Lirios rotos y Deseando amar

Amores intangibles: el romance imposible en "Lirios rotos" e "In the mood for love" Por Jorge Fidalgo

El amor, o mejor dicho, el acto de amar a alguien implica siempre un componente de fisicidad. Amamos acariciando, besando, tocando, abrazando. El amor se nos presenta a menudo como la célebre escultura de Brancusi “El beso”, es decir, como dos amantes pegados, fusionados, que se devoran con cada beso y se absorben en cada abrazo de anaconda. Y sin embargo, pocas veces nos paramos a reflexionar sobre el amor intangible, también conocido como amor platónico; ese amor que no se profesa con exacerbadas muestras de afecto y zalameras palabras, sino que late con fuerza en lo más profundo de nuestro ser, chispeando en la mirada, retorciendo nuestras emociones y componiendo toda clase de fantásticos relatos en la fructífera soledad de nuestra mente. Sobre esa clase de amor tratan dos películas muy distantes, tanto en el tiempo como en el estilo. Esas cintas son Lirios rotos (Broken blossoms a.k.a The yellow man and the girl, David Wark Griffith; 1919) e In the mood for love (Fa yeung nin wa, Wong Kar-Wai; 2000).

En el caso del filme de Griffith, su brillo quedó eclipsado por el carácter mastodóntico y polémico de sus dos cintas más conocidas El nacimiento de una nación (The birth of a nation, 1915) e Intolerancia (Intolerance, 1916). Controversias aparte, ya va siendo hora de ir reivindicando al cineasta estadounidense y de colocarle en el merecido puesto que se merece. Al igual que sucede con Serguei M. Eisenstein, maestro por antonomasia del montaje, Griffith necesita ser rescatado del abismo del olvido y revalorizado como el auténtico creador del lenguaje cinematográfico. Todo lo que anteriormente no eran más que experimentos, pruebas y ensayos, Griffith logró combinarlos, haciendo de la película una narración fluida y rica, en tanto que supo apreciar el valor de un travelling, el significado de las escalas de los planos, las posibilidades de la iluminación y la utilidad del montaje paralelo. Resulta curioso que cuando se pregunta o se debate sobre los mejores realizadores de la Historia del Cine, el personal se llena la boca hablando de John Ford, Billy Wilder o Alfred Hitchcock (ojo, todos ellos grandes autores), y se menosprecie u olvide el legado de Eisenstein y de Griffith, realizadores sin cuya labor el trabajo de los anteriores habría sido completamente imposible.

Una vez hecho este breve, aunque necesario, inciso, adentrémonos en la tierna y dolorosa historia de amor imposible que nos ofrece Lirios Rotos. Nos situamos en el Londres de principios del siglo XX. Por aquel entonces, la ciudad del Támesis era la capital de un extenso imperio colonial que satisfacía las demandas del capitalismo industrial y que fue publicitado en su época como muestra de la vocación civilizadora del hombre blanco. A ese Londres frío, brumoso y siniestro que nos recuerda al de El hombre elefante (The elephant man, David Lynch; 1980), llega un hombre del lejano Oriente. Un chino, Cheng Huan (Richard Barthelmess), que porta consigo un mensaje budista de tolerancia, respeto y paz que chocará drásticamente con la cruel realidad europea. Como se dice en la película, los bárbaros de occidente están afectados por una terrible ola de violencia y salvajismo, por lo que el oriental decide emprender la titánica labor de curar las almas de los blancos y de restaurar la bondad innata en el ser humano. Pero sus loables intenciones se irán diluyendo poco a poco, al percatarse de que su filosofía no es otra cosa que predicar en el desierto.

