El hombre que cayó a la tierra y Velvet Goldmine

Homenaje a David Bowie Por Jorge Fidalgo

El hombre que cayó a la tierra (The Man Who Fell to Earth). Director: Nicolas Roeg. Reino Unido, 1976.

Velvet Goldmine. Director: Todd Haynes. EUA, 1998.

El 10 de enero de 2016 fallecía David Bowie a los 69 años. O tal vez, deberíamos decir que emprendió el viaje de vuelta a las estrellas, puesto que se presentó ante nosotros como si de un auténtico extraterrestre se tratara, como un enviado de otro planeta llamado a revolucionar el mundo de la música y de la cultura popular. Sus ojos asimétricos, su particularísima voz, sus composiciones poderosas y vanguardistas, su heteróclita discografía, así como sus sorprendentes alter egos en el escenario son el legado que para siempre nos quedará de David Robert Jones, el camaleón del rock.

Cual sabio alquimista, este genio heterodoxo mezcló géneros, sonoridades y texturas para ofrecernos creaciones musicales que nos transportaban a odiseas espaciales o nos hacían creer que todos podíamos ser héroes aunque sólo fuese por un día. Un creador único e irrepetible que bajo los disfraces de aliens andróginos, duques blancos o un seductor Screaming Lord Byron, se interrogaba si existía vida en Marte, nos relataba las aventuras y desgracias de estrella intergaláctica Ziggy Stardust, nos confesó su miedo hacia los estadounidenses o nos planteaba complejos jeroglíficos conceptuales en temas como “Quicksand” o más recientemente, con “Black Star”.

1. El icono

Además de su extraordinaria carrera musical, David Bowie también probó fortuna en otros ámbitos como el de la pintura y por supuesto, el cine. Gracias a su sólida formación en disciplinas tan dispares como el arte, la música, el teatro y la mímica, incorporó registros, modos y estilos de cada una de ellas tanto a sus proyectos musicales, como a su carrera actoral. Sin ser un intérprete brillante, sus apariciones en la gran pantalla no pasaban desapercibidas, gracias al indudable carisma y al portentoso talento que rezumaba el artista británico. Desde sus primeras apariciones en el cortometraje The image (ídem, Michael Armstrong, 1967) o en el anuncio de helados Luv dirigido por Ridley Scott en 1969, su paso por el celuloide nos ha legado todo un catálogo de personajes memorables, como el soldado atrapado en un campo de prisioneros japonés en Feliz Navidad, Mr. Lawrence (Senjo no Merry Christmas, Nagisa Oshima, 1983), el vampiro subyugado por una maquiavélica y seductora Catherine Deneuve en El ansia (The hunger, Tony Scott, 1983) o el siniestro rey Jareth en Dentro del laberinto (Labyrinth, Jim Henson, 1986). También resultan reseñables otras apariciones mucho más breves, pero no por ello de menor relevancia, como el Poncio Pilato de La última tentación de Cristo (The last temptation of Christ, Martin Scorsese, 1988), el agente desquiciado de Twin Peaks: Fuego camina conmigo (Twin Peaks: Fire walk with me, David Lynch, 1992) o el inventor e ingeniero Nikola Tesla en El truco final ( The Prestige, Christopher Nolan, 2006).

David Bowie

El hombre que cayó a la Tierra

De todos sus films, El hombre que cayó a la Tierra (The man who fell to Earth, Nicolas Roeg, 1976) es, posiblemente, el más emblemático, dado que el protagonismo absoluto recayó en sus manos. La cinta, adaptación de la novela de ciencia ficción de Walter Tevis, narra en sus más de 120 minutos de duración la llegada a nuestro mundo de un ser espacial delgado, pálido y de cabello anaranjado. Su objetivo: servirse de sus avanzados conocimientos en ciencia e ingeniería para trasladar agua desde la Tierra hasta su hogar, un planeta desangelado y estéril en el que la vida es imposible. Sin embargo, todos sus esfuerzos se verán frustrados, al verse encarcelado en un mundo de pasiones inesperadas y adicciones esclavizadoras.

La película en su conjunto rezuma un aire trágico, desolador y pretendidamente caótico, construido mediante un guión que atropella situaciones, parajes y personajes. Al final, el resultado es que el espectador acaba tan agotado y confundido como el propio visitante intergaláctico, un extraterrestre que a diferencia de otros compañeros de género, no se nos presenta como un monstruo ávido por dominar al género humano o destruir la Tierra, sino como una criatura muy cercana al Homo Sapiens en cuanto a su anatomía, carácter y sentimientos.

