roba a otro ladrón (Bottle Rocket, 1996), Anderson se graduó en filosofía en 1991 y lanzó una primera versión corta de Bottle Rocket en 1992.

¿Qué es Bottle Rocket? ¿Qué historia nos quiere contar, si es que nos quiere contar alguna?

Después de empaparnos de la biografía y la filmografía de Anderson y del largometraje con mismo título de 1996 tenemos algunas pistas, que iremos desvelando con cada crítica, del mismo modo que Wes hace con su obra.

Con el estreno de cada película nos descubre una nueva pincelada de su fascinante universo.

La introspección convertida en obra cinematográfica, sublimando momentos que para cualquiera de los que seguimos sus películas serían íntimos y privados, pero que vistos en la gran pantalla hace que encontremos un punto de apoyo, análisis, comprensión y relativización del drama de nuestras angustias vitales. No hace falta decir que encontramos en Wes Anderson a un autor con mayúsculas.

La banalización de la delincuencia. Dos jóvenes, Anthony (Luke Wilson) y Dignam (Owen Wilson) que pasean hablando sobre Starsky y Hutch mientras caminan hacia la casa de la familia del primero, para robar. Café posterior comentando la jugada durante una partida de pinball. Se reúnen con su amigo Bob (Robert Musgrave) y planean otro atraco. Debatirán con un hombre, un vecino cualquiera, sobre qué arma es mejor para intimidar, sólo intimidar. Anthony robará una cartera, extrayéndola de un coche cuya ventanilla se ha quedado medio abierta. Subidón de adrenalina. Los tres amigos planearán el atraco a una especie de librería mientras comen una hamburguesa en un puesto de carretera, sentados en una especie de pupitres escolares. Sus ganancias: 183 dólares. Resultado del atraco: muy satisfactorio. Terminan el día contentos, satisfechos por haber hecho algo importante. Al día siguiente, se encuentran de nuevo con el aburrimiento matutino, el no saber qué hacer, cómo matar las horas, cómo esquivar el día. Compiten entre ellos en una carrera. ¿Quién llegará antes al buzón de correos?

Todo esto en 13 minutos, rodados cámara en mano, a modo de falso documental, y en blanco y negro. Encontramos aquí muchos elementos que cuatro años después aparecerán en el largometraje con mismo título (y en otros posteriores de Anderson). Conversaciones entre colegas, Anthony ordenando su colección de soldaditos mientras roba la casa en la que hace unos años vivía con su familia, la partida de pinball, alusiones a la plantación de marihuana de Bob, el uso que hace Anthony de los dibujos como instrumento de evasión en momentos incómodos, los primeros planos laterales de las pistolas durante las prácticas de tiro, esa gorra de Anthony con el logo navy en la frente, la carrera final de los protagonistas…

No todas las escenas se repiten en el largometraje, pero sí que hay alusiones, guiños, retroalimentación constante, algo que nos obliga a situar a Anderson en una posición destacada en esa lista de autores que tanto nos gusta: esos autores que, cada uno con un estilo muy personal y concreto, siguen una temática constante a lo largo de toda su filmografía, que parece que una y otra vez están rodando la misma película, pero que cada vez nos sorprenden, ilusionan y emocionan de nuevo, esos autores que con cada estreno hacen que digamos esa frase que siempre empieza con la fórmula voy a ver la nueva de… Woody Allen, Pedro Almodóvar, Martin Scorsese (fan declaradísimo de nuestro director), Quentin Tarantino… Wes Anderson.

Profundizaremos más en Bottle Rocket cuando hablemos del largometraje, pero antes haremos un pequeño salto en el tiempo y viajaremos a París, donde tenemos una habitación reservada en el Hotel Chevalier (2005). Nuestros compañeros de viaje serán nada más y nada menos que Jason Schwarzman y Natalie Portman.

Nuevo cortometraje de Anderson y arrebatadora historia de amor que sirve de prólogo al periplo narrado en Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited, 2007). Para esta ocasión, la estética, como ya viene a ser común en todas las películas del realizador, cuenta con una fotografía deliberada, aunque muy metódica, sobretodo en el énfasis de los colores primarios. Ya encontramos ese doble uso de las letras de canciones rock más o menos conocidas, cuyo peso en el guión es determinante para comprender y matizar los estados de ánimo de los protagonistas. La combinación de ese humor seco con conmovedoras creaciones de personajes imperfectos (a menudo una mezcla de ricos y clase obrera) y esa selección de actores habituales que conviven con las nuevas incorporaciones, en este caso una perturbadora, amoratada y seductora Natalie Portman.

