Mistress America y el cine de Noah Baumbach

Sobre Florence, Frances y Brooke Por Pablo S. Blasco

1. La idea no es mía, sino del propio Noah Baumbach, pero ya es hora de analizar atentamente el impacto que ha tenido la entrada —vital, amorosa, creativa, literaria— de Greta Gerwig en la filmografía de Baumbach o, cuanto menos, en lo que iba camino de serlo.

En su primera película con distribución internacional, Una historia de Brooklyn (The squid and the whale, 2005), Baumbach se había revelado como el nuevo «escritor» del cine neoyorquino, heredero de los modos de Jerry Lewis o Woody Allen a la hora de afrontar sus traumas biográficos en un estilo tragicómico de ficción. Su joven protagonista Walt, interpretado por Jesse Eisenberg, era ya un adolescente con ínfulas artísticas, ambicioso, inmaduro y a la vez demasiado maduro, misógino y a la vez fascinado por las mujeres —como cualquier adolescente—, así como proclive a sufrir neurosis originadas por una inestable vida familiar.

Este personaje tan reconocible quedaba aplazado en su segundo film, Margot y la boda (Margot at the wedding, 2007), en el que, a través de un artefacto de corte más teatral, Baumbach estudiaba las relaciones entre dos hermanas obligadas a encontrarse tras años de distancia. Su alter ego masculino, no obstante, reaparece como protagonista en la comedia dramática Greenberg (2010). Ben Stiller encarnaba en este film a un hombre neurótico, inadaptado, contradictorio, recién salido de una institución psiquiátrica, lejanamente asociado a una labor creativa y con múltiples problemas en sus relaciones personales. Y aquí era, precisamente, donde hacía su entrada Greta Gerwig como la pareja femenina del protagonista. Y aquí era, precisamente, donde este personaje desbordaba por vez primera el interés y los conflictos del arquetipo masculino, revelándose como protagonista de un relato que se debilita cuando ella desaparece de pantalla. Al igual que ocurría, por ejemplo, en El turista accidental (The accidental tourist, 1988) de Lawrence Kasdan, la chica cumple la función dramática de «devolver la vitalidad» al protagonista masculino, por lo que es ella quien soporta la vida del film con su capacidad de reavivar lo que está muerto.

 Mistress America

Greenberg

En Greenberg se produce esa transferencia tan interesante en la obra de Baumbach desde la primera persona del narrador masculino, más clásica y convencional, hasta una tercera persona femenina que es capaz, no solo de ampliar y de enriquecer su mundo de ficción, sino de plasmar sus temas y preocupaciones con una vez más fresca y creativa. Por eso Florence Marr es la misma joven imprevisible, sin ataduras, torpe, soñadora, etérea, vitalista, romántica y destinada al fracaso que protagonizará la siguiente Frances Ha (2012), una película con dos grandes novedades en su obra: la chica asciende al puesto de protagonista en solitario —una mujer sin pareja masculina y muy lejos de los estereotipos femeninos de Hollywood— y Greta Gerwig asciende al puesto de guionista del film, compartiendo con Baumbach la responsabilidad creativa de su historia.

Frances Ha resulta, en cierto modo, una prolongación de la Florence de Greenberg sin la dependencia abusiva de un conflicto masculino en el que integrarse. El director parece consciente de que su escritura ha desbordado el límite inicial y ha desembocado en una segunda historia, la cual resulta más interesante que el relato planteado en un principio. Su personaje sigue teniendo los mismos rasgos de la chica anterior, pero ahora se enriquece su mundo al incidir en ella como icono de una cierta juventud neoyorquina —primero como localismo literario, a la larga como modelo occidental— que no termina de integrarse en un mundo adulto cada vez más hostil desde la crisis económica.