Desengañado, Cheng abre una tiendecita a la que un día llega, moribunda, la joven y delicada Lucy (Lillian Gish). Tras curar las heridas que le ha provocado su bestial y alcohólico padre, el oriental tratará a su inesperada huésped como si fuese una auténtica princesa. La viste con finos ropajes de seda, la engalana el cabello, pero ante todo, la sirve con lealtad y cariño, de tal forma que la desdichada Lucy se topa por primera vez en su vida con verdaderas muestras de afectividad y respeto. No hacen falta besos, achuchones, ni empalagosas declaraciones románticas, tan solo el amor invisible y certero que vibra en el vacío que les separa. Sus miradas rezuman ternura que se reaviva con cada parpadeo y de sus bocas salen suspiros que gritan en silencio por la victoria definitiva del amor en un mundo podrido y deletéreo. Pero esto es una tragedia y los dos saben que nada va a salir bien. Como ocurre con la ópera Tristán e Isolda de Wagner, sólo con la muerte los amantes podrán disfrutar de su amor en plenitud y tendrá lugar la tan ansiada comunión espiritual entre ambos.

Lirios rotos

Lirios rotos

Muchos años después, Wong Kar-Wai deleitaría al público y a la crítica (más a esta última que al primero) con una originalísima, elegante y hermosa historia de amor centrada en los padecimientos de dos personas que son engañadas por sus respectivas parejas. Una historia de amor imposible sobre cornudos en el que la tensión emocional revolotea constantemente en cada uno de sus preciosistas y estilizados planos; una estilización que alcanza el paroxismo gracias a la fructífera colaboración con el director de fotografía Christopher Doyle y al director de arte William Chang.

In the mood for love toma su título de la popular canción I´m in the mood for love (canción versionada por artistas como Frank Sinatra, Nat King Cole o Brian Ferry) y su línea argumental, de películas como Primavera en un pequeño pueblo (Xiao cheng zhi chun, Mu Fei; 1948), Nubes flotantes (Ukigomo, Mikio Naruse; 1955), El eclipse (L´eclisse, Michelangelo Antonioni; 1962) y Los paraguas de Cherburgo (Les parapluies de Cherbourg, Jacques Demy; 1964). Wong Kar Wai pergeñó un esbozo de guión durante la realización de Chungking Express (Chung Hing sam lam, 1994) que llevaría el título provisional de Summer in Beijing. No obstante, diversas vicisitudes impidieron su materialización hasta varios años después. El realizador hongkonés, amante del work in progress, comenzó a trabajar sobre una idea sencilla: las consecuencias de una infidelidad no sobre sus causantes, sino sobre sus afectados; y escribió las páginas del guión a medida que transcurrían los días de rodaje, de tal forma que la filmación se prolongó durante seis meses no exentos de tensiones y problemas, tanto con los productores, que veían peligrar su dinero, como con los actores, que debían aprenderse líneas de guión de un día para otro sin que supieran muy bien el trasfondo de la historia.

Y es que a Wong Kar Wai las historias, entendidas éstas desde la estrictas normas de la dramaturgia tradicional, le importan más bien poco. Él no es un narrador convencional, sino un verdadero mago de las emociones, alguien que valiéndose de los recursos del lenguaje audiovisual, compone obras destinadas a estimular nuestros sentidos y conmover nuestras almas. La música, la cuidada planificación, los ambientes, las reflexiones en voz alta, la voz en off, los paleta cromática, los brillos y texturas, los ralentís o el motion blur son sólo algunos de los materiales con los que Wong Kar Wai construye sus característicos y melancólicos edificios cuyos principales moradores son el amor, el desamor, la soledad, la obsesión por el paso del tiempo y la nostalgia. Sus obras quieren ser un reflejo de cómo sentimos, soñamos, recordamos e imaginamos las personas y el cine es su mejor aliado. Su cine, como el de Terrence Malick o David Lynch, es puro cine, pues no hay otra forma de expresarlo.

Deseando amar

Deseando amar

Chow (Tony Leung), un periodista que reside en el Hong Kong de principios de los sesenta, se enamora perdidamente de Su Lizhen (Maggie Cheung), su vecina. A medida que avanza la historia, los dos se percatan de que sus respectivas parejas les son infieles, al tiempo que entre ambos parece ir surgiendo un tímido atisbo de romance. Sin embargo, la incertidumbre de ella será el muro que definitivamente se interpondrá entre ambos, impidiendo cualquier tipo de contacto carnal. Al final de la película, sólo quedará el recuerdo de algo que pudo ser pero que finalmente no fue. De algo que quedó enclaustrado en el vacío de la inexistencia. De algo que únicamente pervive en la mente y el corazón de sus protagonistas.

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