Nostalgia

El tiempo en Tarkovsky Por Paula López Montero

Bien es conocida la frase fundadora de lo que podríamos acuciar como cultura europeo-occidental: “La cólera del Pelida Aquiles”, primeros versos de La Ilíada que tanto o más dicen del pathos de nuestra civilización como luego las posteriores enseñanzas bíblicas. Quizá, de una forma mucho más evidente, todos podríamos atender al sufrimiento tendiente de la población cristiana apuntado ya por otros tantos pensadores como Nietzsche, pero ¿podríamos ver -hoy, nosotros, siglo XXI- la misma cólera fundacional de la escritura y tradición homérica en ese reflejo que nos devuelve el espejo? Más aún, ¿sería lícito pensar que en nuestro perfil o trasfondo identitario, sufrimiento y cólera conviven? La cólera, la ira, la furia, serían una respuesta medianamente fácil de percibir en nuestros comportamientos, también ese sacrificio característico del “rebaño”, término acuciado por Nietzsche para designar a la población cristiana, y que además daría en el clavo con un modelo que podría ser extrapolable y tendría su consecuencia en la cultura de masas. Pero no son las únicas emociones, acciones y sentimientos que definen al ser humano occidental durante estos siglos de historia. Andrei Tarkovsky, es uno de los grandes exploradores de los claroscuros de la sociedad occidental y no atina mal al hacer un retrato de la nostalgia como sentimiento común en la sociedad centro-este-europea, sobre todo después de la barbarie del siglo XX. El director ruso decía: “Quienes somos es lo que menos sabemos (…) somos incapaces de prestar atención a los problemas espirituales del hombre”, y ahí es donde entra su autoría, en esa brecha, para intentar dar un reflejo –remisión especular en alusión a su film El espejo (Zerkalo, 1975)- para que reconozcamos en él la huella del tiempo.

Tarkovsky compondría films tan excepcionales como Sacrificio (Offret, 1986), la mencionada El espejo (1975), La infancia de Iván (Ivanovo detstvo, 1962), Tiempo de Viaje (Tempo di viaggio, 1983) o la que nos per-tiene en este momento: Nostalgia. Llamo la atención primeramente sobre la fecha 1983, año en el que rueda dos películas que, aunque con hilos argumentales totalmente diferentes, comparten un vínculo de unión: Nostalgia y Tiempo de viaje. Nuestra pregunta es ¿comparten algo esa Nostalgia con el Viaje o el Tiempo?

 Nostalgia

Peor antes de nada, hablábamos de sentimientos y emociones que acucian a la identidad occidental y la primera distinción que deberíamos hacer antes de entrar en materia nostálgica es la de diferenciar entre emoción y sentimiento. La palabra emoción proviene del latín emotio, de e-movere (hacer mover). La emoción con-mueve, es un desplazamiento del ánimo, una reacción que nos saca del carácter, mientras que el verbo sentir –de donde viene sentimiento- no parecería muy descabellado emparentarlo con el sentar. El sentimiento requiere de un asentamiento, de por lo tanto una prolongación más extensa en el tiempo. El tiempo es indispensable de la formación del sentimiento, mientras que las emociones son mucho más impulsivas y no requieren del mismo. De esta forma nos preguntamos: ¿Qué tienen que ver nostalgia y tiempo? Más aún, ¿puede un niño sentir nostalgia? Seguramente no, y la factoría Pixar no andaba tan desencaminada con Inside out (Pete Docter, Ronnie Del Carmen, 2015), cuando retrata a los infantes en el despliegue de sus emociones (ira, miedo, asco, tristeza y alegría). Los sentimientos requieren de tiempo para formarse, los niños tardan en elaborar este tipo de imágenes afectivas. Y requerir de tiempo significa requerir memoria, experiencia. La nostalgia, por su parte, es uno de los sentimientos que mayor condensación sobre una reflexión temporal acarrean. No hay nostalgia sin separación temporal, sin memoria, y por lo tanto, a su vez, sin historia. En lo que respecta a la Modernidad o a esta Modernidad cansada, ¿acaso en sus sentimientos determinantes no estarían la melancolía y la nostalgia?, ¿por qué?, ¿sentimos igual que hace 7000 años? Debemos recordar por un momento que la nostalgia también es un sentimiento fundador de la identidad europeo-occidental: en la Odisea, nostos, es el regreso que hace Odiseo (Ulises) a casa tras su viaje. La nostalgia es ese viaje imposible hacia atrás, en el regreso al mismo espacio pero no al mismo tiempo, es el dolor del regreso, el regreso del dolor, el dolor por no poder regresar. Sin camino, sin distancia no hay nostalgia. La historia, como transcurso o fluir temporal no devendría más que en un sentimiento cada vez más autoconsciente y, sin embargo, nostálgico que separa el origen fundador del fracaso mismo del tiempo, de la experiencia originaria de un abusivo uso de la memoria y el recuerdo. No podemos evitar que en la Modernidad esos regresos añorados al origen hayan sido fruto de esta misma nostalgia, o la nostalgia fruto de esa mirada hacia atrás -como aquella imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin-. Así tantos pensadores trataron de buscar el origen como Nietzsche, Freud, Rilke, Marx, Heidegger o Foucault. Ante la nostalgia sólo se nos presenta una imagen, una imagen casi fotográfica, en donde es posible aún reconocer el referente, pero donde se ha perdido la presencia del referente mismo, la realidad misma. En esa condensación lo que se escapa es el tiempo, la imposibilidad ya de aprehenderlo, de jugar con su inmediatez, con su ahora, y donde nos vemos ya sólo abocados al recuerdo, al añoro lejano de lo que fue y ya no será. De esto y de mucho más habla Nietzsche con su estallido de las interpretaciones, con su eterno retorno, de ese devenir del permanecer, de ese permanecer en el devenir, y merecería la pena ver de donde parte todo ello.