Frances recoge el tema de la inmadurez masculina para expresarlo desde un ansia de movimiento opuesto a la pasividad de Roger y Walt. En vez de caminar por las aceras rectilíneas de la Gran Manzana, Frances baila y corre por sus calles al ritmo de una música propia. Frances, en definitiva, resulta especial y, quizás por ello, el director no consigue afilar una mirada crítica semejante a la usada con sus anteriores personajes, como afirma Manu Argüelles en su texto. Baumbach la observa, la acompaña, le aprieta un poco y finalmente la perdona cuando la soga empezaba a ceñirse a su cuello. Noah Baumbach, como a la postre sus espectadores, la adora. Y eso resulta evidente.

Mistress America 2015

Frances Ha

Esta nueva caracterización de Frances, o de Florence, acaba conformando por este camino una cierta fantasía, claramente deseable, de una chica ingrávida en un mundo de pesos e impedimentos. Incluso el uso inusitado del blanco y negro colabora en retratar una ciudad subjetiva y algo romántica, como la misma Nueva York fotografiada, o en su caso escrita, por Woody Allen en Manhattan (1979). Porque Frances Ha parece una película rodada en pleno estado de enamoramiento, desde la brillantez y el ingenio que desborda cada escena hasta el peculiar modo en que la cámara se deja fascinar por Frances, o por Florence, o simplemente por Greta Gerwig.

2. Desde el estreno de Frances Ha (2012) resulta muy significativo el tránsito que ha tomado la filmografía de Noah Baumbach. Cierto que solo ha entregado dos nuevas películas, pero ambas tienen en común un mismo discurso de base que adquiere distintos tratamientos sobre el guion. La primera, Mientras seamos jóvenes (While we’re young, 2014), está escrita en solitario por Baumbach y protagonizada por Ben Stiller en un personaje afín a su Roger Greenberg. La segunda, Mistress America (2015), está coescrita por Baumbach y Gerwig, y protagonizada por el personaje recurrente de esta, que bien podría tomarse por una Florence, o una Frances, deseosa de cambiar su rumbo y de adaptarse al mundo desquiciado de esa otra Nueva York.

Ambas películas tratan sobre el valor actual de las apariencias, de la impostura, de la representación ante los demás, y el deseo, cada vez más obsesivo, de aprobación y admiración constantes. Sin embargo, el discurso profundo de cada una circula por una línea de precisión divergente. Mientras seamos jóvenes habla de la responsabilidad de un director, o de una persona, con la verdad intrínseca de su obra, o de su vida. Habla de la importancia que tiene el punto de vista para transmitir una verdad lo más sincera posible. Habla de lo difícil que resulta ser uno mismo en un mundo veloz y confuso y generoso con aquellos que hacen trampas. Y habla, en último caso, de algo compartido con Greenberg, del deseo de adaptarse a un mundo que solo parece transcurrir en tiempo presente.

El rival que amenaza a su protagonista Josh es, precisamente, un joven carente de esas retóricas morales tan asumidas por él; su reloj corre mucho más rápido debido a su juventud, y por ello persigue un éxito lo más veloz y lo más amplio posible, aunque sea saltándose los condicionamientos éticos que decía venerar. La otra opción a esta juventud apresurada sería la escritura honesta y personal de Josh, no exenta ni mucho menos de autoengaño ni de callejones sin salida. De nuevo Stiller interpreta a un personaje inadaptado, algo obsesivo, con ínfulas intelectuales, cuyo movimiento de protesta vuelve a ser el estatismo, la consolidación de una posición estratégica de observador que, con la enseñanza de una mayor soltura, le permite vivir dentro del mundo sin dejarse arrastrar por él.

Mistress America Noah Baumbach

 Mientras seamos jóvenes

Mientras seamos jóvenes está narrada en primera persona desde el punto de vista de Josh, el personaje adulto. Por el contrario, Mistress America emula esta misma dialéctica invirtiendo el punto de vista hacia Tracy, la joven estudiante y admiradora de su (futura) hermanastra Brooke. A diferencia también del caso de Frances Ha, esta película plantea una estructura bicéfala que recupera un equilibrio más probable entre sus dos creadores: Brooke, o Gerwig, mantiene el protagonismo tácito de la historia, mientras la mirada narrativa se desplaza a la joven Tracy, que aporta a la diégesis del film la tercera persona del narrador. Tracy es una autora amateur que escribe sobre la vida de Brooke. Tracy tiene una relación próxima a ella, pero al mismo tiempo no es un elemento de su círculo íntimo. Tracy es inteligente, competitiva, empática, insegura. Y Tracy, sobre todo, es una mujer, y puede comentar a Brooke sin las interferencias románticas, sexuales o paternalistas asociadas a un hombre —como sí las sugería el personaje de Benji en Frances Ha—.

