Truffaut y la condición humana

Por María Caballero

INFANCIA

Los cuatrocientos golpes (Les Quatre cents coups, 1959)

Uno comienza a ser un poco carca cuando empieza a recordar con demasiada nostalgia su niñez y cosas que antes tenías guardadas como recuerdos nimios, ahora no paras de recordarlas con sentimiento de orgullo y quieres que todo el mundo sepa de lo bonito de la infancia. También quieres que todo el mundo sepa que la tuya fue la mejor.

El final de Los cuatrocientos golpes habla de eso, y como diría el protagonista de Pickpocket (Robert Bresson, 1959), “qué extraño camino he tenido que recorrer para llegar hasta a ti”. Pues así es, es una maravilla el camino que hay que recorrer para llegar a la playa (¿metáfora de la libertad? O no). No sabemos si es libertad, quizá solo queremos ver un poco de mar, solo queremos vislumbrar la luz en todo su esplendor y que el viento nos dé en la cara violentamente, aunque solo sea por diez minutos. Quizá por eso Truffaut pare en ese mismo instante el fotograma, si lo deja correr, es movimiento, es cine, y tiene su fin, pero como fotograma se queda estático, capta un segundo, pero para nosotros esa mirada ya no avanza jamás. Para Truffaut era un hecho muy brutal y certero: el cine era más grande que la vida. Pretendía, a través del cine, revivir todo lo vivido. Vivir dos y siete veces. Y es que es muy feo esto de crecer. Esto es algo que te tienen que decir en el colegio, que seas un niño hasta los 25 años, y luego, que te dediques a recordar cómo fueron esos 25 años. Pero luego llega la facultad y procuran que todos seamos Amancios Ortegas y Pedros Sánchez. Que la vida no es un relato de Roald Dahl y que tú ya no eres Matilda.

Es muy curioso pensar en qué tipo de carca te vas a convertir, porque algún tipo seremos. Por ejemplo, yo ya me voy dando cuenta de que al escribir de cine soy bastante monotemática con “lo francés”. También me he dado cuenta de que el mayor triunfo es ser una versión de la señorita Krabappel.

Truffaut

Los cuatrocientos golpes

Pero esta ocasión merece que hable del cine francés otra vez, de verdad, no como capricho o ejercicio narcisista, porque creo que el mundo le debe mucho a Truffaut, tanto al individuo como a los valores que inculcaba.

Ojalá Dios fuese Truffaut.

Hoy día, si en una clase de 29 niños todos quieren ser Cristiano Ronaldo, empresarios con muchos coches y muchas novias rusas y solo uno de ellos quiere ser Truffaut, o incluso si quiere dedicarse a ser un flâneur de la vida, lo consideraré un logro de la civilización. Truffaut fue un niño salvaje salvado por la literatura y el cine, concretamente por André Bazin, quién no solo lo salvó de su salvajismo innato, que luego canalizaría como la esencia más bonita de su cine, sino que lo convirtió en alguien culto y para muchos, necesario. Yo nunca hice novillos y no tuve un entorno conflictivo en la vida, pero siempre entendí la necesidad de huída. Y hay gente como Antoine Doinel que la lleva a tal extremo que resulta irreparable y tremendamente seductora.

Truffaut amaba la vida y para demostrarlo creó a Antoine Doinel. Jean Pierre Lèaud ha sido eternizado en vida. Truffaut inmortalizó su infancia, adolescencia y madurez y algún día leeremos que Lèaud ha muerto, pero sabemos que no, no nos dará ninguna pena porque Truffaut ya lo había vacunado de la mortalidad hace décadas. Y ese es el mayor regalo que alguien te puede hacer. Truffaut, la autoría y el desdoblamiento, qué maravilla de regalo. “Reconoció un poco su historia detrás de esta historia que había sido la mía”, diría Jean Pierre Lèaud. Qué preciosidad, la autoría, el cine, el desdoblamiento y los vampiros. No me canso de lo mismo, joder, “a través del espejo”, que sellaría Bergman. Retratar el paso de una niñez a una madurez (fallida en muchas ocasiones) es de valientes. Qué cosa.

RESITUACIÓN

Luego vinieron los besos robados, Les mistons (1957) cada vez está más lejos y nos asola una crisis juvenil en el que será determinante un complejo de inferioridad que quiere darte de hostias y tendrás que luchar con él a diario. La verdad de la niñez queda cada vez más lejos y la poética será una asignatura más a aprobar. Todo este tono gris se va paliando y la mediocridad de la vida empieza a ser tan común como cercana. Pero como dice Nacho Vegas, esto no es tan trágico, y esto en el cine es muy importante. El dramatismo es algo muy impuesto y feo, el dramatismo en una película es como Ana Rosa de traje beige presentando en Gaza. El dramatismo es pura ficción y la vida presenta algo más tangible, más real, a veces más crudo.

La habitación verde (La chambre verte, 1978)

“Como las olas se arrastran terriblemente sobre los muertos, los abandonan y sus nombres son impronunciables”

El altar de los muertos. Henry James

Para mí el miércoles es el mejor día de la semana. El bar de mis padres cerraba los miércoles y era el día que hacíamos algo, o se paseaba por el pueblo o fuera de él, pero para estar en medio de la semana, el miércoles y sus tres sílabas me parecía bastante resultón.

Está sutilmente cerca del viernes y nos notamos sonrientes. Además es la hija de los Adams y aquí ya aseguramos aquí el factor generacional que, cómo no, deviene en una tímida nostalgia, (cuánto aburrimiento poduce escribir la palabra nostalgia 34 veces en un mismo texto). Cuando iba creciendo el miércoles seguía ganando puntos porque seguía siendo el día que mis padres cerraban y yo me quedaba sola en casa, como Macaulay.

