Marvel Cinematic Universe (MCU)

La ficción adulterada Por Víctor de la Torre

El estreno de Spider-Man: lejos de casa (Spider-Man: Far from Home, Jon Watts, 2019) supone el punto y final definitivo para la Fase 3, por más que haya sido Vengadores: Endgame (Avengers: Endgame, Anthony Russo y Joe Russo, 2019) la encargada de clausurar, con todo lujo de detalles, la Saga del Infinito. Si bien considerarla un final de ciclo cuando n expansiones del evento se encuentran actualmente en diversos grados de preproducción pueda resultar un tanto arbitrario, asumiremos el riesgo de tratar de articular una reflexión acerca de lo que ha terminado siendo, sin lugar a dudas, el gran fenómeno audiovisual global de los últimos años, con todo lo que ello implica respecto de su influencia en nuestras vidas cada vez más interactivas. Si el cine de entretenimiento ha buscado siempre, no nos engañemos, una rentabilidad comercial a partir de ofertar al gran público lo que (supuestamente) desea ver en pantalla, la apuesta de Marvel Studios ha perfeccionado la formula de tal manera que, con el transcurrir de las diversas fases que han estructurado el Marvel Cinematic Universe, la curiosidad por asistir a las peripecias de los diversos superhéroes en liza ha devenido finalmente en necesidad, entrega tras entrega; fuera por pasión de fan, fuera por interés crítico hacia las implicaciones últimas del proyecto para un audiovisual en plena expansión. Lo que no cabía esperar, honestamente, es que lo primero terminara por apoderarse hasta tal punto de lo segundo, dando lugar a las apologéticas afirmaciones que se han venido publicando, y que con el estreno del título citado han desembocado, directamente, en la desmesura.

Basta una somera revisión de las críticas de Vengadores: Endgame publicadas en los medios generalistas para darse cuenta de que la unanimidad suscitada ante una película estimable, pero no exenta de evidentes deméritos, tiene que substanciarse en un elemento común, más allá de las filias y fobias de cada cual; la explicación, a mi entender, reside en el indudable mérito atribuido —y atribuible— a la operación orquestada en torno a la figura de Kevin Feige, responsable último de que un proyecto iniciado en 2008 de manera un tanto precaria se haya erigido, en apenas una década, en emblema del entertainment del nuevo milenio. Pero este valor encuadrable, ante todo, en el ámbito del marketing y el show business no se ha hecho extensible, ni mucho menos, al creativo; es más, conforme se sucedían, con metódica periodicidad, los sucesivos capítulos de la historia la sombra, ominosa, de Walt Disney Studios se ha venido haciendo más y más presente, hasta abatirse por completo sobre una Marvel Studios devenida en punta de lanza de una operación de indisimulado regusto monopolístico; o lo que es lo mismo… totalitario.

Vengadores Infinity War (Marvel Cinematic Universe)

 Vengadores: Infinity War (Avengers: Infinity War, Anthony Russo y Joe Russo, 2018)

Convendremos que una meticulosa valoración del contexto en el que se estrena debiera ser un elemento irrenunciable ante un acercamiento crítico a cualquier filme. No parece, a la vista de lo leído/escuchado en estos días que esta máxima se esté cumpliendo, plenamente asumida la idoneidad de tal modelo de producción en base a sus réditos económicos y, lo que resulta (aún) más nocivo, una interiorización del hype como mecanismo de saciación infinito que, en sus consecuencias últimas, se acerca peligrosamente a los postulados del modelo explicativo de las adicciones: convertidos en meros consumidores de estímulos audiovisuales, lo que demandamos compulsivamente es la dosis que mantenga el subidón; que esté adulterada es lo de menos pues nuestro organismo, a estas alturas, ya no es capaz de discriminar la pureza de la sustancia. Así las cosas, resulta lamentable que el encomiable propósito de importar el modelo narrativo de las grandes sagas de los comic books haya degenerado, sobretodo (pero no exclusivamente) con el transcurrir de la Fase 3 en mera excusa para allanar el camino hacia un climax final al que se han plegado arcos dramáticos y miradas propias, aplastadas por un rodillo marvelita implacable con los atisbos, siquiera puntuales, de disidencia creativa.