 Nostalgia 1983

Nostalgia de Andrei Tarkovsky nos hace reflexionar sobre la nostalgia por el pasado ante el fracaso de la historia y la necesidad e imposibilidad misma del regreso a los inicios para buscar el sentido. En la famosa novela de Thomas Mann, La montaña mágica, aparece una reflexión sobre el tiempo y el hastío que me parece oportuno enganchar al hilo de la nostalgia. El escritor alemán dice así:

“Se han difundido muchas teorías erróneas sobre la naturaleza del hastío. En general, se piensa que, cuando algo es nuevo e interesante, hace pasar el tiempo, es decir, lo abrevia, mientras que la monotonía y el vacío entorpecen su marcha y hacen que se estanque. No obstante, esto no es del todo exacto. (…) Un acontecimiento novedoso e interesante es sin duda capaz de hacer más corta y fugaz una hora e incluso un día, pero, considerándolo en conjunto, confiere al paso del tiempo una mayor amplitud, peso y solidez, de manera que los años ricos en acontecimientos transcurren con mayor lentitud que los años pobres, vacíos y carentes de peso. Lo que llamamos hastío, pues, es consecuencia de la enfermiza sensación de brevedad del tiempo provocada por la monotonía (…). La costumbre hace que la conciencia del tiempo se adormezca.”

A lo que nos preguntamos ¿qué es la cultura sino la costumbre?, ¿qué es la tradición –siempre histórica- sino la transmisión de conocimientos que sobreviven al tiempo? La cultura se nos presenta al final como una suerte de trasfondo donde nos apoyamos pero que deja poco espacio para la espontaneidad, para la originalidad, donde sólo hay hueco para un progreso siempre cauteloso, enganchado con pies de plomo a un suelo ya cimentado por otros. Es esa casi imposibilidad de experimentar lo nuevo, como estamos viendo por otra parte en el arte y que por otros lados se presenta como angustia y ansiedad como síntoma social, lo que nos hace sentir esa pérdida de vitalidad y de por lo tanto esa búsqueda en el pasado de lo añorado, de la vida en su más pura forma. De ahí la famosa y mal entendida por otra parte frase de Hegel “El arte, para nosotros, es una cosa del pasado”, puesto que solo en el pasado, donde no había reflexión ni exceso de ciencia y conocimiento permitían la espontaneidad, la inmediatez, el ahora del tiempo. Tarkovsky, para quien “el cine es un mosaico hecho de tiempo”, experimentará con las posibilidades de la representación teniendo en cuenta el ahogo del tiempo al que tendemos en la Modernidad, y la angostura que supone la imposibilidad de lo nuevo, y de la recurrencia a la nostalgia como modo de ser moderno.

