Thrashin’, Wassup Rockers, This Ain’t California

Por Jose Cabello

Thrashin’. Patinar o morir. (Thrashin’) Director: David Winters. EUA, 1986.

Wassup Rockers. Director: Larry Clark. EUA, 2006.

This Ain’t California. Director: Marten Persiel. Alemania, 2012.

En la década de los cincuenta, cansados de domar las olas del mar y en un anhelo por controlar la superficie más allá del líquido elemento, los surferos de Califormia inventan el skateboarding, deporte poco reconocido incluso a día de hoy en el que, con una simple tabla de madera a la que previamente se le han adherido unas ruedas de patines, se realizan multitud de saltos, giros, piruetas y figuras, erigiendo una filosofía urbana, muchas veces etiquetada bajo la premisa errónea de marginal o delictiva, y un estilo de vida con carácter artístico intrínseco.

Del 5 al 7 de julio, Matadero Madrid acogió el segundo Skate Film Festival, único festival de cine dedicado íntegramente a la difusión de cine skate y longskate.

El evento, además de ofrecer una programación audiovisual dedicada a la temática abarcando desde la sección oficial de largometrajes y cortometrajes hasta una pequeña retrospectiva, propone talleres, mesas redondas y una nave acondicionada englobada en el conjunto de actividades, a disposición de los skaters y ambientada con música rock-punk.

Thrashin’, que en España añadió el lema de patinar o morir, constituye un ejemplo más de la moda sensacionalista (y absurda) de la época de titular cada película con un barato eslogan publicitario tal y como desde Hollywood se hiciera en una no menos ridícula manía de componer título con sustantivo y adjetivo terminado en -al: Atracción fatal (Fatal Attraction, Adrian Lyne, 1987) Desafío total (Total Recall, Paul Verhoeven,1990) , Arma letal (Lethal Weapon, Richard Donner, 1987), Impulso sensual (The Boost, Harold Becker, 1988), Análisis final (Final Analysis, Phil Joanou, 1992) etc. David Winters, casi cuarenta años más tarde del origen del skate, cristaliza por primera vez en el cine una cultura urbana en pleno auge. También contiene el debut cinematográfico del grupo rock Red Hot Chili Peppers, invitado a actuar en una de las fiestas, que más tarde se consagraría como icono musical de skaters. Si bien el planteamiento de Trashin’ imita a un Grease con patinete pero careciendo de un estilo inherente, los roles ejercidos, el posterior conflicto y el romance con una chica del grupo configuran el resultado idóneo como preámbulo en el marco del Skate Film Festival, una toma de contacto con esta filosofía de vida, a pesar de contener exceso de handicaps, como el abuso de perfiles prototipo de adolescentes americanos o situaciones desmedidas cuando, en realidad, el único dilema camina en la dirección del maquillaje que realza los pómulos de los protagonistas.

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Thrashin’. Patinar o morir

Thrashin‘ acota la fracción comercial del festival dedicada a un público medio púber mientras la segunda propuesta, Wassup Rockers, arriesga por el cine más adulto y de índole independiente.

Larry Clark, idólatra de crudas realidades sociales, se adentra en un grupo de jóvenes latinos en Los Ángeles con Wassup Rockers. Un grupo de chicos skaters, que tienen como epicentro de vida sus ansias por cumplir la práctica sexual, actúan de sí mismos relatando la aventura que los lleva a Beverly Hills cuando conocen a dos chicas y son invitados a su casa. Los chicos residen en un barrio pobre al sur de la ciudad donde les amedrentan, insultan o atacan por el hecho de vestir prendas ceñidas, marcas de diferencia con el resto del poblado. Durante el recorrido hacia la mansión, la exclusión social en la que viven marca su destino. En contraposición con Trashin, la pandilla formada por análogos roles (como el líder, el torpe o el niño gordo) también encarados con un grupo rival, avanza un paso más eliminando el aura de banalidad al introducir ingredientes de trascendencia bajo conversaciones entre adolescentes de tribus opuestas. No acercan posturas, solo ilustran su entorno esclareciendo así las causas de estas actitudes reprobables. El último viaje, saltando de pared a pared, elabora un episodio cómico lleno de sketches que provoca el descrédito de la historia al despistar a un espectador inmerso en la carga dramática previa.

No solo en California la cultura skate alcanzó un valor considerable. El movimiento del monopatín se extendía por Europa mientras Berlín continuaba dividida en dos, Oriente y Occidente. En el seno de la República Democrática Alemana (RDA), el skateboard cada vez atrapaba más adeptos y Alexanderplatz se convirtió en el centro neurálgico de la cultura skate del Berlin Oriental, convirtiendo la plaza en un crisol de performance continuas para diversas tribus urbanas que entendían este enclave como punto de expresión y provocación a una sociedad aún lastrada por la autarquía cultural.

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Wassup Rockers

This ain´t California (Marten Persiel, 2012) actúa como terreno de reconstrucción y reencuentro. Por un lado, gracias a las tomas de Super 8, reconstruye las vivencias de una agrupación skater en torno a figuras y eventos clave de este deporte a la vez que sirve, por otro lado, de reencuentro físico en la actualidad para los viejos camaradas del monopatín entre los que se encontraba Denis, un chico rubio alemán que ejercía de líder en los tiempos rememorados y cuya actitud se caracterizaba por un comportamiento beligerante. El documental concentra su fuerza en desmenuzar la conversión de este joven nadador profesional en un acróbata de la tabla que más tarde parece querer destruir sus esfuerzos con una agresividad mal canalizada. Sin embargo, el homenaje a Denis queda interceptado con los acontecimientos históricos que Alemania vive: su reunificación. Las grabaciones introducidas en el documental nos rescatan las primeras citas del skateboard en la República Checa, aún con la división alemana estipulada tras la Segunda Guerra Mundial, donde germanos de amboslados convergen y la disposición favorable de hermanamiento refleja, o anticipa, el inevitable derrumbamiento del Muro años más tarde.

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This ain´t California

Skate Film Festival cierra su segunda edición con un programa reducido pero atractivo. La acogida por parte del público skater es notable, resultado de la buena predisposición de la organización del festival para darse a conocer. Las entradas eran totalmente gratuitas e incluían una consumición, en ciertas sesiones, para disfrutar después en la barra junto a las plataformas de salto. El festival supone, además, un acercamiento a toda persona que, como yo, desconocía la existencia de una filosofía de vida tras la fachada de una cultura urbana.

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