Amor

El amor y las carencias de la vida Por Samuel Sebastian

Si de pronto la muerte dejara de existir entre los seres humanos, ¿cómo nos enfrentaríamos a la vida? ¿Continuaríamos malgastando nuestra existencia especulando sobre dioses y demonios? El máximo acto de poder, el disponer sobre las vidas ajenas, dejaría de tener sentido. También lo dejaría de tener el suicidio como acto de rebelión contra uno mismo y observaríamos la naturaleza con un poder que hasta ahora nadie nos había conferido, la historia de la filosofía y las religiones cambiaría diametralmente porque, hasta ahora, la única certeza que teníamos en nuestra vida era nuestra propia muerte. Entonces tal vez nos diéramos cuenta de que no podemos vivir sin la muerte.

He vuelto a leer Las intermitencias de la muerte de José Saramago después de ver Amor de Michael Haneke y me ha dado un escalofrío pensar que quien reflexionaba sobre la muerte de una manera tan lúcida, ahora se encuentra también muerto. No pudo evitar a la muerte, supongo, como sí lo hizo el personaje principal de su novela y seguramente el mismo Saramago se enfrentó a la muerte como el resto de mortales, de una manera insoportablemente desapacible, observando como su cuerpo iba empequeñeciéndose ante el tamaño de la muerte, que va creciendo y creciendo hasta oscurecerlo todo y acabar con nosotros. La sola experiencia de la muerte, el dejar de existir de manera consciente y que el mundo que nos rodea de súbito se pare y desaparezca, es asfixiante. Tan asfixiante como imaginar un lugar en el que viajen todas las conciencias y vivan allí eternamente, contemplando la destrucción de las civilizaciones una detrás de otra hasta el fin de la Tierra y luego del Sol y finalmente del Universo. Una eternidad así nos haría añorar la muerte.

Amor Haneke 1

Izquierda: La pausa de los muertos (Samuel Sebastian, 2011) Derecha: Amor (Michael Haneke, 2012)

Amor debería haberse llamado Muerte, porque la muerte supura por todos los planos de la película.

Desde el principio, sabemos a quién le golpeará la muerte y cómo lo hará, el resto de la película es simplemente una preparación para ese momento, un ritual detrás de otro en el que se nos muestran las carencias de nuestra existencia con el fin de que se nos haga más digerible el último trago de vida.

Mientras veo Amor sé que ya he visto esa película, sé que la he vivido y más aún, yo mismo me he colocado delante de una cámara junto con alguien que se encontraba a punto de dejar la vida y he agotado todos los sinónimos que se me ocurrían para esquivar la palabra muerte y, peor aún, he considerado que la vida no podía ser vencida a las primeras de cambio. La vida, el accidente más natural de la Tierra, no podía ser barrida por la muerte con tanta facilidad, pero no pensaba que, en realidad, es más natural morir que vivir y que no hacemos nada más que vivir en las entrañas de la muerte hasta que dispone de nosotros, nos elimina, nos sustituye. La muerte está en todas partes aunque la ignoremos.

Existió una película dentro de mí que fue creciendo a medida que los seres queridos y no tan queridos iban desapareciendo. En esa película, todo era real: el tiempo, las palabras, la música, los silencios, los ruidos de la calle, las noches interminables, el dolor y la sonrisa. Todo era tan real que se desangraba la pantalla. Era tan real que ni yo mismo era capaz de verla y me marchaba de la sala. Volvía a mi habitación, esperaba que el tiempo pasara pero sentía que todo se había detenido. Y cuando volvía a aquella maldita sala, la muerte continuaba proyectándose y los espectadores la miraban con un respetuoso silencio y cada uno de ellos reproducía en su interior su propia película sobre la muerte, aquella en la cual las líneas del diálogo eran torpes y siempre quedaban cosas por decir. Aquella en la que todos deseábamos que el final fuera otro pero sabíamos que no era posible. Aquella película que nunca hemos mostrado a nadie, porque sentíamos vergüenza al hablar de ella y pensábamos que nadie podría comprender nuestro llanto y desconsuelo.

Amor debería haberse llamado Tabú, porque la muerte es el término que más veces podemos repetir sin mencionarlo.

Y no solo no la mencionamos sino que evitamos pensar en ella, no sea que, sin pretenderlo, la llamemos y acuda a nuestra presencia.

Amor Haneke 2

Izquierda: La pausa de los muertos (Samuel Sebastian, 2011) Derecha: Amor (Michael Haneke, 2012)

A veces me despierto en medio de la noche y pienso que las personas que han muerto todavía se encuentran aquí pero en seguida me doy cuenta de que ya no están y que los lugares que habitaron ahora se encuentran vacíos y sin alma. Otros descendientes los transformarán, les darán otro significado y los llenarán de emociones que me resultarán ajenas porque para mí aquellos lugares seguirán siendo espacios de la memoria que conservaré mientras viva: el sillón en el que se sentaba el abuelo, el parque al que me llevaba mi madre, la casa de un amigo de la infancia, el lugar de la primera declaración de amor,… y aunque todas esas personas desaparezcan, los lugares siempre resistirán al paso del tiempo y nadie más que yo, que deambulo por ellos como un espectro del pasado, sabrá cual es la verdadera historia que existe de cada objeto y cada escenario que a los demás les pasan desapercibidos.

Poco antes de morir, mi madre me contó una pesadilla. Una pesadilla tan horrorosa como solo puede tenerla alguien que esté contemplando a la muerte. En su sueño, ella se encontraba paseando y, de repente, el suelo se abría y surgían una especie de mandíbulas de las cuales brotaba un hilo muy fino e irrompible que la rodeaba y la inmovilizaba. Ella comenzaba a dar vueltas y vueltas y no podía desatarse hasta que se despertaba, asfixiada. Nunca pude llegar a entender el significado de aquel sueño por mucho que he intentado descifrarlo y ni siquiera el pensar que los muertos pueden soñar me consuela.

Amor Haneke 3

Izquierda: La pausa de los muertos (Samuel Sebastian, 2011) Derecha: Amor (Michael Haneke, 2012)

TRAILER:

 

 

Share on FacebookTweet about this on TwitterGoogle+Email to someone

Comentarios sobre este artículo

  1. [...] lugar a dudas, la gran favorita es Amor (Amour, 2012) de Michael Haneke, no solo por su carrera cinematográfica previa, cosechando premios [...]

  2. […] de Haneke en orden cronológicamente inverso a su realización, es decir, empezando por Amor (Amour, 2012) y terminando por El séptimo continente (Der siebente Kontinent, 1989), exceptuando, […]

  3. […] de Haneke en orden cronológicamente inverso a su realización, es decir, empezando por Amor (Amour, 2012) y terminando por El séptimo continente (Der siebente Kontinent, 1989), exceptuando, […]

  4. […] lugar a dudas, la gran favorita es Amor (Amour, 2012) de Michael Haneke, no solo por su carrera cinematográfica previa, cosechando premios […]

  5. […] films configuran cierto fatum ineludible y predeterminado (también patente en La vida de Adèle o Amor en el ámbito de las relaciones amorosas marcadas por un final trágico). Parecen decirnos lo […]

  6. […] Por momentos vendrá a la memoria del espectador el personaje de Anne (Emmanuelle Riva) en Amor (Amour, Michael Haneke. 2012), en el sentido en que se priorizará en el interés del afectado por […]

  7. […] Por momentos vendrá a la memoria del espectador el personaje de Anne (Emmanuelle Riva) en Amor (Amour, Michael Haneke. 2012), en el sentido en que se priorizará en el interés del afectado por […]

Comenta este artículo

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>