Trilogía Antes del… (1995-2013)

El tiempo y su percepción Por Yago Paris

-Bien, tienes a esta gente perdida en el tiempo, ¿verdad? ¿Cuál es la conexión? ¿Tendrán sexo? ¿No necesitas algo así?
-No es que estén perdidos en el tiempo; va sobre la percepción. Ese es el tema. Todos los personajes en algún punto toman contacto con el film La ley del silencio. El primer capítulo del libro es en el estreno en Times Square en 1954. Esa señora con déjà-vu perpetuo se mete en la proyección de la tarde y todo el tiempo piensa: “¿No he visto esto antes?”. Luego, en otro capítulo es 1979, en una clase de cine en París. Luego tenemos una retrospectiva de Kazan en Munich, en 1993.
-Pero tío, eso es el tiempo. ¿Cómo que no va sobre el tiempo?
-¡Sí! Es sobre el tiempo, pero…realmente es más sobre la percepción. No te gusta, ¿verdad?
-¡Creo que será demasiado larga!
Conversación entre Jesse (Ethan Hawke) y Stefanos (Panos Koronis) en Antes del anochecer (2013).

Este fragmento de diálogo, extraído de la tercera y última entrega de la trilogía Antes del… (Richard Linklater, 1995-2013), define la pretensión de su responsable respecto a este conjunto de películas. Es cierto que en ellas hay un claro interés por analizar el paso del tiempo sobre las personas y las relaciones que establecen, de ahí que el director y guionista narre el desarrollo de esta pareja de enamorados a lo largo de 18 años, desde que se conocen hasta que ya han establecido una relación seria y duradera. En sus fotogramas se palpa el paso del tiempo, y lo hace a través de la evolución que toma la actitud frente a la vida de Céline y de Jesse, de cómo viven sus momentos juntos y de cómo se observan el uno al otro. Todo esto es cierto e imprescindible, pero, en una capa más profunda de comprensión se establece una base sobre la que reposa el paso del tiempo, y esta es la percepción del mismo. Por encima de la observación de la propia relación está la percepción de cada momento vivido, compartido, experimentado.

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Antes del atardecer

Jesse y Céline, pareja mítica de la cinematografía contemporánea, viven momentos de unión y momentos de separación, espacios dentro de campo y espacios fuera de campo, momentos plasmados a lo largo de los respectivos metrajes y espacios de años no registrados por la cámara. La relación es el centro de atención del relato, pero por encima de esta sobrevuela la propia identidad de cada personaje, autónomo y con vida propia más allá de la que se establece en pareja. Juntos o separados, cada uno experimenta la vida en su individualidad, y es ese paso del tiempo el que repercute sobre la percepción que cada uno tiene de las experiencias que han determinado sus respectivas existencias. Momentos sueltos, anticlimáticos la mayoría de ellos, esculpen sus respectivas personalidades, como es habitual en el cine de Richard Linklater, uno de los mayores captadores en fotogramas de los momentos que marcan la existencia de los personajes a los que encuadra. Esa persona capaz de reducir la vorágine de momentos a los esenciales, sólo para descubrir la vitalidad que se esconde en los instantes aparentemente menos importantes, pues al final son esos los que importan.

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Antes de amanecer

La percepción del tiempo, de la vida y de las relaciones es la base sobre la que gira este relato episódico. En su apuesta absoluta por aproximarse a la realidad, Linklater espacia sus relatos y deja que pase exactamente el tiempo que sus personajes necesitan para encontrarse en el estado que quiere captar –nueve años entre la primera y la segunda, y entre la segunda y la tercera–, y para ello también deja que sus actores (Julie Delpy y Ethan Hawke) experimenten en sus carnes este paso del tiempo. Personas y personajes maduran a la misma velocidad, envejecen al mismo tiempo y experimentan la vida para poder entender con mayor conocimiento de causa los estados vitales de los seres a los que deben interpretar. Linklater prosigue esa dilución entre realidad y representación, y a ello se suma su labor a la hora de planificar los rodajes, el tono que quiere aplicar y la manera de filmar las escenas. Si este proyecto destaca por los amplios espacios de tiempo entre cinta y cinta, también lo hace por el uso del tiempo cinematográfico. A este director texano le interesa hablar sobre la vida, sobre lo que ocurre entre dos personas ligadas emocionalmente, y, en esa maniobra de aproximación a la vida misma, expande el tiempo de cada secuencia, lo que le permite alcanzar máximos en la segunda obra –Antes del atardecer (Before sunset, 2004)–, en la que coquetea con el plano secuencia, entendido como captación del espacio-tiempo en tiempo real, con pocas elipsis entre escenas y prácticamente ninguna dentro de cada una de ellas.

