Recorriendo el cine de Radu Muntean

Por Damián Bender

Dentro de la corriente de las “nuevas olas” que azotaron el panorama cinematográfico del nuevo milenio, uno de los movimientos con mejor acogida dentro de la crítica ha sido el del cine rumano. Las razones son varias: directores jóvenes y ambiciosos, un estilo con tendencia al minimalismo y un sentido del humor particular han sido algunas señales de identidad de la emergente generación de cineastas rumanos. Sin embargo, y como sucede frecuentemente con los “nuevos cines”, los puntos en común no se centran tanto en lo estilístico sino en la concepción del medio cinematográfico como vehículo de reflexión y expresión personal dentro de un contexto histórico y social compartido por los realizadores.

Otra de las señales de identidad para este movimiento es el revisionismo histórico. La lenta y dolorosa metamorfosis de Europa del Este desde la caída del comunismo dejó profundas huellas dentro de la sociedad rumana, huellas que directores como Mungiu o Porumboiu han expuesto en sus filmes con maestría. De hecho, el primer impacto en el circuito internacional del director que hoy nos ocupa ha sido con una película de época.

Radu Muntean

Radu Muntean

Cuatro años después de debut como director (Furia, 2002), Radu Muntean ambienta su segunda película en el caótico momento de la revolución rumana y la caída del dictador Nicolae Ceauşescu, pero en lugar de mostrarnos los momentos históricamente más relevantes, nos cuenta las peripecias de un joven soldado y sus compañeros de escuadrón cuando este decide desertar y unirse a la causa revolucionaria. En El papel será azul (Hîrtia va fi albastrã, 2005) la trama es una excusa para mostrarnos la enorme sensación de confusión que imperaba en ese momento crucial de la historia de la nación. Nadie sabe quién es bueno o malo, amigo o enemigo y la trama misma se encarga de confundir al extranjero sin mucho conocimiento histórico.

Al estar basada en una historia real, la utilización de largos planos secuencia con cámara en mano se vuelve clave para representar los acontecimientos desde un punto de vista documental, dándole relevancia a una puesta en escena que se sienta real y privada de artificios. Además, Muntean decide no utilizar música extradiegética a lo largo de toda la película, con el fin de acentuar el estilo documental y dejar que los ambientes y sonidos in situ sean los que cuenten la historia. Estos recursos de estilo se volverán las señas de identidad sobre las cuales Muntean irá construyendo su cine, y que chocan de frente con su ópera prima, un thriller con un guión muy deficiente y en el que no reconoceríamos la labor de Muntean si no fuera porque su nombre figura en los créditos.

Si El papel será azul representa la piedra fundacional, Boogie es el primer paso hacia la madurez. Desde su tercer filme, el cine de Muntean deja de mirar al turbulento pasado rumano y decide centrarse en el presente, pero ya no lo mira desde un punto de vista global, sino desde la vivencia personal. Esto quiere decir que la lente ya no refleja a los ecos del pasado y el impacto desde el punto de vista social, sino que busca representar situaciones cotidianas, pequeñas historias que no salen del vecindario o del seno familiar y que le podrían pasar a cualquiera. Esta nueva mirada desde el guión también tiene origen en la llegada de Alexandru Baciu, guionista con el cual trabajó en todos los filmes desde El papel será azul. Él y Muntean trabajan con mucha meticulosidad sobre el guión, haciendo modificaciones sobre la marcha al momento de trabajar la puesta en escena con los actores.

Estas historias buscan representar fragmentos de vida donde la cotidianeidad se vea alterada de alguna forma u otra para el protagonista, de una manera en la que somos testigos de los acontecimientos, pero la lente es incapaz de ingresar en la psiquis del personaje. Muntean establece una barrera, un límite sobre la información que recibiremos para entender lo que sucede en la cabeza del protagonista y para ello se vale especialmente de la construcción de diálogos y un intenso trabajo sobre el guión original. Los diálogos no buscan ser explicativos ni sobrecargados, sino lo más cercanos posible a la realidad, a la charla de todos los días. De esa manera se cierra la puerta a grandes discursos o verborragias emocionales y los protagonistas pueden mantener cierto enigma sobre las sensaciones que experimentan en el momento.

Boogie 2008 Radu Muntean

Boogie

El establecimiento de esa barrera no ha hecho más que incrementarse, dejando al espectador con algunas preguntas sobre las que solamente puede especular. Si en Boogie la impresión final era la de incertidumbre acerca del valor que el treintañero Bogdan le podía llegar a esa noche embebida de nostalgia, en Martes, después de Navidad (Marti, Dupa Craciun, 2010) no sabemos si Paul realmente siente algo de culpa por engañar a su esposa o solamente actúa cínicamente al respecto. Son cosas que quedan a interpretación del espectador y Muntean es consciente de ello.

Y en su último trabajo estrenado el año pasado en Argentina (One Floor Below, 2015), la separación entre protagonista y espectador se hace definitiva. Aquí la barrera distorsiona el panorama y plantea interrogantes permanentemente. La situación de Patrascu, testigo involuntario de un asesinato que decide no contarle nada a la policía deja más preguntas que respuestas y por supuesto, la cámara no será la que hable. Es más, la cámara es la que más cuestiona. En lugar de plantarse en un plano secuencia de tipo general, más democrático a la hora de mostrar los personajes en la puesta en escena y su profundidad en el espacio, la elección del tipo de lente teleobjetivo y su utilización priorizan la idea de aislar a Patrascu, de mostrar su ensimismamiento y al mismo tiempo, reflejar el propio. El enigma del “por qué” se hace imagen cada vez que vemos el rostro del protagonista con total claridad, separado de la bruma del difuso entorno que lo rodea.

OneFloorBelow Radu Muntean

One Floor Below

Sin embargo, esta suerte de barrera audiovisual que planta sobre el celuloide no parece afectar la manera en que Muntean trabaja la narrativa. La obsesión por capturar largos fragmentos de cotidianidad para mostrar personalidades y contar la historia sigue allí, y también permanece la naturalidad con la que maneja la curva dramática. Muntean parece comprender que la armonía de introducción-conflicto-desarrollo-clímax-resolución del relato clásico no se condice con la vida real. Los momentos más intensos se asemejan a picos esporádicos, a veces en forma de cruda violencia (One Floor Below), en otras ocasiones toma forma de discusión de pareja (Boogie), y en otras la discusión marital llega a un pico de agresión física (Martes, después de Navidad).

Desde su segundo filme, Radu Muntean ha utilizado un número de recursos estilísticos y narrativos para contar sus historias, recursos que ha ido afinando y retocando para dar un paso adelante en cada filme. Su afán por contar historias mundanas, su aprecio por los detalles de la vida cotidiana y por plantear los enigmas morales del hombre de a pie; lo han separado de la masa de directores rumanos emergentes para ponerlo como un nombre propio a tener en cuenta. Siempre y cuando busques sencillez en tu cine, claro.

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] a cada autor como portador de inquietudes y características particulares. Si habláramos de Radu Muntean es posible señalar la barrera que pone entre el espectador y la mente del protagonista, de manera […]

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