Mistress America, en definitiva, profundiza por igual en la complejidad psicológica de su personaje así como en la dificultad del comentarista para juzgarla.

Su nuevo retrato de Brooke, o de Florence, o de Frances, corrige el, quizás, excesivo idealismo del film anterior para introducirla en un contexto menos bohemio y más desolado. Basta con analizar el cambio de postura crítica de Baumbach respecto a los jóvenes bohemios de Adam Driver en Frances Ha y Mientras seamos jóvenes, que pasan desde una clara sintonía mutua hasta una crítica resignada, aunque nada indulgente, de su comportamiento. La Nueva York de nuestros días, lo queramos a no, debe describirse en color, no en blanco y negro. Así que Gerwig y Baumbach aceptan el reto de integrar a su icono en un mundo de estrés, de tweets, de spinning, de ansiedad económica y de nuevos ricos de la tecnología.

Y en este universo ha de sobrevivir hoy esa chica imprevisible, sin ataduras, torpe, soñadora, etérea, vitalista, romántica y destinada al fracaso. La protagonista de Mistress America transmite la misma ingravidez que acostumbraba, pero esta vez intenta sacarle un provecho, culminar algo productivo, o sea, producir, en el mundo real de las aceras rectilíneas. Su manera de intentarlo, no obstante, resulta tan caótica e inadaptada como siempre, descubriendo a su paso un entorno de egoísmos, tensiones e hipocresías. Sin duda, un argumento ideal para una comedia, que de hecho lo es, y muy divertida, pero Baumbach y Gerwig tratan de hacer algo más con ese material. Tratan de pulir a su personaje en unas coordenadas más realistas y, además, bajo el conocimiento previo de cómo va a ser juzgada. Su pérdida del punto de vista no implica entonces reducirla a un estatuto secundario, sino buscar una mejor perspectiva para completar su dibujo.

Mistress America Greta Gerwig

 Mistress America

Mistress America consigue, de este modo, reflexionar o reescribir los aspectos más superficiales de Frances Ha al reflexionar o reescribir el enfoque desde el que fue interpretada. Esta vez, la mirada de Tracy no resulta en absoluto indulgente; su relato sobre Brooke predice su anunciado fracaso en la vida, su irresponsabilidad, su inmadurez, su tremenda inconstancia, su incapacidad de adaptarse a una realidad mundana y su carácter caótico y fantasioso. Con estos rasgos, sin embargo, solo se define una imagen de mujer encorsetada, aparte de injusta con el icono generacional que Baumbach y Gerwig han tenido siempre entre sus manos. Y ellos lo saben.

Porque Brooke, o Florence, o Frances, ha mostrado desde su primera película el potencial de convertirse en uno de esos «tipos sintéticos, esquemas necesarios en nuestra vida sentimental» que Pío Baroja mencionaba en sus intercambios con Ortega y Gasset. Un personaje que, por la claridad de su perfil, por su actualidad y su atemporalidad, sirve como modelo de ciertos comportamientos, a la vez tan locales como universales, y perfecto representante de la época que le ha tocado vivir. Conseguirlo siempre ha sido un proyecto demasiado ambicioso, pero la idea arraigó con fuerza en las letras estadounidenses del siglo XX, donde el tópico de la «gran novela americana» persiguió con ahínco su continuo hallazgo. Justo en 1925, el año en que Baroja y Ortega discutían sobre literatura, Francis Scott Fitzgerald creaba un auténtico icono con El gran Gatsby, imagen del romanticismo americano vencido por la frivolidad y la hipocresía de los años veinte.