Ya que, según parece, todo estaba previsto desde un principio para llegar a este hiperbólico fin de fiesta conformado por Vengadores: Infinity War  y Vengadores: Endgame ¿No se podría haber transitado el camino de otra manera? Echemos la vista atrás: los títulos que conforman la Fase 1 apuntaban, en líneas generales, a un abordaje exigente de la condición heroica, sin por ello renunciar al frenesí del gran espectáculo. En la década en que el cine de superhéroes alcanza la mayoría de edad, con la trilogía dedicada por Christopher Nolan a El Caballero Oscuro como epítome del rigor conceptual y la ambición formal 1, tanto Iron Man como Capitán América salen bien parados, en las obras que protagonizan, del reto de desembarcar en el siglo XXI abundando en su condición de espejos de la colectividad, campeones confrontados por aquellas pasiones que, a fin de cuentas, les definen como seres humanos. Nada novedoso, ciertamente, en cualquier película de orígenes que se precie… pero una cosa es que figure en el papel, y otra bien distinta que tome cuerpo en la pantalla: tanto Jon Favreau como Joe Johnston —los primeros, conviene no olvidarlo, de una nutrida nómina de apestados— logran que el conflicto fundacional de ambos personajes adquiera relevancia e interpele al espectador, abriéndose paso entre el obligado paroxismo de secuencias de acción. Un mérito refrendado en la primera reunión del supergrupo: si el antagonismo de los machos alfa de Los Vengadores (The Avengers, Joss Whedon, 2012) resulta verosímil, y no una mera coda de guión, es por lo bien perfilados que llegan ambos al intercambio de golpes.

Idealismo silenciado

Este conflicto derivado de dos posicionamientos, a priori irreconciliables, acerca del heroísmo dará paso a la camaradería cool: la espléndida secuencia de Los Vengadores: la era de Ultrón (Avengers: Age of Ultron, Joss Whedon, 2015) en que todos sus integrantes celebran de manera relajada, por momentos hilarante, su más reciente victoria nos hace plenamente partícipes como espectadores de los vínculos emocionales nacidos en el fragor de la batalla; complicidad que, una vez Tony Stark de rienda suelta a su proverbial megalomanía, funcionará como argamasa para mantener unidos a Los Vengadores, pese a la creciente desconfianza mutua. Los motivos por los que el enfoque de Whedon dejó de considerarse válido se me escapan, por más que, honestamente, su segunda aproximación al universo ficcional que el mismo contribuyó a alumbrar resulte, cuando menos, irregular. En todo caso, su (inmerecida) salida por la puerta trasera coincide temporalmente con el inicio del declive definitivo, y no parece que los Russo sean ajenos a la cuestión: si bien los ungidos por Mr. Feige para conducir a las huestes del MCU a la Madre de todas las Batallas venían de ubicar al Capi —en la espléndida Capitán América: el Soldado de Invierno (Captain America: The Winter Soldier, 2014)— en una contemporaneidad que le resultaba del todo ajena, perpetraron con Capitán América: Civil War (Captain America: Civil War, 2016) una lamentable traición al espíritu del personaje: en la mitad del generoso metraje en que el vigor narrativo es sustituido por una indolente sucesión de escaramuzas sin la más mínima consistencia dramática, las deudas contraídas arrasan con el interés atesorado hasta entonces por la propuesta.

Devenida en una suerte de Los Vengadores 2.5 la necesidad de presentar, con un par de brochazos, a los nuevos héroes de la contienda sumada a la emulación mimética de las viñetas del cómic original, que determina un enfrentamiento a cara de perro entre Capitán América y Iron Man al que se llega, de manera incomprensible, por un ridículo giro de guión, lastra de manera irreversible un filme que, lejos de aquilatar el legado del primero, le relega al ostracismo en detrimento de la autocomplacencia inane del segundo; el virus que, con el beneplácito del respetable, infectará totalmente la Fase 3. Al menos al final de Vengadores: Endgame, una vez apagados los ecos del estruendo y la fanfarria, nos reencontraremos con esa figura añeja, la del chico de Brooklyn que, en el fondo, Steve Rogers nunca ha dejado de ser, inmortalizado en el encuadre de ese baile melancólico que ha esperado 70 años para poder consumarse. Un bellísimo homenaje póstumo —pues no deja de ser testamentario— que no oculta el hecho de que la visión idealista del heroísmo encarnada en su apolínea figura, y el rigor conceptual que debería emanar de ella, ha perdido peso específico en el MCU: en las cerca de seis horas que le anteceden se imponen hipertrofia digital, subrayado dramático y chascarrillo facilón, lo que es manos más habilidosas; esto es, más dotadas también para la narrativa depurada y el audiovisual pregnante —por no hablar del valor sustantivo de la elipsis— hubiera dado lugar al espectáculo arrebatador que no es el díptico final de Los Vengadores.