Mi abuela murió un miércoles y aunque esto suene a hipersensibilidad tópica, ha sido una de las personas que más he querido y siempre fui plenamente consciente de ese sentimiento. Que más he querido y quiero porque su existencia, ahora agotada, me la he quedado yo. Así que “quiero”, en presente, sería lo correcto. De lo que también fui plenamente consciente es que yo fui con diferencia una de las personas a las que más quiso. “Quiso”, en pasado, pasado simple y cabrón.

Ahora los miércoles chirrían un poco pero siguen oliendo a nostalgia sureña de arroz con leche.

Que no se engañen, esto no es un texto de autoayuda, ni un texto de homenaje, ni de Paulo Coehlo, es un texto sobre la importancia de la existencia, no va del duelo ni de la autoestima. Este texto deviene de la importancia de las voces de las que estamos compuestos. No voy a negar su componente nostálgico, pero la existencia se trata un poco de eso, del valor del recuerdo. Pero recuerden que esto no es ningún drama.

Y parece que no, pero de lo que hablo en todo esto del duelo y la pérdida es de la inexorable relación entre la estética y la vida/muerte. Como si esto fuese nuevo, dirán ustedes. Pero es muy difícil hablar de ello, por muy obvio que sea, es una realidad atroz que Truffaut nos la presenta de una sencillez atroz. Habla de los olores y los sabores que fuimos.

La chambre verte Truffaut

“Toda su vida sufrió de timidez”. Davenne recuerda así a un amigo fallecido, confiesa a Cecilia que le gustaría hablarle de él pero le es absolutamente imposible porque para conocer esa timidez tendría que escuchar el timbre extraordinario de su voz. Con esto recordé la mirada de mi abuela, que por mucho que la recordase como la mirada brillante y vidriosa de una niña que envejeció demasiado rápido, creo que no sería sea capaz de explicar esto a alguien que no la hubiese mirado directamente a los ojos.

El mito romántico y la tristeza siempre se han atribuido a la buena escritura, a los buenos oficios. Aquí voy a meterme de cabeza en una pedantería romántica y lúgubre, lo asumo y os advierto. ¿He dicho ya que el oficio más bonito del mundo es el de Julien Davenne? Lo normal es que sea vea cierto morbo por lo necrológico y muchos se pregunten por el trastorno hacia la muerte de Truffaut. Y estoy de acuerdo en que su obsesión hacia la memoria de los muertos llega a un nivel inquietante. Sin embargo, no creo que esa percepción sea del todo la acertada.Truffaut en La habitación verde pretende encumbrar el altar a la memoria. Y qué mejor manera que unir la memoria y un recuerdo inmortal con el cinematógrafo, la fantasmagoría perfecta e inmutable al tiempo. Qué necesidad tan grande la nuestra. La de crear y la de demoler. Los no creyentes tenemos la necesidad de encontrar cualquier tipo de fe, sea a través de la memoria, a través de objetos.

Julien Davenne visita al párroco y le pide permiso para encargarse de restaurar y mantener una de las capillas, y quiere precisamente ésa en concreto porque es la que está abandonada, la quiere dedicar y cuidar para sus muertos, que están muertos, pero él los sigue reviviendo, quiere hablar con sus muertos en una capilla bonita y tenue porque dice, “el recuerdo no es suficiente”. A lo que el párroco responde preguntándole si es masón o si forma parte de alguna secta. Luego pregunta si es católico y él evade la rotundez del no y dice estar orgulloso de no tener la fe que muchos desearían, que lo que le parece miserable y escandaloso es la forma en la que se olvida. La escena acaba con una sentencia del párroco: “la Iglesia no aprecia nada las extravagancias”.

Davenne y yo no sabemos rezar. Como no sé rezar, escribo. Es una buena forma de crear y sobre todo es la mejor alma de demolición. No sé si es o no una extravagancia, pero de lo que estoy segura es de que no sé rezar bien. Mi abuela, ya en sus desvaríos, pedía que al irse, le rezáramos mucho, y yo de rezar no sé, solo puedo escribir lo mucho que la quería. Uno escribe para no tener que hablar de lo que siente, pues eso. Yo no puedo rezarle mucho porque no sé.

Truffaut habla de lo no tangible, lo que no es sensible a la palabra, es el abismo de la no existencia.

Por eso siempre he defendido que la profesión más bonita del mundo es la de que tiene Davenne en La habitación verde, porque es un extraño punto medio entre el ser y la nada, la delgada línea entre la futilidad y lo inmenso.

Juan Rulfo explica a la perfección esta delimitación en éste fragmento incluido en una versión de Pedro Páramo: “Mi padre murió un amanecer oscuro, sin esplendor ninguno, entre tinieblas. Lo amortajaron como si hubiera sido cualquier hombre y lo enterraron bajo la tierra como se hace con todos los hombres”. Y es que Truffaut dirá una gran verdad desmentida por toda la Humanidad durante siglos cuando en La noche americana uno de los personajes afirma que la muerte no es natural. Así es, el paso a la no existencia no es nada natural, sobre todo para el que se queda.

Y es que algunos desde muy pequeños saben que el paraíso no existe, que todo es terrenal y que la máxima del recuerdo es la única esencia para obviar el olvido. Pero es muy importante que recuerden: nada de dramas, nada de oscuridades, nada de fríos azules oscuros.

Lo de Truffaut es el cine convertido en liturgia, en memoria colectiva como alivio de la muerte, muy presente, temida y asumida.El cine convertido en liturgia, la memoria colectiva como bálsamo de la muerte.

 La chambre verte  François Truffaut

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] historia de una posesión, la que los muertos realizan en nosotros. Dos años después, Truffaut en La habitación verde (La chambre verte, 1978)- él también se encarga de encarnar al intérprete principal, – en […]

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