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Antes del atardecer

El cine de Richard Linklater persigue la transparencia del cine clásico y actual cine comercial hollywoodiense, ese que busca la vía más directa para contar en imágenes una serie de conceptos. En sus películas difícilmente se encuentra un aspaviento intelectual, un arrebato de autor, una filigrana efectista. Más bien al contrario, y como ocurría en el Hollywood de la época dorada, su idea de cine se asocia a la –en este caso, sólo aparente– anulación de la autoría, del estilo propio. Esta idea es llevada a la máxima expresión en esta trilogía, en la que la cámara se transforma en un elemento más del decorado, que observa con cercanía a sus personajes, pero siempre en un segundo plano, sin llamar la atención. La sencillez más absoluta se observa en una puesta en escena parca, escueta, que no descuidada, rallante en las mecánicas del telefilm en lo que a acabo técnico se refiere. Su idea es clara: los protagonistas son los personajes, y son ellos los que deben copar todo el espacio disponible, todo el que requieran, para desarrollar y compartir su complejo mundo interior. Esta decisión, humilde por definición, ¿no es acaso la más consecuente de las decisiones que un autor podría tomar en un proyecto de estas características? ¿No es otra cosa que el mayor acto de presencia autoral, que nace desde la voluntaria ausencia?

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Antes del anochecer

Sus obras destacan por su sencillez y su escasez de medios, pero nunca por una simpleza de planteamientos. Sus filmes parten de lo terrenal, de la gente de a pie, de las preocupaciones más habituales de la sociedad, y se alejan de todo conceptualismo o poética recargada. No es que esto último sea malo, pero sí es cierto que resulta más sencillo alcanzar el estatus de creador cuando se parte de la intensidad, de lo complejo y de lo abstracto, tanto en la forma como en el fondo. Linklater habla de lo que conoce, un mundo sencillo, anclado a lo mundano, y esto es así hasta el punto de que es probable una asociación biográfica entre Jesse y el propio Linklater –no deja de ser cierto que persona y personaje han alcanzado el éxito profesional hablando de lo que han experimentado–. Pero, para mayor reivindicación de este realizador, nada de esto es posible si no existe una mirada atenta, que sepa captar la esencia de cada detalle y que sea capaz de narrarlo, ya sea mediante la palabra escrita (Jesse) o la imagen en movimiento (Linklater). A raíz de estos sucesos triviales, sólo una mirada atenta, ayudada por una mano experta, es capaz de extraer la verdadera poesía de la vida que transpira a través de las grietas de la rutina.

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Antes del anochecer

Y es que esta trilogía no habla de nada extraordinario. Si bien se apoya en sucesos poco comunes, estos no dejan de ser las pinceladas de autenticidad que diferencian a una relación de otra, que la caracterizan e individualizan. La historia de Céline y Jesse es la del encuentro casual y el reencuentro imposible. La relación nace entre idealismos juveniles, cuando el romanticismo marca la conducta y la intensidad guía cada paso. Por las calles de Viena se teje una conexión que es amenazada por ideas preconcebidas del amor, la que ambos personajes tienen, los cuales se muestran tanto en su faceta honesta como en la de proyección de aquello en lo que se quieren convertir. Es en esta primera parte, de nombre Antes del amanecer (Before sunrise, 1995), en la que hay más de fachada y menos de verdadera personalidad. Quizás por miedo, quizás por insuficiente personalidad, quizás por ganas de impresionar a la otra persona, quizás por esto y todo lo demás. Lo cierto es que Linklater somete a su criatura a las garras de la intensidad emocional y la idealización de lo que un noviazgo debe ser, pero nunca cae en el empalagamiento y conoce los caminos por los que la historia debe transitar. Romanticismo y emociones contenidas se alejan del estereotipo habitualmente representado en el cine, o caen en él para desmitificarlo.

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Antes del amanecer

Es su segunda parte la más pragmática, la más intensa en su contención. Han pasado nueve años y ambos personajes son conscientes de los errores de juventud que han cometido. Esa decisión de no intercambiar números de teléfono, guiada por ideales que han descubierto falsos, los ha condenado a vivir separados. La vida prosigue, cómo no, pero la muesca no ha desaparecido, sólo se ha ocultado bajo rutinas banales. Cual herpes, los posos de esta relación se encuentran en un estado de latencia, a la espera de manifestarse cuando las condiciones lo favorezcan. Y esto es lo que ocurre en Antes del atardecer (Before sunrise, 2004), rodada en las calles de París, cuna del amor romántico y la esencia bohemia, que acoge a dos personajes verdaderamente perdidos, a mitad de camino de sus vidas, sin saber si retroceder y salvar su relación y sus respectivas vidas, o si seguir adelante con lo que ya habían asumido. Ese dudosamente casual contraste entre ideas y realidad –el contraste entre lo que significa París y lo que estos personajes están viviendo– confluye en los escasos 80 minutos de metraje de esta segunda parte, en la que se calla más de lo que se dice, en la que se aparenta como modo de supervivencia, no ya como modo de impresión de la otra persona. Dos almas dolidas caminan por las calles de la capital francesa entre sonrisas mostradas y deseos ocultos, a la espera de una chispa que precipite lo que la edad ya no permite. Esa vitalidad, esa supuesta inconsciencia que pertenece a la juventud, ya se ha marchitado en una mediana edad en la que las responsabilidades y las puertas cerradas pesan demasiado. Nada se deja al azar, y por tanto no se verá un solo gesto de amor o carnalidad entre estas dos personas que ansían la cercanía del otro pero han construido una coraza invisible alrededor de su cuerpo. La sugestión prevalece sobre la narración, y aunque se deja entrever que ambos personajes son conscientes de que no van a cometer el mismo error otra vez y esta vez van a pertenecer unidos, nada de esto se ve en unas imágenes que terminan cuando la posibilidad de sexo asoma por el fotograma. La cámara deja a Jesse y Céline en casa de esta, en un ambiente de intimidad en el que la apertura de la coraza se ve facilitada.

