Apuntes críticos sobre el Circuito Juana de Arco

La resistencia laica: de Marat al 15M Por Samuel Sebastian

Es posible que, en estos tiempos que corren, hayamos olvidado los fenómenos de comunión colectiva que nos brinda el heroísmo. Imagino que eso es debido a que la misma idea de héroe ha sido degradada de su pedestal desde que Baudelaire señalara que el verdadero heroísmo es el de resistir en los tiempos que corren. Sin saberlo, aunque probablemente lo intuyera, Baudelaire lo que había hecho era laicizar un monumental concepto que hasta entonces había pertenecido a la religión y que solamente desde hacía unos cuantos años se había comenzado a democratizarse.

Pienso en todo esto cuando observo que, en un momento de crisis profunda en el que la cultura se encuentra sádicamente arrinconada por el poder político, el gobierno catalán se decide a celebrar por todo lo alto un Circuito Juana de Arco, en el que no ha reparado en ningún gasto a la hora de presentar una serie de actividades que nos devuelven esa sensaciones tan propias de los héroes religiosos, las mismas que tenemos en Semana Santa cuando, al encender el televisor, volvemos a ver esas películas que, desprendiendo naftalina por todos sus fotogramas, nos explican una y otra vez primero las heroicas hazañas de los cristianos frente a las atrocidades paganas y después las de los católicos frente a los herejes.

Juana de Arco

En su momento, todos ellos fueron resistentes y solo se acercaron a la santidad del heroísmo gracias a las campañas de marketing diseñadas por la Iglesia de turno. Algo parecido sucedió con la citada Juana de Arco, que no fue rehabilitada (atención al concepto) hasta unos años después de ser quemada por la misma iglesia que cinco siglos después la canonizó para evitar que proliferara una visión demasiado laica de su persona. Al fin y al cabo, la idea de una Juana de Arco guiando a las tropas francesas en Orléans no era más que una reinterpretación de la alegoría de la libertad guiando al pueblo, un cuadro que marcó la resistencia laica de todo el siglo XIX.

Donde la religión habla de heroísmo y santidad, el laicismo habla de resistencia y revolución. Los héroes laicos no tienen una vida ultraterrena y muchas veces ni siquiera sus nombres son recordados ya que permanecen en nuestro imaginario más como iconos que como seres de carne y hueso. No sabemos quiénes eran los fusilados del cuadro de Goya ni los asesinados en las escaleras de Odessa ni conocemos, realmente, quién fue el miliciano muerto fotografiado por Robert Capa, es más, ni siquiera sabemos si lo estaba, pero no nos importa, son resistentes de la era contemporánea, personas que lucharon contra la injusticia en nombre de los demás y no tanto en el propio. Por esa razón, su legado se encuentra en manos de los ciudadanos y no de las instituciones que los rigen, a diferencia de los héroes religiosos.

No es de extrañar que hoy en día se celebre con tanto ahínco el centenario de una heroína canonizada y que, por el contrario, en su momento se pasara de largo por el aniversario de Jean–Paul Marat (1743 – 1793), un científico y periodista que, durante los años de la Revolución Francesa luchó denodadamente por mejorar las condiciones de vida de las personas más desfavorecidas y que por ello fue asesinado. Su recuerdo como reformista revolucionario quedó plasmado en el cuadro que Jacques–Louis David pintó poco después de su muerte. En él, Marat aparece muerto en la bañera al tiempo que escribe el nombre de la mujer que le asesinó. Por encima de él solamente se ve una pared negra, mostrando que más allá de la vida terrenal no hay nada, solo la negra muerte y no un coro de ángeles esperándonos en el cielo. En ese momento, la revolución laica acababa de nacer y, con el paso del tiempo, los revolucionarios laicos irían extendiéndose durante más de dos siglos por todo el mundo propugnando los valores de la libertad, la justicia, el respeto, la tolerancia y la paz: desde los artistas Daumier y Courbet en el siglo XIX a los ciberactivistas del siglo XXI, pasando por la resistencia contra el nazismo en la II Guerra Mundial o los movimientos pacifistas liderados por Luther King o Gandhi ente otros. Sin lugar a dudas, los últimos cambios sociales que han habido en el mundo han tenido una raíz laica. El último ejemplo lo tenemos en la primavera egipcia y, por extensión, todas las revoluciones que han florecido en el mundo árabe. En Egipto, los movimientos opositores al dictador Hosni Mubarak se agruparon con una sola idea de justicia y de rechazo al sistema opresor. La revolución egipcia aglutinó desde comunistas hasta hermanos musulmanes bajo una lucha común. Los cambios tras el derribo del régimen de Mubarak han sido muy importantes aunque, como señalan los más críticos, aún queda mucho por hacer. Igualmente, al otro lado del Mediterráneo y por las mismas fechas, una gran cantidad de personas se rebelaron contra un sistema que presumía de ser democrático cuando en el fondo se mostraba como un sistema completamente absolutista. El movimiento 15M nació de la pérdida de miedo de toda una sociedad respecto a sus dirigentes y estos reaccionaron de manera violenta contra la misma sociedad. Y este momento, que muchos pensamos que nunca veríamos con nuestros propios ojos, en el que la policía cargó indiscriminadamente contra un grupo de personas sentadas y con las manos levantadas, marcó sin lugar a dudas una nueva forma de entender nuestra relación con el Estado y quienes gobiernan. A pesar de que hay facciones más violentas dentro de los nuevos grupos sociales, el movimiento 15M propugna una solución pacífica y dialogada a todos los conflictos, de la misma manera que trata de desmontar los valores injustos que se han ido extendiendo desde el poder en nuestro sistema democrático.

Juana de Arco 2

Por esta razón, recordar la figura de Juana de Arco hoy en día y revisarla de forma acrítica me parece una terrible regresión, propia de los tiempos en los que vivimos, en los que se premia con el Nobel de la Paz a personas como Barack Obama, que legitima el crimen de Estado, o a entidades como la Unión Europea, que bombardean indiscriminadamente objetivos civiles, antes que a quienes de verdad se encuentran luchando por eliminar las injusticias del mundo. Desde este punto de vista, el Circuito Juana de Arco se ocupa de gestionar una parte del inmenso legado que ha crecido a la sombra de la campesina francesa sin pararse a reflexionar sobre quienes son los resistentes de la época contemporánea. Por esa razón, el circuito se ha orientado más bien hacia la suntuosidad religiosa antes que a la humildad mundana, hacia la santidad antes que a la resistencia (por ejemplo, en el oratorio de Honegger se omitió el prólogo que añadió el autor para relacionar a Juana de Arco con la resistencia francesa frente a los nazis), pero no se puede negar que la historia de la joven que acabó asesinada por aquellos a los que había defendido continúa emocionándonos, tanto por su ingenuidad y maniqueísmo como por la vasta y poderosa iconografía que posee su legado.

La mitología de Juana de Arco, al igual que la de Ulises o tantos otros héroes legendarios, va más allá su propia existencia.

Y es sobre esta cuestión sobre la que deberíamos reflexionar, sobre la acumulación acrítica de una biografía manipulada por las generaciones posteriores y no tanto dedicarnos a mirar obras que repiten hasta el agotamiento la misma historia una y otra vez. Por mucho que nos conmueva.

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