Nostalgia Tarkovski

Pero parémonos un momento, Andrei Tarkovsky no sólo es un director de renombre de esos de etiqueta contra-hollywoodiana, sino que es un teórico del cine que nos ha regalado una gran obra para repensar todo el entramado fílmico: Esculpir en el tiempo. Parece de indudable alusión en este apartado la teoría que defiende el director ruso en su libro, y que hace a su vez de post-referente de todo su cine a modo de explicación o de defensa del mismo. Grosso modo, Esculpir en el tiempo nos habla de la esencia del cine, de su fin último como objeto artístico que para el director ruso es:

“el objetivo de cualquier arte que no quiera ser consumido como una mercancía consiste en explicar por sí mismo y a su entorno el sentido de la vida y de la existencia humana (…) o quizá no explicárselo sino tan sólo enfrentarlo a ese interrogante” (Tarkovsky, 1991: 50-60).

Es entonces el propósito de su filmografía enfrentarnos de lleno a ese interrogante. Una filmografía que se torna cercana al fracaso de la reflexión sobre el tiempo, cercana a una reflexión sobre lo real, hacia esa angustia que ya veíamos con Bergman, y por supuesto una nostalgia del tiempo pasado como proyecto fallido de la Historia, nostalgia quizá sobre las posibilidades perdidas y ante el fracaso del hombre.

Por otro lado el director ruso apunta:

“una y otra vez, el hombre se pone en relación con el mundo movido por el atormentador deseo de apropiarse de él, de ponerlo en consonancia con su ideal que ha conocido de forma intuitiva. El carácter utópico, irrealizable, de ese deseo es fuente perenne de descontento y de sufrimiento por la insuficiencia del propio yo (…) el arte y la ciencia son pues formas de apropiarse del mundo” (Tarkovsky, 1991: 60).

Es por tanto el descontento del hombre tras la muerte utópica, es decir la toma de conciencia del imposible acceso a la utopía misma, lo que hace de motor al arte y a la ciencia como forma de explicarnos aquí y ahora.

Pero para Tarkovsky todo ello no termina ahí sino que, cuando el arte está al servicio de la política y la ideología, es entonces cuando “el arte moderno ha entrado por un camino errado, porque en nombre de la mera autoafirmación ha abjurado de la búsqueda del sentido de la vida” (Tarkovsky, 1991: 60). Tolstoi así apuntaba “lo político excluye lo artístico, porque lo primero tiene que ser partidista para poder conseguir algo (…) la imagen artística no puede ser partidista: para poder ser realmente verídica, tiene que conjugar en sí el carácter contradictorio de los fenómenos” (Tarkovsky, 1991: 73).

Es así, que el cine de Tarkovsky no renuncia a la utopía, pero se encuentra en la brecha utópica, que no es otra que la brecha del tiempo. Un cine en el que, en plena encrucijada entre el fracaso de la Historia y el ser humano, junto con esa intención final de intentar traspasar la metafísica, se nos muestra una nueva forma de dar sentido al tiempo mismo, y de ahí su Esculpir en el tiempo, donde propone una mirada poética, lejana a la ideología, en esa apropiación que hace el arte del mundo para devolver el sentido final de nuestra existencia.

E. Bloch, afirmaba así que “la utopía concreta es la representación emblemática de la problemática del sentido de toda la historia humana” y es tanto para nosotros – ya lo defendíamos en la posición bergmaniana- como para Mantilla Quijano, curiosamente que las referencias utópicas de Tarkosvki sólo lo llevan a callejones sin salida, que limitan las posibilidades de liberación. Por eso la alternativa utópico-mesiánica-redentora se muestra estéticamente más como generadora de angustias que como configuradora de realidades emancipadoras.

Tarkovsky- Nostalgia

Ahora creo necesario traer a colación aquí el monólogo que sale de lo más profundo del yo-sujeto-autor Tarkovsky enunciado en Nostalgia:

¿Qué ancestros hablan en mi? No puedo vivir al mismo tiempo en mi cabeza y en mi cuerpo. Esa es la razón por la que no puedo ser solo una persona. Puedo sentir en mi una infinidad de cosas simultáneamente. El verdadero mal de nuestro tiempo es que ya no quedan grandes maestros. La senda del corazón está llena de sombras. Debemos escuchar las voces que parecen inútiles. Hacen falta cerebros llenos de largas tuberías de desagüe, de muros de colegio, de asfalto y de prácticas asistenciales. ¡Que entre el zumbido de los insectos! Debemos llenarnos los ojos, los oídos, con cosas que sean el inicio de un gran sueño. Alguien debe gritar que construiremos las pirámides. ¡No importa si después no las construimos! Debemos alimentar el deseo y debemos estirar el alma por todas partes, como si fuera una calle infinita. (…) (Tarkovsky, 1983)

