Christian Vincent, director de “El juez”

Por Mireia Mullor

Cuando pensamos en juicios, la influencia del cine norteamericano es claramente visible. Ya nos imaginamos a Tom Cruise gritando exaltado ante un impertérrito Jack Nicholson en Algunos hombres buenos (A Few Good Men, Rob Reiner, 1992), o el dramatismo de los personajes en Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, Billy Wilder, 1957), o las discusiones acaloradas en Doce hombres sin piedad (12 Angry Men, Sidney Lumet, 1957). Eso es el mundo de la justicia para el cine: un espectáculo, un espacio para la tensión y el conflicto, un lugar donde escuchar revelaciones y encontrar la verdad.

El cineasta francés Christian Vincent ha querido romper con esta imagen, con este cliché hollywoodiense. En El juez, se atiene a la realidad de un Tribunal de lo Penal cualquiera en Francia, revelándonos sus procedimientos y flaquezas. Allí se juzga a un hombre por haber matado a su hija de siete meses, mientras, paralelamente, el presidente del jurado (FabriceLuchini) vivirá su propio drama particular a través del reencuentro con una mujer, elegida miembro de ese mismo jurado popular.

Hemos hablado con el director con motivo del estreno de la película en España, para que nos ayude a descubrir qué hay detrás de las togas y los banquillos. Qué hay detrás de un filme, el décimo en su filmografía, aparentemente intrascendente pero reflexionado al milímetro.

¿Qué tienen las diferentes historias de “El juez” de hechos reales?

Nada. Todo es una invención. Lo que sí que hay es mucha documentación e información previa. Es decir, que todo lo que es el juicio, su desarrollo, responde a la más estricta verdad.

¿Te interesa el mundillo?

De hecho, el mundo de justicia no me interesaba en absoluto (ríe). No sabía nada, pero he aprendido.

¿Y cómo fue que empezaste con este proyecto?

Esta película nace con la voluntad de dar un papel a un actor, a Fabrice Luchini. Un poco antes, había leído una novela de George Simenon, en el que el protagonista presidía una sala de lo penal, y pensé que sería interesante hacer un personaje como él. Tampoco te podría decir por qué, pero lo veía perfectamente. Ahora bien, una vez establecido eso, todo lo demás había que cimentarlo. Y lo primero que hice, antes incluso de escribir la primera línea del guion, fue asistir a diversos juicios en este tipo de salas. Y una vez que entendí cómo funcionaban empecé a pensar en la historia propiamente dicha. Ahora bien, tenía claro que mi idea era seguir a un magistrado desde los momentos previos al juicio y todo el desarrollo del mismo, lo que implicaba que yo tenía que saber perfectamente todo lo que pasaba en un juicio así. No tenía ninguna idea preconcebida sobre la justicia. Asistí a varios juicios simplemente abriendo los ojos y las orejas. Luego llegó lo más difícil: imaginarse la historia para que acompañara al personaje todo lo que duraba el juicio.

¿Y cómo surgió esa segunda línea argumental?

Pues empecé a entrevistarme con varios magistrados para que me explicaran sus experiencias. En aquellas conversaciones, encontré a uno que participó en un caso en el que un hombre se autoinculpó de haber matado a su hijo para salvar a su mujer. Me llamó la atención. Y, por último, como no bastaba para la película rodar solo el juicio, se me ocurrió que podría aparecer una mujer, miembro del jurado, y que el protagonista había conocido unos años antes. De hecho, había habido algo. Eso quería. Entonces, esto le aportó la vertiente novelesca a la historia.

¿Tenías en mente los clásicos juicios del cine norteamericano?

¡Jamás! (ríe) Al contrario. Claro que tenía recuerdos de películas que había visto, como Doce hombres sin piedad, pero me prohibí ver más imágenes. Para hacer una película, hay que tener una gran parte de conciencia. Tienes que haber visto muchas películas, pero llega un momento que tienes que barrerlas de tu memoria. Imagínate, si vivo permanentemente de las películas que he admirado y que me dieron las ganas de hacer cine, no me atrevería a hacer una película jamás.