Este ansia literario palpita todavía en la reflexiones metaficcionales de Mistress America, donde el conflicto de Mientras seamos jóvenes sobre la verdad de las imágenes se convierte en un conflicto sobre la ética aplicada a la literatura. En el primer relato que Tracy escribe sobre Brooke, solo se aprecian los detalles irónicos y pintorescos de su vida. Construye un personaje fascinante con sus rasgos más superficiales mientras oculta aquellos aspectos que divergen de su línea dramática. La Brooke más expansiva es la chica que se presenta desde lo alto de Times Square como si toda la ciudad fuera suya. Pero la Brooke auténtica, detrás de su personaje, es la chica insegura y desolada que se queda en blanco al hacer un spitch sobre sus planes de futuro.

Igual que muchos espectadores, Tracy admira a su (futura) hermanastra por ser aquello que hubiera querido ser, esa chica que vive “exactamente como una joven debería vivir si quiere disfrutar su juventud”, pero a la vez percibe la distancia insalvable entre ambas, que es equivalente a la del idealista Josh de Mientras seamos jóvenes con su ansioso alumno Jamie. Tracy prefiere juzgar a su amiga desde un escaño de superioridad más comodo, desde el papel. Y solo en una mirada más paciente será capaz de percibir la diferencia entre la vida real y su performance, la práctica literaria como traición y apropiación de la realidad, como vampirismo o como reducción del material existente. Y entonces, con una mayor conciencia de sí misma y de aquellos que la rodean, será capaz de completar el cuadro de Brooke como esa heroína trágica e inadaptada que es.

Mistress America cd

Mistress America

Debido a sus notas apresuradas y a su breve experiencia vital, Tracy cree identificar a Holly Golightly donde tendría que haber visto al propio Gatsby en una inversión de roles sexuales. Tras su aparente superficialidad, Brooke es la mujer que ha rechazado casarse con el millonario para seguir con su vida; es la romántica insalvable cuyas fantasías se estrellan contra la realidad. Las dos caras de Brooke completan así el diseño de un perfil cada vez más rico, quizá más literario como pretende la película, y por ello de mayor amplitud simbólica. Como dice la propia publicidad del film, Brooke representa una Nueva York de apariencia exuberante pero de enormes flaquezas e inseguridades.

El fracaso de Brooke en la vida es, en gran parte, el fracaso de su contexto, esa metrópoli en decadencia, rutinaria, acomodada, de menguantes oportunidades, donde el idealismo es asfixiado por la rentabilidad. Incluso Tracy, creyendo convertir a su (futura) hermanastra en obra de arte, lo que hace es convertirla en producto utilitario, en beneficio para sí misma. “Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”, decía Francis Scott Fitzgerald —poniendo título, recientemente, a Show me a hero (2015) de David Simon—. Y Brooke es un personaje muy americano, es decir, más propio de una tragedia que de una comedia ligera. De hecho, no se puede concebir un final más triste para ella que imaginarse a Brooke, o a Florence, o a Frances, sepultada entre el tráfico y la industria de la ciudad de Los Ángeles.

Mistress America supone, en resumen, la película más compleja de Noah Baumbach hasta la fecha. Sus múltiples capas de análisis y su cuestionamiento de la propia escritura sobrepasan tanto a Greenberg como a Frances Ha para seguir explorando su fascinación por este personaje. Tras su aspecto de screwball comedy contemporánea, y como tal ingeniosa y a ratos deslumbrante, el film expande la compenetración artística de Baumbach y Gerwig en un artefacto más inclusivo para el estilo de ambos, así como plenamente consciente de los resortes que componen su mecanismo.

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Comentarios sobre este artículo

  1. Marina dice:

    Me parece muyyyyyyyyyy sobrevalorado
    He visto alguna peli y además de aburrirme soberanamente me ha parecido completamente pretenciosa y aunque pretende hacer reír, no tiene ninguna gracia. Se basa en estereotipos y es completamente superficial, sin querer ir más allá de lo que estamos acostumbrados a ver, vamos, modernillos que van de guais.
    No le veo esos “puntos escondidos” que solo se pueden apreciar si eres un erudito del cine…eso es lo tipico que se dice cuando la película no vale una mierda.

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