El alma de las moscas y Crebinsky

La infancia permanente Por Manu Argüelles

El alma de las moscas.  Jonathan Cenzual Burley, España, 2010. Absolut Risc.  D’A. Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona.

Crebinsky. Javier Otero, España, 2011. Sección Oficial. Atlántida Film Fest.

Cabría preguntarse qué lugares alberga la comedia española cuando se sale de los cánones que habitualmente triunfan. Unas pinceladas rápidas y parciales de lo que sí alcanza el favor del público, nos sitúan en la típica comedia costumbrista de perfil bajo en su potencial subversivo, hasta la astracanada más gamberra y amoral. Si la influencia norteamericana se deja notar en films exitosos como Fuga de cerebros (Fernando González Molina, 2009), el post-humor 1 de Ricky Gervais o Larry David no acaba todavía por encontrar su predicamento en nuestras fronteras. Sí que tenemos la vía de Muchachada Nui con su juegos dialécticos del absurdo, pero cuando ésta se canaliza en films como Extraterrestre (Nacho Vigalondo, 2011) se da de bruces con el fracaso en taquilla. Jonathan Cenzual con El alma de las moscas lo va a tener complicado, porque su sanísima auto-producción destila un humor que cuesta rastrearlo en las pantallas.

Que este film se encuentre en la categoría de Absolut risc empuja a la reflexión, porque su riesgo se reduce a que trabaja la comicidad desde una postura que no encuentra su hueco en nuestra cinematografía. No hay más disonancias radicales o experimentales en un musical disfrazado de comedia melancólica. Así que no se amilanen ante ella. Es vitalista, fresca y aunque poco consistente en su arquitectura dramática, resulta encantadora en su vistosa ingenuidad.

el alma de las moscas

El alma de las moscas

Tras su paso por numerosos festivales internacionales tuvo su premiere española en el D’A. Y curiosamente podemos encontrarle una “hermana” a través de otro festival, el Atlantida Film Fest. Hablamos de Crebinsky (Enrique Otero, 2011) que participó en el Festival de Málaga del 2011. Las dos se sitúan en el norte de la geografía española, pero en sus opuestos climatológicos más extremos: Crebinsky en la embravecida y lluviosa costa gallega, y El alma de las moscas en la árida y desértica meseta castellana; lo rural y la pesca como páramos alejados de la civilización. Los dos largometrajes acuñan el itinerario de la road movie con sus pasajes episódicos como si fuesen viñetas de un cómic, aparte de que los dos convergen en la historia de dos hermanos huérfanos. También pueden notarse en ambas la influencia del universo surrealista de Javier Fesser, el espíritu bohemio de los trabajos de Emir Kusturica y la candidez de las fantasías de Jean Pierre Jeunet. Además, las dos otorgan a la música una importancia capital. Una línea melódica que no solo pauta indefectiblemente el tono jovial y entusiasta de la película sino que, además, el contagioso ritmo se embarga de aires folclóricos con claras reminiscencias de la música balcánica. Crebinsky adopta la orquesta callejera y cabaretera con la predominancia de vientos, mientras que El alma de las moscas prefiere el minimalismo rítmico de las cuerdas vibrantes y enérgicas.

Crebinsky

Crebinsky

Crebinsky explota más a fondo lo estrambótico y extravagante con una carga naïf, a través de esos dos hermanos marcianos, ajenos a los totalitarismos que sacudieron los años 40.

El alma de las moscas prefiere dar alas al realismo mágico mediante la ruptura que produce lo absurdo (como opuesto a lo racional) en un marco verista.

El episodio, por ejemplo, del narcoléptico suicida o la chica que quiere pintar el campo arrojando sandías. Si los de Crebinsky han vivido siempre juntos y ajenos al mundanal ruido, los de El alma de las moscas se conocen por primera vez en su empresa de acudir al funeral del padre que nunca conocieron. Como buena road movie no importa tanto el destino sino la experiencia vicaria que comparten en ese viaje a pie por el paisaje amarillo. Uno es soñador y expansivo, el otro es distante y se baña en una capa de cinismo.

La imponencia de la geografía gobierna los planos panorámicos y delimita un marco petrificado. Se exacerba la soledad e insignificancia de los personajes mediante la fagocitadora presencia de la extensión desértica del terreno. Jonathan Cenzual no reprime el efecto de postal con pequeños insertos de atardeceres como imágenes de transición, cuando no eran necesarios ante la seductora belleza formal que preside el film. Será el dinamismo de la música la que rompa ese inmovilismo visual. De esta manera, el acierto de El alma de las moscas se centra en la tensión que se crea entre la imagen inflexible, avasalladora, imponente y marcadamente estética, y la fluidez y el movimiento rítmico que produce esa tonalidad de aires gitanos. Ello provoca que el film se empape de un ritmo que no hace más que evidenciar la fractura de sus personajes con el entorno. Por eso decimos que es un musical, ya que el sonido no solo pivota el tono mágico del film sino que es una de las fuerzas principales en liza para crear el contraste seductor. Si en el mecanismo del género, la aparición de las canciones siempre conlleva una ruptura de lo verosímil y realista, ya saben, la puerta abierta a la fantasía, El alma de las moscas utiliza el humor con la misma finalidad.

el alma de las moscas 2010

El alma de las moscas

Crebinsky y El alma de las moscas representan la infancia permanente, la recuperación del paraíso perdido, pero también una imposibilidad de salir de ese estado.

La fantasía, la magia, el humor surrealista, el absurdo… todo ello impone un espacio extraño y fantástico que nos hace paladear la diversión y el entusiasmo de la inocencia sin socializar. Pero ese loco viaje de danza y humor agazapa en su textura una melancolía por el tiempo perdido, esa sensación de desamparo en el mundo adulto. El alma de las moscas nos hablaba de la colección de memorias como una forma de quitarse el miedo a la muerte. En esa empresa, como Federico, el narcoléptico de El alma de las moscas, un día, nuestra razón de ser se fue. Estos dos films corresponden a ese momento, un espacio onírico maravilloso en el que perdimos la cordura. Y es que, ¿no estamos viviendo unos tiempos para que eso se produzca?

  1. Término acuñado por Jordi Costa que podría definirse sintéticamente como  el fracaso de los propios mecanismos de la comedia en COSTA, Jordi (ed.): Una risa nueva. Post humor, parodias y otras mutaciones de la comedia. Nausicaä, 2010, pág 10.
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