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Antes del atardecer

Nueve años más tarde, Linklater planta a sus dos personajes ya como pareja estable, de vacaciones familiares en Grecia. Con dos hijas y una serie de roles ya bien fijados, en esta tercera entrega, Antes del anochecer (Before midnight, 2013) Céline y Jesse se asoman peligrosamente al precipicio del rutinario callar por no desestabilizar, de la caricia mecánica y del sexo por inercia. La más cruda de las tres, en ella se observa la amenaza de fragmentación de una pareja acomodada en una vida apacible en la que hace tiempo que la hoguera se convirtió en cerilla. Y esta amenaza con apagarse, o quizás ya se ha apagado y todavía no son conscientes de ello. Sin más aspavientos de los necesarios, Linklater penetra en la frustración que genera esa montaña de pequeñas cosas que nunca se han dicho, en el conflicto que supone lidiar con las manías y egoísmos de la otra persona, y todo ello para plantar la duda sobre la posibilidad de un amor verdaderamente duradero. ¿Dónde acaba el amor y dónde comienza la compañía? ¿En qué momento deja de compensar esa compañía? ¿Es realmente posible mantener el interés mutuo, o simplemente es el camino más cómodo? Sin respuestas claras, el director de Boyhood (2014) viaja con sus personajes en un carrusel de emociones, de frases lacerantes y de silencios demoledores, todo ello sin esa habitual intensidad lacrimógena del cine de la industria de Hollywood. Linklater se aleja de toda esa marabunta ruidosa y, nuevamente, destila la esencia del conflicto y la plasma con una realidad apabullante, en la que el clímax no existe y la convivencia no va ligada a fuegos artificiales y derrumbamientos internos. Sin necesidad de reconocer actitudes propias en lo que se muestra, la empatía nace de reconocer como verdad implacable lo que aparece en el fotograma. El cliché y el estereotipo son conceptos que no tienen cabida en el cine de este director, y menos en una de sus obras más personales.

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Antes del anochecer

La esencia de Antes del anochecer es compleja, inabarcable, a pesar de esa apariencia siempre tan sencilla, que parece tomarse tan poco en serio a sí misma, y funciona a la vez como hilo conductor entre las tres obras de esta trilogía y, en una escala superior, como representación de lo que supone para Linklater el cine: esa capacidad para trascender desde lo que parece intrascendente, esa capacidad para encontrar la autoría en el cajón de desechos, de los tiempos muertos, esos que una película-prototipo descarta en elipsis al ser considerados los momentos en los que no ocurre nada. En resumidas cuentas, la trilogía Antes del… habla sobre el tiempo y sobre el paso del mismo. Aunque se muestra mucho menos de lo que estos personajes han vivido, la sensación final es la de haber convivido 18 años con ellos, de conocerlos en profundidad, de comprender sus defectos y amar sus virtudes. Junto al tiempo, la percepción subjetiva que tanto Céline como Jesse tienen sobre todos los asuntos citados a lo largo del texto, situación que conduce a la historia a ese punto límite que es el conflicto que surge en la tercera entrega: la percepción del tiempo, de las relaciones, de la otra persona, del tiempo compartido y del amor. Qué duda cabe que el tiempo es fundamental en este director [Movida del 76 (Dazed and confused, 1993) frente a Todos queremos algo (Everybody wants some!!, 2016), todo el concepto que supone el rodaje de Boyhood], pero, al menos en esta trilogía, más importante todavía que el tiempo es la percepción del mismo. “¡Sí! Es sobre el tiempo, pero…realmente es más sobre la percepción.” Y a ti, ¿te gusta la idea?

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Antes del anochecer

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] la autoría. En sus obras más aclamadas –Movida del 76 (Dazed and confused, 1993), la trilogía Antes del… (1995-2013), Boyhood (2014)– se palpa su personal mirada sobre la vida y aquello que decide […]

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