Otro elemento significativo de la película es su peculiar montaje. No obstante, nos encontramos ante un trabajo de Nicolas Roeg, realizador británico famoso por sus experimentos y juegos con la edición, tal y como quedó patente en algunos de sus primeros trabajos, como Performance (ídem 1970) o Amenaza en la sombra (Don´t look now, 1973). Es precisamente el montaje lo que posibilitó articular la película como si de una experiencia sensorial-emocional se tratase, más que como un relato sci-fi tradicional.

2. El legado

Pasaban los años y mientras tanto, Bowie se reinventaba constantemente, buceando en nuevos géneros y a la búsqueda de nuevas ideas con las que sorprendernos. Creía con fe absoluta en el lema budista “Sólo el cambio es permanente” y el resultado es la impronta de un artista magnético y genial para el que el estancamiento o eso que llamamos ‘normalidad’ eran manchurrones tanto para su expediente vital y como profesional.

Su legado queda patente en una de las mejores películas de Todd Haynes, Velvet Goldmine (ídem, 1998). El realizador estadounidense, que comenzó en el mundo audiovisual con trabajos gozosamente independientes y haciendo gala de una creatividad godardiana, como se puede apreciar en el mediometraje Superstar: The Caren Carpenter Story (ídem, 1987) o en Poison (ídem, 1991), saltó a la fama con Velvet Goldmine, un filme elegíaco en el que cada frame rezuma nostalgia por una época que fue y de la que sólo quedan fantasmas para el recuerdo.

Irlanda, mediados del siglo XIX. Un bebé que posee una extraña gema aparece ante la puerta de una familia burguesa. Con el tiempo, el niño crece y su máxima aspiración es ser un ídolo del pop. Su nombre, Oscar Wilde. Gran Bretaña, principios de los setenta. Brian Slade (Jonathan Rhys Meyers) es un joven cantante deseoso de abrirse camino en el competitivo universo musical. Su catapulta al estrellato se producirá tras asistir a un revelador concierto del salvaje y provocador Curt Wilde (Ewan McGregor). Con el respaldo de un ambicioso mánager, Slade se erige en profeta e icono del glitter rock, género musical en el que la puesta en escena importa tanto o más que la calidad musical. Sirviéndose de disfraces, maquillaje, purpurina y poses amaneradas, Slade fragua un mito que culmina con su asesinato sobre el escenario, un crimen que rastreará el periodista Arthur Stuart (Christian Bale) para intentar esclarecer la verdad. Con un planteamiento similar al de Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941), el reportero se entrevista con aquellas personas que fueron importantes en la vida de Slade y a partir de cuyo testimonio compondrá la biografía de un ídolo del que él también fue un devoto admirador en su adolescencia.

Haynes y su meticuloso equipo de producción fueron capaces de recrear ropas, vinilos, pósters, videoclips y atmósferas que nos remiten a la década más prodigiosa en cuanto calidad y creatividad musical se refiere. El personaje de Curt Wilde está libremente inspirado en el rebelde Iggy Pop y Slade, por supuesto, en David Bowie; siendo este último una criatura inquieta en constante evolución, desde el joven que cantaba solo en el escenario guitarra en mano y cuya imagen remite directamente al Bowie del disco The man who sold the world, hasta llegar al Slade exitoso y desenfrenado, amante de los trajes ceñidos y de los peinados de colores, sosias de Ziggy Stardust. Incluso Slade también diseña su propio alter ego musical: Maxwell Demon.

Velvet Goldmine David Bowie

Velvet Goldmine

La película goza además de una fantástica banda sonora, en la que se entremezclan temas de los Stooges, Roxy Music, Lou Reed, Brian Eno, T.Rex y Steve Harley. Un placer para el oído y la vista. Un filme que, a pesar de su ritmo vibrante, su envoltura musical y sus carismáticos personajes, deja un poso de melancolía en el espectador; la sensación de que hubo un tiempo de libertad, creatividad e innovación de la que ya sólo nos quedan las ruinas en forma de álbumes, grabaciones y recuerdos que se han ido metamorfoseando en mitos. Y lo que tienen los mitos es que sobreviven al triunfo definitivo del tiempo que es la muerte.

Bowie ya lo es. Bowie ha burlado a la muerte y se ha convertido en mito.

 

Share on FacebookTweet about this on TwitterGoogle+Email to someone

Comenta este artículo

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>