Aquí Tarkovsky, en ese fin del los grandes relatos y los grandes maestros que da como consecuencia el posestructuralismo y su delta en la Posmodernidad, donde hace necesaria la idea de tener ese “gran sueño”, aunque no podamos realizarlo (es por tanto necesaria la metafísica utópica para continuar después de lo que algunos han acuciado como “Fin de la Historia”). Tarkovsky propone un fluir, como en esa misma corriente de conciencia que vemos en el monólogo, que sólo puede ser ya poético, que trate de evadir la excesiva reflexión y proponga más sueños y deseos que alcanzar. El modo poético que propone Tarkovsky bien podría asemejarse al modo poético que ya propusieron otros filósofos ante un contexto sino igual muy similar como Martin Heidegger.

(…) Si queremos que el mundo siga adelante debemos tomarnos de las manos. Debemos mezclar lo que se considera sano y lo que se considera enfermo. Vosotros los sanos, ¿qué significa vuestra salud? Los ojos de toda la humanidad están mirando al foso en donde todos nos estamos precipitando. La libertad es inútil si no tenéis el coraje de mirarnos a la cara, de comer y beber con nosotros, de dormir con nosotros. Son los considerados sanos los que han llevado el mundo al borde de la catástrofe. ¡Hombre, escucha! En vosotros: agua, fuego y después cenizas y los huesos dentro de las cenizas. ¡Los huesos y las cenizas! (…)(Tarkovsky, 1983)

Tarkovsky continúa el monólogo en un reclamo hacia lo terrenal, de descubrir en nosotros el ciclo pero como forma de dar valor a las relaciones humanas y a la existencia misma. No hay que mirar al foso de la historia, ni si quiera tampoco ya al cielo, sino a los ojos de la humanidad, que es ahí donde reside el sentido mismo.

(…) ¿Dónde estoy cuando no estoy en la realidad ni en mi imaginación? He hecho un nuevo pacto con el mundo: debe estar soleado de noche y nevado en agosto. Las cosas grandes se acaban, son las pequeñas las que perduran. La sociedad debe estar unida, en vez de fragmentarse. Basta observar la naturaleza para comprender que la vida es simple. Y que se debe volver al punto de inicio. Al punto donde tomásteis el desvío equivocado. Hace falta volver a los fundamentos principales de la vida. Sin contaminar el agua. ¡Qué clase de mundo es este si es un loco el que os dice que deberíais avergonzaros! Y ahora música. (Tarkovsky, 1983)

Es ese retorno, o eterno retorno propuesto más arriba, donde hace hincapié este último trozo del monólogo final. Aquí Tarkovsky reclama una vuelta a la naturaleza como forma de entender la existencia pero sin abandonar la duda, la indeterminación. Y regresar siempre al punto de inicio. La escena al borde del final de la película -que dura unos 9 minutos en un plano continuo (de 1:48:20 a 1:57:04)- es una clara alusión a esa necesidad de regresar al principio –de la Historia- para recuperar la llama perdida y devolverla a su altar del tiempo.

En Nostalgia, o a propósito de esta nostalgia, cabría hablar de muchos más detalles como el papel del poeta, de la mujer, del niño, del agua (en alusión a su fluir y a al “Todo fluye”), de la música (Verdi, Beethoven) o incluso de la religión, pero ocuparía páginas -como estas- de gran extensión y que se tratarán en cierta medida en líneas aparte. Pero sería lícito acabar con el final que propone Tarkovsky, un final ahora en blanco y negro, donde aparece un plano detalle de un niño con la cabeza vuelta hacia un lado y las manos de su madre en sus hombros, seguido de un plano medio del poeta y su perro que se va abriendo en perspectiva progresivamente y que descubre lo oculto ante los ojos, a saber, que nuestra casa, nuestro hogar, sigue estando –y pasando desapercibido- dentro de las ruinas de una catedral, de los grandes muros que determinan nuestro modo de ver y ser en el mundo.

Al lector paciente que interpela Tarkovsky también en este film, y el que ha seguido por estas líneas, le agradezco su tiempo.

 TRAILER:

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