 Vengadores endgame Marvel Cinematic Universe

 Vengadores: Endgame

Toda vez que el motivo por el que ha sido estrenada en dos partes obedece a razones antes crematísticas que propiamente creativas, carece de fundamento valorarlas de manera diferenciada, por más que la decisión de depurar la nómina de superhéroes hasta recuperar la formación original se revela ciertamente acertada; supone volver, en cierto modo, al espíritu del tiempo en que << la reunión de luminarias heroicas aún cabía en una imagen […]>> 2. Pero auparse sobre los hombros de Joss Whedon no equivale a superarle: más allá de la funcionalidad narrativa, cierto sentido de la comicidad visual —muy de agradecer ante un metraje a todas luces desmesurado— y la inclusión de imágenes poderosas, que en todo caso resultan movilizadoras por apelar al caudal estimular acumulado —no por añadirles un trasfondo novedoso—, Anthony y Joe Russo poco aportan al bagaje preexistente; con lo que atribuirles galones mayores que el de habilidosos manufactureros carece de fundamento. Para ver si siguen la senda de un correligionario como David Yates, que ha sido capaz de articular una estimulante mirada propia a partir de un universo ficcional tan codificado como el de Marvel Comics, habrá que esperar a que ambos salgan a la intemperie. Por el momento, el peaje del monopolio se paga con creces: la obligación contractual de yuxtaponer batallas a mayor gloria del software de ultimísima generación no deja espacio, en Vengadores: Infinity War, para incluir íntegramente una secuencia de planteamiento tan brillante como la del asalto a Visión y Bruja Escarlata en Edimburgo, que a la vista de lo atisbado en el copión de trabajo incluido en la edición Blu-ray, atesora en unos pocos minutos aquello que se echa en falta en las más de 2 horas y media restantes: un sentido escénico, y estético, de la puesta en escena.

Con independencia de en quien recaiga la responsabilidad última, la mutilación de este pasaje resulta sintomática de una premisa que a estas alturas considero incuestionable: los valores propiamente fílmicos que caracterizaban a los primeros títulos del Marvel Cinematic Universe se han ido diluyendo conforme ha terminado por imponerse la lógica, implacable, de las grandes cifras, con lo que la necesidad de plegarse a un esquema narrativo férreamente delimitado, sumada a la sustitución de habilidosos cineastas por otros que, en el mejor de los casos, no pasan de ser hipotéticas apuestas de futuro está resultando letal en términos creativos. Algo del tenue murmullo de disconformidad habrá llegado a oídos de Kevin Feige visto que —una vez silenciado el eco de los atronadores aplausos de la platea— se ha dado prisa en anunciar que para la inminente Fase 4 se pretende cierta renovación; una promesa que, de momento, choca con la inapelable realidad de la absorción, a tocateja, de 20th Century Fox por parte de Walt Disney Studios, lo que supone de facto la erradicación de una tercera vía tan necesaria como la encarnada por los X-Men del tándem Singer-Vaughn. Ante la sospecha, rayana en certeza, de la eclosión de un rodillo marvelita aún más avasallador, bienvenido sea cualquier atisbo de disidencia: el inapelable fracaso del DC Extended Universe —encarnado en la atribulada figura de Zack Snyder— ha obligado a Warner Bros Pictures a dar por finiquitadas sus ambiciones emulativas, volviendo la mirada hacia el pasado glorioso simbolizado por su antihéroe de cabecera: sobre los recios hombros de The Batman (The Batman, Matt Reeves, 2021) cabe depositar la esperanza de un futuro para el género llamado a confrontarnos, a través de su poderosa impronta metafórica, con las tensiones endémicas de nuestro tiempo, entre dosis y dosis de ficción adulterada.

 

 

  1.  Perros Verdes 3×4: El Batman de Raúl Álvarez. Ivoox.com, disponible desde el 22 de mayo del 2019 (Consulta: julio 2019): https://www.ivoox.com/3×04-la-imagen-nada-netflix-batman-de-audios-mp3_rf_36248113_1.html
  2.  DE LA TORRE, Víctor (2018): “Vengadores: Infinity War” en Miradas de Cine, mayo 2018. (Consulta: junio 2018): https://miradasdecine.es/2018/05/vengadores-infinity-war-de-anthony-russo-y-joe-russo.html
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