Es una influencia difícil de borrar.

Carezco de memoria. No es un mérito, es así. Se me olvida todo enseguida, no te miento. Pero claro, en algún sitio se quedan esos recuerdos. Ahora, lo que sí puedo decir es que cuando hacía el guion era consciente de que estaba haciendo una película algo diferente del género “jurisdiccional”. En estas películas, la cámara siempre se queda dentro de la sala, pero yo les he querido acompañar también a las bambalinas: al juez, a los abogados, al fiscal, al jurado. Eso es algo que se ve muy poco en el cine de juicios.

A pesar del realismo del juicio, y como dice la hija de Ditte en la película, ¿la justicia es como un teatro?

Se parece mucho. Hay una sala con asientos, un escenario, un vestuario (togas y demás), un texto escrito predeterminado (el presidente tiene que decir ciertas cosas que ya son así y no puede retocar), hay actos y golpes de efecto. También están, como decíamos, las bambalinas. Sin embargo, la obra de teatro no está escrita en este caso. Los actores de esa obra en realidad interpretan su propia vida, y eso lo cambia todo. Ahí ya no hay interpretación, no se actúa. Hay algo dentro de esa sala que recuerda al entorno teatral, ya sea por el decorado o la puesta en escena, o por el mero hecho de que hay dos espacios: el público y la escena. Ahora, ¡no estoy diciendo bajo ningún concepto de que la justicia sea un teatro! (ríe). Eso se lo dejo a la adolescente del filme.

Entre la historia pública (el juicio) y la privada (la historia de amor entre la pareja protagonista), ¿predomina alguna sobre la otra o has intentado buscar un equilibrio?

Es exactamente eso: encontrar el equilibrio. La dificultad residía en encontrar esa igualdad entre las dos partes, y el caso es que la importancia cambia durante el relato. En la historia de la pareja, que yo no la llamaré una historia de amor, hay un momento en que irrumpen los sentimientos, y poco a poco irán ocupando más espacio en la película. Está el presidente, que es como es, pero en el jurado aparece esa mujer. Aparece y se nota que ha habido algo entre ellos dos, aún no sabemos bien qué, pero la relación se va a ir construyendo poco a poco, de una forma muy delicada. A la hora de escribir sabía que estaba andando en la cuerda floja, pero el reto de la película era encontrar y conseguir el equilibrio. En realidad, no ocurre nada. Todo ocurre muy entrada la película, cuando se ven en el café y en un momento dado hay una frase en la cual él dice: ¿Por qué nunca contestó a mi carta? En ese momento el espectador cambia una historia por otra, y se pregunta qué ha podido ocurrir.

Desde que vi la película me dio la sensación de que todo quedaba a medias. Muchas líneas quedan en el aire: la relación entre ellos, la misma resolución del juicio, las vidas de los demás personajes… ¿Era intencionado?

Es como en la vida: no se tiene una respuesta para todo. La verdad se sabe muy pocas veces. Es como la vida misma. Y no llegar a conocer la verdad es algo que ocurre en muchos juicios, porque no se sabe nunca qué ha ocurrido en realidad. Para saber qué ha ocurrido, tienes que ser testigo del hecho. Siempre que te cuentan algo tienes la duda de si será verdad o no. Y en la vida, muy pocas veces intento buscar la verdad verdadera.

¿Esta tendencia a no profundizar puede alejar al espectador?

¡Espero que no! Hay algo claro: lo que no podíamos obviar era la decisión del jurado en cuanto a ese hombre, pero, insisto, la verdad no se sabrá jamás. Ni siquiera puedes estar seguro de que la confesión del acusado sea verdad o no. Al final, es lo que dice el juez a los miembros del jurado cuando están nerviosos antes de entrar: Señores, es muy normal que la verdad nunca se conozca.

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