¿Luto por una relación muerta? ¿Depresión? La ambigüedad convertida en celuloide en una habitación de hotel en París. Jack Whitman (Jason Schwarzman) mira la vida pasar tumbado sobre una cama, que no es la suya. Pide un sándwich de queso. Suena el teléfono y oímos débilmente lo que parece una voz femenina. Jack arregla la habitación, se prepara un baño y se cambia de ropa. Ella (Natalie Portman) llega y casi de inmediato pedacitos rotos de su relación emergen de nuevo ante nuestros ojos. El miedo a perder la amistad que se profesan, la tensión sexual cuya resolución o no hará variar el destino de la velada, ya sea para convertirla en la recuperación del amor que la pareja se profesa o en un encuentro erótico, furtivo y apasionado, entre Jack y la chica. ¿Harán el amor o terminarán su relación? No lo sabemos. Con la excusa de enseñar al personaje (sin nombre) de Natalie Portman las vistas de París que se ven desde la habitación 403, Jack encierra al cámara (y de paso a nosotros) en el balcón y se mete con la chica en la habitación. Títulos de crédito. Genial.

Trece minutazos de arte en estado puro en Hotel Chevalier es lo que nos ofrece en esta ocasión el amigo Wes Anderson.

A ritmo de Peter Sarstedt y de esa maravilla de canción titulada Where Do You Go To My Lovely asistimos a un cambio radical en lo que a la representación cinematográfica de los roles masculino y femenino se refieren, tanto en el amor como en el sexo.

El hombre, espera, pasiva y apesadumbradamente, la llamada de la mujer que quiere. Arregla la casa (en esta ocasión, la habitación de hotel), se baña, se cambia de ropa, se pone guapo. Ella llega del aeropuerto, con sus pantalones de ejecutivo, el pelo corto a lo garçon, y palillo mondadientes entre los labios. Es ella la que no quiere que un encuentro sexual se convierta en algo que la comprometa a nada (“I love you. I’ve never hurt you on purpose…”) y es él quien se entrega sin dudarlo y sin importarle el momento que vendrá después (“I don’t care…”). Es ella, la dura, la fuerte, la que pelea, y así nos lo muestran los moratones que vamos descubriendo a medida que se desnuda. Es él quién le besa las heridas, como si con un soplo de amor y de cariño pudiera curárselas.

Saturación de colores y una vez más el uso que hace el protagonista masculino de la pintura como válvula de escape de sus tribulaciones. Genial interpretación de Schwarzman y portentosa y luminosa, casi incandescente, interpretación de Natalie Portman. Sin duda alguna, la actriz no habría tenido que esperar a Cisne negro (Black Swan, Darren Aronofsky, 2010) si en los Oscar’s existiera la categoría de mejor actriz de cortometraje. Muy recomendable.

Dos historias en sí mismas, independientes si se quiere de los largometrajes que las siguen, pero que evolucionan y maduran en nuestro recuerdo con un visionado conjunto. Ojalá Wes Anderson se anime a convertir su Hotel Chevalier en largometraje, como hizo con Bottle Rocket. De momento, a disfrutar con Moonrise Kingdom (2012), que es uno de los eventos cinematográficos del año.

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Comentarios sobre este artículo

  1. [...] empieza a sonar porque un personaje enciende la radio (como en el caso de Natalie Portman en Hotel Chevalier) o la interrupción de la idílica y romántica balada que adorna el amor que siente Anthony cuando [...]

  2. […] empieza a sonar porque un personaje enciende la radio (como en el caso de Natalie Portman en Hotel Chevalier) o la interrupción de la idílica y romántica balada que adorna el amor que siente Anthony cuando […]

  3. […] que resume, concentra y sintetiza todo el trabajo desarrollado en 20 años desde su cortometraje Bottle Rocket (1994). De esta manera, el film funciona como lo hizo Volver (2006), respecto a la filmografía […]

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